De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

La barca lunar en la entrada de servicio, de H. G. Pávlata

Una mañana de 1990 me encontré en el restirador de la oficina donde trabajaba una nota de Alain Derbez en la que me pedía asistir a una reunión en la Universidad Pedagógica Nacional, “para un asunto de interés”. Unos años antes, Alain y yo habíamos hecho con otros amigos la revista marginal Sabe Ud. Ler, cuyos primeros números imprimíamos en mimeógrafo y de la que derivamos como principales aprendizajes el arte de mecanografiar esténciles perfectos y el de trabajar colectivamente con gusto y sin pago. Pero al leer la nota no imaginé que el asunto al que Alain me convocaba era hacer otra revista, esta vez con algo de presupuesto y –dado el carácter de la UPN– distribución más o menos amplia.

El proyecto fraguó y El Acordeón. Revista de Cultura se publicó desde el verano de 1990 hasta la primavera de 1998, impulsada sucesivamente dentro de la universidad por Carlos Plascencia, Rebeca Reynoso y Manuel de la Cera, dirigida por Alain, diseñada por Marcela Capdevila y editada por mí. Los tirajes de sus 22 números en tamaño carta promediaron dos mil ejemplares y entre sus colaboradores estuvieron algunos de quienes habían participado en Sabe Ud. Ler, como Evodio Escalante, Mercedes Garzón y Carlos Chimal pero, gracias a las relaciones de Alain y del consejo de redacción, la nómina creció para incluir a decenas de autores de poemas, cuentos, fotografías, ensayos y obra gráfica de muchas ciudades del país. No creo equivocarme al decir que El Acordeón fue un excelente muestrario de la producción de zonas amplias de la cultura nacional de la década en que apareció.

Un producto asociado a la revista fue la colección de folletos y libros Cuadernos del Acordeón, coordinada por Marcela Campos y con diseño original de María Luisa Martínez Passarge. En tamaño media carta y divididos en cinco series identificadas por colores (Música, rojo; Comunicación, verde; Literatura, amarillo; Historia, café; Filosofía, morado), aparecieron 29 Cuadernos entre 1990 y 1993. Uno de ellos, que salió en abril de 1992 con introducción de María Luisa Puga y epílogo de Alain, fue el poemario bilingüe La barca lunar en la entrada de servicio, de H. G. Pávlata.

Nacido en Linz en 1931 y muerto en Pátzcuaro en 2014, Enrique Luft Pávlata es tal vez el único artista de aliento universal que he conocido. En su faceta pública como arquitecto, fue un incansable defensor del patrimonio artístico y cultural. Restauró capillas coloniales, creó técnicas para la conservación de las figuras de pasta de caña y defendió el uso del adobe como noble material reconstructivo. En buena medida, gracias a los esfuerzos que él y su primera esposa Teresa Dávalos hicieron sostenidamente a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia donde trabajaban, se logró la conservación arquitectónica y urbanística tradicional de Pátzcuaro en décadas –de los años sesenta a los noventa– de bárbaros impulsos “modernizadores”.

En su faceta como creador privado, Luft hizo pinturas, collages y poemas. Sólo una pequeña proporción de sus miles de cuadros, dibujos y objetos se exhibieron en exposiciones, pero algunos llegaron a colecciones particulares de México, Estados Unidos y Europa. En cuanto a los poemas que escribió, no encontraron salida parcial hasta la publicación de La barca lunar en la entrada de servicio. El libro incluye dos conjuntos diferenciados por su forma, escritos en inglés y traducidos al castellano: uno de haikús y otro de “poemas punk”. En el primero trasmina la asimilación del autor de los principios de la poesía oriental y en el segundo la de una de sus principales filiaciones modernas, el Ezra Pound de los Cantos (otra era su tatita Robert Graves, con quien convivió en Mallorca y del que conservaba cartas y un ejemplar firmado de La diosa blanca). En las dos series se muestran las iluminaciones de quien encuentra en una realidad manifestaciones de otra. Y algo parecido expresa la pintura de Pávlata: en la invitación de una de sus exposiciones, el artista escribió que las imágenes de clips entretejidos, tablas de cortar pan rebosantes de objetos y jugadores de futbol americano que presentaba no pertenecían a la tradición surrealista, como decían algunos poco avisados, sino que eran obra «para iniciados, conocedores del concetto de los manieristas”.

Con Alain, Marcela Campos, Cristina Cavalcanti, Felipe Leal y otros amigos visité con frecuencia a Enrique en las dos bellísimas casas de adobe, madera y tejas que construyó en Pátzcuaro, en una de las cuales había un horno alquímico con una inscripción en latín que incitaba a la búsqueda del Conocimiento (y en la otra, donde vivió con su segunda esposa, Lucy Carpintieri, un alambique para hacer mezcal). Su biblioteca era un instrumento vivo del que salían libros de filosofía, poesía y ciencia para ser leídos fragmentariamente en voz alta, pero también discos de 33 o 45 que puestos en un viejo aparato permitían escuchar la trompeta de Miles Davis o el divertido recital que un dadaísta hacía con un poema de una sola palabra: Napoleón. En esas casas se demostraba que la conversación es uno de los puntos más elevados de la cultura y también que la inteligencia no tiene por qué estar disociada de la emoción, el absurdo y la risa. Se estaba bien ahí. Pero Enrique ejercía además un magisterio invisible. Nos enseñó con el ejemplo asuntos tan disímbolos como que había que usar ropa de algodón o de lana, vivir sencillamente y cerca de la naturaleza, prescindir en lo posible de las máquinas (y entonces escribir a mano, o caminar para trasladarse de un sitio a otro), ser solidarios, crear con constancia… Es posible que no hayamos estado a la altura de sus enseñanzas pero, como resumió Alain en su epílogo a La barca lunar en la entrada de servicio, no podemos sino agradecerle que nos haya abierto generosamente la puerta para invitarnos al mundo.

Xochitepec, Morelos, 23 de mayo de 2020

H.G. Pávlata, Sin título, c. 1990

Vínculos:

https://revesonline.com/2018/11/26/

http://colonialmexico.blogspot.com/2014/06/enrique-luft-pavlata.html

https://www.inah.gob.mx/boletines/1171-fallecio-el-restaurador-enrique-luft-pavlata

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

El Decamerón, traducido por Daniel Tapia

En adaptaciones buenas, regulares o malas, el cine me ha hecho conocer una gran cantidad de obras literarias. Es el caso de El Decamerón (1971) de Pier Paolo Pasolini, exhibido en el CUC y otros cineclubes de la Ciudad de México a los que asistí devotamente a partir de mediados de la década de los setenta. Nunca he sido muy afecto a las películas de Pasolini, pero recuerdo que El Decamerón me gustó por su muy libre representación del erotismo y por el sentido del humor que se desprende de los diálogos y las complicadas situaciones en que se enredan los personajes. La película no tuvo, sin embargo, el poder de llevarme a la lectura de la obra de la que partía, lo que sí me ocurrió, por ejemplo, con otras cintas italianas que debo haber visto más o menos por los mismos tiempos, El Gatopardo (1963) y Muerte en Venecia (1971), adaptaciones de Luchino Visconti de las novelas de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y Thomas Mann. Sólo ahora, cuando vivimos la experiencia de un confinamiento similar al de los personajes del libro de Boccaccio, me dieron ganas de conocerlo.

Un paseo por Internet me hizo saber que el Decamerón fue escrito y publicado pocos años después de que la peste negra devastara Florencia en 1348. También que la Iglesia lo incluyó en el Índice de libros prohibidos. Esto último tuvo la consecuencia de que sus cuentos se difundieran mutilados o parafraseados por censores, editores y traductores; por otro lado, impresores de obras libertinas seleccionaron piezas que ofrecieron, corregidas y aumentadas, a su voraz público lector. Así, una buena parte de lo que se popularizó como obra de Boccaccio se transmitió deformada por la censura, la autocensura o el interés comercial.

Uno de los resultados de estos usos fue que rara vez se publicara el Decamerón completo. En un ensayo reciente, Cesáreo Calvo Rigual reporta sólo tres traducciones al castellano en el siglo y medio transcurrido entre 1800 y 1940. Una cuarta, realizada por Daniel Tapia, se publicó en México en dos volúmenes por la Editorial Colón y en 1947, bajo el título de Cuentos (El Decamerón). En el conceptuoso prólogo que la acompañaba, Salvador Novo escribió que lo satisfacía ver que el libro apareciera “en una edición completa y fielmente interpretada”, que por un lado permitía mostrar “la conciencia cristiana y la revelación pagana de la vida” que forjaron “la dualidad manifiesta en la arquitectura de la cultura occidental”, y por otro situaba a Boccaccio, inequívocamente, «en el alto sitial que le corresponde dentro de la literatura».

