De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Los Poemas de Mao traducidos por Luis Enrique Délano

En mi paso por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la carrera de Filosofía estaba dividida en tres principales escuelas: la analítica de corte anglosajón, la forjada por el exiliado catalán Eduardo Nicol y sus discípulos, y la marxista. Ya en la preparatoria, guiado por maestros como Antonio López Quiles, Jorge Juanes y Francisco Rebolledo, había incursionado en esta última a través de esforzadas lecturas de clásicos como el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels y El papel del trabajo en la transformación del mono al hombre de Engels, así como de fragmentos de obras de corte marxista como Historia social de la literatura y el arte de Arnold Hauser y La ciencia en la historia de John D. Bernal. En la universidad mis lecturas del marxismo se ampliaron y profundizaron, y también se matizaron con las experiencias y opiniones de quienes, como algunos de mis compañeros, habían decidido que la misión de la filosofía ya no era comprender el mundo sino transformarlo, tal y como enseñaba Marx en su onceava tesis sobre Feuerbach.

Recuerdo que había quienes profesaban el marxismo de Marx (algunos el del “joven” y otros el del “viejo”); otros, el de Lenin, sin tocar a Stalin; otros, el de Trotsky, y otros más el euromarxismo, fundamentalmente de la Escuela de Frankfurt o de Louis Althusser. Pero no recuerdo que en la Facultad de Filosofía y Letras hubiera maoístas, al menos no entre los principales profesores con los que tomé cursos de esa orientación: Adolfo Sánchez Vázquez, Eli de Gortari, Bolívar Echeverría, Alberto Híjar, Gabriel Vargas Lozano, Juan Garzón y Carlos Pereyra. Aún así, en las librerías universitarias se difundían obras de Mao Tse-Tung, el máximo dirigente del Partido Comunista de China y más conocido ideólogo de esa corriente, publicadas por el Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín en un formato pequeño y con una pasta de plástico rojo completamente inusuales en los libros, de marxismo o no, que hasta entonces conocía.

Para mi sorpresa descubrí en la biblioteca familiar había otro libro de Mao Tse-Tung, los Poemas publicados por la misma dependencia del gobierno chino en 1959. Resulta un poco extraño que el poeta Ángel Miquel Alcaraz, quien tenía ejemplares completos o trozos antologados de muchos libros sapienciales de la India y el Oriente Medio, tuviera este único volumen de versos provenientes del Lejano Oriente. El motivo más probable por el que mi padre compró ese libro muchos años antes de que yo me interesara fugazmente por el maoísmo fue que, como ocurre con frecuencia en cualquier bibliófilo, le hiciera un guiño al topárselo casualmente en una librería. Y desde luego debe haberle resultado intrigante que escribiera versos el líder político que para su generación fue, junto con Gandhi, Nehru y otros pocos, un modelo de postura anti-colonialista con el que estaba de acuerdo.

Los poemas de Mao fueron traducidos por el chileno Luis Enrique Délano (1907-1985). Este escritor, periodista y diplomático quien, como estudiante en Madrid atestiguó la Guerra Civil española, fue en los años cuarenta cónsul en México y Nueva York, y a fines de los cincuenta viajó a Pekín para desempeñarse como traductor en el Instituto de Lenguas Extranjeras. Uno de los primeros resultados de su trabajo fue la traducción anotada de los 17 poemas de Mao reunidos en el libro adquirido por mi padre; otros, los que dieron lugar a los volúmenes Novelas escogidas de Lu Sin (Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1961), Poemas de Li Po (Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1962), Diez grandes cuentos chinos (en colaboración con su hijo Poli Délano, Quimantú, Santiago de Chile, 1971) y Breve historia de la literatura clásica china de Lu Kanru y Feng Yuanjun (Ediciones de Lenguas Extranjeras, Pekín, 1986), además de otras traducciones del francés y del ruso.

Entre 1974 y 1984 Délano vivió exiliado en México, donde escribió el libro de memorias Aprendiz de escritor. Publicado más adelante (y disponible con otras de sus obras en el extraordinario portal Memoria Chilena), el libro incluye un texto en el que Gabriela Mistral hizo una emotiva semblanza suya como escritor, así como un “prólogo innecesario” de José Miguel Varas donde se informa que sus cuentos y novelas suman más de veinte volúmenes, y también que se quedaron sin reunir en libro más de un millar de narraciones y artículos suyos. Varas también hace en el prólogo este simpático retrato del periodista:

…al escuchar su nombre o pensar en él, lo veo siempre sentado. En la redacción (…), con la pipa en la boca (…), escribiendo a máquina velozmente, con dos dedos (…) Allí estaba cada día (…), escribiendo horas enteras sin pausa en la histórica Underwood; revisando lápiz en mano los originales sudados de los bisoños reporteros y explicándoles a continuación los motivos de cada una de las correcciones; discutiendo con compaginadores, fotograbadores o prensistas sobre cuadratines, cíceros, tramas, temperaturas, ajustes o cartones de esteneotipia.

Y después, (…) sentado ante una taza de té en el boliche de la esquina, desplegando ante nosotros el tapiz maravilloso de los barcos y los muelles lejanos, de los bares y las mujeres fatales, de las pirámides aztecas, de lo que un día le dijo Picasso a Pablo (Neruda), de cuando Huidobro fue candidato presidencial, de Einstein, Frida Kahlo, Éluard o Siqueiros… O bien, el anecdotario pícaro de la crónica policial y la bohemia periodística… (p. 8)

Otro de los libros escritos en México por Délano fue Las veladas del exilio, novela en la que un puñado de personajes latinoamericanos coinciden en departamentos o cafés de la capital de este país para dialogar interminablemente acerca de los más variados temas. En uno de esos diálogos, un personaje pregunta a un profesor de español que ha vivido algún tiempo en China, qué le pareció la experiencia; y éste responde con lo que podemos suponer una síntesis de las opiniones de Délano:

Me pareció muy bien: una dictadura proletaria que luchaba desesperadamente por acabar con una miseria de… ocho mil años (…) Tal vez lo que más me gustó fueron los ensayos para avanzar hacia la igualdad: todos los habitantes de la ciudad, burócratas o lo que fueran (…) tenían la obligación de vivir un mes al año en el campo, esto es, sufrir treinta días de trabajo intenso, comiendo poco y con las mismas privaciones de los campesinos… Los generales pasaban un mes al año viviendo como soldados, anónimamente, en guarniciones lejanas. (p. 34)

Cuando el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende llegó al poder en 1970, Luis Enrique Délano fue designado su embajador en Suecia. Seguramente no siguió el mal ejemplo de un homólogo venezolano suyo quien, según cuenta Pablo Neruda en Confieso que he vivido, se fijó “como suprema meta” la obtención del Premio Nobel de Literatura para Rómulo Gallegos y por eso “Prodigaba las invitaciones a comer; publicaba las obras de los académicos suecos en español en imprentas del propio Estocolmo. Todo lo cual ha debido parecer excesivo a los susceptibles y reservados académicos.” (p. 413) Como sea, cuando Délano era embajador en Suecia, su compañero en la militancia de izquierda ganó el premio que, como escribió en el mismo lugar Neruda, “todo escritor de este planeta llamado Tierra quiere alcanzar alguna vez”.

Facsímil del poema «El paso de Loushan», con caligrafía del propio Mao Tse-Tung.

Xochitepec, Morelos, 5 de febrero de 2021

Fuentes

http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-3580.html#documentos

Poesía, fama y poder: Mao Zedong

Luis Enrique Délano, Las veladas del exilio, Editorial Villicaña, México, 1984.

Luis Enrique Délano, Aprendiz de escritor, Pluma y Pincel, Santiago de Chile, 1994.

Pablo Neruda, Confieso que he vivido, Seix Barral, Barcelona, 1974.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Contribuciones a la biblioteca

En la narrativa familiar, siempre en construcción, con la que intento comprenderme, suelo asociar a mi madre con la prosa y a mi padre con la poesía. Y no sólo porque Flora Rendón Casavantes llenó decenas de cuadernos con breves narraciones y Ángel Miquel Alcaraz publicó varios poemarios, reeditados recientemente en un bonito volumen por Ediciones Sin Nombre, sino también y, sobre todo, porque ella gustaba de leer novelas y él libros de versos. En mi desarrollo las dos influencias han predominado por tramos, experiencia que traté de expresar a través del conflicto algo más extremo de Manuel Luna, personaje de mi novela La necesidad de elegir (2019), quien escribe narraciones cuando lo que en realidad quiere es escribir poemas. Él naturalmente también ha reflexionado sobre el asunto y da la siguiente respuesta a una imaginaria entrevistadora:

