De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

La crítica de cine de Emilio García Riera

Cuando lo conocí en los años setenta gracias a mi amistad con su hija Ana García Bergua, Emilio García Riera era un hombre flaco y nervioso, que fumaba constantemente cigarros Del Prado. Fue un acontecimiento decisivo para mí. Emilio era un adulto muy distinto a los demás que había conocido hasta entonces, alguien con quien se podía hablar de películas, libros y futbol, que no usaba corbata para ir al trabajo y que de inmediato me prohibió referirme a él como Sr. García. Emilio platicaba de forma tan amena y ponía tanto entusiasmo en sus opiniones, que no me quedaba ninguna duda de que tendría que ser un destacado profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde Ana me dijo que trabajaba. El departamento rentado por la familia se encontraba en un edificio en la calle Ámsterdam de la colonia Condesa, y como estaba lleno de libros, carteles de películas, recortes de periódicos y cuadros de Vicente Rojo, ese espacio tendía a completar y hacer más coherente la imagen que me había hecho de Emilio como profesor universitario. Tiempo después me enteré, supongo que por él mismo, de que a pesar de ser hijo de maestros (exiliados españoles), en realidad no le interesaba gran cosa la transmisión del conocimiento en las aulas. Sólo que en la época en que lo conocí no me lo imaginaba de otra forma porque ni siquiera se me pasaba entonces por la cabeza que alguien pudiera vivir en México de escribir sobre cine.

Y sí, en esas épocas Emilio vivía principalmente de lo que ganaba como columnista del diario Excélsior de Julio Scherer. Tenía ahí el que con seguridad era uno de los espacios periodísticos de opinión más leídos del país. Que esa columna fuera de crítica de películas y no de análisis político es uno de los indicadores del prestigio que había llegado a tener no sólo el cine, sino también el comentario independiente sobre él, que por tanto tiempo había estado secuestrado antes en México por publicistas y cronistas de estrellas interesados sobre todo en acompañar a las redituables industrias de la producción o la distribución cinematográficas surgidas durante la “época de oro”.

En realidad, fue la generación de Emilio la que fundó la crítica de cine independiente, a partir de la edición de la revista Nuevo Cine en 1961-1962. También se debe a esta generación, a la que pertenecieron Jomí García Ascot, José de la Colina, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, Manuel González Casanova, Nancy Cárdenas, Gabriel Ramírez, Julio Pliego y otros, la renovación de la cultura del séptimo arte a través del impulso para filmar películas independientes, de la fundación de las primeras escuelas de cine, de la educación a través de cine-clubes y festivales, y del establecimiento de los principales archivos públicos en el país, la Filmoteca de la UNAM y la Cineteca Nacional. Esta fundación institucional culminó en los años ochenta con la creación del Centro de Investigaciones y Estudios Cinematográficos en la Universidad de Guadalajara y con el lanzamiento en esa misma ciudad de la Muestra de Cine Mexicano, convertida años después en Festival Internacional.

Para la cultura mexicana significó una enorme aportación el surgimiento de una producción constante de pensamiento original sobre el cine, manifiesto, por un lado, en la escritura de libros, y por otro en la publicación cotidiana de crítica independiente. Por supuesto hubo antes escritores como Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Efraín Huerta y Carlos Fuentes que se asomaron con interés y buen juicio al cine. Pero nunca hubo antes de los años sesenta una producción extensa y permanente de ensayos, libros de historia y textos breves centrados en las películas. Durante años García Riera fue un protagonista fundamental de esa corriente, orientada a la doble tarea de ejercer el comentario de la producción contemporánea y de educar al público con noticias del cine clásico, el rescate de realizadores e intérpretes, o el análisis de géneros más o menos desprestigiados como el western y el musical.

Emilio empezó su carrera como crítico a mediados de los años cincuenta en España Popular, un periódico quincenal dirigido a los comunistas españoles exiliados, como él. Después pasó a una publicación con mucho más público, el suplemento dominical del diario Novedades, México en la Cultura, dirigido por Fernando Benítez. Ahí escribía el también desterrado español Francisco Pina, un crítico al que Emilio consideraba como su maestro. Cuando Benítez salió de Novedades, prácticamente todos los miembros de su equipo –incluyendo a Pina y García Riera– se fueron con él a La Cultura en México, el suplemento del semanario Siempre! Al mismo tiempo Emilio publicaba notas en la Revista de la Universidad dirigida por Jaime García Terrés.

Con la experiencia acumulada en todas estas publicaciones, fue natural que saltara, en los años setenta, a la columna diaria publicada en Excélsior –su primer trabajo de escritura bien remunerado, como recordaba. Dado el ascenso constante de su trayectoria, daba la impresión de que sería por largo tiempo uno de los críticos independientes del cine en México. Y así fue: siguió escribiendo en diarios y revistas, y participando en programas de televisión durante muchos años. Pero es indudable que su vocación crítica fue reemplazada, en algún momento, por algo que encontró más apasionante: escribir la historia del cine mexicano. La enorme importancia que concedió a esta empresa, que ocupó el centro de su actividad profesional en sus últimos cuarenta años, tuvo como consecuencia que llegara a considerar su trabajo como periodista como algo que carecía, en el fondo, de importancia. La opinión –en que se basa la crítica– es efímera, mudable, fútil, solía recordar con Borges, para enfatizar, sin decirlo, que el conocimiento histórico no lo era. Esta es la razón por la que Emilio recordaba su etapa como crítico con cierta distancia, como si el joven que había escrito con tanta pasión esos textos hubiera desaparecido.

Quienes lo conocimos podemos atestiguar que no fue así. Emilio se conservó joven hasta el último día de su vida. Quiero decir: atento, flexible, optimista, dueño de un maravilloso sentido del humor. Ni un solo momento dejó de indignarse ante la injusticia social y de estar interesado por lo que sucedía en el mundo, desde las transformaciones políticas en México, España y otros países, hasta la incorporación de nuevos programas en las barras de televisión, además de seguir apasionadamente lo que sucedía en los campos de la tecnología y el cine. Recuerdo, por ejemplo, que fue el primero al que le escuché decir faxear (aunque usado irónicamente, pues me dijo que me iba a faxear la realidad) y también fue uno de los primeros en adivinar entre nosotros la revolución que significó el desarrollo de la imagen digital. Aunque dejó de ser flaco y nervioso, y también –a regañadientes– de fumar, conservó siempre la espontaneidad y la apertura que asociamos a la juventud, y si bien su trabajo más serio como historiador es una cumplida muestra de madurez profesional, y le garantiza un lugar entre las figuras intelectuales más destacadas de la segunda mitad del siglo veinte en México, no era justo con él al relegar a un segundo plano su escritura juvenil, en la que se manifestaban las mismas cualidades que conservó hasta el fin.

En la contraportada de la Breve historia del cine mexicano (Mapa y otras editoriales, 1998), el último libro que Emilio publicó en vida, se lee que su obra escrita estaba integrada por unos cincuenta volúmenes. La mayor parte de ellos son sin duda perdurables. Unos, como la enciclopédica Historia documental del cine mexicano (dieciocho volúmenes, Universidad de Guadalajara y otras editoriales, 1992-1997) y México visto por el cine extranjero (seis tomos, ERA y Universidad de Guadalajara, 1987-1990), por la minuciosa documentación de hasta el último detalle de los enormes universos que abordan, organizados y comentados brillantemente; otros, como el libro de memorias El cine es mejor que la vida y las novelas Mujeres, amigos y un tío y Polvo enamorado (en los tres casos Cal y Arena, 1990, 1995 y 2000), por contener la honesta, inteligente y conmovedora expresión de la experiencia vital, familiar y profesional del autor. Pero esos alrededor de cincuenta libros no cerraron de ningún modo la obra de García Riera, y desde su muerte en 2002 han aparecido varios póstumos. He tenido el privilegio de participar en dos.

El primero, El juego placentero. Crítica cinematográfica 1955-1961, incluyó una selección de 23 textos publicados en España Popular, México en la Cultura e inéditos provenientes de una colección de notas manuscritas acompañadas de dibujos que se conservaron en el archivo de Emilio. Dividido en tres secciones (“Cine norteamericano”, “Cine europeo” y “Cine mexicano”), hay en él abordajes a películas de Fellini, Resnais, Bardem, Welles, Buñuel, Fernández y otros cineastas. El conjunto representa un interesantísimo episodio de la biografía intelectual del autor, en el que se constituye su oficio como periodista con un punto de vista caracterizado por la sinceridad, la espontaneidad y la agudeza. El libro, con introducción e índices míos, fue diseñado por Juan Carlos Mena e incorpora divertidos dibujos de espectadores hechos por Emilio; fue coeditado en 2003 por la Universidad de Guadalajara, Conaculta, los gobiernos de los estados de Jalisco y Colima y la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

El otro volumen, titulado El juego placentero II. Crítica cinematográfica, años sesenta, reproduce 21 notas que aparecieron originalmente en Revista de la Universidad, La Cultura en México y Nuevo Cine, además del prólogo al guion de la película Iván el Terrible de Sergei M. Eisenstein, publicado en 1968 por ERA. En esos textos, donde se analizan películas de Kurosawa, Buñuel, Resnais, Truffaut, Eisenstein, Chaplin, Hawks, Cukor y otros realizadores, se revela una ya muy definida voluntad autoral, con las preferencias y antipatías, la inteligencia, el sentido del humor, la memoria afectiva y otros rasgos de García Riera, quien por cierto emprendió en esa década su investigación sobre la historia del cine mexicano; también, como expresa el siguiente párrafo de una de las críticas incluidas, hay en ellas un vasto conocimiento del séptimo arte y un deliberado intento por afincar las opiniones en el placer del cinéfilo:

en los cine-clubes hemos aprendido a entender y admirar a Eisenstein y Murnau, pero fue el viejo melodrama norteamericano el que haciéndonos estremecer en los asientos de una sala de segunda categoría unió nuestra vida misma al cine. Dichoso aquel que volviendo a ver Lo que el viento se llevó ha experimentado la triste y dulce nostalgia que nos remite a lo que fuimos y a lo que perdimos para siempre.