Daniel Tapia Bolívar nació en 1908 en Madrid. Su vocación juvenil por la creación lo llevó a publicar en esa capital sus narraciones San Juan (Biblioteca Nueva, 1935) y Ha llovido un dedito (Espasa Calpe, 1935), pero la derrota del bando republicano en la Guerra Civil determinó que su carrera tuviera que continuar en el exilio. En la Ciudad de México, adonde llegó en 1939, colaboró en revistas literarias y publicó las obras de tema taurino Teoría de Pepe Hillo (Colección Málaga, 1945) y Breve historia del toreo (Editorial México, 1947). Pero en su país de adopción Tapia se ganó la vida, durante muchos años, ejerciendo el oficio de traductor. Se publicaron versiones suyas de novelas de los franceses Alexandre Dumas, Pierre Loti y Michel Zévaco, y su trabajo dio como principal fruto una versión completa de Las mil noches y una noche, además de la del Decamerón. Casado con Pilar Villalba Ruiz e integrado al grupo del Ateneo Español, trabajó después en los ramos editorial y de las artes gráficas. Murió en México en 1985.

La Editorial Colón pertenecía al malagueño y también exiliado Rafael Giménez Siles, quien entre 1928 y 1939 había tenido en España la Editorial Cenit, de inconfundible vocación marxista. Al pasar a México, Giménez Siles encabezó la creación de la Editora y Distribuidora Ibero-Americana de Publicaciones S.A. (EDIAPSA) con su cadena de Librerías de Cristal, así como la de una serie de editoriales de diverso alcance. Editorial Colón, cuya primera publicación fue en 1946 la autobiografía de León Trotsky, vivió apenas dos años, con un breve conjunto de lanzamientos. Mayor fortuna tuvo la Compañía General de Ediciones, fundada por Giménez Siles en 1949 con el narrador chihuahuense Martín Luis Guzmán. En alrededor de una década aparecieron ahí todos los libros éste, junto con obras de autores mexicanos (Fernando Rojas González, Josefina Vicens, Sergio Fernández, Artemio de Valle-Arizpe), de otros países latinoamericanos (Porfirio Barba-Jacob, Alejo Carpentier), de españoles en México (José Gomís Soler, Florentino Martínez Torner) e incluso de españoles en España (Ángela Figuera Aymerich, Victoriano Crémer).

Uno de los puntos fuertes del catálogo de esa empresa a la que caracterizó el sobrio diseño de sus tapas amarillas era el de las traducciones. Las hubo, por un lado, de biografías de Dante, Voltaire, Mirabeau, Rousseau y Jorge Sand; por otro, de trabajos de historia y geografía de Humboldt, Prescott y Reclus, y de obras literarias contemporáneas de Traven, Hesse y Rolland, o clásicas de Homero, Virgilio y Boccaccio (esta última, claro, la de Daniel Tapia). Estas traducciones fueron hechas, en su mayor parte, por exiliados españoles, quienes también aportaron obras al Fondo de Cultura Económica, la UNAM, El Colegio de México, Séneca y otras editoriales. Ya en su pionera Crónica de una emigración (la de los republicanos españoles en 1939), publicada con dibujos de Arturo Souto por Libro Mex en 1959, Carlos Martínez destacó la contribución a todos los campos de la cultura mexicana hecha con “gran fervor intelectual” por esos traductores, entre quienes se encontraban Pedro Salinas, Wenceslao Roces, José Gaos, Ricardo Baeza, Eugenio Ímaz, Isabel de Palencia, Daniel Tapia, Florentino Martínez Torner, Javier Márquez, Nuria Parés, Agustí Bartra y Margarita Nelken.

Dibujo de Arturo Souto para Crónica de una emigración
Dibujo de Arturo Souto para Crónica de una emigración

La obra de Martínez sólo consignaba lo ocurrido en los primeros veinte años del exilio, enfocándose en México; después ha sido ampliada por estudios que dan una visión panorámica de la trascendencia continental a largo plazo de los trabajos de los transterrados relativos al mundo del libro, como las publicaciones recientes de la sevillana Editorial Renacimiento Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, de Fernando Larraz, aparecido en 2018, y el Diccionario bio-bibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, que salió en cuatro tomos en 2017 editado por Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García.

Un ejemplar del Decamerón de la Compañía General de Ediciones se conserva en la refinada biblioteca que mi suegro, José Ribera Salvans, hizo en México luego de salir exiliado de su Cataluña natal en 1947. Leer en secuencia los cien cuentos, enmarcados por la historia del confinamiento de los personajes que los relatan, no resultó adecuado para quien, como yo, llegaba al libro guiado sobre todo por la curiosidad. En cambio, encontré muy disfrutables algunas piezas elegidas al azar. Es obvio que un factor esencial en la comprensión y el gozo de esos textos escritos en otra lengua hace casi setecientos años fue la clara y pulida prosa del traductor. Así lo han reconocido implícitamente lectores de muchas generaciones que en más de medio siglo han agotado dieciséis tiradas de esa traducción, desde la primera en Editorial Colón en 1947, pasando por las seis de la Compañía General de Ediciones entre 1955 y 1964, y hasta las nueve hechas por Porrúa entre 1982 y 2014, la última en coedición con la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos de la Secretaría de Educación Pública.

Xochitepec, Morelos, 21 de mayo de 2020

Fuentes:

https://it.wikipedia.org/wiki/Decameron

Cesáreo Calvo Rigual, “Las traducciones del Decamerón de Bocaccio en España (1800-1940)”, Quaderns d`Italià 13, 2008, pp. 83-112.

Luis Suárez, “Prensa y libros, periodistas y editores”, en El exilio español en México, 1939-1982, Fondo de Cultura Económica y Salvat, México, 1982, pp. 615-617.

Carlos Martínez, Crónica de una emigración (la de los republicanos españoles en 1939), México, Libro Mex Editores, 1959, con dibujos de Arturo Souto.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obra-impresa-del-exilio-espanol-en-mexico-19391979-catalogo-de-la-exposicion-presentada-por-el-ateneo-espanol-de-mexico/html/ff3f9444-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Los rollos del Mar Muerto, de Yigael Yadin

Uno de los libros de la biblioteca de mi padre es Los rollos del Mar Muerto, de Yigael Yadin, publicado por Editorial Israel de Buenos Aires en 1959 y comprado, como consta por un cromo adherido en su primera página, en la Librería Cervantes de la ciudad de Guatemala. El autor, eminente arqueólogo e hijo de Eleazar L. Sukenik, uno de los eruditos que comenzaron a develar la importancia de los textos hallados en las cuevas de Qumrán (Palestina), hace un excelente resumen de lo relativo a ese trascendente acontecimiento, desde el azaroso hallazgo de los primeros rollos escritos sobre piel de animal y ocultos en tinajas de barro en 1947, hasta el momento de la escritura del libro, diez años después.

Entre lo descubierto en Qumrán destacó desde el principio un manuscrito con el bíblico Libro de Isaías, que pudo fecharse alrededor de un siglo antes de nuestra era y que fue copiado de otra fuente, escribe el autor, “sólo unos 600 años después de haber sido pronunciadas las palabras por el profeta mismo” (p. 91). El llamado Gran Rollo de Isaías es notable no únicamente por ser uno de los más largos y mejor conservados pergaminos exhumados, sino también porque es mucho más antiguo que la primera traducción griega de la Biblia (hecha a fines del siglo III d.C.) y unos mil años previo a los textos bíblicos hasta entonces conocidos en hebreo (de fines del siglo IX d.C.). Han llegado a nuestros días objetos metálicos arcaicos que tienen inscritas bendiciones y otras breves citas del Antiguo Testamento, pero este manuscrito sigue siendo la pieza completa más antigua que sobrevive de las tres religiones occidentales del Libro.  