Encontré dos diferencias importantes entre la prosa y la poesía. La primera tiene que ver con la naturaleza del conocimiento que se vuelca en una y otra, pues si en la novela se manifiesta lo que se sabe, esos trozos de experiencia de la gente y sus trabajos que se van adquiriendo con el paso del tiempo, en los poemas hay misteriosas intuiciones de lo que se podría llegar a saber o incluso –como en los místicos– de un conocimiento que no puede expresarse cabalmente. Porque la poesía no trabaja sobre el mundo, sino sobre las sensaciones y los estados internos que lo asimilan, aun sin comprenderlo. Ésta es la razón, creo, por la que puede haber grandes poetas jóvenes, niños casi, pero no grandes novelistas. La otra diferencia tiene que ver, por decirlo así, con la densidad de la materia tratada. Unos cuantos ejemplos le dejarán en claro lo que quiero decir: el Rey Mono se mea en la mano de Buda, Sancho ofende a Quijano con sus ventosidades, la usurera asesinada por el estudiante Raskolnikov sangra a chorros, Leopold Bloom se entretiene leyendo el periódico en el retrete. La poesía, al menos la que me gusta, jamás se abandona a la recreación de este tipo de acciones que producen risa, horror o asco. Se encuentra en un estrato distinto y más elevado, un lugar parecido al de la mejor música, en el que están sublimados los densos humores del cuerpo. Y no es que éste desaparezca por completo en esas obras, como muestran los poetas castellanos del siglo XVI cuando alaban la belleza de los ojos, las mejillas, los labios, el pelo o las manos de la mujer que aman. Pero es lo más puro del cuerpo lo que está ahí. En la novela, por el contrario, todo cabe. Es algo así como un contenedor adónde van a parar lo bueno y lo malo, lo alto y lo bajo, lo hermoso y lo que no lo es. A veces desagrada o duele, y uno tiene que salir corriendo hacia otro lado, como en las obras del marqués de Sade. Pero eso es justo lo que espera un lector de novelas o, más aún, eso es lo que descubrí que exige la creación en ese género, una cierta vulgaridad y una crudeza, que por cierto heredó el cine, que rara vez aparecen en un poema. De modo correspondiente, algunas veces se encuentra en la poesía la más alta manifestación de la perfección interior; los personajes de una novela, entre pedorretas y dolores menstruales, entre adulterios y asesinatos, solo llegan, en el mejor de los casos, a mostrar lo difícil que es seguir el camino para lograrla. Como le digo, me hubiera gustado más participar de la energía refinada y ser recordado por un pequeño libro de versos, un conjunto de sonetos, hasta por líneas sueltas (¡qué hubiera yo dado por escribir sin Dios y sin vos y mí, un no sé qué que quedan balbuciendo, si te labra prisión mi fantasía…!); pero está claro que uno no siempre logra lo que quiere. En lugar de eso, una fuerza indeclinable me llevó a unir miles de palabras en un orden narrativo. Honestamente, no sé si la apuesta me va a alcanzar.

Durante mi infancia y adolescencia, la biblioteca era un proyecto paterno. En la organización tradicional de la familia, era él, y no ella, quien tenía los recursos para adquirir libros. Como consecuencia, había ahí más poemarios y obras de historia del arte y filosofía que novelas. Cuando empecé a trabajar y asumí como una de mis tareas destinar parte de mis ingresos a hacer crecer esa biblioteca, la alimenté con temáticas que parecieron relevantes a mi generación, por ejemplo los libros de teoría social y política latinoamericana publicados por Siglo XXI y ERA, y con novelas y cuentos hispanoamericanos que aparecieron en las editoriales argentinas Emecé, Losada y Sudamericana, las mexicanas Siglo XXI y Joaquín Mortiz, y las españolas que lanzaron a los escritores del boom.

Pero eso ocurrió después de que, a los 18 años, empezara simultáneamente a trabajar y a estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Hasta entonces mi conocimiento de obras narrativas se reducía a los cuentos infantiles y algunas novelas de Salgari y Verne; a clásicos leídos como parte de las tareas escolares con pasión (Los hermanos Karamazov) o aburrimiento (El rojo y el negro), y a novelas de Nikos Kazantzakis, Giovanni Papini, Miguel de Unamuno y Gabriel Miró recomendadas por mis tíos españoles Amalia Miquel Alcaraz y Pedro González Guillén. En realidad, en la adolescencia la narrativa aún no me había atrapado; en cambio, tenía trato frecuente con la poesía mexicana y española del siglo XX, y hasta hacía mis pininos en ese arte, llevado de los primeros enamoramientos. Entonces, a principios de los años setenta, me sacudió el azaroso encuentro con Henry Miller.

Creo que fue en la librería El Juglar donde me topé con un ejemplar de la traducción de Trópico de Capricornio editada en Buenos Aires por Santiago Rueda. Lo leí de un tirón y pronto seguí con Trópico de Cáncer, Noches de amor y alegría, Días tranquilos en Clichy, la trilogía La crucifixión rosada, El coloso de Marusi, y también los ensayos y cartas de Miller, las entrevistas que le hicieron, así como los libros que sobre él publicaron Alfred Perlès, Norman Mailer y Brassaï. Miller fue el primer escritor –acompañado más adelante por uno o dos más– de quien quise leer, y poseer, su producción completa. En una revisión de lo que, tras préstamos a amigos y otros naufragios, aún queda de esas obras en mi biblioteca, descubro que todos los ejemplares fueron publicados en la década de los setenta –en otras palabras, que ese apasionamiento fue un pecado cometido fundamentalmente en mi primera juventud.

En la prosa velocísima de Miller descubrí la excitante descripción del arrebato amoroso, la sensualidad, la ternura y los celos, pero también una percepción de la vida mucho más abierta y libre de la que como típico joven enojado de esos tiempos yo tenía. La lectura de esas obras resultó crucial para que aprendiera a apreciar el arte narrativo y de manera natural me llevó a las de escritores afines, empezando por Lawrence Durrell y Anaïs Nin. Por otra parte, El tiempo de los asesinos me dio pistas para acercarme a la poesía de Rimbaud y Los libros en mi vida inoculó en el lector más o menos obsesivo que ya era el razonable consejo de impedir que la cultura desplazara la experiencia directa del mundo. El escritor de Brooklyn también me marcó de manera circunstancial al mostrar que se podía hacer literatura contando en primera persona las propias experiencias y que por lo tanto podía esperarse el tiempo que resultara necesario (su primera obra apareció cuando tenía 42 años) para acumularlas, rumiarlas, transmutarlas y ponerlas en papel. Finalmente, el artista que escribió y pintó hasta el día de su muerte, muy viejo, fue un modelo de vitalidad creativa al que aún aspiro.

Mi padre, hombre ecuánime que tenía veneración por los libros, contaba que el único que lo había desesperado al grado de romperlo en pedazos y tirarlo a la basura, había sido uno de Henry Miller. Debo reconocer que aceptó sin chistar que yo ampliara su biblioteca con lo que ahora veo como mi primera aportación personal significativa a ella. En cuanto a mi madre, agradeció y disfrutó esa ampliación.

http://www.edicionessinnombre.com/2020/12/poesia-1946-1955-novedades/

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Cervantes, alrededor

1

Mi tía Amalia Miquel Alcaraz nació en el pequeño pueblo Xixona, provincia de Alicante, en 1909. En aquella época sin radio, cine o televisión los mayores tenían –escribió en el libro que dedicó a su maestra y pariente María Dolores Miquel– “arraigada la costumbre de contar cuentos, leyendas o historietas a los niños”. Su padre, Vicente, solía contarle “Blanca Nieves y los siete enanos”, “La Caperucita roja y el lobo”, “La madrastra y su ahijada”, “El molinero y las cinco esposas”, así como historias de piratas y contrabandistas adaptadas didácticamente a la costa y la sierra alicantinas. Pero su padre también

…a veces se refería a las pintorescas aventuras del “Ingenioso don Quijote”, su escudero y la bella Dulcinea, relatos vivos en las grandes llanuras de la Mancha, donde el hidalgo creía ver en los molinos de las tremendas aspas movidas por el viento y en los rebaños que mansamente pasturaban por las silenciosas tierras, ejércitos guerreros que venían a luchar bravamente con el personaje creado por Cervantes y su fiel Sancho, que seguía a su amo pensando que el andante caballero soñaba demasiado con las muchas quimeras que pasaban brillantes en el filo de su mente y de su espada.

Amalia se mudó en la adolescencia a Alicante, puerto mediterráneo donde se hizo escritora. En esa ciudad casó con el poeta y profesor Pedro González Guillén. Juntos hicieron una vida centrada en el naturismo y las filosofías orientales divulgadas por Helena Blavatsky, de la que también participaba mi padre, Ángel Miquel Alcaraz, diez años menor que Amalia. Esa época feliz terminó cuando las circunstancias llevaron al frente a los pacifistas cuñados Pedro y Ángel para colaborar en la defensa de la República durante la Guerra Civil. La posterior instauración de la dictadura de Francisco Franco determinó que el exilio desgajara la familia.

Amalia, Pedro y Ángel se reencontraron en México en los años cincuenta. Cuando sus trabajos se los permitían, viajaban juntos por el interior de este país que encontraban fascinante. En 1955 fueron a Guanajuato, donde descubrieron que el grupo de Teatro Universitario dirigido por Enrique Ruelas representaba entremeses cervantinos en la Plazuela de San Roque. Asistieron a una de esas representaciones, cenaron en el restaurante frente al Teatro Juárez, callejonearon. En ese viaje, mi padre se encontró azarosamente con la norteña Flora Rendón Casavantes, quien también visitaba la ciudad. Comenzaron a verse, se hicieron novios. En diciembre, Pedro y Amalia regalaron a la joven pareja las Obras completas de Cervantes editadas por Aguilar en 1952; en una de sus guardas escribieron: “Que la luz de este libro os ayude a abrir las puertas de la ternura infinita en vuestro amor”.