El juego placentero II, para el que también escribí el prólogo, lleva unas palabras preliminares de Leonardo García Tsao; la edición, impulsada con entusiasmo por Susana López Aranda, fue ilustrada con stills de las películas que se abordan y apareció con los sellos de la Cineteca Nacional y la Universidad Autónoma del Estado de Morelos en 2007.

Dibujos de Emilio García Riera incluidos en El juego placentero. Crítica cinematográfica 1955-1961 (2003)

Xochitepec, Morelos, 10 de septiembre de 2020

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Cinco fotografías del archivo de Francisco Rendón

De acuerdo con los registros documentales integrados a familysearch.org, ya en el siglo XVI había en Nueva España individuos de apellido Rendón. La primera que aparece en San Miguel (ahora de Allende, estado de Guanajuato) es Juana Rendón, casada con Manuel de Rivera y madre de Nicolás el 12 de septiembre de 1637, y de Antonia el 2 de septiembre de 1639. 

Los Rendón proliferaron en San Miguel y después de la Independencia vivían ahí al menos dos familias que llevaban el apellido. Una, la de los Rendón Guia, estaba integrada por once hermanos; otra, la de los Rendón Sierra, por doce. A esta última pertenecía Ramón, bautizado el 3 de septiembre de 1852 y que hacia 1875 fue enviado a hacer estudios en el Colegio del Estado, en la ciudad de Guanajuato. Ramón resultó buen estudiante y se tituló como abogado el 17 de enero de 1880. Siguió sus pasos su pariente Alejandro, quien estaba inscrito en el Colegio en 1885, pero “destripó” y no llegó a titularse. Después de trabajar un tiempo en Guanajuato, Ramón se instaló en 1888 en Dolores, estado de Hidalgo, donde fue escribano público al menos hasta 1897. Alejandro también se trasladó a Dolores, seguramente a trabajar con él.

En San Miguel, José María Rendón Guia, bautizado el 30 de septiembre de 1842, se había casado con María Guadalupe Cortés, y de esta unión nació en 1865 un niño al que llamaron Francisco. Al llegar a la edad de hacer estudios superiores éste se trasladó a Guanajuato, como habían hecho antes sus parientes, y ahí obtuvo el título de abogado el 22 de marzo de 1890. Una vez adquirida la profesión, Francisco estuvo en condiciones de formar una familia, y menos de tres meses después de titularse, el 5 de junio, se casó en la capital del Estado con Ignacia Rendón, prima hermana suya también nacida en San Miguel, en 1873. Para entonces José María había muerto, y también Francisco, padre de Ignacia, por lo que sólo comparecieron a la boda las madres de los novios, Guadalupe Cortés y María Ángela Durán, ambas de cuarenta años. Quizá los parientes Ramón y Alejandro hicieron el viaje desde la no muy lejana Dolores para asistir a la ceremonia.

El 13 de septiembre de 1891 nació el primogénito de Francisco e Ignacia, bautizado el 10 de octubre en la iglesia de Nuestra Señora como José Francisco Amado de Jesús, y quien fue llamado familiarmente Pancho. A unos pasos de distancia de la casa de sus padres en la calle de Positos, seis años antes, Diego Rivera Acosta y María del Pilar Barrientos habían lanzado al mundo a un niño al que bautizaron como Diego Martín de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao. Pero Pancho no tuvo tiempo de convivir con el futuro célebre pintor Diego Rivera, pues cuando tenía poco más de un año su familia se mudó a San Luis de la Paz, también en el estado de Guanajuato, donde su padre se instaló como escribano. Ahí Francisco e Ignacia tuvieron luego a sus hermanos Ignacio, Luis, Marco, Consuelo y Guadalupe.

Pancho asistió en San Luis de la Paz a la Escuela Modelo “Melchor Ocampo”. De su paso por esa institución quedaron en su archivo dos fotografías hechas en el último lustro del siglo XIX por la casa Schlattman Hermanos, con sede en la calle de Espíritu Santo número 1, en la Ciudad de México. Los 26 escolares que posan primero en el salón de clase y después, convertidos en escolta y con rifles de palo, al pie de una de las escalinatas de la escuela portaban números para facilitar su posterior identificación por familiares. Gracias a eso y al registro manuscrito de los nombres de algunos niños y del profesor Rocha en el reverso de una de las imágenes, sabemos que Francisco Rendón es el segundo de izquierda a derecha en la fotografía del salón (con un libro abierto en las manos) y el sexto de izquierda a derecha en la segunda fila de la escolta (cerca de la bandera).

Escuela Modelo «Melchor Ocampo», San Luis de la Paz, Guanajuato. Foto Schlattman Hermanos, c. 1895
Escuela Modelo «Melchor Ocampo», San Luis de la Paz, Guanajuato. Foto Schlattman Hermanos, c. 1895
Reverso de la imagen anterior

Otra fotografía del Guanajuato decimonónico conservada en el archivo de Pancho, tomada probablemente un domingo en una concurrida plaza, es del artista Romualdo García, nacido en Silao en 1852 y que una vez en la capital del estado puso su estudio en la calle de Cantarranas número 34.

Guanajuato. Foto de Romualdo García, c. 1900

Pancho salió de Guanajuato en la adolescencia para hacer la carrera de ingeniero agrónomo en la Escuela Particular de Agricultura de Ciudad Juárez, Chihuahua. Las dos fotografías conservadas por él de ese periodo retratan a estudiantes del primero y el segundo año profesional, probablemente todavía en la primera década del siglo (la escuela fue inaugurada en 1906). Aquí la identificación de los retratados se hizo con números manuscritos a los que corresponden los registros de nombres de alumnos y sus ciudades de procedencia en la marialuisa. En ninguna de estas imágenes se consignan los datos del fotógrafo. Y no resulta claro por qué mi abuelo Pancho no aparece en ellas.

Primer año profesional, Escuela Particular de Agricultura, Ciudad Juárez, Chihuahua. Fotógrafo desconocido, c. 1910
Segundo año profesional, Escuela Particular de Agricultura, Ciudad Juárez, Chihuahua. Fotógrafo desconocido, c. 1910

Xochitepec, Morelos, 6 de septiembre de 2020

Vínculos

https://centrodelaimagen.cultura.gob.mx/publicaciones/catalogos/catalogos-exposicion/romualdo-garcia.html

http://www.puentelibre.mx/noticia/historia_escuela_agricultura_hermanos_escobar/

https://www.facebook.com/notes/esahe-escuela-superior-de-agricultura-hermanos-escobar/cronolog%C3%ADa-hist%C3%B3rica-de-la-escuela-superior-de-agricultura-hermanos-escobar/10150442356835703/

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Los Casavantes de Flora Rendón

En algún momento de la tercera década de su vida, Flora Rendón, mi madre, escuchó que una voz le decía, en un sueño, que su destino sería literario. Tal vez obedeciendo a esa revelación, o a ese llamado, se matriculó en la licenciatura de Letras Alemanas y después en la maestría en Letras Inglesas de la UNAM, en las que obtuvo los títulos respectivos con tesis sobre los poetas Georg Trakl y William Blake.

Pero Flora también honró el destino anunciado acompañando su cotidiana práctica del piano (interpretaba obras de Bach, Mozart, Beethoven, Chopin, Schumann…) con la escritura de piezas breves que llamaba “incisos” y que podrían ser ubicadas en el género de los poemas en prosa. Cuando eventualmente las voces de seres inmateriales se multiplicaron en su interior, esos incisos de distinta amplitud trazados con educada caligrafía Palmer se convirtieron también en un buen medio terapéutico para ponerlas en otro sitio.

Durante más de cuatro décadas, Flora ejerció esa escritura íntima con admirables disciplina y constancia. Las decenas de cuadernos escolares tamaño carta rebosantes de manuscritos que produjo tuvieron como únicos destinatarios inmediatos a su esposo Ángel Miquel Alcaraz y a sus dos hijos, pero la autora tenía la certeza de que sus textos encontrarían tarde o temprano lectores fuera de su ámbito familiar más próximo.

El único libro que Flora publicó, en una edición privada, fue Los Casavantes. En él dotó de rasgos ficticios a unos cuantos personajes con nombres tomados de su familia materna y ubicó sus acciones en un pueblo –no menos imaginario, aunque exista en el estado de Chihuahua– llamado Guerrero. De ese libro, que aquí se reproduce, se hicieron en la Ciudad de México cincuenta ejemplares en julio de 1992.