Otro de los textos encontrados en 1947 en Qumrán era el titulado Rollo de la Guerra, también conocido como “Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de la Oscuridad”. Como explica Yadin, “se trata de un libro desconocido hasta ahora; no hay ninguno que se le parezca en la literatura judía o cristiana” (p. 139). Escrito en hebreo poco antes (o poco después) de la vida de Jesús, se trata de una obra emparentada con las revelaciones apocalípticas por su irreductible dualismo y la predicción de acontecimientos futuros, mientras que, por su descripción de equipamientos y maniobras militares, que incluyen incluso edades y rangos de los combatientes, también tiene un aire de familia con los tratados militares romanos. Yadin escribe que el autor, quien obviamente se consideraba a sí mismo como uno de los defensores de la Luz, sostenía que éstos debían instruirse en las prácticas bélicas para hacer uso ventajoso de ellas, pues “la guerra se llevará a cabo (…) en el día señalado de antemano por Dios, y (…) sólo los Hijos de la Luz que acaten todas las reglas especificadas (…) participarán del lado justo. Si se mantienen puros en ese sentido, entonces Dios les dará finalmente la victoria.” (p. 141)

Los arquitectos Armand Phillip Bartos y Frederick John Kiesler construyeron en Jerusalén el Santuario del Libro, una sección del Museo de Israel destinada, sobre todo, a resguardar los rollos del Mar Muerto. Y en efecto la mayor parte de los hallazgos de Qumrán se encuentran en sus bóvedas, aunque existen algunas piezas sueltas en otros archivos, así como falsificaciones hechas en el siglo XX que han alcanzado a compradores desprevenidos de instituciones tan importantes como el Museo de la Biblia en la capital estadunidense. El edificio del Santuario del Libro, inaugurado en 1965, se inspira parcialmente por el contenido del Rollo de la Guerra al evocar la siempre actualizable lucha entre la claridad y la oscuridad enfrentando en el espacio a una graciosa cúpula blanca –bajo la que se encuentra la estructura principal subterránea con su enorme archivo y su sala de exhibiciones–, con un rígido muro de basalto negro, que por cierto tal vez fue una de las fuentes de inspiración visual de Stanley Kubrick para el monolito que aparece en 2001, odisea del espacio (1968).

Invitado por Julio Bottom, la Asociación Mexicana de Amigos de la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Secretaría de Relaciones Exteriores, en 2005 tuve el privilegio de impartir la Cátedra “Rosario Castellanos” en ese centro educativo. Durante el tiempo que pasé en la tres veces milenaria ciudad, fui amistosamente conducido en mi descubrimiento de sus múltiples estratos, aspectos y secretos por Ruth y Jonathan Fine, Leonardo Senkel, Javier de la Puerta, Yohanan Bar Yafe, Aldina Quintana, José Benarroch, David Benabib, Leonardo Cohen, Hugo Villanueva y otros amables colegas. Recuerdo con emoción las visitas al Santo Sepulcro, con sus grutas subterráneas y su gran profusión de formas, olores y colores; al Muro de los Lamentos, con su recinto anexo dedicado al rezo y en el que se respira una fe acumulada durante muchas generaciones; al Monte de los Olivos, con su decena de recintos cristianos que se escalonan hasta culminar en la construcción románica que resguarda la piedra desde donde se dice que Jesús se elevó al cielo; a la bella y recogida sinagoga del museo italiano, la imponente mezquita de Omar (por fuera) y la simpática iglesia etíope de aire naif; al canal de Zacarías en la Ciudad de David; a las colinas boscosas donde se encuentra el monumento en forma de piano dedicado a la memoria de Arthur Rubinstein; al antiquísimo cementerio judío; al corazón populoso de la Ciudad Vieja, con sus callejuelas, comercios y puestos que ofrecen la deliciosa comida del Medio Oriente; a los cafés con sus infusiones de menta; a las librerías de viejo y las tiendas de antigüedades; a los museos; a las salas de espectáculos; a los parques…  y también al Santuario del Libro. De entonces son las siguientes fotos.

Un proyecto en curso del Museo de Israel ha hecho accesibles de forma digital cinco de los primeros rollos encontrados en Qumrán, entre ellos los mencionados más arriba. El Gran Rollo de Isaías incluye además un instrumento interactivo que muestra la traducción por expertos de sus versículos al inglés. De placentera e inaplazable consulta.

Xochitepec, 15 de mayo de 2020

Vínculos utilizados:

https://es.wikipedia.org/wiki/Yigael_Yadin

https://es.wikipedia.org/wiki/Santuario_del_Libro

https://www.nationalgeographic.es/historia/2020/03/manuscritos-mar-muerto-museo-de-la-biblia-washington-falsificaciones

http://dss.collections.imj.org.il/

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

25 años de Tristán Lecoq

Este año se celebra el vigésimo quinto aniversario de la aparición del primer libro de poesía de Trilce Ediciones. Desde la publicación en 1995 de Este jardín es una ruina, de Álvaro Quijano, en la colección Tristán Lecoq, Trilce ha lanzado más de cincuenta títulos de poesía o prosa poética. Puede decirse que el conjunto da cuenta, ante todo, de la producción de poetas y traductores nacidos entre 1950 y 1965, y que han desarrollado su carrera literaria completamente o por tramos en la Ciudad de México. En ese sentido Trilce ha sido, junto con Ediciones sin Nombre, El Tucán de Virginia, Almadía y ERA, una de las editoriales independientes ubicadas en la capital que se han interesado en promover y acompañar a esa generación.

Juan Carlos Mena –quien junto con Déborah Holtz dirige Trilce–, ha recordado que Tristán Lecoq nació como una extensión de los intereses y trabajos de un grupo de amigos que, hacia fines de los años setenta, hicieron revistas de literatura y publicaron sus primeras plaquetas y libros en editoriales entonces llamadas marginales. Hay en efecto en la colección inaugurada por Este jardín es una ruina obras de ese grupo de amigos, Manuel Andrade, Luis Cortés Bargalló, Carlos López Beltrán, Tedi López Mills, Carlos Mapes, Gastón Alejandro Martínez, José Luis Rivas, Pedro Serrano, Carmen Villoro, Francisco Segovia, Francisco Martínez Negrete y Ricardo Yáñez –además, naturalmente, de Álvaro Quijano–, acompañados en solapas, presentaciones o introducciones por textos de Jorge Aguilar Mora, Ana Castaño, Antonio Deltoro, Alicia García Bergua, David Huerta, Eduardo Hurtado, Fabio Morábito y Jaime Moreno Villarreal. Si añadimos a las traductoras y poetas Pura López Colomé, Carmen Leñero y Blanca Luz Pulido, así como a los dictaminadores, presentadores y reseñistas de los libros de Tristán Lecoq, tendremos el inventario de nombres de un buen tramo de la generación mencionada.

Pero la colección no se reduce a ser una manifestación de ésta, pues incorpora también obras de poetas de generaciones previas como Angelina Muñiz-Huberman y Max Rojas; de escritores más jóvenes como Luigi Amara, Rocío González y Julio Trujillo, o de autores de otros países hispanoamericanos como el español Francisco José Cruz, los cubanos Orlando González Esteva y José Kozer, el colombiano William Ospina, la puertorriqueña Mayra Santos-Febres, y los argentinos Ignacio Uranga y Jorge Fondebrider. Por otra parte, en Tristán Lecoq Universal han aparecido títulos con obras escritas originalmente en francés, inglés, holandés, portugués o hebreo, publicadas de forma bilingüe.

Los libros de Tristán Lecoq se caracterizan por su pulcra presentación tipográfica. Además, en su muy particular estilo, Juan Carlos Mena ha hecho en las portadas y contraportadas de la colección una deslumbrante propuesta visual que sólo tenía como antecedente, en las publicaciones mexicanas de poesía, la realizada por Vicente Rojo en ERA. Puede decirse que esta voluntad de afirmación gráfica, también presente en otras publicaciones de Trilce, es una de las marcas de la colección, desde luego junto con el cuidado en la selección de los textos.

Muchos de los autores del catálogo de Tristán Lecoq han hecho distinguidas carreras literarias. De la buena calidad de la colección da fe también la frecuente participación en las ediciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes a través de distintos programas, así como la de instituciones como la Universidad Autónoma de Nuevo León, la Fundación Casa del Poeta I.A.P. y la Fundación Octavio Paz A.C. Prácticamente todos los volúmenes traducidos han derivado de becas u otros apoyos gestionados en México, Holanda, Francia, Irlanda, Portugal, Gran Bretaña, Israel y Canadá.