Aguilar S.A. de ediciones, Madrid, 1952

2

Proveniente de Marruecos, donde su familia catalana se había radicado, el anarquista Proudhon Carbó se sumó al estallar la Guerra Civil a la defensa de la República. El dominio de varias lenguas y su carismática personalidad lo hicieron un interlocutor ideal de periodistas y políticos extranjeros como Emma Goldman, André Malraux, Juan Marinello, John Dos Passos y José Mancisidor. También encabezó en 1939 una de las últimas columnas militares que, perseguida por las fuerzas franquistas, pasó a Francia por la frontera de Cataluña; a ese episodio corresponden los siguientes recuerdos, plasmados por Carbó en Yanga Sácriba. Autobiografía de un libertario:

El ambiente era de una tensión insoportable a medida que se acercaba el desenlace del drama. Hice una última incursión a Puigcerdá, para cerciorarme de que no había rezagados. Licencié a los guardias que resguardaban todavía la Comandancia. Me fijé en un mapa de España, escala 1:1.000.000, que estaba en la pared sujeto con “chinches”. Lo arranqué violentamente y con él bajo el brazo subí a un pequeño Ford que aguardaba fuera y salí hacia la frontera. Cuando bajé de mi vehículo entré en el edificio de la Aduana. Todo estaba desierto. El enemigo estaba ya en Puigcerdá. Al salir, vi sobre el gran mostrador un libro. Era el Quijote. Lo tomé nerviosamente y me dirigí al puente (…) Así entré en el exilio. Con el Quijote bajo el brazo y el mapa de España en la mano.

Meses después, la cortesía obligó a Proudhon a regalar ese ejemplar a un compañero de lucha francés quien, habiéndolo hospedado en su casa junto a su esposa Carmen Darnaculleta, declaró interesarse en estudiar la lengua castellana. Era una pérdida que no tenía mayor importancia, pues la joven pareja llevaba entre sus escasísimas pertenencias las Obras completas de Cervantes publicadas por Aguilar en 1935, que la madre de Proudhon compró en Alcazarquivir, Marruecos, para regalarle, así como la edición del Quijote de cien mil ejemplares hecha para conmemorar el tercer centenario de la muerte de su autor (Ramón Sopena, Barcelona, 1916). Proudhon dejaba su huella en los libros que le resultaban significativos; en distintas partes de este Quijote, además de consignar datos de adquisición y uso (precio pagado: una peseta; lugar de encuadernación en cuero: Mekinès), pegó fotografías propias y de amigos, así como varias páginas con frases y refranes rescatados por su lectura de la novela maravillosa.

Luego de vivir un tiempo en la República Dominicana, Proudhon y Carmen se radicaron definitivamente en la Ciudad de México. Su hija Margarita, nacida en uno de los barcos del exilio, creció en la colonia Condesa y estudió en la UNAM. Poco después de morir sorpresivamente en 2015, su amiga Antonia Pi-Suñer escribió sobre ella:

Conocí a Margarita en la Facultad de Filosofía y Letras, siendo compañeras de banca en la carrera de Historia. Cursamos muchas materias juntas (…) hablábamos catalán entre nosotras pues compartíamos el ser hijas de refugiados catalanes de la misma región (…), el Ampurdán, el cual siempre se ha distinguido por su tradicionalismo familiar y por su republicanismo innato. Coincidimos también en el Orfeo Català, donde bailábamos en el Esbart Dansaire, descollando Margarita por su gracia y belleza; incluso me atrevo a decir que fue la mejor intérprete que ha tenido el grupo a lo largo de los años. Durante estos años conoció a Josep Ribera quien ha sido su compañero de toda la vida.

Tuvimos la suerte de tener unos padres que desde un principio nos hicieron amar a México, por lo cual siempre nos hemos sentido mexicanas sin dejar de lado nuestro origen catalán. Ambas hicimos toda la carrera académica en la Facultad: licenciatura, maestría, doctorado, y nos incorporamos a su cuerpo docente desde temprano. Si bien nuestros intereses académicos nos llevaron a especializarnos en temas distintos, siempre estuvimos en contacto y seguimos la carrera de una y otra. Yo sabía del éxito de Margarita en sus clases y conferencias sobre la Revolución Mexicana y de su devoción al estudio de dicho periodo y del cardenismo, temas que desarrolló en varios de sus libros y artículos. Su entusiasmo por la historia y las humanidades contagió a sus dos hijas, Eulalia y Anna, quienes son ahora distinguidas académicas.

En la biblioteca de Margarita se conservaron las Obras completas de Cervantes y el Quijote traídos a México en el equipaje de sus padres. También quedó ahí otro ejemplar del Quijote (Editorial Petronio, Barcelona, 1973) regalado por Proudhon y Carmen a sus nietas Eulalia y Anna Ribera Carbó. Por su parte, Josep (o José), heredó de su también exiliado padre Ignasi Ribera la edición en formato grande y con los grabados de Gustave Doré hecha por B. Bauzá en Barcelona y 1930, y adquirió la de Editorial Iberia de Barcelona aparecida en 1954 y la conmemorativa del IV centenario de la primera edición, publicada en 2004 de manera simultánea en distintos países por las Academias de la Lengua Española y Alfaguara. Y puesto que mi esposa Anna y mi cuñada Eulalia han hecho sus propias adquisiciones, pueden encontrarse en su biblioteca familiar conjunta ¡siete ediciones de la novela!

Ramón Sopena editor, Barcelona, 1916
Editorial B. Bauzá, Barcelona, 1930
Editorial Iberia, Barcelona, 1954
Editorial Petronio, Barcelona, 1973
Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1989
Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española y Alfaguara, México, 2004
M. Aguilar editor, Madrid, 1935

Fuentes

Amalia Miquel Alcaraz, María Dolores Miquel en la historia de Jijona, Amaipe, Alicante, 1978.

Proudhon Carbó, Yanga Sácriba. Autobiografía de un libertario, Plaza y Valdés, México, 1991.

Antonia Pi-Suñer, “In memoriam: Margarita Carbó Darnaculleta”, http://www.h-mexico.unam.mx/node/16708

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Cine político en México (1968-2017)

Esta obra de más de trescientas cincuenta páginas, publicada en 2019 por la Editorial Peter Lang y editada por Adriana Estrada Álvarez, Nicolas Défossé y Diego Zavala Scherer, me parece una muy importante aportación a la bibliografía sobre cine mexicano por tres principales motivos:

1. Porque se enfoca en un periodo, los cincuenta años más recientes del cine hecho en este país que, si bien ha sido estudiado en coloquios y acercamientos parciales a etapas como el de la muerte de la industria historiada por Isis Saavedra, a generaciones como la de “la crisis” analizada por Alejandro Pelayo, al movimiento superochero referido por Álvaro Vázquez Mantecón, al cine de los noventa descrito por Rafael Aviña, a productoras como Marte recuperada por Rosario Vidal Bonifaz o a películas específicas abordadas críticamente por Jorge Ayala Blanco, todavía es un territorio con grandes zonas por conocer. Baste decir que los volúmenes colectivos más recientes que continúan la Historia documental del cine mexicano de Emilio García Riera (Historia de la producción cinematográfica mexicana y Memoria fílmica mexicana) tratan respectivamente sobre las películas de los años 1981-1982 y 1983-1984, lo que significa que aún no está disponible el mapa detallado completo (y complicadísimo a partir de la diversificación de la producción hacia pequeños formatos) del resto de los ochenta, los noventa y el nuevo siglo. En este sentido, el libro que se presenta constituye una aportación al conocimiento de algunas zonas, sobre todo del documental, aunque también en menor medida del cine de ficción y experimental hecho en este país tanto por realizadores mexicanos como extranjeros.

2. Porque aborda un tema, el cine político, que no acostumbraba a ser tratado en la bibliografía previa. Es cierto que Eduardo de la Vega y otros han estudiado aspectos de las relaciones de productores, directores, argumentistas y censores con la esfera política, y que Francisco Peredo aportó un libro fundamental acerca del desempeño de la producción mexicana en el contexto internacional de la Segunda Guerra. Pero como establecen los editores de este libro, a partir de 1968 la manifestación de “lo político” adquirió un nuevo significado, del que anotan algunas coordenadas en su Introducción: “visibilizar cierta dimensión histórica”; “valorar el quehacer cinematográfico y audiovisual en su relación con movimientos sociales y culturales”; preguntarse acerca “de los horizontes que se manifiestan y los efectos que se producen” entre los cineastas y sus películas con la realidad.