Xochitepec, Morelos, a 24 de agosto de 2020

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Álbum

Imágenes de gente mencionada en este blog

En el extremo izquierdo, Ignacio Ribera y Eulalia Salvans, Cataluña, c. 1930. Archivo de la familia Ribera Carbó.
Susana Steel (o Susana Gamboa), 1939. Archivo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa, A.C.
Documento de Ignacio Ribera Vilaseca, 1939. Archivo de la familia Ribera Carbó.
Odila Rendón Casavantes, Ciudad de México, c. 1955.
David N. Arce con niño Ángel Miquel Rendón, Torreón, 1958.
Magdalena Casavantes con niño Horacio Miquel Rendón, Torreón, 1959.
Margarita Carbó y José Ribera, Festival de Danzas Catalanas, Ciudad de México, c. 1960. Archivo de la familia Ribera Carbó.
Alfonso Simón Pelegrí y Ángel Miquel Alcaraz, Puebla, años sesenta.
Pau Ruiz, Ignacio Ribera, Tísner, Margarita Carbó, José Ribera y Andrés Bustamante, Ciudad de México, años sesenta. Archivo de la familia Ribera Carbó.
Hermanos Carlos y Flora Rendón Casavantes, años setenta.
Con Alcira Soust Scaffo, Flora Rendón Casavantes y Ana García Bergua, Ciudad de México, c. 1980.
Ignacio Ribera, c. 1980. Archivo de la familia Ribera Carbó.
Alfonso Simón Pelegrí, Ciudad de México, años noventa.
Ruth y Jonathan Fine, Jerusalén, 2005.
Marina Díaz López, Madrid, 2006.
Pablo Mora Pérez-Tejada, Madrid, 2006.
Marcela Capdevila, Xalapa, 2006.
Hermanos Adela y Miguel Simón Ruiz, Madrid, 2007.
Juan Carlos Mena y Déborah Holtz, Madrid, 2007.
María Helguera, Acapulco, 2007.
Mónica Guitián y Felipe Leal, Acapulco, 2007.
Gastón Alejandro Martínez, Carlos Mapes y Carlos López Beltrán, Ocoyoacac, 2008.
Marcela Campos, Ciudad de México, 2008.
Enrique Luft (Pávlata) y el gato Murr, Pátzcuaro, 2008.
Cristina Cavalcanti, Rio de Janeiro, 2008.
Con José Ribera Salvans, Ciudad de México, 2009.
Con Alain Derbez, Feria del Libro de León, Guanajuato, 2009.
Horacio Miquel Rendón, Ciudad de México, 2012.
Felipe Leal y Eduardo Sacristán, CIudad de México, 2012.
Con Miguel Marín, Carmen Carrara y Fernando Macotela en la Feria del Libro del INAH, Ciudad de México, 2013.
Con Pablo Mora Pérez-Tejada, Anna Ribera Carbó y Ana Castaño, Buenos Aires, 2013.
En primer plano, Margarita Carbó y José Ribera, Orfeó Català, Ciudad de México, 2015.
Pedro Serrano, Guadalajara, 2015.
Marcela Campos y Alain Derbez, Ciudad de México, 2015.
Con Lluís Benejam, Girona, 2016.
Con Daniel Sánchez, Marina Díaz López y Javier Martínez, Madrid, 2016.
Juan Carlos Mena y Pedro Serrano, Xochitepec, 2017.
Con Felipe Leal y Eduardo Sacristán, Acapulco, 2017.
Con Lluís Benejam en su archivo, Capmany, 2017.
Juan Carlos Mena, Ciudad de México, 2019.
Con Gabriela Villa, Felipe Leal, Mónica Guitián, María Helguera y Eduardo Sacristán, Ciudad de México, 2019.
Con Ana María Palos y Darya von Werner, Madrid, enero de 2020.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Tesoros en la biblioteca de José Ribera

En 2006, con prólogo de Fernando Serrano Migallón, El Colegio de México publicó Los barcos de la libertad. Diarios de viaje. Sinaia, Ipanema y Mexique (mayo-julio de 1939). En este volumen, cuidado con sabiduría editorial por Antonio Bolívar, se reprodujeron los diarios en mimeógrafo publicados en tres de los barcos que condujeron exiliados de la Guerra Civil española a México gracias a la generosa política humanitaria del gobierno del general Lázaro Cárdenas. La iniciativa de crear esas publicaciones fue de la estadunidense Susana Steel, entonces esposa del pintor (y más adelante importante museógrafo) mexicano Fernando Gamboa, y representante a bordo de las autoridades del país de acogida. Escribió Steel en un diario personal durante el viaje del Sinaia:

Día 25 de mayo. (…) Existe gran depresión general (…) Insisto en que debe aparecer lo más pronto posible un periódico de a bordo como la forma más rápida y eficaz de orientar a la gente y levantar su moral. Se acuerda la aparición de un boletín (…)

Día 26 de mayo. Sale el primer número (…) y aunque es bastante raquítico produce gran contento entre los pasajeros (…)

Día 27 de mayo. Sale el número (…) con mayor número de páginas. Los viajeros lo acogen con verdadera ansia (…) Produce muy buena impresión esta actividad tan rápidamente organizada (…) La moral del barco se va mejorando con los pocos trabajos que hemos iniciado.

En esos folletos de distribución gratuita hechos en mimeógrafo por periodistas y escritores con considerable obra previa, se informaba sobre los acontecimientos en la Península, que se recibían por radio; sobre la historia, la geografía y las costumbres del país al que se dirigían esos emigrantes que en su mayor parte no tenían conocimientos de México; sobre actividades de entretenimiento como conciertos, recitales, conferencias y exposiciones que hacían menos penoso el viaje, y sobre la trayectoria o circunstancias de algunos pasajeros, incluyendo el nacimiento de niños a bordo. Se trataba de publicaciones periódicas tituladas con el nombre del barco respectivo, con artículos y poemas escritos al calor de lo que ocurría, en algunos casos ilustrados con dibujos, y que tenían, por su tosca apariencia y breve duración (16 ejemplares del Sinaia, 26 del Ipanema y 10 del Mexique) el aspecto de juguetes escolares. Pero su contenido versaba sobre aspectos profundos y conmovedores de quienes ya vivían el destierro de manera incipiente. Y, en otro sentido, esos diarios mostraron la voluntad creativa de un amplio grupo de intelectuales que, una vez en México, alentaría diversas empresas culturales.

Serrano Migallón calcula que en los viajes de esos tres barcos se trasladaron unos cinco mil exiliados. Uno de ellos era el catalán de Terrassa Ignacio Ribera Vilaseca, quien, como tantos otros que por la derrota republicana cruzaron la frontera de Francia, había sido recluido en un campo de concentración. De ahí lo liberó la diplomacia mexicana, que lo dotó de papeles (la “visa Bosques” que tantas vidas salvó) y le consiguió un lugar en el Ipanema. El barco salió de Burdeos el 12 de junio de 1939, con 994 pasajeros, y llegó a Veracruz el 2 de julio. La ficha de identificación de Ribera registraba que tenía 33 años, era viudo, había sido concejal en el ayuntamiento de Terrassa y pertenecía al partido Acción Catalana Republicana. Al cruzar el Atlántico, Ribera encontró trabajo en la pequeña fábrica de un paisano y dedicó su tiempo libre a la enseñanza de danzas tradicionales dirigiendo el esbart del Orfeó Català de Mèxic. Ocho años después de haberse exiliado, estuvo en condiciones de reclamar a su hijo José, entonces adolescente, y a quien había dejado al cuidado de una hermana en Terrassa.

José, quien llegaría a ser presidente del Orfeó, estudió ingeniería química en la UNAM e hizo una amplia biblioteca en la que tienen un lugar esencial las publicaciones en lengua catalana de las décadas de los cuarenta a los setenta, buena parte de ellas editada en México como su poemario Sense paraules (Club del Llibre Català, 1965, con prólogo de Pere Calders y una ilustración de Tísner). En esa biblioteca, entre la Historia general del arte de José Pijoan y La Nostra Revista de los escritores del exilio, se encuentra encuadernado el conjunto de folletos originales del diario de a bordo del Ipanema que atesoró su padre.

Otro tesoro de esa biblioteca, resguardado en una caja de medias, es una colección de programas de mano que publicitaban la exhibición de las películas vistas por José. Esos bonitos cromos dan cuenta de que además de Blanca Nieves y los siete enanos, El mago de Oz y Casablanca, pasaron por las pantallas de Terrassa muchas cintas mexicanas. Enterarme de la existencia de esos materiales, que en México no se hicieron pues cumplían la misma función carteles y lobby-cards, agregó una dimensión gráfica al estudio que entonces hacía acerca de la distribución del cine mexicano en España; pude, así, con la paciente asistencia de Anna Ribera, buscar piezas en locales de anticuarios y librerías de viejo. Pero esa revelación también me permitió conocer a Lluís Benejam, coleccionista de impresos cinematográficos quien, desde la población catalana de Campany, colaboró de forma entusiasta y generosa en esa investigación sin pedir un centavo a cambio, bajo el argumento de que prefería hacer un amigo que hacer un negocio.

Lo encontrado en la biblioteca de José Ribera y lo aportado por Lluís Benejam contribuyeron a completar, dentro de lo posible, la colección en marcha de programas de mano españoles que publicitaron películas mexicanas en los años treinta y cuarenta; reproducirla a colores y en su tamaño real aproximado fue uno de los propósitos de Crónica de un encuentro: el cine mexicano en España, 1933-1948, diseñado por Miguel Marín y publicado por la UNAM en 2014 gracias a las gestiones de Guadalupe Ferrer, Carmen Carrara, Alicia Mayer, Javier Martínez, Diego Celorio y María Luisa Barnés. La amplia red de personas que hizo posible la escritura, publicación y divulgación de ese libro incluyó en lugar muy especial a Marina Díaz, historiadora madrileña experta en cine mexicano, quien además de proporcionar una enorme cantidad de información relevante para lo estudiado y de impulsar la difusión del libro, me presentó a Lluís Benejam. De manera misteriosa y adecuada, éste resultó vecino inmediato de Pau Ruiz, quien se construyó una casa en Capmany luego de vivir en México, donde fue uno de los mejores amigos de José Ribera.

Xochitepec, Morelos, 11 de agosto de 2020

Fuentes:

Susana Gamboa, “Fragmentos del diario de las actividades a bordo del Sinaia”, en Barco en tierra: España en México. Imágenes, reflexiones y testimonios de vida en el siglo XX, UNAM y Fundación Pablo Iglesias, México, 2006, pp. 123-123.

http://www.barcosdelexiliorepublicano.com/

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-edicion-catalana-en-mexico–0/html/e8445348-ca0d-48e7-91de-0226cc9e08fd_29.html

https://archive.org/details/xochitepec_vs_capmany/page/n11/mode/2up

Ilustración de A. Artís-Gener (Tísner) para el libro de poemas Sense paraules de José Ribera.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

La Colección Cine Club de Ediciones ERA

El éxito comercial de la industria cinematográfica mexicana que culminó en los años cuarenta con la llamada “época de oro” llevó que se incrementara a niveles nunca vistos el número de profesionales que hacían notas y reportajes sobre ese medio en diarios y revistas. Esos periodistas de vez en cuando también escribieron libros. Los doce publicados en esa década, que fueron casi el doble de todos los que habían aparecido hasta entonces, manifestaron sobre todo el creciente interés por la vida y obra de las celebridades locales, derivado del lanzamiento de un cuerpo de estrellas muy popular; entre esos títulos estuvieron, por ejemplo, Quién es Cantinflas, de Dranoell (Editora de Periódicos, c. 1948) y María Félix. Mujer y artista de José María Sánchez García (Nezahualcóyotl, 1949). La celebridad de las cintas locales posibilitó también que Alfonso Lapena, María Luz Perea y otros hicieran por primera vez en México novelizaciones de argumentos, lanzadas por varias editoriales y revistas.