No todos los libros de poesía de Trilce han aparecido en Tristán Lecoq. De hecho, varios de los proyectos más ambiciosos de la editorial se han publicado con formato distinto y mayor alcance, ya que su tiraje asciende a dos o tres mil ejemplares, por mil o quinientos de los de Tristán Lecoq. El primero de esos títulos fue La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las islas británicas, publicado en el año 2000, seleccionado, traducido y prologado por Carlos López Beltrán y Pedro Serrano; el segundo fue Noventa en los noventa, antología de Ernesto Cardenal hecha por Sergio Ramírez y aparecida en 2014; el tercero Obra reunida, de Seamus Heaney, traducido por Pura López Colomé, en 2015. A estos siguieron en 2017 Red doc de la canadiense Anne Carson, en versión de Verónica Zondek, y en 2018 dos volúmenes de escritores portugueses, La maleta del poeta, de Nuno Júdice, vertido al español por José Javier Villarreal, y Todos los poemas son de amor, de Manuel Alegre, en traducción de Blanca Luz Pulido, así como otro del israelí Ronny Someck, Yo la amo y que el mundo arda, traducido por Alberto Huberman y Angelina Muñoz-Huberman. La voluminosa antología (de casi 950 páginas) que conforma La generación del cordero, el también nutrido libro de Heaney y estas cuatro últimas obras se presentan, como los volúmenes de Tristán Lecoq Universal, de forma bilingüe.

Puede decirse, así, que los cincuenta y pico títulos de poesía publicados por Trilce constituyen uno de los proyectos editoriales más importantes surgidos en la Ciudad de México orientados hacia este género en las últimas décadas. La conmemoración del veinticinco aniversario de su inicio lleva a desear que, a pesar de los obstáculos presentes, la editorial pueda continuar por ese noble y trascendente camino.

Xochitepec, Morelos, 13 de mayo de 2020

Una versión de este texto apareció en la revista electrónica Periódico de Poesía, de la UNAM, en febrero de 2016.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Álbum

Imágenes de personas mencionadas en este blog

Francisco Rendón, Ciudad de México, 1930
Pedro González Guillén, Amalia Miquel Alcaraz, Eduardo Alfonso y Ángel Miquel Alcaraz, Alicante, c. 1942
David N. Arce, Ciudad de México, 1949
Ángel Miquel Alcaraz, Torreón, c. 1950
Pedro González Guillén, Curuppumullage Jinarajadasa y Amalia Miquel Alcaraz, c. 1952
David N. Arce, Amalia y Ángel Miquel Alcaraz, Pedro González Guillén, Ciudad de México, 1953
Ángel Miquel Alcaraz y Jaime Santos Martín del Campo, en los extremos, con las hermanas Flora y Odila Rendón Casavantes y una chaperona al centro, Torreón, c. 1956
Ángel Miquel Alcaraz, Torreón, c. 1958
Ángel Miquel Rendón, Torreón, c. 1958
Horacio Miquel Rendón, Torreón, c. 1959
Carlos Rendón Casavantes, Magdalena Casavantes González y Francisco Rendón, con niño Miquel Rendón, Torreón, 1958
David N. Arce y Alfonso Simón Pelegrí, Puebla, c. 1962
Ángel Miquel Alcaraz, Ciudad de México, c. 1963
Hermanos Miquel Rendón y amigo, Ciudad de México, c. 1963
Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz, Alicante, 1966
Alfonso Simón Pelegrí, Flora Rendón Casavantes, Manola Ruiz y niño Simón Ruiz, Puebla, c. 1966
Niños Simón Ruiz y Miquel Rendón, Puebla, c. 1966
Josefina Maynadé, Flora Rendón Casavantes y María Solà, Ciudad de México, c. 1967
Amalia Miquel Alcaraz y Pedro González Guillén, Alicante, 1978
Ángel Miquel Alcaraz y Flora Rendón Casavantes, Ciudad de México, 1993
Alfonso Simón Pelegrí y Manola Ruiz, Madrid, 2014

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Libros de Elvira Gascón y Alfonso Simón Pelegrí

“¿Dónde no había españoles en el México de entonces?”, se preguntaba el exiliado ibicenco Emilio García Riera en El cine es mejor que la vida (Cal y Arena, México, 1990, p. 41), recordando a sus muchos contactos peninsulares en los años cincuenta, cuando asistiendo a la universidad y frecuentando cafés tuvo, según escribió, “la sensación” de hacerse adulto. Y es que a los tradicionales migrantes económicos de siempre, encargados de panaderías, abarrotes y amplias zonas del mundo del entretenimiento (el teatro, la zarzuela, los toros…), se habían sumado a raíz del término de la Guerra Civil decenas de miles de exiliados políticos que, en una sociedad que aún no era monstruosamente grande, se hicieron muy visibles al reforzar amplias regiones del periodismo, las editoriales, la educación, las artes plásticas, la música y el cine. Uno de esos emigrantes era mi padre, Ángel Miquel Alcaraz, alicantino llegado al país en 1949 y quien, después de casarse en Torreón y vivir dos años en Puebla, en 1964 recaló con su esposa Flora Rendón y sus hijos en la Ciudad de México, insuperable polo de atracción económica y laboral en esos tiempos.

Inserto en el medio laboral de los laboratorios médicos, Ángel se hizo de amigos mexicanos, entre ellos, en primerísimo lugar, Jaime Santos Martín del Campo, con el que emparentó de por vida al casarse los dos en Torreón con una de las bonitas hermanas norteñas Flora y Odila Rendón Casavantes. Pero naturalmente también tuvo buenos amigos españoles, como la soriana Elvira Gascón, quien había llegado al país en 1939, poco después de quien sería su marido, el pintor madrileño Roberto Fernández Balbuena. Como informa Mauricio César Ramírez Sánchez en Elvira Gascón: la línea de una artista en el exilio (El Colegio de México, México, 2014), esta mujer que había estudiado en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense y dado clases en la Academia de San Fernando, al asentarse en México dedicó sus principales esfuerzos a la ilustración editorial. Dos anexos de la obra de Ramírez muestran que entre 1942 y 1997 Gascón colaboró en dieciocho revistas y que alrededor de doscientos libros llevaron en portadas o interiores dibujos suyos de inconfundible estirpe picassiana. Entre esos libros hubo clásicos de amplia circulación, editados por el Fondo de Cultura Económica (el Chilam Balam y el Popol Vuh, la Historia de las Indias de fray Bartolomé de las Casas, las Obras completas de Sor Juana, los cuentos y poemas de Rubén Darío…), así como títulos de autores contemporáneos publicados por distintas editoriales: entre los mexicanos, de Alfonso Reyes, Andrés Iduarte, Dolores Castro, Emilio Uranga, Fernando Benítez, Juan Rulfo, Carlos Pellicer, Griselda Álvarez, Octavio Paz, Agustín Yáñez, Francisco Rojas González, Rubén Bonifaz Nuño, Margarita Paz Paredes, Adolfo Castañón…, y entre los españoles del exilio, de León Felipe, Pedro Bosch Gimpera, Juan Rejano, Luis Cernuda, Jomí García Ascot, Luis Rius… Uno de esos trabajos fue la ilustración, con una decena de graciosos dibujos, del poemario de mi padre Interior (Ediciones Cauce, Torreón, 1955). En 1972, la Editorial Siglo XXI hizo un homenaje a la ya para entonces larga trayectoria de la artista en 100 dibujos de Elvira Gascón, precedido por un soneto de Rubén Bonifaz Nuño; el ejemplar conservado en la biblioteca familiar tiene esta dedicatoria: “Para Flora y Ángel con el cariño de siempre, Elvira.”

Dibujo de Elvira Gascón para Interior
Dibujo de Elvira Gascón para Interior

El malagueño Alfonso Simón Pelegrí fue otro de los amigos viejos de mis padres. Llegó a México en 1957 y aunque sus actividades incluyeron la docencia, el periodismo y la edición de libros, siempre depositó en la literatura su compromiso más profundo. Escribió la novela Población del barro (Jorge Porrúa, México, 1983), el libro de cuentos La isla azul de terminarse el mundo (Diana, México, 1991) y una decena de poemarios, comenzando por …hombre dado a la voz, escrito en Puebla y ganador del Premio Ausias March del Ayuntamiento de Gandía. En ese libro de sonetos de contenido religioso (Alfonso fue seminarista antes de casarse con la gaditana Manola Ruiz y formar una numerosa familia), publicado en Valencia en 1965, dice la dedicatoria impresa: “Al poeta Ángel Miquel / A Flora Rendón de Miquel / con mi entrañable afecto”.

Alfonso se asentó alternativamente en distintas ciudades México y España, hasta que la muerte lo sorprendió en 2019, en Madrid. Con frecuencia lo escuché hablar de sus principales pasiones, San Juan de la Cruz, Cervantes, Borges, en el café de la librería Gandhi y otros sitios. Lo que admiraba en esos grandes escritores, ante todo, era la perfecta expresión en palabras de una percepción, un sentimiento, un concepto, un gesto humano. Él mismo era un obsesivo perseguidor del ideal, como decía, de «acertar en la diana». En sus últimos años, casi ciego, con la amorosa colaboración de su hija Adela, pulió hasta el fin de sus fuerzas los versos que escribió, de los que aparecieron en tiempos más o menos recientes las colecciones Código plural para examen de amor (Universidad Pedagógica Nacional, México, 1992, corregido y ampliado para Siglo XXI, México, 2004), Plural invención (Samsara, México, 2011) y Espejo oscuro (Samsara, México, 2013).