Además, en cada uno de los textos incluidos en el libro se expresan nociones que diversifican y amplían el concepto:

como información y propaganda, en las cápsulas hechas por los estudiantes del 68;

como manifestación de una lucha revolucionaria, en la difusión internacional de las imágenes de la rebelión zapatista;

como militancia y activismo, en las cintas sobre Atenco;

como testimonio y acción, en un documental sobre la tragedia en la Guardería ABC;

como puesta en escena de situaciones de exclusión y marginalidad, en los videos de Sarah Minter sobre los punks de Ciudad Neza y los proyectos visuales de Maya Goded sobre prostitutas (y en los que se busca “recuperar una cierta noción de humanidad”, según palabras Minter);

como representación y crítica de la violencia de los narcotraficantes en algunas películas de ficción;

como desmantelamiento de discursos oficiales, para quienes pugnan por encontrar la verdad en la matanza de Ayotzinapa;

como reflexión sobre las causas del fenómeno multinacional de la migración, en cintas sobre centroamericanos y mexicanos que van a Estados Unidos,

y como instrumento para condenar prácticas comerciales e industriales devastadoras como el fracking, rescatar testimonios de quienes buscan justicia social, representar de forma auténtica la propia comunidad, mostrar solidaridad con los más débiles, etcétera.

Resulta evidente que las viejas definiciones de “lo político”, asociadas a gobiernos, élites, grupos de poder y partidos, se dejan aquí de lado para reflejar situaciones, conflictos y protagonistas (sobre todo de la llamada sociedad civil) que no se habían considerado como problemáticas centrales en libros previos de estas dimensiones sobre el cine mexicano.

3. Porque a pesar de sus naturales diferencias de asunto y enfoque, los diecinueve ensayos que el libro contiene presentan argumentaciones sólidas y pertinentes para el debate contemporáneo acerca de las temáticas que abordan. De hecho, Cine político en México manifiesta la existencia de una corriente de producción ensayística colectiva de muy buena factura, que parece ya consolidada, en distintos campos. Esta corriente ha dado lugar recientemente, entre otras obras, a La construcción de la memoria. Historias del documental mexicano (2013), coordinado por María Guadalupe Ochoa Dávila con textos de once autores; Miradas al cine mexicano (2016), coordinado por Aurelio de los Reyes con ensayos de veintisiete autores; Variaciones sobre cine etnográfico (2017), coordinado por Deborah Dorotinsky, Danna Levin, Álvaro Vázquez Mantecón y Antonio Zirión, con textos de catorce autores, así como el volumen previo de la colección Transamerican Film and Literature editada por Peter Lang, Mexican Transnational Cinema and Literature, editado por Maricruz Castro Ricalde, Mauricio Díaz Calderón y James Ramey, con textos de dieciocho autores. En la mayor parte de los casos, los incluidos en el presente libro no son los mismos que los de las otras obras mencionadas, lo que refleja la generosa amplitud de los estudios contemporáneos sobre cine en México, pero también expresa la buena decisión de los editores de incluir testimonios de realizadores junto a análisis académicos, lo cual presta al volumen una atractiva dimensión vivencial.

Xochitepec, Morelos, a 2 de enero de 2021

Texto leído en la presentación celebrada en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, el 26 de noviembre de 2019.

El volumen está disponible en:

https://www.peterlang.com/view/title/68678

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Oraciones escogidas, de Cicerón

He tenido la suerte de vivir entre libros, leyéndolos, haciéndolos, a veces escribiéndolos, pero, sobre todo, acompañándome de ellos a todas horas: en los morrales de estudiante, en las mesas de noche, en los equipajes, en las bibliotecas de los lugares donde he trabajado, en los estantes caseros donde se reúnen y ordenan. Pero a la vez que afuera, los libros también están adentro, leídos, asimilados, vividos de distintas formas, construyéndome como ningún otro objeto ha logrado ni logrará ya hacerlo. En realidad, no podría entender mi paso por el mundo sin estos silenciosos compañeros siempre dispuestos a ofrecer conocimiento, diversión, placeres sensoriales, elevación espiritual.

Durante un largo tramo creí que uno de mis principales legados a la comunidad donde he vivido iba a ser una biblioteca especializada en los temas de mi interés. Eso ocurrió cuando mis condiciones laborales y familiares permitieron que el conjunto creciera año con año –y con él, el número de muebles que lo acogían. Ilusamente asumí que ese desarrollo podría seguir de manera indefinida, pero una mudanza y otros motivos –entre ellos, la transformación de mis intereses– llevaron eventualmente a que la biblioteca ya no sólo no creciera, sino comenzara a decrecer. Además, el desarrollo más o menos reciente de grandes repositorios bibliográficos en formato digital hizo en buena medida inútil mi pretendido gesto de hacer esa donación póstuma a la comunidad. Pese a todo la biblioteca sigue ahí, con algunas zonas activas que aportan instrumentos de trabajo o propósitos de lectura, mientras que otras –en los estantes de difícil acceso– se mantienen a la espera de una llamada eventual, de un requerimiento externo, de una sorpresa.

A diferencia de lo que ocurre con otros bibliófilos, no me interesan los libros antiguos, las primeras ediciones, los impresos lujosos, los ejemplares firmados ni, en general, lo que aporta prestigio a un bien que puede cumplir perfectamente su función de transmitir un contenido sin él. Pertenezco a una generación de clase media que hizo su aprendizaje lector en pocket books, lo que me ha llevado a elegir por lo común los ejemplares con tapa blanda a los más caros de tapa dura y a comprar en librerías de viejo, entre otras prácticas. Sin embargo, en mi biblioteca hay también algunos títulos heredados o provenientes de regalos, que ostentan características prestigiosas.

Uno de los más antiguos que tengo me fue regalado en Alicante por mis tíos Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz, en julio de 1980. Se trata del primer tomo (de dos) de las Oraciones escogidas de Cicerón, traducidas por Rodrigo de Oviedo y publicadas en Madrid en la imprenta de Sancha, el año de M.DCCC.VI. Se trata de una edición en octavo menor (10 x 15 cm), encuadernada en pergamino, bilingüe (latín/castellano), que contiene los textos ciceronianos “En favor de la Ley Manilia”, “Contra Lucio Catilina”, “En defensa de Aulio Licinio Archias”, “Después de la vuelta al pueblo” y “Después de la vuelta al senado”, además de una dedicatoria, un prólogo y unas anotaciones finales del traductor.

De acuerdo con lo que informa la portada, De Oviedo fue teniente del Real Cuerpo de Ingenieros Cosmógrafos, profesor de matemáticas en el Observatorio Astronómico y catedrático de Buena-versión y Propiedad latina de los Reales Estudios de Madrid. El carácter bilingüe de la edición la hacía útil a quienes quisieran aprender la lengua latina. En el Prólogo, De Oviedo afirma que conocía otra traducción reciente de la misma obra, pero “no me ha detenido eso para publicar ésta: porque la otra, como mas costosa, no la puede comprar la mayor parte de los estudiantes, y á parte de esto yo no me he atado tanto á la letra, como el otro traductor (…) y conduce que haya diversas traducciones, mas y ménos libres, de un mismo autor”. A estas explicaciones, a las que no puedo sino considerar con simpatía, el profesor sumaba el elogio de la obra, escrita por el hombre “más eloqüente, que tuvo el imperio Romano, de un famoso jurisconsulto, gran Filósofo, político consumado, y sugeto de una vasta erudición, y sublime sabiduría”.

Este ejemplar, en efecto, sirvió como libro de texto. Al final, en una hoja blanca pegada al pergamino, un anónimo estudiante apuntó las páginas de las cláusulas latinas difíciles, las de nombres propios y las de sentencias notables; también un pequeño recorte de papel resguardado en el interior consigna anotaciones que daban fe de sus empeños por dominar la lengua. Junto a ese recorte, una estampa de Santo Tomás de Aquino atacada por una buena cantidad de manchas rojas indica, tal vez, sus maniobras para aligerar los excesos de tinta en la pluma… o simple aburrimiento.

No quedaron otros registros de propiedad o uso en el libro hasta que, unos ciento cincuenta años después de haberse editado, mis tíos pusieron en la portada y otras de sus páginas, en violeta, el sello que mandaron hacer con sus nombres combinados: amaliaipedro. Esta declaración de pertenencia mutua, que se mantiene en su tumba común en el cementerio de Alicante, es uno de los rasgos que mejor definió a esta fantástica pareja. Formados en el breve estallido de libertad de la Segunda República española, amaliaipedro abrazaron las más diversas creencias (el anarquismo, el espiritismo, el orientalismo, el naturismo, el nudismo…), y se las ingeniaron para vivir de acuerdo con ellas en la empobrecida y conservadora sociedad que siguió a la Guerra Civil. Su pequeño departamento de Alicante era visitado con frecuencia por jóvenes idealistas de otras regiones, quienes se iban de ahí con algún regalo en las manos y, sobre todo, con un modelo factible de cómo vivir con alegría y de manera creativa en condiciones externas difíciles. Los dos escribieron libros: él, el poemario Briznas (1950), y ella, los ensayos biográficos María Dolores Miquel en la historia de Jijona (1978) y Salvador Sellés, poeta de Alicante (1980); como no podía dejar de ser, también apareció un libro, Poemas (1985), escrito por los dos.