Pero el incremento en número de publicaciones en los años cuarenta se debió también al interés del gobierno de apoyar a la industria a través de la Comisión Nacional de Cinematografía, fundada a mediados de la década bajo la dirección de Antonio Castro Leal. Este organismo, que tuvo entre sus funciones contribuir a la formación de nuevos profesionales del cine, publicó en 1949 los guiones técnicos La otra de José Revueltas y Roberto Gavaldón, y El silencio es oro de René Clair, un manual para filmar películas en color con prólogo de Gabriel Figueroa y un anuario de la industria; la Comisión también editó alrededor de cuarenta números del semanario de información gremial Cinevoz, y tuvo el proyecto de un diccionario de términos cinematográficos escrito por el español Max Aub, pero que no llegó a la imprenta. Dentro del mismo espíritu profesionalizante debe destacarse la aparición en una editorial privada de La escenografía en el teatro y en el cine (Centauro, 1947) de otro exiliado, Avelí Artís-Gener.

Más o menos el mismo número de títulos que en los cuarenta apareció en los cincuenta. Hubo entre ellos un par de guiones de películas y otros textos destinados al aprendizaje, como El guión cinematográfico. Técnica e historia (Alameda, 1954) del argentino Ulyses Petit de Murat; continuaron apareciendo radiografías parciales de la industria como El embrollo cinematográfico (Cooperación, 1953) de León Méndez Berman y Santos Mar, y El libro negro del cine mexicano (ed. de autor, 1960) del veterano cineasta Miguel Contreras Torres, y finalmente destacaron las primeras obras destinadas a estudiar a personalidades o asuntos de cinematografías extranjeras, como ocurrió con dos libros de autores españoles radicados en el país, Las estructuras fundamentales del cine de Pío Caro Baroja (Patria, c. 1956), que incluía un pionero análisis del neorrealismo italiano, y Charles Chaplin. Genio de la desventura y de la ironía de Francisco Pina (Colección Aquelarre, 1952 y Grijalbo, 1957). Una obra trascendente de esta década fue la Enciclopedia Cinematográfica Mexicana, 1897-1955 (Publicaciones Cinematográficas, 1957), coordinada por Rafael E. Portas y Ricardo Rangel. Con los antecedentes del Directorio cinematográfico internacional de México (Starr-Hunt, 1939) de Alberto Godoy, el Anuario Cinematográfico Mexicano (Acla, 1945) de Ángel Villatoro y El libro de oro del cine mexicano (1949) de la Comisión Nacional de Cinematografía, la Enciclopedia de más de mil trescientas páginas cumplió el objetivo de convertirse en un exhaustivo catálogo de los integrantes de la industria en sus ramas de producción, distribución, exhibición y promoción; también incorporó información sobre las películas sonoras filmadas hasta entonces, legislación, organizaciones gremiales, estudios y laboratorios, así como ensayos acerca de distintos temas como “Lugar del cine en el arte” de José Revueltas, “Origen del cine mexicano” de Humberto Gómez Landero, “El cine y sus críticos” de Efraín Huerta y “Bosquejo histórico y gráfico de nuestra producción cinematográfica durante la era muda”, de José María Sánchez García.

De esta forma las publicaciones cinematográficas, que tuvieron en México un inicio tardío comparado con otros países, se beneficiaron del éxito de la industria de la “época de oro» y, en las décadas de los cuarenta y los cincuenta, promediaron un libro al año. La mayor parte de estas obras fue lanzada por editoriales privadas, aunque hubo un primer ensayo de promoción del Estado a través de las publicaciones de la Comisión Nacional de Cinematografía. En cuanto a las temáticas, lo más destacado fue que se inauguraran géneros que habrían de seguirse practicando (radiografías de la industria, guiones, recopilaciones de ambición enciclopédica), y que se enfocara la atención, a través de entrevistas y elogiosos reportajes, en las estrellas de la cinematografía mexicana.

A partir de los años sesenta salieron en el país muchos más textos sobre cine debido al surgimiento de una generación de jóvenes impulsores de la cultura fílmica que promovió la creación de revistas independientes, filmotecas, escuelas y colecciones de libros. Resultó decisivo para el incremento que las actividades de ese grupo –en el que estaban Emilio García Riera, Manuel Michel, Carlos Monsiváis, Manuel González Casanova y Jorge Ayala Blanco, entre otros– despertaran un interés institucional sostenido en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad Veracruzana y la editorial privada ERA por editar libros de cine.

El impulso de la UNAM se dio fundamentalmente a través de la Dirección de Actividades Cinematográficas y la Filmoteca fundadas en su seno en 1960 por iniciativa de González Casanova. A partir de entonces la institución comenzó a realizar acciones tendientes al rescate, la preservación y la restauración de cintas mexicanas, además de promover la cultura fílmica. En este último campo destacó la creación a partir de 1962 de la colección Cuadernos de Cine, en la que aparecieron algunos de los primeros libros de García Riera, Ayala Blanco, Paco Ignacio Taibo I y Aurelio de los Reyes, quienes tendrían una larga trayectoria como autores en este campo. Pero hubo en ella también recopilaciones de textos sobresalientes producidos en etapas anteriores, como las de crítica de películas de Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán en los años diez, Xavier Villaurrutia en los cuarenta, y Francisco Pina en los cincuenta. La colección otorgó atención casi en igual medida a la cultura del cine de México que a la de otros países, y así aparecieron acercamientos originales (no traducciones) a las cinematografías norteamericana, francesa, italiana, polaca, checoeslovaca y japonesa, así como a realizadores como Luis Buñuel, Luchino Visconti, Juan Antonio Bardem, y a las estrellas norteamericanas Harry Langdon y Marilyn Monroe.

Al mismo tiempo que la UNAM lanzaba los Cuadernos del Cine, la Universidad Veracruzana promovía desde Xalapa la cultura del séptimo arte a través de la publicación de guiones de cintas españolas (Calle Mayor y Los segadores de Bardem, en 1962) y polacas (Madre Juana de los Ángeles de Jerzy Kawalerowicz y Los cinco de la calle Barska de Kazimiers Kozniewski, en 1964). Pero el acompañamiento más vigoroso de la UNAM provino de ERA, fundada por exiliados españoles (la nombraron las iniciales de los apellidos de sus impulsores, Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín), que a partir de 1963 publicó la Colección Cine Club, coordinada por Rojo y dividida en tres series: Cineastas, Panoramas y Guiones.

Las dos primeras series complementaron el acercamiento a las cinematografías extranjeras propuesto por los Cuadernos de Cine de la UNAM, con libros sobre los directores D.W. Griffith, Fritz Lang, Dziga Vertov, S.M. Eisenstein, Alfred Hitchcock, Orson Welles, Federico Fellini y Luchino Visconti, así como a los cines sueco e italiano; la tercera incluyó seis guiones de cintas de Eisenstein, cinco de Luis Buñuel, dos de Ingmar Bergman y una de Josef von Sternberg, Vittorio de Sica y los directores de la “nueva ola” francesa Alain Resnais, François Truffaut y Jean-Luc Godard. En el cuaderno con textos que acompañó al homenaje que en 1995 la Feria del Libro de Guadalajara rindió a ERA por sus treinta y cinco años de existencia, los editores se refirieron a las dificultades que significó la preparación de uno de esos libros. “Un trabajo complicadísimo fue el de Los olvidados, porque no estaba establecido el guion”, recordó Espresate; y Rojo agregó: “Buñuel nos dijo que tomáramos el guion directamente de la película, que no había un guion escrito, que a él no le interesaba tener un guion original: lo modificaba durante la filmación. Entonces las películas no estaban en video y para la transcripción teníamos que recurrir a alguien que trabajara en la Cineteca.” (p. 76) Ese guion «de pantalla» de Los olvidados fue establecido por Leonardo García Tsao.

Una característica fundamental de la colección fueron sus portadas, diseñadas por Rojo. Entre 1963 y 1972, resueltas a dos tintas más el blanco del papel, mostraban atractivas combinaciones de tipografía con imágenes ampliadas y muy contrastadas de las cintas o los directores de que se trataba; entre 1973 y 1980, el mismo tipo de imágenes alusivas se colocaban al centro, sobre la tipografía, simulando un fotograma sobre la pantalla blanca que constituía el resto de la cartulina.

Buena parte de los 27 libros publicados en la colección fue contratada con editoriales que los habían lanzado originalmente en francés, inglés, italiano o ruso, y traducida con extraordinaria calidad literaria por Tomás Segovia, José de la Colina, Jorge Aguilar Mora, Lorenzo Arduengo, José Luis González, Félix Blanco, Jaime Goded, Ana María Palos, José Emilio Pacheco, Salvador Barros, Gloria López, Agustí Bartra, Gabriel García Márquez, Francisco González Aramburo, Diego Sandoval, Rafael Segovia, Julieta Campos, Pilar Alonso y Max Aub. Esos libros contaron a veces con prólogos y filmografías hechos especialmente por García Riera, De la Colina y Ramírez, así como con pliegos en papel couché que reproducían stills y otras imágenes. También salieron en la colección nuevas obras de García Riera y Ayala Blanco sobre la cinematografía local. Y por otro lado ERA lanzó una Serie Mayor de sus libros de cine, en formato grande, con pasta dura y con muchas imágenes, que incluyó los guiones de dos películas importantes de la Guerra Civil española, Sierra de Teruel de André Malraux y Max Aub (1968) y Morir en Madrid de Madeleine Chapsal y Frédérik Rossif (1970), además de la que Rojo definió como “nuestra gran aportación” en este campo (p. 79), la Historia documental del cine mexicano de Emilio García Riera en nueve gruesos volúmenes (1964-1973).

