De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Dos de Alain Derbez

El jazz según don Juan y más silbables ráfagas (La Zonámbula, Guadalajara, 2013)

Alain y yo somos amigos hace casi cuarenta años, y por temporadas hemos sido de esos amigos encimosos que necesitan estar en contacto, saber qué hace el otro, tenerlo ubicado todo el tiempo. Como tenemos relaciones más bien raras con los teléfonos (por ejemplo, aún no nos animamos a usar los llamados inteligentes), hemos mantenido nuestra comunicación viva en buena medida por escrito. Hace años vivíamos en el Distrito Federal y nos mandábamos cartas cuando viajábamos; llegó un tiempo en el que nos mudamos a ciudades de rumbos muy distintos, y nos acostumbramos a enviarnos correos, casi siempre compuestos de unas cuantas palabras en clave. Esos correos en que festejábamos o deplorábamos la actuación de nuestros equipos de futbol y comentábamos la vida política o la familiar, servían sobre todo para ubicarnos y mantenernos en comunicación. Y esta costumbre permaneció cuando coincidimos de nuevo en la misma ciudad, donde en lugar de llamarnos nos escribimos.

Hace unos años, usando también el correo electrónico, hicimos una novela juntos, un poco a la manera de los autores de Fantomas, Marcel Allain y Pierre Souvestre, en la que le planteábamos al otro problemas que le pasaban a los personajes que de manera no muy disfrazada éramos nosotros mismos y que el otro tenía que resolver de alguna forma, al mismo tiempo que preparaba el siguiente conjunto de situaciones para que lo resolviera el que estaba del otro lado del mundo, en la otra computadora. Quedó una novela que se titula Usted soy yo, que en 2008 ganó el premio “Jorge Ibargüengoitia” y que al año siguiente fue publicada por Ediciones La Rana de Guanajuato.

Pero aquí no quiero sólo presumir y enorgullecerme de mi amistad con Alain. Lo que quiero además es aprovechar haber sido durante tanto tiempo algo así como un testigo de su vida para mostrarles alguna de las tramas biográficas que subyacen a los ritmos y a las hermosas e inusuales combinaciones de palabras de este poemario, actualización de El jazz según don Juan y otras silbables ráfagas (lo que quiere decir: otros poemas) (unasletras, 2006), que a su vez había establecido pertinentes vasos comunicantes con los primeros libros de versos del autor: Zenón tuvo razón (La Máquina de Escribir, 1980), Desnudo con la idea de encontrarte (Katún, 1985) y Amar en baños públicos (Joaquín Mortiz, 1992).

En El jazz según Don Juan y más silbables ráfagas se muestra, sobre todo, una profunda devoción por el jazz. Pero esa devoción, ¿de dónde proviene? De acuerdo con mi experiencia, para la gente de nuestra edad, en México, este tipo de música era una excentricidad. No era un gusto que tuvieran mis parientes, amigos o compañeros de escuela, ni que se divulgara en otros espacios aparte del programa que tenía desde siempre Juan López Moctezuma en Radio UNAM. De hecho, antes de ser amigo de Alain sólo conocía a una persona que lo escuchara, mi tío Jaime Santos, admirador del Modern Jazz Quartet y seguidor del futbol americano ¡mexicano! Para estar en ese gremio había que ser de alguna forma distinto.

Alain, quién lo duda, siempre lo fue: su credo anarquista lo hace de entrada minoría, y en sus muchos campos de actividad, la música, la literatura, la historia, la radio, el periodismo, navega a su aire. No pertenece a ninguna capilla reconocida, ni a una corriente identificable de la cultura. Pero metido ahí, como desbalagado, tiene la fuerza necesaria para ir labrando, como en una montaña rocosa, su main stream. Es cierto que al mismo tiempo tiene una veta más acorde con el resto de la sociedad –que lo hace, por ejemplo, ser buen esposo y padre de familia, fanático del Atlante, gran conocedor del cine mexicano de la época de oro, periodista y tuitero que critica a los malos políticos, y escritor muy apreciado de boleros y otras canciones populares–, pero incluso esa veta es, para mí, una concesión, la cuota que su excentricidad se ve obligada a pagar al entorno en el que vive.

Por todo esto el jazz encontró en Alain un prosélito perfecto. Ya antes de este libro había demostrado su devoción en otros donde historiaba y divulgaba ese arte, como la antología Todo se escucha en el silencio. El blues y el jazz en la literatura (UAZ y UAS, 1998) o El jazz en México. Datos para esta historia, del que el Fondo de Cultura Económica ha hecho sucesivas ediciones corregidas y aumentadas hasta llegar, en las más recientes (en papel, 2012; electrónica, 2014), a un volumen de casi mil páginas.