A la biblioteca de la pareja se incorporó, en algún momento, el primer tomo de la Oraciones escogidas de Cicerón, comprado a un proveedor de libros antiguos. Evidentemente a amaliaipedro ya no les sirvió para estudiar, como tampoco le serviría a su siguiente propietario, que lamentablemente no ha aprendido latín. De cualquier forma, la traducción de los discursos ciceronianos por don Rodrigo de Oviedo sigue siendo muy legible. De ella copio este elogio de los libros, que aparece en la defensa hecha por Cicerón del poeta griego Aulio Licinio Archias:

Preguntarásnos, Gracio, por qué gustamos tanto de este hombre. Porque nos suministra con que reparar el animo de este ruido del foro, y dar descanso á los oídos cansados de su voceria. Qué? piensas tú que podriamos tener que decir todos los dias en tanta variedad de asuntos, si le faltára á nuestro entendimiento el cultivo de la lectura, y estudio: ó qué podriamos llevar tanto trabajo á no darle algun desahogo con él? (…) Mas están llenos los libros, están llenas las sentencias de los sabios, y la antigüedad está llena de exemplos, que estarian sepultados en tinieblas, si nos faltára la luz de las letras.

Xochitepec, Morelos, 23 de abril de 2020

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Un nuevo modelo del universo, de Ouspensky

Me gusta pensar que cuando Ángel Miquel Alcaraz, mi padre, se desterró en México en 1949, llevaba entre sus escasas pertenencias ejemplares de dos libros que años más tarde se encontraban en la sección de su biblioteca donde colocó las obras que por algún motivo le resultaban importantes: la Segunda antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez y las Poesías completas de Antonio Machado, editados por Espasa-Calpe en la década de los treinta. Ángel había publicado en su natal Alicante dos breves conjuntos de versos que lo identificaban como discípulo indirecto de esos grandes escritores, Poesías (1946) y Alma en flor (1948), trayectoria que continuaría al llegar a su país de adopción con la publicación de tres nuevos poemarios, Gozo y cantar (1953), 33 poemas (1954) e Interior (1955).

Evidentemente, en el equipaje del exiliado no deben haber venido muchos más libros, por lo que la generosa biblioteca que llegó a hacer (calculo que de unos cinco mil volúmenes, en su momento de mayor alcance) fue pacientemente constituida en México. Mi padre tenía un apetito lector universal y en esa biblioteca había literatura, filosofía, historia, religión, arte y ciencia (en libros de divulgación). Otras piezas en la sección de obras importantes eran antiguas (un Garcilaso, la Atala de Chateaubriand…), así como un conjunto más o menos amplio de los llamados crisolines, esas pequeñas ediciones (6.5 x 8 cm) publicadas anualmente por Editorial Aguilar en la Colección Crisol. Recuerdo haberlo acompañado muchas veces a adquirir con ilusión los nuevos lanzamientos, que llegaban a la Librería Internacional de Avenida Reforma en tiempos navideños.

De manera más extraña, también había en esa sección un libro grande (18 x 24 cm, 594 páginas), cuyo negro empastado rimaba bien con el solemne título de Un nuevo modelo del universo. Los principios del método psicológico en su aplicación a los problemas de la ciencia, la religión y el arte, de Pedro Ouspensky. En mi fugaz paso por la carrera de Física eché un vistazo al volumen, sin que lograra atraerme porque evidentemente no tenía nada que ver con la ciencia que yo pretendía estudiar. Sólo muchos años después, gracias a una recomendación de mi amiga Margarita Cobo Ibarra, llegué a leer Psicología de la posible evolución del hombre y otras obras de ese autor ruso, así como de su maestro Georgi Ivanovich Gurdjieff. Esas lecturas me fascinaron por distintos motivos y las acomodé lo mejor que pude dentro de mi concepción del mundo, como espero muestre mi novela La necesidad de elegir (Ediciones Sin Nombre, 2019), que por cierto llevó, mientras la escribía, el gurdjieffiano título de El recuerdo de sí mismo. Pero el contacto con las obras de esos tenaces promotores de la elevación de la conciencia también me llevó a pensar en los motivos por los que el libro de Ouspensky se conservó en la sección privilegiada de la biblioteca de mi padre.

La familia Miquel Alcaraz no fue católica. Además, durante su etapa formativa en Alicante (cuando salió de ahí tenía 30 años), Ángel estuvo en contacto con practicantes de filosofías que caían fuera de la esfera de esa religión, que en los años cuarenta se convirtió en oficial en España. En su círculo cercano se realizaban con frecuencia sesiones espíritas, y se conservan un horóscopo cuadrado que le hizo el astrólogo local Hermilio Campos Zurita, así como un retrato en el que posa muy serio, con su hermana Amalia y su cuñado Pedro, junto al conocido médico hermetista Eduardo Alfonso. Esta afinidad con creencias alternativas al catolicismo llevó a Ángel, una vez en el exilio mexicano, a afiliarse a una logia masónica; más adelante tuvo amistad con la escritora y pintora teósofa exiliada Josefina Maynadé, quien hizo las ilustraciones para uno de sus libros, y adquirió y leyó libros de Krishnamurti, uno de los adelantados profetas del hinduismo en América. Pero, ¿y Ouspensky?

Casi al mismo tiempo que Ángel, llegó a México el inglés Rodney Collin, uno de los más fieles discípulos del pensador ruso. Con su esposa Janet, Collin fundó una comunidad religiosa en Tlalpan, que pronto tuvo un centro ceremonial en un planetario edificado en el pueblo de Tetecala. En ese lugar, entre otras cosas, se rendía culto al Sol, credo que también expresó el nombre de la Editorial Sol fundada por Collin para difundir las ideas del grupo. Un nuevo modelo del universo, en versión castellana de Horacio Flores Sánchez, fue uno de los primeros libros lanzados por esa editorial, en 1950. Sus capítulos, que recogen y corrigen libros publicados previamente por Ouspensky, son: «El esoterismo y el pensamiento moderno», «La cuarta dimensión», «El superhombre», «El cristianismo y el Nuevo Testamento», «El simbolismo del tarot», «¿Qué es el yoga?», «Sobre el estudio de los sueños y el hipnotismo», «El misticismo experimental», «En busca de lo milagroso», «Un nuevo modelo del universo», «El eterno retorno y las leyes de Manú» y «El sexo y la evolución».

Collin salió del país en 1954, para ir en busca de nuevas fuentes de sabiduría primero en el Oriente Medio y después Perú, donde murió en 1956, al caer de una torre de la catedral de Cuzco. Pero es posible que algunos miembros de su grupo mexicano permanecieran activos y, desde luego, continuaron circulando los libros de Editorial Sol. En cualquier caso, alguien seducido por la filosofía de Ouspensky inscribió la siguiente dedicatoria en el ejemplar de Un nuevo modelo del universo que se conservó en la biblioteca de mi padre:

Miquel: Cuando uno se encuentra con un tesoro, como este libro, se desea que todos lo conocieran y lo entendieran, cuando menos en una pequeña proporción como me ha sucedido a mí. Y ¡claro está! ante todo se piensa en los amigos artistas como tú, que se sabe lo agradecen; recíbelo como obsequio de Navidad de 1965. Francisco Calderón

Xochitepec, Morelos, 25 de abril de 2020

(Sobre Collin resumo información que Peter Washington da en Madame Blavatsky´s Baboon. A History of the Mystics, Mediums, and Misfits Who Brought Spiritualism to America, Shoken Books, Nueva York, 1993, pp. 376-377.)

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Imágenes de gente mencionada en este blog