Si se compara esta oferta de una sola editorial privada con la presentada en las décadas previas por las empresas que trabajaban en los márgenes del cine de la “época de oro”, se advierten de inmediato las enormes ampliación y actualización realizadas de temas e intereses, lo que evidentemente reflejaba la cosmopolita, rigurosa y erudita visión de quienes la impulsaron. De manera correspondiente, un indicador de que ya había un público amplio para este tipo de obras es que varios títulos, con tirajes iniciales de dos mil ejemplares, tuvieron reimpresiones o nuevas ediciones, privilegio hasta entonces sólo alcanzado en el mercado mexicano por la biografía de Chaplin escrita por Francisco Pina.

Xochitepec, Morelos, 31 de julio de 2020

Fuentes

Helena Almoina, Bibliografía del cine mexicano, UNAM, México, 1985.

Ediciones ERA, 35 años. Edición homenaje, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 1995.

Se reproducen algunos fragmentos de mi ensayo “Bibliografía mexicana del cine (1921-2010)”, publicado en Aurelio de los Reyes García-Rojas (coordinador), Miradas al cine mexicano, vol. II, Imcine, México, 2016, pp. 305-315.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Un libro de José Bergamín con grabados de Picasso publicado por Manuel Altolaguirre

En su artículo “Manuel Altolaguirre en México”, María Luisa Capella escribió que era difícil resumir lo que el poeta malagueño había hecho en los dieciséis años en los que, con algún intervalo, vivió en el país, desde su llegada en 1943 como exiliado por la derrota de la causa republicana en la Guerra Civil, hasta que perdiera la vida en un accidente en 1959:

…desde las conferencias que impartió en Bellas Artes al llegar, su experiencia como impresor, las editoriales que fundó –La Verónica, Litoral, Isla, El ciervo herido–, el gran número de libros que editó (propios y ajenos), sus colaboraciones en revistas y periódicos, su labor como promotor de poetas y pintores, hasta su actividad como guionista y productor de cine, todo esto sin que dejara de escribir: teatro, memorias, poesía. (p. 285)

Si se enfocan sólo sus labores editoriales, debe decirse que Altolaguirre extendió en el país (como había ocurrido en los cuatro años previos en Cuba, durante la primera etapa de su exilio) la considerable experiencia adquirida en España donde, entre otras cosas, había hecho la revista de poesía Litoral, medio expresivo de la Generación del 27. En La Habana y la Ciudad de México fundó editoriales que hicieron obra importante a pesar de no tener vida larga. Sus primeros libros en México, de Juan Rejano, Jorge Guillén y sus propios Poemas de Las islas invitadas, aparecieron en 1944 bajo el sello de una casa nombrada como la revista, que ese mismo año también publicó dos números de la “tercera época” de Litoral en el exilio.

Asociado con la cubana María Luisa Gómez Mena, Altolaguirre fundó en 1945 Editorial Isla. En poco más de un año de existencia, esta empresa con taller en la calle de Tigris de la colonia Cuauhtémoc lanzó obras de los transterrados José Moreno Villa, José Manuel Gallegos Rocafull, Ceferino R. Avecilla, Manuel Andújar y José Herrera Petere, así como del colombiano Jorge Zalamea, el mexicano Elías Nandino y Nuevos poemas de Las islas invitadas del propio Altolaguirre. Pero su producto emblemático fue la colección de obras clásicas de autores españoles (con la excepción del nicaragüense Rubén Darío) publicadas en pequeño formato (11 X 7.5 cm) y encuadernadas en cartulina con camisas de papel rojo, verde o azul. Entre enero y diciembre de 1945 esta colección lanzó una veintena de títulos en cuatro series: El Siglo de Oro, Los clásicos, Los románticos y Los modernos.

En detallados trabajos, James Valender y Julio Neira han descrito las labores editoriales de Altolaguirre, y Josep Mengual Català resumió recientemente en su blog los títulos y características de Editorial Isla en el contexto de la trayectoria del escritor en México; por eso aquí abordaré sólo algunos aspectos de uno de los libros publicados, que incluyó las piezas teatrales La hija de Dios y La niña guerrillera de José Bergamín.

Para empezar, es curioso que Isla adoptara un libro de quien estaba al frente de la extraordinaria Editorial Séneca, vanguardia de las publicaciones de los exiliados españoles que en el primer lustro de la década había lanzado unos cuarenta títulos, entre los que estaban el Quijote, las poesías de San Juan de la Cruz, traducciones de clásicos de la literatura y la filosofía, obras de medicina y divulgación científica, poemarios de Antonio Machado, Luis Cernuda y Emilio Prados, la primera edición de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca, un tomo con memorias de Rafael Alberti y naturalmente varios volúmenes de Bergamín. También resulta llamativo que Altolaguirre no incluyera La hija de Dios y La niña guerrillera entre los libros misceláneos de Isla, sino en una serie en la que todos los autores, excepto Bergamín y Arniches, habían muerto y sus obras alcanzado la categoría de “clásicos”. Finalmente, el libro de Bergamín fue el único inédito en esa colección que tomaba sus textos de otras ediciones.

Incluido en la serie Los modernos, el libro salió, según consta en su colofón, el 26 de febrero de 1945. En obras previas de la colección (Entremeses y El cerco de Numancia, de Cervantes; Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina), así como en las que consignan la misma fecha de publicación (Don Juan Tenorio de Zorrilla y La vida es sueño de Calderón de la Barca), el editor había mostrado su gusto por sumar ornamentos a la muy bella y equilibrada composición tipográfica, que en sus portadas interiores alternaba las tintas roja y negra. En este caso, acompañaban los textos de Bergamín cuatro grabados de Picasso.

Junto con Josep Renau, Max Aub, Luis Lacasa y Juan Larrea, Bergamín había integrado el grupo que visitó a Picasso en su casa de París, a principios de 1937, para transmitirle la solicitud del gobierno de la República de que pintara un gran cuadro o mural en el pabellón español de la Exposición Internacional de París en verano de ese año. El encargo, que culminó en la creación del célebre Guernica, dio lugar también a una buena cantidad de productos hechos por el prolífico Picasso. Escribió Josep Palau i Fabre que podía por eso considerarse al Guernica “como un cuadro aureolado con una serie de dibujos y grabados que lo preparan, lo acompañan, lo orquestan o lo siguen, como satélites de un gran sistema solar” (p. 79). Las piezas aparecidas en el libro de Bergamín pertenecían a ese conjunto: habían sido incluidas en una plancha dividida en nueve secciones, titulada como otra anterior de estructura idéntica Sueño y mentira de Franco, y fechada en enero y junio de 1937.

Pablo Picasso, Sueño y mentira de Franco, aguafuerte y aguatinta, 31 x 42 cm, 1937; tomado de Josep Palau i Fabre, El Guernica de Picasso, p. 10.

Es posible que Bergamín conservara una impresión de esa obra y que de ahí se tomaran las imágenes que se reproducen en la portadilla y cuatro páginas interiores del libro, por cierto al revés; en cualquier caso, con su dramático simbolismo resultaron más adecuadas que los motivos vegetales de los otros volúmenes para acompañar las tragedias protagonizadas por mujeres en tiempos de la Guerra Civil, que el autor dedicó “a los mártires de mi Patria; a sus mujeres, madres, esposas, hijas, hermanas sacrificadas: a tan pura y piadosa sangre entrañablemente generadora del heroico pueblo español”.

Xochitepec, Morelos, a 24 de julio de 2020

Fuentes

María Luisa Capella, “Manuel Altolaguirre en México”, en el catálogo a cargo de James Valender de la exposición Viaje a las islas invitadas. Manuel Altolaguirre, 1905-1959, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales / Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Málaga y Madrid, 2005.

Manuel Altolaguirre, última aventura editorial

Josep Palau i Fabre, El Guernica de Picasso, Blume, Barcelona, 1979.

James Valender, Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Poetas e impresores, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2001.

Julio Neira, Manuel Altolaguirre. Impresor y editor, Consejo Social Universidad de Málaga y Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Málaga-Madrid, 2009.

José Bergamín y su experiencia editorial en México (Séneca)

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/las-publicaciones-de-la-editorial-sneca-0/html/000bbb46-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

La colección Lienzo de Plata de editorial Albatros

En los años cuarenta, la editorial mexicana Albatros tenía un catálogo integrado fundamentalmente por traducciones de novelas rosas inglesas, estadunidenses y francesas. Como pertinente complemento a esa oferta, entre 1944 y 1947 lanzó la colección Lienzo de Plata, en la que aparecieron novelizaciones de películas mexicanas.

Derivadas de los resúmenes de argumentos que las productoras entregaban a la prensa para promocionar sus lanzamientos, las novelizaciones surgieron en el mundo hispánico en los años veinte como productos con vida propia. Su aparición estaba enmarcada en el ámbito publicitario de los estrenos. Iban acompañadas por imágenes fotográficas de la película que glosaban y en la portada reproducían retratos de sus principales intérpretes. Al venderse en puestos de periódicos, tenían un público potencial amplio, aunque iban dirigidas sobre todo a los seguidores de las estrellas; que pudieran coleccionarse para eventualmente releerse les daba una ventaja relativa sobre las películas, que rara vez volvían a exhibirse. Las novelizaciones daban cuenta, junto con otros productos como los fan-magazines, las biografías de estrellas y algunos comics, de la existencia de un ávido conjunto de lectores en los márgenes del cine.