Ilustración en portada de Patricia Soriano

La colección “La escritura invisible” de Editorial Terracota, dirigida por Alberto Vital, incluyó en 2010 una antología de poesía y prosa escritas por Alfonso, bajo el título de Testimonio de un ángel sin nombre; en el prefacio de los editores, dice:

La presente antología se propone recuperar una de las escrituras invisibles más personales y cálidas de los últimos tiempos en el ámbito de ese país múltiple que tal vez se llama España-Atlántico-México o México-Atlántico-España. Malagueño de México, poblano andaluz, Alfonso Simón Pelegrí pertenece a la estirpe de quienes han sabido extraer entraña viva del exilio y bonhomía del dolor y la distancia.

Dibujo de Elvira Gascón para Interior

Xochitepec, Morelos, 8 de mayo de 2020

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Krishnamurti, de Josefina Maynadé y María Solà de Sellarès

Pajareando por YouTube, encontré recientemente dos documentales relacionados que me interesaron. Uno, Adyar. Home ot the Theosophical Society (escrito, dirigido y editado por Steve Schweizer en 1993) cuenta el origen y desarrollo de la célebre organización que, a fines del siglo XIX, establecieron la rusa Helena Blavatsky y el estadunidense Henry Steel Olcott en Adyar (Madrás, India). Pensada en parte como un espacio para el estudio multidisciplinario de las religiones, los fundadores de la Sociedad Teosófica colocaron en la sala principal de su sede representaciones de un buen número de ellas, desde las desaparecidas, simbolizadas por las figuras de Orfeo, Osiris, Mitra, Quetzalcóatl, Ashtaroth y Asshur, hasta las vivas, encarnadas por Krishna, Zarathustra, Moisés, Buda, Lao Tse, Cristo y Mahoma. Adoptando como lema “No existe religión más elevada que la Verdad”, la propia doctrina teosófica nació como una asimilación sintética de motivos subyacentes a parte de esas tradiciones, así como de otras corrientes del pensamiento.

Los teósofos –comenzando por la prolífica Blavatsky– pronto se encontraron difundiendo su doctrina en revistas y libros. El documental me interesó, entre otras cosas, porque en él se habla de las acciones que en 1907 llevaron a la constitución de la Vasanta Press (nombre derivado de la pronunciación del apellido de Annie Besant, segunda presidenta de la Sociedad, por sus amigos indios), que ha difundido durante más de cien años la teosofía en los muchos campos que toca: filosofía, sociología, meditación, salud, alimentación, higiene, yoga… También se describen en la cinta rasgos de la extraordinaria biblioteca fundada por el coronel Olcott en la residencia de Adyar que, convertida años después en archivo y centro de investigación, resguarda decenas de miles de manuscritos en hoja de palma y cientos de miles de libros en lenguas de la India, Sri Lanka, Tíbet y otros países de la región.

La otra cinta, Jiddu Krishnamurti. The Reluctant Messiah (producido y escrito por Adam Sternberg y Lisa Clark en 2007), presenta una breve biografía del maestro indio adoptado en la infancia por Besant y Charles Webster Leadbeater, quienes creyeron reconocer en él al Mesías pacífico que a todas luces necesitaba el mundo en el siglo XX. Sólo que Krishnamurti dio a su vida un giro inesperado al renegar del destino que sus tutores habían esperado de él. Radicado en Estados Unidos, se separó de la Sociedad Teosófica y formuló una filosofía personal que, expresada en numerosas conferencias y recogida posteriormente en libros, lo volvió muy popular.

Mi padre, Ángel Miquel Alcaraz, fue uno de los que leyó esos libros, de los que se conservaron dos en su biblioteca. La paz individual es la paz del mundo, editado por la Fundación Hispano-Americana “Sapientia” (Buenos Aires, 1949), recoge dieciséis conferencias pronunciadas entre 1945 y 1946, junto con las respuestas a preguntas hechas por algunos de quienes asistieron a escucharlas; las reflexiones del autor se centraban en la urgente reestructuración de un clima de paz inmediatamente después de la Segunda Guerra, proceso en el que, como resume el título, se otorga al individuo un papel decisivo. La otra obra, A los pies del maestro, publicada en la Ciudad de México en 1950, es de factura más antigua. Se trata, de hecho, del primer libro atribuido a un jovencísimo Krishnamurti quien (bajo el seudónimo de Alcione), habría recibido de su Maestro Espiritual (inmaterial) los aforismos que lo componen. Esta obra que Annie Besant consideró, en un prólogo, la “primera dádiva al mundo” del pensador, fue publicada en inglés en 1911. Casi inmediatamente se vertió a otras lenguas y A.P.G., el traductor de la edición en español realizada en 1950, agregó al final una nota en la que dijo haber hecho el trabajo comparando las previas publicadas en Barcelona, La Habana y México, y “confrontando minuciosamente con el original en inglés la expresión de cada idea, así como la fidelidad al estilo, grandiosamente sencillo, del autor”. El pie de imprenta consigna como editora a la Fraternidad Universal, ubicada en la calle de Iturbide número 28 de la capital.

Del mismo sello conservó mi padre el libro de C. Jinarajadasa, Lo-que-es y lo-que-ha-de-ser, cuatro charlas rescatadas por miembros de la Logia “Mercurio” de la Sección Mexicana de la Sociedad Teosófica, “para conmemorar el primer aniversario de la muerte del gran conferenciante que, por más de 50 años, llevara la Luz y la Belleza de la Teosofía a otros tantos países”. El ceilanés Curuppumullage Jinarajadasa hizo estudios en Inglaterra y aprendió varias lenguas occidentales, entre ellas el español; casó con la feminista británica Dorothy M. Graham; impartió conferencias y a fines de los años veinte viajó por casi toda Latinoamérica seduciendo con sus ideas, entre otros, al nicaragüense César Augusto Sandino; en 1946 se convirtió en el cuarto presidente de la Sociedad Teosófica, después de Olcott y los británicos Besant y George Arundale; murió en junio de 1953 en Chicago, dejando sin cumplir su deseo de encontrarse con el principal desertor del grupo, y quien además había sido su discípulo en Londres, Krishnamurti, establecido en una comunidad propia en Ojai, California.

La Logia “Mercurio” que impulsó en 1954 la publicación de Lo-que-es y lo-que-ha-de-ser fue una de las siete que constituyó, junto con otras de la Ciudad de México, Veracruz y Mérida, el núcleo mínimo indispensable para que la Sociedad Teosófica reconociera la existencia de una Sección Mexicana. Ese reconocimiento se dio el 12 de noviembre de 1919 y desde entonces proliferaron los grupos de teósofos en el país. Unidos para estudiar, meditar y realizar acciones de caridad, éstos organizaron también excursiones y eventos sociales, y editaron folletos y libros; su primera publicación precede incluso al reconocimiento de Adyar: Un libro de texto de teosofía, de C.W. Leadbeater, traducido por la oaxaqueña Consuelo R. de Aldag y aparecido en la Ciudad de México en 1915 con patrocinio de la Logia “Aura”.

El arribo, a partir de 1939, de miles de españoles que se exiliaban a consecuencia de la derrota del bando republicano en la Guerra Civil, significó para los teósofos mexicanos un considerable refuerzo. Sobre todo porque entre los exiliados estaba Maria Solà Ferrer (de Sellarès). Copio de Wikipedia algo de información biográfica:

…nacida en 1899, integró el núcleo más activo del movimiento teosófico catalán. Estuvo vinculada a la escuela Damon y dirigió la Residència Internacional de Senyoretes Estudiants de Barcelona durante la Segunda República. En 1939 emprendió el camino del exilio hacia Francia. Más tarde se trasladó a El Salvador y Guatemala, donde dirigió la Escuela Normal femenina España y la Escuela Normal femenina Belén, e impulsó la actividad teatral. Tras ejercer como profesora en la Universidad de San Carlos en Guatemala (1948-54), se trasladó a México y se vinculó con el movimiento de las escuelas Waldorf y escribió y publicó varios ensayos pedagógicos. En el libro Hacia la nueva educación: la integridad del niño (1987) sintetiza su pensamiento educativo fundamentado en la interpretación de Cousinet, Xirau y Steiner, entre otros. Murió en México en 1998.