En nuestra adolescencia estuvimos un tiempo en París. Teníamos el pelo largo, una que otra ilusión y muy poco dinero. En un restaurante dilapidamos nuestros últimos ahorros. El piano del lugar estaba libre. Alain se levantó de la mesa y se puso a tocar. Hubo aplausos y propinas con las que pudimos comprar otra botella de vino. Desde entonces me consta que hace jazz. Luego, en México, estudió con Henry West, quien le enseñó los misterios del dominio del escenario y de la respiración circular. Cuando el maestro le otorgó el derecho de usar el saxofón, como si lo hubiera ungido caballero en una ceremonia medieval, Alain empezó a hacer música profesionalmente, al lado de compañeros como Emiliano Marentes, Juan Cristóbal Pérez Grobet, Gerardo Bátiz, Montserrat Revah, Jazzamoart, Iraida Noriega, Messe Merari, Paco Aragón y algunos otros. Desde hace años presenta con sus grupos Sonora Onosón y Código Postal en distintos lugares del país y también en festivales en el extranjero, como el canadiense de Guelp. Ha editado discos con esos grupos, además del que hicieron sobre canciones escritas por él intérpretes que incluyeron a Tania Libertad, Eugenia León, Óscar Chávez y Alex Lora. Como era de esperar en un músico que al mismo tiempo es escritor, este género tenía que aparecer en un lugar prominente de su obra literaria.

En ese viaje de nuestra adolescencia Alain llevaba en la mochila una edición de “El perseguidor”, cuento maravilloso en el que Julio Cortázar hace que un personaje experimente la maleabilidad del tiempo que todos los demás apenas atisbamos en los sueños o en instantes sublimes como los propiciados por el amor, el arte u otras drogas. La noción del tiempo uniforme y rígido que por lo común asumimos en nuestros horarios desaparece para este personaje, inspirado en el gran saxofonista Charlie Parker, que se extravía en la interpretación de su música al grado de llegar a sentir: “Esto lo estoy tocando mañana”. Charlie Parker y Julio Cortázar son dos de los que aparecen en los poemas de este libro, como John Coltrane, Miles Davis, Thelonius Monk, Gato Barbieri, Eric Dolphy, Charlie Mingus, Louis Armstrong, Sonny Rollins y otros grandes jazzistas que, como en una jam-session, se presentan, nos dan placer tocando y vuelven a la sombra. Pero también hay otros nombres incluidos, de personas que no son músicos pero que tuvieron la suerte de haber pertenecido, al menos por un tiempo, al círculo cercano de Alain, como un Marcelo bebedor de pernod y calvados; como una cantante que, dice, “me ha guardado el mar en la cabeza / robándome el silencio”; como la indefinible y entrañable Malka, que usaba suéteres de lana y poco más, o como la otra Janis, que juntaba algunos francos mañana tras mañana para adquirir “crepas, Gauloises y viento”. Y a este grupo de músicos y no músicos, a esta fiesta, también se suman Marlon Brando, José Revueltas, Vincent Van Gogh, Igor Strawinski, Ludwig Wittgenstein, ¡hasta Dios y el Diablo!, orquestados todos por Don Juan, que no es el que enseñó a Carlos Castaneda el arte del ensueño, sino otro, más viejo y joven a la vez que el indio yaqui, y que revive entre nosotros los días de muertos.

“Nadie podrá robarme el siglo XX”, dice Alain en uno de sus poemas. Y de ahí habría que partir para interpretar este conjunto de nombres, esta fiesta por la que transitamos, en medio de acordes deliciosos, con deliciosa gente. Porque el siglo XX –con todos sus horrores– tiene, entre otros remansos, la alegría del jazz. Y gracias a esta defensa que hace Alain, gracias a sus poemas, a sus libros de cuentos, a sus discos, a sus programas de radio, estamos en condiciones de recomponer la historia, de enhebrar el pasado con fragmentos felices. El jazz según Don Juan y más silbables ráfagas no es por eso un libro como nuestras vidas, sino como lo mejor de nuestras vidas, como esos instantes plenos en los que estamos en comunión con todo. Alguna noche de vino y hierbas fumables –y aquí robo la frase que Julio Cortázar escribió acerca de otro poeta–, con The Soft Machine o John Coltrane afelpando el aire de reconciliación y contacto, lean en voz alta los poemas de Alain. Léanlos como si los silbaran, como si los cantaran, como si los estuvieran convirtiendo en música. Y al leerlos así sientan que los están leyendo mañana.