Las primeras colecciones de obras de este tipo se lanzaron en México a partir de la constitución de una industria fílmica fuerte. En 1939 apareció Novela Semanal Cinematográfica dirigida por José Bolea; esta serie, publicada hasta fines de los años cincuenta, llegó casi al millar títulos. Entre 1940 y 1947, Fernando Morales Ortiz dirigió Novelas de la Pantalla, revista en la que, entre información de la industria, fotos de intérpretes y noticias varias, aparecían semanalmente novelizaciones. Y el periódico La Prensa también puso a disposición de sus lectores en los primeros años de la década adaptaciones de argumentos en la colección Novela Semanal. En los tres casos, los textos que contaban las historias de las películas eran breves y el formato de las publicaciones pequeño. Y sus títulos alternaban los lanzamientos más importantes del cine de Hollywood con los de la industria mexicana. Una muestra de la poca importancia autoral que se daba a esos productos, derivada de la antigua práctica de la escritura anónima de argumentos publicitarios en las oficinas de las productoras, era que no se informaba quiénes las habían hecho.

Portada con imagen de Jorge Negrete, 24 de diciembre de 1948.
Portada con imagen de Roberto Cañedo y Libertad Lamarque, 26 de junio de 1953.
Portada con imagen de Hedy Lamarr, 19 de diciembre de 1942.
Páginas interiores de Novelas de la Pantalla, 6 de febrero de 1943.
Portada con imagen de Julio Villarreal, c. diciembre de 1942.
Portada con imagen de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, entre otros, c. marzo de 1943.

Lienzo de Plata fue la primera colección que ofreció en México novelizaciones largas. Desde luego eran, como las otras, mercancías destinadas a la venta en puestos de periódicos e impresas en papel de no muy buena calidad; pero no eran publicaciones encarnadas en pequeños folletos ni en secciones de revista, sino libros de buen tamaño que tenían entre 160 y 260 páginas, con llamativas portadas a colores en las que un artista gráfico representaba a las estrellas de la cinta en cuestión. Además, esos libros sólo reproducían las historias de películas mexicanas de cierto éxito, entre ellas algunas dirigidas por Fernando de Fuentes, Juan Bustillo Oro, Emilio Fernández o Luis Buñuel. Y en todos los casos se informaba quién había escrito el argumento original de la cinta y quién lo había convertido en novela. Sostuvieron esta colección durante cuatro años (quince títulos en total) el español exiliado Alfonso Lapena y la mexicana María Luz Perea.

Informa Jorge Domingo Cuadriello en El exilio republicano español en Cuba (Siglo XXI de España, Madrid, 2009, pp. 438-439), que Alfonso Lapena Casañas nació en Santiago de Cuba a fines del siglo XIX, pero se educó en la Península, adonde se trasladó de niño. En el breve periodo republicano incursionó en la creación de obras de género chico. Varias “humoradas líricas” escritas sólo por él o en colaboración con Leandro Blanco se pusieron en escena en Madrid o Barcelona; entre ellas, La musa gitana (1931), La culpa es de Calderón (1931), Marcha de honor (1931), Rincón y Cortado S.A. (1932), Los inseparables (1934), El divino calvo (1936), El poeta de los números (1937) y Soy una mujer fatal (1937). La guerra frustró la ascendente carrera teatral de Lapena, quien regresó a Cuba en 1939. El escritor permaneció en la isla un par de años, haciendo reportajes periodísticos y radiales, y en 1941 se trasladó a México, donde murió en 1972.

En su nuevo país de residencia, Lapena ingresó a la floreciente industria del cine. Muy pronto después de su llegada, René Cardona adaptó una de sus obras para la comedia Unidos por el eje (1941). Después, el cubano-español escribió argumentos y diálogos de Regalo de Reyes (Mario del Río, 1942) y Dos corazones y un tango (Mario del Río, 1942), y colaboró en los guiones de Jesús de Nazareth (José Díaz Morales, 1943), La mujer sin alma (Fernando de Fuentes, 1943), El rey se divierte (Fernando de Fuentes 1943), ¡Me ha besado un hombre! (Julián Soler, 1944), El desalmado (Chano Urueta, 1951) y Viajera (Alfonso Patiño Gómez, 1951).

Esos trabajos fueron complementados por una enjundiosa escritura. En diversas revistas, Lapena publicó folletines con personajes o hechos históricos (la espías Mata-Hari, Jade Radiante y Nadia Winiezka; el bandido generoso Salvatore Giuliano; el caso Dreyfus; el asesinato del rey de Yugoeslavia…), que le ganaron el apelativo de “El maestro de la emoción”. Para Lienzo de Plata hizo nueve novelizaciones y escribió cinco prólogos donde se revelaba que era él quien estaba a cargo de la serie. Además, fue autor de dos libros de tema sensacionalista: Landrú, el asesino de cien mujeres (Talleres Tipográficos Excélsior, 1949) y una novela que historiaba episodios de la trata de blancas en el país y llevaba el título de El cortejo del amor y la desventura (Editora México, 1971).

Colección Lienzo de Plata. Portada con imagen de Malú Gatica, c. abril de 1946.
Colección Lienzo de Plata. Portada con imagen de Conchita Martínez, c. julio de 1946.
Colección Lienzo de Plata. Portada con imagen de Carmen Montejo y Emilio Tuero, c. octubre de 1946.
Colección Lienzo de Plata. Portada con imagen de Leonora Amar, 1947.

También María Luz Perea colaboró en el cine nacional al escribir el argumento de María del Mar (Fernando Soler, 1952), y al basarse en historias suyas los guiones de las películas El desquite (Roberto Ratti, 1945) y Cuando vuelvas a mí (José Baviera, 1953). Una vez establecida la pujante industria de la televisión, participó en los argumentos de las series Cárcel de mujeres (1968), Intriga (1968), El derecho de los hijos (1971) y La señora joven (1972).

Al igual que Lapena, Perea alternó sus trabajos en las industrias audiovisuales con la escritura de textos destinados a imprimirse: en la colección Lienzo de Plata, novelizó cinco argumentos de películas, y más adelante, en editorial Diana, los de las series de televisión La tormenta (1967) y Los caudillos (1969), originales de Miguel Sabido y Eduardo Lizalde. Otros libros suyos orientados al público popular fueron Marco Polo en su viaje maravilloso (Constancia, 1951), El precio de una promesa (La Prensa, 1956) y Dónde viven los muertos (La Prensa, 1958), acompañados de dibujos.

Colección Lienzo de Plata. Portada con imagen de Miroslava y Roberto Silva, 1946.
Colección Lienzo de Plata. Portada con imagen de Ana María Campoy, c. febrero de 1947.

Xochitepec, Morelos, 19 de julio de 2020

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Revistas y libros mexicanos de cine, 1920-1960

Puede decirse que el periodismo cinematográfico inició en México en 1917, con la inserción en los principales diarios de columnas de crítica y poco después de páginas completas dedicadas al arte fílmico. Naturalmente, desde los orígenes del cine hubo en los diarios publicidad de exhibidores y breves noticias y crónicas cinematográficas, pero la crítica, es decir, la atención específica e imparcial a las películas, sólo empezó a partir de ese año, acompañada por anuncios dedicados a las estrellas y por noticias y entrevistas relacionadas con el lanzamiento de los primeros largometrajes de ficción mexicanos.

Luego de unos pocos años de ensayo, por diversos factores el cine silente local prácticamente dejó de hacerse y por consiguiente no surgieron publicaciones destinadas a estimular su producción y comercio, como ocurrió en países con una industria estable y fuerte. Tampoco hubo en México en ese periodo fan-magazines que apoyaran la difusión de estrellas locales. Por eso la primera publicación de cierta extensión sobre el séptimo arte surgió en una fecha tan tardía como 1926: se trataba del “Magazine fílmico”, un folleto de ocho páginas dirigido por Rafael Bermúdez Zataraín, publicado mensualmente como suplemento de la revista Rotográfico, y que incluía sobre todo anuncios de las distribuidoras y noticias y fotos de intérpretes de Hollywood.

Ese suplemento no podía apoyar a una industria de la producción que no existía, pero al menos hacía el elogio de los mexicanos que, como Ramón Novarro, Dolores del Río y Lupe Vélez, habían hecho carrera exitosa en el cine estadunidense. Otras publicaciones periódicas contemporáneas de interés cultural, como Revista de Revistas e Ilustrado participaron marginalmente en ese empeño, al difundir entrevistas y fotografías de los mexicanos en Hollywood y apoyar a nuevas figuras locales que buscaban incursionar en la industria del país vecino.

Los pocos libros sobre el séptimo arte publicados en el periodo silente fueron obra de los mismos periodistas que tenían a su cargo las páginas cinematográficas de diarios y revistas. Y no sorprende que los primeros tuvieran que ver con la cinematografía de Estados Unidos: El mundo de las sombras. El cine por dentro y por fuera, de Carlos Noriega Hope (Andrés Botas, México, 1921) y Hollywood sin pijamas de Miguel Ángel Menéndez (Compañía Tipográfica Yucateca, Mérida, 1928); también trató fundamentalmente sobre cine extranjero (en particular, sobre las principales películas francesas e italianas exhibidas en la Ciudad de México en las primeras dos décadas del siglo), una tercera obra que podría considerarse por su extensión y unidad como un libro: las “Memorias cinematográficas” de Rafael Bermúdez Zataraín, publicadas por entregas en el “Magazine Fílmico” entre 1927 y 1929.