Solá trabajó largo tiempo con otra mujer extraordinaria, Josefina Maynadé y Mateos. Nacida en junio de 1908, ésta era hija de los teósofos catalanes Ramón Maynadé Sallent y Carmen Mateos Prat, quienes durante las primeras tres décadas del siglo editaron una Biblioteca Orientalista que –como informa Josep Mengual en el blog negritasycursivas– en 1934 ofrecía 268 títulos en su catálogo; cito del mismo blog:

Josefina o Pepita Maynadé, que a los catorce años vio ya publicado El tesoro de Maya, creó una amplísima obra como traductora e ilustradora, y es autora de títulos como el articulo inicial «El teósofo y el ceremonial» (publicado en El Loto Blanco en 1925), Escuela de héroes (¿1929?), Plotino, su escuela iniciática y su filosofía (1929), Los niños a través de la plástica histórica (¿1946?), etc., y al final de la guerra civil española (durante la que se vio separada de su marido Luis García Lorenzana), residió en las islas Canarias (donde publicó los poemarios A Cloris y Los silencios y colaboró en la revista feminista Mujeres en la isla)…

Mi padre y mis tíos Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz, que frecuentaban los círculos teosóficos españoles, conocieron a Pepita en los años treinta. En el verano de 1955, cuando ya se habían exiliado en México, ella les envió desde Huelva su poemario Las ocultas dádivas (Colección El Sobre Literario, Valencia, s/f), en cuya dedicatoria escribió: “A vosotros, Amalia, Pedro, Ángel, hermanos del alma”. Hacia 1957, mi padre le pidió las ilustraciones para su libro de prosa poética Ángel Francisco (Ediciones Cauce, Torreón, 1960), que comenzó a fraguar cuando su joven esposa Flora Rendón Casavantes le dijo estar embarazada, y que terminó de escribir el mismo día en que los fórceps de un practicante hicieron transitar al bebé del agradable seno materno al sofocante calor del verano lagunero.

Dibujos de Josefina Maynadé

Maynadé honró el espíritu panreligioso de los teósofos al escribir ensayos sobre distintas tradiciones, que editaron en México Orión y Costa-Amic: Krishna (1959), Buda (1965), Asuramaya (1965), Faraonas y sacerdotisas del antiguo matriarcado egipcio (1967), Moisés (1967), Orfeo y la cíclica expedición de los Argonautas (1967) y Amonio Saccas (1970). Además, la autora se extendió al campo de la astrología con la edición de El horóscopo del mundo (1965) y Astrosofía (1969). En 1972, Editorial Diana lanzó la colección “Tradición sagrada de la humanidad” a cargo de ella y Solà de Sellarès. Ese proyecto incluyó ediciones de clásicos como el Bhagavad Gita, el Tao Te King, los Yoga-sutras y fragmentos de los Upanishad preparados por distintos autores, mientras que Maynadé quedó a cargo de versiones de los Libros sagrados de Hermes Trismegisto, el Libro tibetano de los muertos, los Himnos órficos y los Versos áureos de Pitágoras. Todo esto seguramente la convirtió, hasta su muerte en 1978, en la principal divulgadora del pensamiento religioso no católico ni judío en el mundo hispanoamericano; y sus libros, en primeras ediciones o reeditados, siguen en buena parte disponibles.

El primer volumen de “Tradición sagrada de la humanidad”, escrito por las dos coordinadoras de la colección, fue significativamente sobre Krishnamurti. En la presentación dice:

La lectura de este libro como la de los que le siguen, no puede ser superficial, ya que todos pretenden llamar la atención sobre las causas que alteran la armonía del mundo (…) Pero en el loco vaivén que nos arrastra, ora para gozar, ora para sufrir, sin duda percibimos que late un impulso hacia la plenitud del ser. ¿Cómo convertirlo en autoconciencia de nuestro vivir y así dar nacimiento a una sociedad que sea su consecuencia? (…) Que esta colección contribuya a liberarnos de angustias y temores, es todo lo que pretenden quienes la han concebido.

Maynadé y Solà pensaban, como muchos, que Krishnamurti iba a cumplir un papel crucial en la formación de una más elevada conciencia colectiva. Y fue así, de algún modo. Como muestran las opiniones de muy diversas e influyentes personalidades reproducidas por las autoras en la primera sección del volumen, tuvo una considerable repercusión entre quienes lo escucharon y lo leyeron cuando vivía; en general, podría decirse que sus ideas fueron uno de los vectores del clima cultural de “amor y paz” en América y Europa durante las décadas de los sesenta y setenta. Sin embargo, aunque las instituciones fundadas o inspiradas por él continuaron difundiendo su legado, su figura cedió después ante el empuje de otros líderes espirituales de gran alcance mediático como Osho, Deepak Chopra o el Dalai Lama.

Xochitepec, Morelos, 5 de mayo de 2020

Dibujo de Josefina Maynadé

Vínculos utilizados:

https://www.ts-adyar.org/content/adyar-library-and-research-centre

https://ca.wikipedia.org/wiki/Maria_Solà_de_Sellarés

https://negritasycursivas.wordpress.com/tag/ramon-maynade/

José Ricardo Chaves recrea algunos aspectos relacionados con la adopción cultural de las doctrinas orientales en México heterodoxo. Diversidad religiosa en las letras del siglo XIX y comienzos del XX, UNAM / Bonilla Artigas / Iberoamericana, México, 2013.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Las mil y una noches y otros cuentos ilustrados

Nacido en Guanajuato, casado en Chihuahua y finalmente establecido en Torreón, mi abuelo Francisco Rendón tenía, en la casa que alquilaba frente a la Alameda, una biblioteca en una parte literaria y en otra parte técnica (era ingeniero agrónomo). De su padre, abogado, procedió tal vez el gusto por encuadernar los libros propios, y aunque su biblioteca, trasladada después de su muerte a la Ciudad de México, se perdió en un aguacero, algunos ejemplares que sobreviven dan una idea del aspecto que debe haber tenido, uniformada principalmente en gris, y con los títulos de los volúmenes, los nombres de los autores y las iniciales del propietario en negro.

Uno de los títulos de esa colección, Historias de Hans Andersen, publicado por la editorial chilena Zig-Zag en su Colección “Damita Duende”, incluye los cuentos “Claus el Grande y el Pequeño Claus”, “Pulgarcilla”, “La Reina de las Nieves”, “La pequeña vendedora de fósforos”, “Los zapatitos rojos” y “La caja de yesca”. No se consigna en el libro el nombre del traductor, pero puede identificarse por su firma al dibujante que lo ilustró: Coré. Según informa la nota respectiva del sitio Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile, Mario Silva Ossa (1913-1950) utilizó ese seudónimo en los dibujos e ilustraciones que durante dieciocho años hizo para cuentos y novelas infantiles y juveniles, y ahí mismo dice que, a través de los cientos de personajes creados por él, “los niños de la década de 1930 y 1940 soñaron e imaginaron un mundo de fantasías”. Es muy probable que así ocurriera, a través de esos cuentos de Andersen, con los tres hijos de Francisco y su esposa Magdalena Casavantes, Flora, Odila y Carlos, nacidos respectivamente en 1933, 1935 y 1939.

Ilustración de Coré
Ilustración de Coré
Ilustración de Coré
Ilustración de Coré

Había otros libros de cuentos en la colección de mi abuelo. En uno de los viajes que mis padres hacían eventualmente para visitarlo –mil kilómetros de carretera entre la Ciudad de México y Torreón, de los cuales sólo recuerdo el hastío, el desierto y el acoso de un ganso en el poblado de Matehuala– a mis ocho o nueve años hice en su casa un descubrimiento decisivo: al preguntar por qué había un libro grande, solitario, en un estante inaccesible para mí, alguien respondió que porque no era apropiado para la lectura de los niños. Naturalmente, tan pronto como me dejaron solo me las arreglé para alcanzarlo e intenté descifrar cuáles serían los motivos de esa implícita prohibición impuesta, por lo pronto, a los únicos niños que estábamos por los alrededores, mi hermano Horacio y yo. Se trataba de un ejemplar de Las mil y una noches y en mi apresurada búsqueda, marcada por la turbación de las actividades clandestinas, supuse (correctamente) que la voluminosa obra nos estaba vedada por contener dibujos de señoras en paños menores, que acompañaban a textos que imaginé tanto o más atrevidos.