María González y Reynaldo Casavantes. Ciudad Guerrero, Chihuahua, c. 1890. Colección: familia Miquel Rendón.
María Alcaraz con su primer hijo. Xixona, Alicante, c. 1895. Colección: familia Miquel Rendón.
María González y su hija Magdalena Casavantes (en primera fila, sentadas, bajo el corazón recortado) con parientes y amigos. Chihuahua, c. 1901. Colección: familia Rendón Hinterholzer.
María Alcaraz (con canasta frente al carro) junto a su marido Vicente Miquel, quien carga a la niña Amalia Miquel Alcaraz, con parientes y amigos. Xixona, Alicante, 1910. Colección: familia Miquel Rendón.
Francisco Rendón. Ciudad Juárez, Chihuahua, 1910. Colección: familia Miquel Rendón.
María Alcaraz con su hijo Ángel Miquel Alcaraz. Alicante, c. 1927. Colección: familia Molina Miquel.
Francisco Rendón y Magdalena Casavantes el día de su boda. Ciudad Guerrero, Chihuahua, mayo de 1930. Colección: familia Rendón Hinterholzer.
Flora Rendón Casavantes. Chihuahua, Chihuahua, 1934. Colección: familia Miquel Rendón.
Magdalena Casavantes con sus hijos Flora, Odila y Carlos, y otras personas. Cuernavaca, Morelos, 1941. Colección: familia Miquel Rendón.
Magdalena Casavantes con sus hijos Flora, Odila y Carlos. Coahuila, c. 1942. Colección: familia Miquel Rendón.
Ángel Miquel Alcaraz. Ciudad de México, c. 1950. Colección: familia Molina Miquel.
Boda de Flora Rendón Casavantes y Ángel Miquel Alcaraz; junto a la novia, Francisco Rendón y, de espaldas, Magdalena Casavantes; junto al novio, Amalia Miquel Alcaraz y Manuel Casavantes. Torreón, Coahuila, mayo de 1956. Colección: familia Miquel Rendón.
Ángel Miquel Alcaraz con su primer hijo. Torreón, Coahuila, 1957. Colección: familia Miquel Rendón.
Ignasi Ribera dirigiendo al Esbart del Orfeó Català. Ciudad de México, c. 1958. Colección: familia Ribera Carbó.
Francisco Rendón, Flora Rendón Casavantes y niño Horacio Miquel Rendón. Torreón, Coahuila, 1959.
Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz. Alicante, 1970. Colección: familia Molina Miquel.
Alba Cama, Vicente Rojo, Cristina Martín y Emilio García Riera. Barcelona, c. 1985. Colección: familia García Martín.
Flora Rendón Casavantes, Ángel Miquel Alcaraz y Alfonso Simón Pelegrí. Ciudad de México, c. 1990. Colección: familia Miquel Rendón.
José Ribera Salvans y Margarita Carbó Darnaculleta. Ciudad de México, 2002. Colección: familia Ribera Carbó.
Gastón Alejandro Martínez y Pablo Mora. Ocoyoacac, Morelos, 2008. Colección: Ángel Miquel.
Con Francisco Rebolledo. Xochitepec, Morelos, 2008. Colección: Ángel Miquel.
Marcela Campos y Alain Derbez. Ciudad de México, 2010. Colección: Ángel Miquel.
Con Anna Ribera Carbó, Alfonso Simón Pelegrí y Manola Ruiz. Madrid, 2013. Colección: Ángel Miquel.
Con Juan Carlos y Mariana Mena. Ciudad de México, 2019. Colección: Ángel Miquel.

Xochitepec, Morelos, 26 de diciembre de 2020.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Miradas al cine mexicano coordinado por Aurelio de los Reyes

Esta obra, editada por el Instituto Mexicano de Cinematografía en noviembre de 2016, es una muy valiosa aportación al campo de los estudios sobre cine en varios sentidos. Para empezar, es una obra amplia y compleja en dos tomos, integrada por 17 capítulos en el primero y 18 en el segundo, con más de 800 páginas, abundantes ilustraciones y escrita por 26 autores representativos de distintas especialidades. Carlos Martínez Assad, Julia Tuñón, Eduardo de la Vega Alfaro, Rogelio Agrasánchez Jr., Sergio de la Mora, Patricia Torres y Francisco Peredo son, junto con De los Reyes, reconocidos investigadores que ofrecen destilados de trabajos hechos, en ocasiones, durante largos años. Pero junto a ellos da gusto reconocer a una nueva generación ya plenamente productiva, en la que están David Wood, José María Serralde, Isis Saavedra, Carmen Elisa Gómez, María Paula Noval, Álvaro Vázquez Mantecón y Gabriel Rodríguez, quienes presentan frutos de sus acercamientos a los temas de su interés. Junto a ellos hay contribuciones de quienes como Itala Schmeltz, Mónica Maorenzik, Juan Solís y Alejandro Pelayo, han eventualmente interrumpido sus actividades primordiales de gestión o edición para desarrollar trabajos escritos.

De entrada, entonces, Miradas al cine mexicano da cuenta de un campo de conocimiento muy amplio, que se aborda colectivamente con distintos enfoques y metodologías. Las fichas curriculares de los autores muestran que están adscritos a una docena de universidades, cinetecas, archivos, museos y otras instituciones ubicadas en la Ciudad de México y Guadalajara, principalmente, además de quienes se presentan como investigadores independientes o trabajan en los Estados Unidos. Aunque las reuniones académicas, la bibliografía en constante incremento y la cada vez más numerosa elaboración de tesis universitarias mostraron en los últimos treinta años la paulatina ampliación de los estudios sobre cine, podría decirse que este par de volúmenes lo manifiesta ya como un campo firme. Los 26 autores incluidos en esta obra no son, ciertamente, todos los que producen investigación en esta especialidad hoy en México, ni los que se interesan en ella en otros países como Estados Unidos y España. Pero el conjunto evidencia que el trabajo colectivo aporta un conocimiento extenso y profundo que sería muy difícil, si no imposible, de alcanzar, por investigadores aislados. Y también es una muestra representativa de las aproximaciones que esta comunidad académica ha hecho para abordar sus objetos de estudio. Se nos explica en el prólogo que la inclusión de la palabra “Miradas” en el título del proyecto fue para hacerlo incluyente, para aceptar “cualquier enfoque, metodología o visión”. Tal vez no corresponda o sea prematuro hablar de una escuela mexicana en este sentido, pero los libros parecen mostrar que las tendencias mayoritarias en lo que se produce hoy en este campo son la historiografía, los estudios regionales y los estudios de género, mientras que no aparecen representadas otras corrientes que se cultivan por ejemplo en Estados Unidos y Francia, como el análisis de secuencias o la teoría cinematográfica.

Al margen de las tendencias que la constituyen, Miradas al cine mexicano es una muestra de la excelente salud de los estudios sobre cine entre nosotros. El que sus ensayos hayan tenido una presentación previa como conferencias en la Academia Mexicana de la Historia y se repitieran en la Cineteca Nacional, contando las dos veces con una considerable cantidad de público, es un signo de la legitimidad que esos estudios han alcanzado aquí. Su reconocimiento sólo se daba hasta hace relativamente poco tiempo en las culturas académicas de unos cuantos países. Sin programas universitarios de licenciatura o posgrado que los promovieran, ni publicaciones serias que los pusieran en el mismo nivel que los referidos a la literatura, la pintura o la arquitectura, los estudios sobre cine tuvieron entre nosotros un desarrollo lento, precedido únicamente por las aportaciones, en ocasiones considerables, de periodistas como José María Sánchez García y Paco Ignacio Taibo I, o de investigadores no provenientes de la academia como Emilio García Riera, Gabriel Ramírez y Jorge Ayala Blanco.

En las décadas recientes resultó crucial para su impulso la intervención de la Cineteca Nacional, la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Mexicano de Cinematografía, aunadas a las oficinas de promoción cultural de al menos cinco universidades (UNAM, Universidad de Guadalajara, Universidad Autónoma Metropolitana, Universidad Veracruzana y Benemérita Universidad Autónoma de Puebla), y a algunas editoriales privadas como ERA y Clío. La convergencia de los esfuerzos de estas instituciones determinó que la producción de cultura cinematográfica se proyectara como nunca antes en el país. Vale la pena recordar aquí los siguientes datos, referidos a la publicación de libros sobre cine: entre 1921 y 1960 aparecieron treinta, a razón de menos de ocho por década; la cifra se elevó a alrededor de 130 en conjunto en los años sesenta y setenta, debido al poderoso impulso de la generación de Emilio García Riera, Carlos Monsiváis, Manuel González Casanova, José de la Colina y Jorge Ayala Blanco. Más o menos la misma cantidad apareció en los años ochenta, mientras que a partir de los noventa y presumiblemente hasta la actualidad el número creció hasta rebasar los 250.

Desde hace un cuarto de siglo se publican en el país alrededor de veinticinco libros de cine por año. Es cierto que parte de esa producción se ha dirigido y se dirige hacia fines comerciales, sin importar su novedad, pertinencia o peso intelectual; pero otra parte sí cumple con los requisitos esperados en las obras que amplían sustancialmente lo que se conoce acerca de los temas que abordan. Quienes se han interesado en desarrollar el campo han aprovechado el espacio editorial abierto por las instituciones mencionadas, así como algunas publicaciones periódicas como Historia Mexicana, el Anuario del Instituto de Investigaciones Estéticas, Cine Toma e Icónica, y las extranjeras Secuencias, Archivos de la Filmoteca, Imagofagia y Vivomatografías. Pero es claro que sin investigaciones sólidas ese desarrollo no se hubiera dado.

En este sentido debe subrayarse la intervención de Aurelio de los Reyes, a través de su monumental obra realizada en los 45 años transcurridos entre Los orígenes del cine en México (1972) hasta sus libros más recientes, el tercer tomo de Cine y sociedad en México (2014), el volumen colectivo Cine mudo latinoamericano. Inicios, nación, vanguardias y transición, coordinado con David Wood (2015) y Miradas al cine mexicano. En realidad, podría considerarse a esta última obra como uno de los puntos importantes de concreción de su trayectoria, al incorporar una buena cantidad de textos derivados de problemas o intereses abiertos por sus investigaciones, pero también por el hecho, evidentemente relacionado, de que más de la mitad de los autores hemos sido sus alumnos y nos hemos beneficiado de sus enseñanzas a través de clases y seminarios en la universidad, o de conferencias públicas en la Academia Mexicana de la Historia, el Seminario de Cultura Mexicana y otras instituciones. No puedo pensar en una persona más trascendente para el desarrollo de los estudios académicos del cine en México que Aurelio de los Reyes, y su trabajo se magnifica si se considera que sus aportaciones rebasan el ámbito de la cultura impresa para extenderse hasta los terrenos de la curaduría, el rescate y la reconstrucción de películas.