Ramón Novarro. Portada del “Magazine Fílmico” de Rotográfico, septiembre de 1926. Hemeroteca Nacional.
Dolores del Río. Portada de Rotográfico, 16 de abril de 1929. Hemeroteca Nacional.
Lupe Vélez. Portada del “Magazine Fílmico” de Rotográfico, 8 de mayo de 1929. Hemeroteca Nacional.
Guadalupe Tovar. Portada de Ilustrado, 6 de diciembre de 1928. Hemeroteca Nacional.
Delia Magaña. Portada de Ilustrado, 20 de diciembre de 1928. Hemeroteca Nacional.

Hubo que esperar al surgimiento del cine sonoro para que aparecieran en México dos publicaciones periódicas dedicadas íntegramente al séptimo arte. Una fue Mundo Cinematográfico, que comenzó a publicarse en 1930, dirigida por Alberto Monroy. De periodicidad mensual, la revista salió hasta fines de 1934 incluyendo noticias de filmaciones, información del mundillo del cine (principalmente el de Hollywood), artículos educativos y técnicos, y publicidad de alquiladores y exhibidores.

La otra fue Filmográfico, dirigida por Roberto Cantú Robert. Impresa mensualmente a partir de 1932 y hasta fines de 1935, surgió gracias al patrocinio de la Compañía Nacional Productora de Películas que lanzó Santa (Antonio Moreno, 1931), considerada como una de las cintas fundadoras del cine sonoro en el país. Inmersa en la ola de entusiasmo por la creación de la nueva industria, Filmográfico estableció un concurso anual de búsqueda de estrellas femeninas, siguiendo el ejemplo de la Western Associated Motion Pictures Advertisers norteamericana, que cada año promovía a trece muchachas (llamadas wampas por las siglas de la sociedad), de quienes se esperaba un futuro promisorio en el medio fílmico.

El periodista Antonio J. Olea creó en 1933 El Cine Gráfico, semanario ilustrado que tuvo una larga vida, pues llegó hasta 1958. Era, como Filmográfico, una publicación ligada a la industria que privilegiaba los anuncios, las notas publicitarias y la propaganda de las estrellas. Durante su larga trayectoria, El Cine Gráfico siguió de cerca al cine mexicano sonoro en su génesis, desarrollo, apogeo y decadencia. En los primeros tiempos de la publicación, se lanzaron concursos en los que se pedía a los lectores votar sobre la mejor película nacional, o sobre directores, argumentistas, intérpretes, fotógrafos y sonidistas. De esta forma, sentó las bases de la calificación de los elementos del gremio que culminaría más adelante con la creación de una Academia encargada de otorgar premios.

Filmográfico, noviembre de 1933. Hemeroteca Nacional
Marta Ruel. Portada de Filmográfico, mayo de 1934. Hemeroteca Nacional

Roberto Cantú Robert regresó a la dirección de una revista de cine con Cinema Reporter, semanario que comenzó a aparecer en 1938, el año que suele considerarse como el del inicio del florecimiento artístico y comercial de la “época de oro”. Como es evidente por su título, era una derivación del Hollywood Reporter norteamericano, es decir, una publicación corporativa que se orientaba más hacia los productores y otros miembros de la industria que hacia el público en general. En ella se discutían los proyectos del gremio, se hacían reseñas de las filmaciones y los estrenos, y se daba cuenta de la actividad de actores, actrices, directores y productores. El semanario, que alcanzó una vida muy larga –siguió publicándose hasta 1965–, fue uno de los medios impresos más importantes para la difusión y el análisis de las actividades de los diversos sectores del cine en ese lapso. De la misma manera que El Cine Gráfico, también cubrió la información de las cinematografías extranjeras, sobre todo de la hollywoodense, que desde inicios de la tercera década del siglo ocupaba el espacio más amplio de la cartelera mexicana.

En los años cuarenta una serie de acontecimientos favorecieron la atención periodística sobre el cine local. Entre ellos se encontraron la consolidación del sistema de estrellas; la conquista de premios internacionales por El Indio Fernández y Gabriel Figueroa; el ingreso al medio cinematográfico de un gran número de extranjeros, entre los que destacaban los exiliados españoles de la Guerra Civil; una creciente complejidad laboral, que dio lugar a la creación de gremios y sindicatos, y el incremento de la producción hasta llegar a más de cien películas estrenadas cada año, algo que en parte pudo lograrse por la disminución de la importación de películas europeas y norteamericanas debida a la Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia, proliferaron las publicaciones sobre el séptimo arte. Entre éstas las de mayor trascendencia, que se sumaron a las existentes para apoyar a la industria en expansión, fueron Novelas de la Pantalla (1940-1947, dirigida por Fernando Morales Ortiz) y México-Cinema (1942-1947, dirigida por Benjamín Ortega).

El principal atractivo de estas revistas era la reproducción de imágenes e información sobre el flamante sistema de estrellas mexicano, integrado por María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Jorge Negrete, Pedro Infante y Cantinflas, entre otros. Pero en ellas también había noticias de filmaciones, publicidad de estrenos, así como colaboraciones de periodistas interesados en la evolución de la calidad técnica y argumental del cine, y en proponer soluciones a los problemas de una industria cada vez más compleja –industria en la que, por cierto, algunos de ellos participaban como guionistas o adaptadores. Las revistas tenían tirajes considerables para México (algunas alcanzaban los treinta mil ejemplares) y se distribuían, además de en las principales ciudades del país, en puntos del extranjero donde gustaba el cine nacional; en su etapa de mayor pujanza compitieron, en términos de igualdad, con otras publicaciones sobre cine editadas en España, Argentina y Estados Unidos.

Los libros sobre cine aparecidos en esta etapa, como en la previa también escritos principalmente por periodistas, reflejaron la nueva orientación colectiva hacia el cine local. Entre ellos hubo reportajes biográficos sobre María Félix, Cantinflas y otras estrellas; manuales de guion, fotografía, escenografía y otros oficios, y directorios, guías y anuarios de la industria. Destacaron entre todos la Enciclopedia cinematográfica mexicana 1897-1955 coordinada por Rafael E. Portas y Ricardo Rangel (Publicaciones Cinematográficas, México, 1957), y una obra que, como había ocurrido con las “Memorias cinematográficas” de Bermúdez Zataraín, fue publicada por entregas: la Historia del cine mexicano, 1896-1929 (hay edición facsimilar a cargo de Federico Dávalos Orozco y Carlos Arturo Flores Villela, Filmoteca UNAM, México, 2013).

Mario Moreno Cantinflas. Portada de México Cinema, febrero de 1943. Biblioteca Nacional.
María Félix. Portada de Cinema Reporter, 11 de septiembre de 1943. Filmoteca UNAM.
Andrea Palma. Cinema Reporter, 20 de noviembre de 1943. Filmoteca UNAM.
Mapy Cortés. Portada de México Cinema, junio de 1944. Hemeroteca Nacional.
Jorge Negrete. Novelas de la Pantalla, 3 de febrero de 1945. Hemeroteca Nacional.

A fines de los años treinta se constituyeron sociedades de periodistas cinematográficos, que asumieron el compromiso de premiar las mejores producciones mexicanas del año. Al margen del arbitrario juicio del público, promovido en concursos y otras votaciones por publicaciones como El Cine Gráfico, los periodistas parecían ser los profesionistas más calificados para adjudicar premios a las películas y sus creadores. Así, entre 1941 y 1945 –quizá el periodo más interesante de la “época de oro”–, algunas de esas sociedades premiaron la producción anual con el propósito de estimular la calidad del cine. Y cuando en 1946 se constituyó la Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas con la participación de la mayor parte de esos organismos, varios de sus integrantes eran periodistas; a partir de entonces la Academia se encargó de entregar año con año la estatuilla dorada del Ariel a lo mejor del cine nacional.

Es difícil saber hasta qué punto influyó el periodismo fílmico sobre la industria; lo cierto es que ni los premios ni la crítica interesada en el progreso artístico de la cinematografía impidieron que a fines de los cuarenta la producción se orientara de manera preponderante hacia las películas de bajo presupuesto. Entre las causas de este viraje destacó que al concluir la Guerra Mundial el cine hollywoodense regresara a sus niveles normales de producción e impusiera de nuevo al mexicano una fuerte competencia, subsanada en parte con un enfoque en los amplios sectores de públicos populares a los que no interesaban mayormente las películas en inglés y subtituladas.

Aun si la calidad artística declinó, en los cincuenta la industria local siguió filmando alrededor de cien largometrajes al año, que centraban su atractivo en la recurrencia a géneros, en el aprovechamiento de estrellas y actores muy competentes, y en una más que decorosa capacidad técnica derivada del ensayo de los distintos oficios del cine sonoro durante más de dos décadas. Esta industria seguía acompañada de una prensa cinematográfica de buen tamaño. En la Enciclopedia de Portas y Rangel se consigna la existencia de alrededor de cien periodistas y otros tantos publicistas que trabajaban en 36 medios impresos de la ciudad de México dedicados enteramente al cine o con secciones sobre éste.

Sin embargo, puede decirse que la “época de oro” de las publicaciones cercanas a la industria también había terminado. A mediados de los cincuenta surgió una nueva generación de cinéfilos, que incluyó, entre otros, a Manuel González Casanova, Emilio García Riera, Carlos Monsiváis y Jorge Ayala Blanco, que impulsó la renovación del cine y la cultura cinematográfica de México de muy distintas formas: a través de la constitución de cine-clubes, de la creación de archivos fílmicos y escuelas de cine, de la celebración de concursos de películas experimentales y de la difusión, el análisis y la crítica a través de libros y revistas. Entre las primeras publicaciones de esta generación estuvieron el boletín Cine Club (1955) y la revista Nuevo Cine (1961-1962), que no tuvieron larga duración, pero resultaron trascendentes porque, por primera vez en México, se plantearon como canales culturales por completo independientes de la industria. En estas publicaciones se desarrolló una actitud que luchó por elevar el nivel del periodismo y, al mismo tiempo, que insistió en la necesidad de que el cine nacional recobrara su calidad y se dirigiera a un público de mayor alcance que el consumidor de géneros populares. En la persecución de esos propósitos, esta generación abrió la puerta al desarrollo de tendencias culturales que darían lugar a más revistas independientes y colecciones de libros especializados, es decir, a un nuevo capítulo en la historia de las publicaciones mexicanas de cine.