No sé cómo migró el ejemplar de Las mil y una noches de la biblioteca de mi abuelo a la de mis padres. Lo cierto es que, algunos años después, pude hacer en él mis primeras lecturas de buena parte de sus historias y admirar a la heroína que las cuenta, cuyo nombre se traduce en él como Scheznarda y que en su primera aparición se describe así: “…había leído mucho y poseía una memoria prodigiosa. Había estudiado filosofía, medicina, historia y bellas artes, y componía versos mucho mejor que los más celebrados poetas de su tiempo. Además, su belleza era perfecta y su corazón sólo albergaba los sentimientos más nobles y generosos.”

Descubrí entonces que esas narraciones no eran tan obscenas como había creído y luego supe que esa decepcionante constatación se debía en parte a que la edición en francés de Antoine Galland –la primera en Occidente, realizada entre 1704 y 1717– no reprodujo con fidelidad los manuscritos árabes originales, sobre todo en lo que respecta a los asuntos “picantes”, que suprimió, glosó o matizó. Esa edición fue la que, traducida al castellano por Pedro Pedroza y Páez, publicó Editorial Ramón Sopena en los años treinta en Barcelona, con una portada en tela azul con estampación dorada y un cromo a color adherido, además de 65 grabados en negro y cinco cromotipias de E. Vicente en los interiores.

Ilustración de E. Vicente
Ilustración de E. Vicente
Ilustración de E. Vicente

Seguramente el muy eficaz autor de las ilustraciones era Eduardo Vicente Pérez (1909-1968), quien publicó imágenes en libros de anarquistas e hizo carteles de propaganda republicana durante la Guerra Civil, y quien después de ésta permaneció en España, como informa su página en Wikipedia, “haciendo trabajos de ´pintor de brocha gorda´, y más tarde decorando cafés, bancos e iglesias, además de ilustrar libros y revistas”; considero más improbable que el E. Vicente del libro fuera Esteban Vicente Pérez (1903-2001), hermano mayor de Eduardo y quien, exiliado en Estados Unidos, abrazaría el expresionismo abstracto.

Mi lectura juvenil de Las mil y una noches revivió el recuerdo de historias y personajes ya conocidos, pues años antes había probado las mieles de los cuentos orientales en algunos fascículos de la Enciclopedia Fabulandia, impresa por Codex en Buenos Aires como adaptación de un proyecto de la casa italiana Fratelli Fabbri Editori, y que comenzó a distribuirse semanalmente en puestos de periódicos de la Ciudad de México a fines de 1963. Esa colección incluía narraciones de distintas tradiciones acompañadas por espléndidos dibujos sin firma ni crédito, pero que probablemente fueron hechos para Fratelli Fabbri por artistas europeos como Libico Maraja (1912-1983) y Piero Cattaneo (1929-2003). Como sea, los cuentos de esa colección ejemplarmente diseñada e impresa fueron –junto con los cómics– los principales responsables de mi descubrimiento del enorme placer que produce la lectura acompañada de imágenes, algo sobre lo que por cierto bordó con evidente gozo Umberto Eco en su novela ilustrada La misteriosa llama de la reina Loana (Lumen, Barcelona, 2005).

Xochitepec, Morelos, 29 de abril de 2020

René R. Khawam hace un resumen comentado de la historia de las ediciones de Las mil y una noches en su introducción a la preparada por él, EDAHSA, Barcelona / Buenos Aires, 2010, pp. 13-27.

Sobre los ilustradores citados, las ligas consultadas fueron:

http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-748.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_Vicente

https://es.wikipedia.org/wiki/Esteban_Vicente

http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000033488

http://www.libicomaraja.it

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De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

David N. Arce en sus libros

Hijo del juez Luis Niño y de la señora Pascuala Arce, David estudió en la primaria “Antonio Alzate” de la Ciudad de México y después en la Escuela Nacional Preparatoria a la que, como consta en los registros escolares conservados en el Fondo Universidad Nacional (IISUE, UNAM), se inscribió con trece años en marzo de 1917. El orden de lista lo llevó a sentarse en ésta junto a un recién llegado a la capital y con el que de inmediato trabó amistad, Salvador Novo, quien recordó en su libro de memorias La estatua de sal (Conaculta, México, 1998, p. 77) que los dos adolescentes abandonaban con frecuencia la escuela para irse a pasear por una ciudad que los fascinaba. También los unía ya la afición por la poesía y, en general, por la cultura impresa. Al igual que su amigo, Niño Arce optó en su vida profesional por actividades relacionadas con ésta: se especializó en la recitación pública de poemas, ejerció el oficio de biblioteconomista estudiado en la Universidad Nacional, y escribió periodismo cultural y ensayos.

En cuanto a lo primero, hay testimonios de que David ofrecía recitales a fines de los veinte y que lo siguió haciendo al menos hasta los cuarenta. En un programa de diciembre de 1941 que se conserva en el Fondo “Rafael Heliodoro Valle” de la Biblioteca Nacional de México, se muestra el registro abarcado por el declamador: desde Gutierre de Cetina, Lope y Góngora, hasta José Martí, Nicolás Guillén, Federico García Lorca, y sus amigos Alfonso Reyes, Rafael Heliodoro Valle y Elías Nandino; en el programa se reproducían estas palabras de José Vasconcelos: “No soy un aficionado a los recitadores, la mayor parte de ellos me hace sufrir. Pero me gusta la dicción clara de David y su expresión estética.”

En lo que se refiere a la biblioteconomía, diversos documentos en el mismo fondo indican que Niño Arce se tituló a fines de 1934; que cinco años después fue invitado a colaborar en la organización técnica y la catalogación de las 16 sedes de la Oficina de Bibliotecas Populares del Departamento del Distrito Federal; y que a principios de los cuarenta ya se encontraba trabajando en la Biblioteca Nacional, de la que fue designado Secretario en mayo de 1947 y a la que permaneció adscrito hasta su muerte en 1966. En una nota en memoria del colega publicada en las páginas 95-96 del Boletín de la Biblioteca Nacional en julio-diciembre de ese último año, Ignacio Osorio Romero escribió que pocos habían estado tan íntimamente ligados como él a la vida presente de esa institución, y destacó su trabajo dirigido a la reorganización y el funcionamiento del viejo edificio de San Agustín, pero también a “la elevación intelectual de este centro de cultura” a través de la programación de conferencias que eventualmente él mismo impartía, y de la edición del Boletín de la Biblioteca Nacional, cuyos ejemplares preparó cuatro veces al año desde 1950 hasta 1962. Uno de los principales colaboradores del Boletín de esos tiempos fue naturalmente David: ahí aparecieron unas cuarenta reseñas bibliográficas suyas y los textos de sus conferencias. Esta vertiente laboral también fructificó en la elaboración de minuciosas bibliografías de López Velarde, Vasconcelos, Novo y Torres Bodet, entre otros escritores, así como en la publicación de catálogos, índices y artículos técnicos sobre el oficio del biblioteconomista. Un encargo importante en su edad adulta fue la actualización de la información, en cuanto a estrenos y representaciones teatrales realizadas en la capital en el larguísimo periodo de cincuenta años entre 1911 y 1961, para la reedición de la Reseña histórica del teatro en México de Enrique de Olavarría y Ferrari (Porrúa, 1961), prologada por cierto por Novo.

Junto a estas actividades, David (con el apellido paterno reducido a una N) Arce, colaboró escribiendo crónicas culturales en El Universal Gráfico, Zócalo y otras publicaciones; algunas de esas notas sobre música, pintura, teatro, danza, poesía, fiestas populares, calles e iglesias se reunieron luego en los libros Cartas y apuntes (Gráficos Herber, 1952), Girándula (Jus, 1954) y Tambor de plata (Jus, 1957). El escritor dedicó ensayos más largos a sor Juana, José Rubén Romero, Alfonso Reyes, Alfonso Méndez Plancarte, Alfredo Maillefert y el malogrado poeta Leopoldo Ramos.

Ángel Miquel Alcaraz, mi padre, tuvo el privilegio de convertirse en amigo de David al poco de exiliarse en México en 1949. Los dos consideraban la poesía como un bien de primera necesidad y eran –en un sentido profundo– gente de paz. Esa amistad determinó que David escribiera prólogos a dos obras de Ángel, el poemario Gozo y cantar (Gráficos Herber, México, 1953) y el libro de prosa poética Ángel Francisco (Ediciones Cauce, Torreón, 1960, con dibujos a la tinta de Josefina Maynadé). También determinó que David le regalara, antes de morir, una pequeña muestra de su biblioteca particular.