El conocimiento proporcionado en Miradas al cine mexicano se refiere, por una parte, al amplio espectro temático abarcado, que incluye el abordaje de géneros como el melodrama, las películas de la Revolución, la comedia ranchera, los cines cómico, fantástico, pornográfico y de ciencia ficción; de periodos como el cine mudo, la transición al sonoro, y las décadas de los setenta, los ochenta y los noventa; de representaciones específicas como la de la Ciudad de México, lo queer, la familia, la sexualidad y la violencia; de elementos internos a las cintas como la música y la escenografía, y en fin, de otros aspectos como la producción de películas en súper 8, los cines y cineclubes, el periodismo y la bibliografía cinematográficos, sin olvidar el tipo de acercamiento más frecuente en este tipo de cultura, que es el de la atención a películas específicas, directores, actores y actrices. Esta enorme nómina no se presenta como exhaustiva, y ya en el prólogo se enumeran otros temas que no pudieron ser abordados y por eso “quedaron para el futuro”: la lucha libre, el albur, los indígenas, el documental, los productores, los sindicatos, los estudios y el público, así como la recepción en España y América Latina, los principales ámbitos de exhibición extranjera del cine mexicano. Efectivamente una cinematografía de ciento veinte años tiene ramificaciones numerosísimas; la buena noticia es que ya hay un colectivo de investigadores que puede acercárseles para hacerles preguntas y obtener respuestas desde una perspectiva amena y rigurosa a la vez.

Xochitepec, Morelos, 20 de diciembre de 2020

Texto leído en la presentación de esta obra en el Instituto Mora, en mayo de 2017.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

La ciencia nuestra de cada día de Francisco Rebolledo

Para quienes no nos dedicamos a la ciencia, nuestras nociones de física, química, astronomía y biología suelen reducirse a lo aprendido en la educación básica. Esas nociones permanecen por lo común asociadas a nombres. Recordamos, por ejemplo, que el disco de Newton, pintado con los siete colores del arcoiris, al ponerse a girar producía el blanco; que Arquímides exclamó “Eureka” al ocurrírsele en una tina la explicación del principio que lleva su nombre; que Einstein enunció la fórmula mediante la cual hace equivaler la masa de un cuerpo con una energía gigantesca, y que Watson y Crick descubrieron la estructura helicoidal del ADN. Esos nombres, sin embargo, pocas veces nos remiten a personas: fuera de las populares fotografías de Einstein, con su larga melena blanca, no tenemos ni idea de cómo eran los seres humanos que produjeron los conocimientos que nos fueron transmitidos por nuestros maestros y que cargamos, un poco inútilmente, en el enorme equipaje de lo que conocemos con vaguedad.

Uno de los principales méritos de La ciencia nuestra de cada día, el libro de Francisco Rebolledo, es hacernos ver que detrás de las ideas que hicieron más profundo nuestro conocimiento del universo, o de inventos cruciales que permitieron demostrar la verdad de ciertos enunciados que transformaron las teorías o la vida cotidiana en regiones enteras del mundo, había seres humanos de carne y hueso. Hombres y mujeres caracterizados por una creatividad fantástica, pero en todo otro sentido muy parecidos al resto de la humanidad: con necesidades, deseos, manías, virtudes, defectos… Una de las razones por las que la lectura de este libro se vuelve en muchos pasajes entrañable es precisamente debido a que Rebolledo ha destacado rasgos de carácter o situaciones vitales peculiares de grandes científicos. Aprendemos, por ejemplo, que Arquímedes ayudó con sus inventos a defender Siracusa de una flota enemiga; que Berzelius, quien propuso el eficiente sistema que se adoptó para designar a los elementos, era un individuo impráctico que fracasó en sus intentos de embotellar agua mineral; que Cavendish, quien descubrió el valor de la constante de gravitación universal y fue por eso capaz de calcular la masa de la Tierra, era un hombre huraño que vivía enclaustrado en sus habitaciones y dejaba a sus sirvientes recados para que le prepararan alimentos que comía solo; que Einstein fingía trabajar en la oficina suiza de patentes donde estaba contratado mientras resolvía mentalmente los problemas que lo apasionaban, y que la irlandesa Jocelyn Bell Burnell, descubridora de las estrellas de neutrones, de no ser por el desarrollo de la radioastronomía jamás hubiera podido conciliar su necesidad incurable de dormir de noche con su vocación de astrónoma, ya que como es bien sabido –y Arthur Koestler dedicó un espléndido libro al tema–, los estudiosos de planetas, estrellas y otros cuerpos celestes son tradicionalmente sonámbulos.

En este dar cuenta de la humanidad de los científicos se muestra la visión de novelista de Rebolledo –uno de los grandes escritores mexicanos contemporáneos– acostumbrado a convivir con personajes cuyas acciones están enraizadas en un cuerpo habitado por deseos, afectos y pasiones. Y en esta encarnación de algo que acostumbramos a considerar sólo en el punto de vista de las ideas, Rebolledo llega incluso al extremo de dar forma humana a lo inorgánico. Dice:

Al sodio, por ejemplo, ese metal inestable, siempre ávido por desprenderse del electrón solitario que se traslada en la órbita más alejada del núcleo, me lo imagino como un jovenzuelo (ocupa el lugar número 11 de la tabla periódica) pelirrojo (el color que libera su llama es de un anaranjado intenso), hiperquinético e inestable, que sólo logra quedarse tranquilo cuando se le extrae el trauma que pesa en su conciencia. En el otro extremo, me imagino al radón, ese gas noble que se encuentra casi al final de la tabla, como un venerable y casi etéreo anciano alejado por completo de los deseos mundanos, irradiando (es radiactivo) la infinita sabiduría que sólo es posible obtener del reposo absoluto; lo veo como un impasible Buda en la familia de los elementos. (p. 114)

Con astucia literaria, Rebolledo nos deleita con la descripción de la forma de aparearse de los escorpiones en el contexto de una disquisición acerca del origen evolutivo del sentimiento que llamamos amor; con la narración del descubrimiento de la insulina por Banting y Best, que permitió salvar la vida al escritor H. G. Wells –un salvamento en este caso triste, pues Wells vivió por ese alargamiento inesperado hasta la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la era atómica, lo que destruyó su optimismo y amargó su carácter–; o con un auténtico cuento en el que una viuda llamada Hannah da a luz, el día de Navidad de 1642, a un enclenque sietemesino que salva milagrosamente la vida, llamado a convertirse en el más inteligente de los hombres: Isaac Newton.

Pero no debe pensarse que esta visión de la ciencia por un literato carece de rigor. Al contrario, en las notas recopiladas advertimos una impecable argumentación y un escrúpulo por la precisión terminológica que nos lleva a saber qué son los isómeros, la entropía, la ATP sintetasa, los cuanta, los telómeros y la materia oscura, entre muchas otras cosas. Por el libro nos enteramos de las razones evolutivas de la obesidad; de la existencia, en el cerebro humano, de una zona que a veces nos hace comportarnos como reptiles; del número de estrellas que se ven a simple vista; de por qué en las zonas tropicales toleramos mejor que en otros lados el sabroso picor del chile, y de cuántos años vive una secuoya, el más grande y uno de los más longevos seres que habitan sobre la Tierra. Aprender todo eso es, en sí mismo, gratificante, pues, como el mismo autor escribe:

Tal vez saber (…) no resuelva las mil y una penurias que enfrenta la vida del hombre (…) Pero sin duda, en la búsqueda de (…) respuestas, y sobre todo en las preguntas que nos hacemos en torno al universo que nos rodea, estriba lo más profundo de la naturaleza humana. (p. 97)

Sin embargo, la divulgación del saber científico tiene también otro sentido, que en la situación planetaria actual cobra cada vez mayor importancia. A través de una impecable argumentación que pone sobre la mesa los descubrimientos más recientes, Rebolledo hace ver los peligros que corremos por la sobrepoblación, un fenómeno que pone en riesgo, desplazándolas o eliminándolas, a otras muchas especies. Puesto que, como escribe el autor, “Los eslabones que conforman la cadena de la vida en el planeta son mucho más frágiles de lo que sospechamos” (p. 210), la desaparición de una especie repercute de forma inesperada en nosotros mismos. Es impresionante el ejemplo de la extinción del pichón pasajero, una especie oriunda de Estados Unidos que, al ser cazada a mansalva en el siglo XIX, suscitó el incremento de la enfermedad de Lyme, un padecimiento infeccioso muy dañino para los seres humanos:

Los pichones formaban bandadas de miles de millones y comían hayucos y bellotas; con la extinción de estas aves, había más de estos alimentos para un tipo de roedor llamado ratón ciervo, lo que ocasionó que las poblaciones de estos mamíferos florecieran. Esto hizo al medio ambiente más favorable para unas garrapatas que parasitaban al ratón y que transmitían la espiroqueta que causa la enfermedad de Lyme. Los cazadores comerciales, al provocar la extinción del pichón pasajero, hicieron el medio ambiente más favorable para los ratones, las garrapatas y las espiroquetas, y más desfavorable para el homo sapiens. (p. 210)

En este mismo sentido, Rebolledo advierte los peligros de que continúe una intervención incontrolada del ser humano sobre la Tierra a través de la emisión excesiva de dióxido de carbono, que ocasiona transformaciones atmosféricas que amenazan con producir cada vez mayor número de acontecimientos devastadores como tornados y huracanes. La ciencia nuestra de cada día tiene, entonces, esta otra dimensión, en la que la transmisión del conocimiento sirve para educar, sensibilizar, crear conciencia acerca de riesgos que existen, y de la forma en que es posible comportarse, como colectividad, para evitarlos.