Antes muerto (Al Gravitar Rotando y El Imperdible, Guadalajara, 2017)

Al personaje principal de esta novela alguien le hace una pregunta a la que es incapaz de resistir: “¿Qué has leído?” Y la respuesta que ese narrador fragua en primera persona en las miles de palabras que siguen no sólo forma el cuerpo de la novela, sino que da buena cuenta de lo que él es.

¿Qué ha leído? En la bibliografía que, como si fuera un ensayo académico, aparece en las últimas páginas del texto, se enumeran nada menos que ciento cincuenta títulos que, con sus respectivos autores, han sido mencionados a lo largo de la obra. Pero más que conformarse con acomodar esos títulos y autores en simples y breves menciones, lo que hace el narrador es trabajar sobre ellos, exprimirlos, glosarlos o citarlos directamente, con argucia y también con pasión, de tal forma que nada de los trozos que arranca a esas obras parece fuera de lugar ni produce indiferencia. Hay que imaginar al narrador haciendo ese trabajo a través de un fichero con miles de tarjetas ordenadas, porque otra cosa que resulta clara pronto es que venera a los libros y no soporta siquiera la idea de lastimarlos subrayándolos con pluma o marcándolos con color amarillo.

Al llegar a las últimas páginas de Antes muerto, el lector tiene la certeza de que esos ciento cincuenta títulos, con sus respectivos autores, tienen algo en común. Y no es que, por decir algo, puedan hacerse ligas temáticas o comparaciones estilísticas entre De perfil de José Agustín y La prueba de Agota Kristof, o entre Viviendo mi vida de Emma Goldman, Novela con cocaína de M. Aáguev y Oración del 9 de febrero de Alfonso Reyes, pero todos ellos, junto con los ciento cuarenta y cinco que faltan, comparten el rasgo definitivo de haber sido masticados y digeridos por el glotón de palabras que nos los refiere, y quien no por nada, en un arranque de culpa, confiesa que está algo excedido de peso.

Entonces no es un nómada, ese personaje, sino un sedentario que vive –él mismo lo cuenta– en una habitación sombría, rodeado naturalmente de libros, recortes de periódicos, y seguro también de fichas y discos, pues revela en varios lugares que el placer de la lectura siempre se acompaña en él de complementos musicales. Desde ese cuartel general habla o escribe, entonces, aunque desde la primera página se adivina que no sólo de libros, sino también de quién era él al leerlos, qué música escuchaba, con quién los comentaba… Este contexto de la lectura perfila al mismo narrador en otros tiempos, cuando no estaba ahí, solo, viendo correr a las ardillas por el jardín que asoma por su ventana, y también antes, desde luego, de que alguien (¿una voz interna?, ¿la de un impertinente semejante?, ¿la de un ser sobrenatural?) formulara la incisiva pregunta sobre los libros que ha leído. Y gracias a esa rememoración derivada de asociaciones contextuales nos enteramos de que él es lo que se conoce comúnmente por un romántico, es decir, un personaje que tiene constantes contrapartes en el campo de los afectos, que en el caso que nos ocupa son una ex pareja, una novia de adolescencia, una amiga fiel, e incluso una inopinada admiradora que le escribe una larga carta definiéndose físicamente así: “tengo el cabello negro y largo, y aunque estoy bien formadita, mucho más grande una parte del cuerpo que otra”. Sabemos que una de estas contrapartes lo dejó por irse con un músico, otra con su psicoanalista y otra por la muerte, pues se tiró de un edificio, pero no todo es pérdida en esta historia, pues hay una que espera al narrador en la sección de frutas y verduras de un supermercado… Naturalmente distintas, estas mujeres tienen sin embargo un vago parecido de familia, y desde luego ejercen todas una poderosa influencia sobre el solitario y tímido y a pesar de todo galán narrador, quien afirma asimismo haber tenido con alguna de ellas dos hijos, y adoptado un perro.

Pero ni libros leídos, ni contrapartes femeninas, ni hijos, ni perro son lo más importante de Antes muerto, como tampoco lo son la anécdota romántica ni el mensaje ácrata que se desliza, entre no muy ocultas líneas, en muchas de las obras mencionadas. Lo que mantiene en vilo al lector de este texto es, simple y llanamente, una voz que enuncia palabras que se encadenan para crear gozosas texturas. Por poner un breve ejemplo: “Si esto fuera una milpa tal vez estaría hablando de un universo cuajado de tuzas y tepezcuintles y si de una peluca se tratara mencionaría las marrones liendres apiñadas acechantes buscando eclosionar en hospitalario cuero vivo.” Oraciones como ésta, trazadas en varias lenguas, porque quien cuenta tiene la gracia de ser políglota, crean en el lector, además del placer de descubrir combinaciones insólitas, patrones rítmicos o melódicos derivados, quizá, de la música que circunda a quien las fragua.