Esos objetos, encuadernados bellamente, tienen personalidad, y avisan en el lomo el nombre de su propietario, ratificado con el autógrafo en las primeras páginas. Los títulos, además de los gustos de una época, manifiestan la sensibilidad del lector. Entre los poemarios se encuentran: Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y Otros poemas de Rubén Darío (Mundo Latino, Madrid, 1920, con ilustraciones de Enrique Ochoa); Poemas intemporales de Porfirio Barba Jacob (Editorial Acuarimántima, México, 1944, con un grabado en madera de Leopoldo Méndez); Selección de sus poemas de Germán Pardo García (Editorial Cvltvra, México, 1936, con un dibujo de Julio Prieto), y Tiempo de Blanca Terra Viera (s/e, Montevideo, 1948). Y entre las novelas: Pan y Soñadores de Knut Hamsun (Biblioteca Nueva y Mundo Latino, Madrid, s/f y 1921); El embrujo de Sevilla de Carlos Reyles (s/e, Madrid, 1927); La Nardo de Ramón Gómez de la Serna (Ediciones Ulises, Madrid, 1930) y La “tournée” de Dios de Enrique Jardiel Poncela (Biblioteca Nueva, Madrid, 1932). La pequeña colección incluye el ensayo Corydon. Cuatro diálogos socráticos sobre el amor que no puede decir su nombre, de André Gide (México, s/e, 1946).

Grabado en madera de Leopoldo Méndez

Xochitepec, Morelos, 28 de abril de 2020

(Una primera versión de este texto apareció en el Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, vol. XXII, núms. 1 y 2, primer y segundo semestres de 2017, pp. 91-93)

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De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Oraciones escogidas, de Cicerón

He tenido la suerte de vivir entre libros, leyéndolos, haciéndolos, a veces escribiéndolos, pero, sobre todo, acompañándome de ellos a todas horas: en los morrales de estudiante, en las mesas de noche, en los equipajes, en las bibliotecas de los lugares donde he trabajado, en los estantes caseros donde se reúnen y ordenan. Pero a la vez que afuera, los libros también están adentro, leídos, asimilados, vividos de distintas formas, construyéndome como ningún otro objeto ha logrado ni logrará ya hacerlo. En realidad, no podría entender mi paso por el mundo sin estos silenciosos compañeros siempre dispuestos a ofrecer conocimiento, diversión, placeres sensoriales, elevación espiritual.

Durante un largo tramo creí que uno de mis principales legados a la comunidad donde he vivido iba a ser una biblioteca especializada en los temas de mi interés. Eso ocurrió cuando mis condiciones laborales y familiares permitieron que el conjunto creciera año con año –y con él, el número de muebles que lo acogían. Ilusamente asumí que ese desarrollo podría seguir de manera indefinida, pero una mudanza y otros motivos –entre ellos, la transformación de mis intereses– llevaron eventualmente a que la biblioteca ya no sólo no creciera, sino comenzara a decrecer. Además, el desarrollo más o menos reciente de grandes repositorios bibliográficos en formato digital hizo en buena medida inútil mi pretendido gesto de hacer esa donación póstuma a la comunidad. Pese a todo la biblioteca sigue ahí, con algunas zonas activas que aportan instrumentos de trabajo o propósitos de lectura, mientras que otras –en los estantes de difícil acceso– se mantienen a la espera de una llamada eventual, de un requerimiento externo, de una sorpresa.

A diferencia de lo que ocurre con otros bibliófilos, no me interesan los libros antiguos, las primeras ediciones, los impresos lujosos, los ejemplares firmados ni, en general, lo que aporta prestigio a un bien que puede cumplir perfectamente su función de transmitir un contenido sin él. Pertenezco a una generación de clase media que hizo su aprendizaje lector en pocket books, lo que me ha llevado a elegir por lo común los ejemplares con tapa blanda a los más caros de tapa dura y a comprar en librerías de viejo, entre otras prácticas. Sin embargo, en mi biblioteca hay también algunos títulos heredados o provenientes de regalos, que ostentan características prestigiosas.

Uno de los más antiguos que tengo me fue regalado en Alicante por mis tíos Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz, en julio de 1980. Se trata del primer tomo (de dos) de las Oraciones escogidas de Cicerón, traducidas por Rodrigo de Oviedo y publicadas en Madrid en la imprenta de Sancha, el año de M.DCCC.VI. Se trata de una edición en octavo menor (10 x 15 cm), encuadernada en pergamino, bilingüe (latín/castellano), que contiene los textos ciceronianos “En favor de la Ley Manilia”, “Contra Lucio Catilina”, “En defensa de Aulio Licinio Archias”, “Después de la vuelta al pueblo” y “Después de la vuelta al senado”, además de una dedicatoria, un prólogo y unas anotaciones finales del traductor.

De acuerdo con lo que informa la portada, De Oviedo fue teniente del Real Cuerpo de Ingenieros Cosmógrafos, profesor de matemáticas en el Observatorio Astronómico y catedrático de Buena-versión y Propiedad latina de los Reales Estudios de Madrid. El carácter bilingüe de la edición la hacía útil a quienes quisieran aprender la lengua latina. En el Prólogo, De Oviedo afirma que conocía otra traducción reciente de la misma obra, pero “no me ha detenido eso para publicar ésta: porque la otra, como mas costosa, no la puede comprar la mayor parte de los estudiantes, y á parte de esto yo no me he atado tanto á la letra, como el otro traductor (…) y conduce que haya diversas traducciones, mas y ménos libres, de un mismo autor”. A estas explicaciones, a las que no puedo sino considerar con simpatía, el profesor sumaba el elogio de la obra, escrita por el hombre “más eloqüente, que tuvo el imperio Romano, de un famoso jurisconsulto, gran Filósofo, político consumado, y sugeto de una vasta erudición, y sublime sabiduría”.

Este ejemplar, en efecto, sirvió como libro de texto. Al final, en una hoja blanca pegada al pergamino, un anónimo estudiante apuntó las páginas de las cláusulas latinas difíciles, las de nombres propios y las de sentencias notables; también un pequeño recorte de papel resguardado en el interior consigna anotaciones que daban fe de sus empeños por dominar la lengua. Junto a ese recorte, una estampa de Santo Tomás de Aquino atacada por una buena cantidad de manchas rojas indica, tal vez, sus maniobras para aligerar los excesos de tinta en la pluma… o simple aburrimiento.

No quedaron otros registros de propiedad o uso en el libro hasta que, unos ciento cincuenta años después de haberse editado, mis tíos pusieron en la portada y otras de sus páginas, en violeta, el sello que mandaron hacer con sus nombres combinados: amaliaipedro. Esta declaración de pertenencia mutua, que se mantiene en su tumba común en el cementerio de Alicante, es uno de los rasgos que mejor definió a esta fantástica pareja. Formados en el breve estallido de libertad de la Segunda República española, amaliaipedro abrazaron las más diversas creencias (el anarquismo, el espiritismo, el orientalismo, el naturismo, el nudismo…), y se las ingeniaron para vivir de acuerdo con ellas en la empobrecida y conservadora sociedad que siguió a la Guerra Civil. Su pequeño departamento de Alicante era visitado con frecuencia por jóvenes idealistas de otras regiones, quienes se iban de ahí con algún regalo en las manos y, sobre todo, con un modelo factible de cómo vivir con alegría y de manera creativa en condiciones externas difíciles. Los dos escribieron libros: él, el poemario Briznas (1950), y ella, los ensayos biográficos María Dolores Miquel en la historia de Jijona (1978) y Salvador Sellés, poeta de Alicante (1980); como no podía dejar de ser, también apareció un libro, Poemas (1985), escrito por los dos.

A la biblioteca de la pareja se incorporó, en algún momento, el primer tomo de la Oraciones escogidas de Cicerón, comprado a un proveedor de libros antiguos. Evidentemente a amaliaipedro ya no les sirvió para estudiar, como tampoco le serviría a su siguiente propietario, que lamentablemente no ha aprendido latín. De cualquier forma, la traducción de los discursos ciceronianos por don Rodrigo de Oviedo sigue siendo muy legible. De ella copio este elogio de los libros, que aparece en la defensa hecha por Cicerón del poeta griego Aulio Licinio Archias:

Preguntarásnos, Gracio, por qué gustamos tanto de este hombre. Porque nos suministra con que reparar el animo de este ruido del foro, y dar descanso á los oídos cansados de su voceria. Qué? piensas tú que podriamos tener que decir todos los dias en tanta variedad de asuntos, si le faltára á nuestro entendimiento el cultivo de la lectura, y estudio: ó qué podriamos llevar tanto trabajo á no darle algun desahogo con él? (…) Mas están llenos los libros, están llenas las sentencias de los sabios, y la antigüedad está llena de exemplos, que estarian sepultados en tinieblas, si nos faltára la luz de las letras.

Xochitepec, Morelos, 23 de abril de 2020