En resumen, los 62 breves textos reunidos en esta colección –agrupados en secciones de física, astronomía, química, biología y evolución, ecología y divulgación de la ciencia–, reviven y hacen crecer los conocimientos de quienes no nos dedicamos a alguna disciplina científica, y sospecho que también los de quienes sí. Escritos con curiosidad enciclopédica, fundamentos sólidos y pasión por la ciencia, convencen a nuestro intelecto de la necesidad de militar en la defensa de los valores de la razón y el respeto por los otros seres con los que compartimos el planeta. El libro, a la vez, interesa y seduce. En algún punto, hechiza. Lo que no resulta extraño si consideramos que, como dice Rebolledo, la literatura y la ciencia tienen en común ser oficios propios de taumaturgo, ya que “un buen escritor, hace magia con las palabras; un buen químico, la hace con las sustancias” (p. 113). La ciencia nuestra de cada día muestra fehacientemente que el escritor y químico Francisco Rebolledo es, también, un buen taumaturgo de la divulgación científica.

Xochitepec, Morelos, 15 de diciembre de 2020

Texto de presentación del libro en la Sala Ponce del Jardín Borda de Cuernavaca, en septiembre de 2008.

Francisco Rebolledo, La ciencia nuestra de cada día, Fondo de Cultura Económica / Secretaría de Educación Pública / Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología, México, 2007, 244 pp. (Colección “La ciencia para todos” núm. 216)

Disponible en edición electrónica:

https://www.fondodeculturaeconomica.com/Ficha/9786071603807/F

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Una fisura en el tiempo de Teresa Icaza

Una fisura en el tiempo es el título de la novela con que Teresa Icaza se presenta como escritora. Es una presentación muy afortunada, pues a las emotivas historias que relata con prosa tersa y precisa se suma una edición muy cuidada por Bonilla Artigas, con diseño de portada de Jocelyn Medina en la que luce la reproducción de un óleo del pintor valenciano Joaquín Sorolla. De esa imagen, que representa a una niña en el mar, quiero partir para contar algunas de las reflexiones que me provocó la lectura de esta obra, de la que no diré la trama para que cada quién tenga el placer de descubrir por sí mismo las historias que la componen.

La niña a la orilla del mar, que refiere al personaje protagónico y al que pertenece la voz narrativa, inevitablemente hizo revivir mi recuerdo más antiguo de Teresa Icaza, cuando coincidimos con otros pocos amigos en una playa desierta del Pacífico mexicano. Es como si al invitarme a presentar su libro Teresa me hubiera instigado a revivir ese breve y entrañable periodo asociado a nuestra juventud, lo que sería simplemente anecdótico si uno de los temas profundos de la novela que ha escrito no fuera el de la maleabilidad del tiempo, fenómeno que, a través de los recuerdos, los sueños y otros modos de la conciencia, nos hace percibir el pasado como unido al presente en una configuración difícil, si no es que imposible, de disociar.

Ese fenómeno, que se anuncia ya en el título del libro, se manifiesta en al menos tres distintas formas en la narración. Una es el entramado lingüístico, en el que las fluctuaciones entre los tiempos verbales dan cuenta de las frecuentes irrupciones de recuerdos en la mente del personaje femenino a cargo de la narración. Otra es la repetición del tiempo presente en párrafos consecutivos que se refieren a periodos distintos, un poco a la manera de los diarios íntimos, en los que suelen encontrarse saltos considerables en registros contiguos de acontecimientos que sin embargo son siempre expresados en presente. Más misteriosa es otra variante, esta vez expresada en situaciones nunca ocurridas en las vidas “reales” de los personajes, y que los sitúan existencialmente, a la manera de los sueños o de las alucinaciones, en un territorio aparte, donde el espacio, el tiempo y la ley de la causalidad son distintos a lo acostumbrado. El que la novela inicie y termine en capítulos donde se subrayan las experiencias que suelen llamarse de conciencia expandida indica la importancia que les atribuye la autora. Es como si la temporalidad medible de la historia que se cuenta estuviera inmersa y fuera un caso particular de ese confuso magma; una de las infinitas capas –como escribe Icaza– “que conforman la densidad inconsciente (…) del tiempo sin tiempo” (p. 11), y que se asocia simbólicamente en la narración con un sistema de grutas y, sobre todo, con el mar.

Estas manifestaciones de las convivencias y las rupturas del tiempo encarnan en una materia propiamente novelesca: la descripción de las transformaciones de la identidad de un personaje por sucesivas experiencias que la llevan de niña a adolescente y luego a mujer madura, con los cataclismos que esos cambios suelen traer consigo: mudanzas de casa, de ciudad, de estilos de vida; aprendizajes mentales y sentimentales; dolorosos reencuentros; pérdidas; cambios de familia y hasta de nombre. Como en todas las buenas novelas, el modelo de la experiencia del crecimiento humano encarna también en un personaje entrañable, que en este caso posee una voz sensible, comprensiva, poética, que hace recordar por tramos a la del personaje femenino principal de la extraordinaria Balún-Canán de Rosario Castellanos. Dice la narradora, por ejemplo:

…entiendo que el origen se trae pegado, como el propio aroma. (p. 31)

La escucho, y por primera vez experimento una especie de serenidad líquida y cálida, poco a poco vertida dentro de mi cuerpo como si fuera un vaso. (p. 88)

¿Cómo transformar la rigidez en movimiento? Las piedras permanecen por milenios en un lugar, sin moverse. Ahí están, como testigos de la edad del planeta. ¿Y el corazón, dónde lo encuentro? (p. 96)

La lectura de esta obra de Teresa Icaza me llevó a uno de los escritores de tema marítimo que más me gustan, Joseph Conrad, y en particular a su primera novela, La locura de Almayer, en la que, tal y como sucede en Una fisura en el tiempo, hay personajes que nadan en el mar. Al margen de que resulte relevante para las tramas respectivas como muestra de las costumbres tradicionales de los pueblos ribereños que las dos novelas retratan, ese gesto también remite al hecho mismo de estar ahí, en el agua, lo que puede asociarse con estratos antiguos de nuestra psique, o de nuestro genoma, donde los seres humanos somos lo que alguna vez fuimos, anfibios en ruta del mar a la tierra. Un gesto, entonces, el de nadar en el mar, que también enlaza de manera indirecta con el tema del tiempo y sus rupturas, representado en el pizarrón por nuestros maestros de biología como una línea horizontal atravesada por pequeñas marcas verticales que indican cuándo hubo una mutación, cayó un meteorito, se dio una fisura.

Varios personajes de esta obra son por cierto biólogos que estudian a las ballenas. En esto no puedo sino reconocer uno de los rasgos de las narraciones que suelo disfrutar más: el de la puesta en escena del estrato de la sociedad que tiene por oficio ejercer el conocimiento científico. Pongo como ejemplos dos espléndidas novelas mexicanas más o menos recientes: en Rasero (1993) de Francisco Rebolledo, aparecen como personajes Lavoisier y Diderot; en En busca de Klingsor (1999) de Jorge Volpi, Gödel, Heisenberg y Einstein. Los biólogos de esta obra de Teresa Icaza pertenecen a la misma progenie y enfrentan, como los otros, dilemas éticos que los llevan a decisiones que provocan en algunos casos ocultamientos, traiciones y culpas, pero en otros, al menos de forma implícita, el cumplimiento de la misión de comprender los trozos del mundo donde se desempeñan profesionalmente, lo que en este caso significa también cuidarlos de la depredación.

La novela describe de forma sutil el rito de paso por el que esa niña que según su abuela “parece hija del mar” (p. 78), al ver ballenas en Baja California adquiere en la adolescencia la certeza de que tendrá que “estudiar mamíferos marinos el resto de mi vida” (p. 48). Pero el encuentro con esa vocación tiene raíces en la vivencia de lo profundo. Por eso, convertida en bióloga y luego de años de estudiar a los cetáceos, la protagonista reconoce: “Sustento las hipótesis, me concentro en el manejo de los datos y las variables, busco las comprobaciones, pero donde verdaderamente comprendo, es dentro del mar” (p. 54). Nueva muestra de que Teresa Icaza propone en esta novela que el tiempo, el espacio y la ley de la causalidad en que sienta sus bases el conocimiento racional son deudores y casos particulares de un saber más amplio e insondable.

Xochitepec, Morelos, a 12 de diciembre de 2020

Texto para la presentación virtual de esta novela publicada por Bonilla Artigas Editores en la Librería Gandhi de México el 11 de diciembre de 2020.