Ésta sería, entonces, una de las explicaciones del placer que produce la lectura de la novela. Otra, tan importante como la primera, es que Antes muerto constituye un auténtico muestrario de la digresión, es decir, del alejamiento de lo que se supone el asunto principal de la exposición, para ocuparse de algo al parecer secundario que está sin embargo relacionado con aquél. Todas las novelas, en principio, prometen una meta a la que habrá de llegarse después de que el protagonista padezca inumerables retrasos y desviaciones. Sólo que en este caso no se da la acostumbrada digresión en la acción, en la que un personaje va de un sitio a otro (o de un desarrollo temático a otro), llevado por la casualidad, la pena amorosa o el hambre, sino más bien una digresión lingüística, manifiesta en las innumerables asociaciones que los significados y los sonidos de las palabras sugieren al narrador. Pongamos por caso el desarrollo de un pasaje en el que al examinar la cuestión de por qué los libertarios escriben autobiografías, el que dos de ellos hayan sido geógrafos, el ruso Pedro Kropotkin y el francés Eliseo Reclus, lleva al inquiriente a preguntarse si habrá en el Circuito Geógrafos de Ciudad Satélite calles con sus nombres, lo que enseguida deriva en la mención de las celebradas y coloridas torres del periférico, y de las actividades de un imaginario habitante de la calle Eliseo Reclus, que desemboca en esta efusión lírica:

…¿cree usted que el habitante de la casa construida debajo de un muy visible depósito de agua (…), seducido por la bondad de vender su vida a crédito, distraído tarareando mientras encera dominicalmente el auto luego de haber gastado una velada escuchando la pieza ´Sapo cancionero´ en ocasiones varias en una peña folklórica pardamente iluminada con estrategia dentro de un centro comercial que suple al provinciano kiosko añejo ya caduco, se hubiera enterado del largo escrito del francés dedicado a México en su Geografía universal publicada en castellano en 1905?

A lo que sigue, pronto, la transcripción fonética de lo que canta (o recuerda) del “Sapo cancionero” el satelitense que encera el auto. De traslados como éstos, que con frecuencia incluyen chistes, recuerdos, doctísimas citas, albures e intromisiones de otras voces salidas de recortes de periódicos, está empedrado el camino de Antes muerto. Naturalmente, se inscribe por eso en una tradición que se remonta a un libro que no aparece entre los más recientes leídos por el narrador, el Tristam Shandy de Sterne y que incluye otro que sí, el Ulises de Joyce.

A este énfasis sobre una determinada zona de la materia novelesca corresponde el que la mayor parte de los personajes de Antes muerto no tengan trayectorias o recorridos existenciales muy definidos. Por ejemplo, no sabemos si las señoras que acaban de describirse son reales o imaginarias; si viven en el recuerdo o en el sueño, o si tienen una palpable manifestación física, con partes del cuerpo más grandes que otras. De hecho, esas contrapartes están ahí, como todo lo demás que aparece en esta novela, como un señuelo para que el lector siga enganchado por lo que lee. Y sin embargo sí hay en Antes muerto un personaje perfectamente delineado, el del docto, tierno, inteligente, hipersensible y curioso observador de las costumbres de las ardillas que cuenta esta historia. Ese perfil se va forjando, claro, a través de lo que dice haber leído, pero también en sus numerosos monólogos derivados de momentos de introspección y que revelan su afición por coleccionar cosas, por encontrar diptongos, por comer y cocinar… El único atributo tradicional del que carece es, en realidad, el de un nombre propio con sus correspondientes apellidos. Pero eso no es obstáculo para que se muestre como uno de los más memorables y entrañables personajes que hayamos conocido en las obras leídas en el milenio que corre (y que nadie nos pregunte, por favor, lo que hemos leído) de la literatura mexicana.

Xochitepec, Morelos, 15 de septiembre de 2020

Textos para las presentaciones respectivas en el Centro Xavier Villaurrutia de la colonia Condesa el 13 de agosto de 2015 y la Librería Bonilla de Coyoacán el 14 de abril de 2018.

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

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