Xochitepec, Morelos, 11 de julio de 2020

(Una primera versión de este texto apareció en Lydia Elizalde (coordinadora), Revistas culturales latinoamericanas, 1920-1960, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Universidad Iberoamericana y Conaculta, México, 2008, pp. 285-295.)

Fuentes

Ángel Miquel, “Orígenes y consolidación del periodismo cinematográfico”, en Aurelio de los Reyes García-Rojas (coordinador), Miradas al cine mexicano, Instituto Mexicano de Cinematografía, México, 2016, vol. 1, pp. 161-174.

http://www.vivomatografias.com/index.php/vmfs/article/view/119/137

Federico Dávalos Orozco, “Roberto Cantú Robert y la prensa cinematográfica”, en Aurora Cano Andaluz (coordinadora), Las publicaciones periódicas y la historia de México, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1995, pp. 151-156.

http://www.cronica.com.mx/notas/2012/686349.html

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Un kilo de poemas, de Alcira Soust Scaffo

Conocí a Alcira en 1977, a mi ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y durante alrededor de diez años conviví frecuentemente con ella en ese y otros lugares: comimos en fondas y restaurantes, marchamos en manifestaciones, fuimos a fiestas, vimos jugar a los “Pumas” del Cabo Cabinho y Hugo Sánchez en el Estadio Olímpico, ella asistió a mi ceremonia de titulación y yo a su rescate colectivo del Hospital de Psiquiatría donde fue encerrada después de ser raptada por orden de alguna autoridad. En esos años yo vivía con otros estudiantes y luego en pareja, lo que impidió que esta querida amiga uruguaya, desposeída de todo bien material, se hospedara en mi casa –algo que sucedió en distintos momentos en las de Antonio Santos, Annunziata Rossi, Jorge Boccanera, Alberto Cue, Adolfo Castañón, Arturo Cantú y Martha Alvarado, Consuelo Karoly y Lucero Andrade, y seguramente muchos más. En cambio, Alcira comió de vez en cuando en casa de mis padres y celebramos uno de sus cumpleaños (cocinó espagueti al pesto) en el departamento que yo alquilaba entonces con mis colegas.

Alcira vivía desde los años cincuenta en México. Entre otras actividades, estudió en el Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina; trabajó en el Instituto Latinoamericano de Cinematografía Educativa; colaboró, pintando el sol, en el mural Dualidad que Rufino Tamayo creó en el vestíbulo del Museo de Antropología; hizo radio en la estación de la UNAM; plantó árboles y se autonombró titular de la Secretaría de la Defensa de la Luz y habitante principal del Jardín Cerrado “Emiliano Zapata” de la Facultad de Filosofía y Letras. Después de vivir un terrible episodio de soledad, hambre y angustia durante la toma de la universidad por el ejército en 1968, acabó por enfocar sus actividades de manera casi exclusiva en la creación y difusión de dibujos y poemas.

1972 fue designado por ella Año de la Poesía en Armas. Comenzó entonces a distribuir unas hojas impresas en mimeógrafo que contenían sus traducciones. Ese año aparecieron “El barco ebrio” de Arthur Rimbaud y “Poesía para acompañar la noche de una recitación en honor del mar” de Saint-John Perse. Pero el calendario había sido transformado y en los siguientes años de Poesía en Armas las hojas incluyeron piezas de Paul Éluard, Lautréamont, Charles Baudelaire, Birago Diop, Jean Sénac, Anthony Phelps y –de nuevo– Rimbaud; también se copiaron ahí poemas de Mario Benedetti, José Martí, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Alfonsina Storni, Miguel Hernández y Rosario Castellanos,

Alcira repartía las hojas mimeografiadas en la universidad, donde se producían, así como en cafés, parques, calles, plazas e incluso panteones de la ciudad. Sólo por eso podría ser considerada como una extraordinaria divulgadora de la poesía entre los más diversos públicos; pero además, como expresó Roberto Bolaño en Los detectives salvajes a través de un personaje inspirado en ella, Alcira era el vivo y estimulante ejemplo de una práctica poética libre de las ataduras del trabajo rutinario y el dinero. Adolfo Castañón ha retratado así a esa «desgarbada y generosa maestra de poesía»:

Tenía buena memoria y sentido del humor, sabía reír y hacer reír, era obstinada, reacia, insumisa. Tenía un gran corazón, aunque lo único que podía dar eran los poemas (…) La envolvía la leyenda de haber tenido el miedo, la valentía, la fuerza de voluntad y la capacidad de resistencia que la mantuvieron encerrada en un baño durante las semanas que los soldados ocuparon la Ciudad Universitaria en 1968, cuando sólo se alimentó de agua y papel sanitario (…) Esa experiencia la transformó por dentro y por fuera. Tuvo algo de iniciación y rito de paso: adelgazó hasta los huesos, perdió los dientes, pero a cambio se le encendió la mirada poética y profética, perdió el sueño y tal vez un poco de aquella razón que, por lo demás, nunca había sido su fuerte.

Frente y vuelta de un fólder destinado a contener las traducciones de Rimbaud

Las hojas mimeografiadas de Alcira se hicieron de aparición frecuente y en 1974 su encabezado rezaba: “Publicaciones diarias de Poesía en Armas”. Su contenido se amplió para incorporar noticias, citas, saludos, grafitis y dibujos, volviéndose al mismo tiempo diario íntimo, periódico comunitario y obra visual en la que se exploraban las posibilidades expresivas de la escritura sobre el esténcil. Utilizado en los años setenta y ochenta por los artistas de los grupos Proceso Pentágono y Suma como medio de producción de obra gráfica, así como por diversos grupos políticos como eficiente vehículo de agitación y propaganda, el mimeógrafo tuvo en ella un sorprendente alcance cultural. De acuerdo con Cuauhtémoc Medina,

Poesía en Armas aparecía así como la continuación del derrame de agitación política de esa clase de impresión barata e implícitamente desechable, para propiciar una sublevación de emociones, referentes y lenguaje. Adicionalmente, el mimeógrafo facilitaba a Alcira la proximidad de un género epistolar dirigido a una multitud relativa. Esta intimidad es lo que estaba involucrado en pensar la escritura como una evocación cristológica de los panes.

Parece lógico que Un kilo de poemas, al que Alcira se refería como la síntesis y culminación de su escritura, fuera ideado no como un libro tradicional sino como una colección de hojas mimeografiadas reunidas en una caja u otro contenedor. Lo cierto es que, al no realizarse, ese proyecto quedó, como el relato de su persecución de Julio Cortázar hecha a gritos por las calles de Coyoacán o su frecuente evocación de una hermana gemela en la ciudad uruguaya de Durazno, como un ente más del mundo a medio caballo entre la realidad y la fantasía construido por sus historias.

Algunos de sus poemas aparecieron impresos en publicaciones periódicas, como tres dedicados a Emilio Prados en el Diorama de la Cultura del diario Excélsior el 26 de abril de 1970; “Tú no has muerto” en el número de la Revista de la UNAM de diciembre de 1971, o “La gota de agua y el caracol”, en un folleto de agosto de 1977 que salió durante la celebración de unas Jornadas de la Cultura Uruguaya en el Exilio. Pero las principales fuentes de su poesía son sin duda las hojas mimeografiadas, que continuaron imprimiéndose y circulando hasta 1988.

Sería de esperar que, como uno de los resultados de los loables esfuerzos para recordar a la poeta y pintora hechos recientemente en México y Uruguay por la familia Gabard Soust, Antonio Santos, Amanda de la Garza, Inés Trabal, Carlos Landeros, Cuauhtémoc Medina, Julio Dozal y otras personas, pronto sean accesibles los poemas y traducciones completos de Alcira. Para eso resulta indispensable reunir una colección de las hojas que creó, con admirable constancia, durante más de tres lustros. Algunas piezas se reproducen, con dibujos y manuscritos contemporáneos, en el excelente catálogo de la exposición Alcira Soust Scaffo. Escribir poesía ¿vivir dónde? (MUAC-UNAM, México, 2018, con edición electrónica de acceso libre) y otras en una página de Facebook con el nombre de la artista. Con el fin de contribuir a completar y ordenar ese corpus, se presentan a continuación 46 piezas, organizadas de manera cronológica excepto la primera y las dos últimas, que no se han podido fechar.

Xochitepec, Morelos, 23 de junio de 2020

Sin fecha
1973 (incompleto)
1973
29 de junio de 1974
1976
1977
17 de junio de 1977
7 de agosto de 1977 (reciclaje de una hoja previa)
4 de julio de 1978 (reciclaje de una hoja previa)
4 de julio de 1978
1978
1977 o 1978
1977 o 1978
8 de mayo de 1979
Mayo de 1980
9 de julio de 1980
9 de julio de 1980
Agosto de 1980 (reciclaje de una hoja previa)
Agosto de 1980 (reciclaje de una hoja previa)
Agosto de 1980
Agosto de 1980
Agosto de 1980
28 de noviembre de 1980
23 de abril de 1981
14 de agosto de 1981
Octubre de 1981
18 de noviembre de 1981
Enero de 1982
15 de mayo de 1982
25 de mayo de 1982
4 de julio de 1982
20 de julio de 1982
Julio-agosto de 1982
6 de agosto de 1982 (reciclaje de una hoja previa)
Agosto de 1982
26 de agosto de 1982
Septiembre de 1982
19 de noviembre de 1982
11 de enero de 1983
13 de enero de 1983
11 de febrero de 1983
17 de marzo de 1983
7 de marzo de 1988
8 de marzo de 1988
Sin fecha
Sin fecha

Fuentes

Adolfo Castañón, «Alcira Soust Scaffo. De la resistencia como una de las bellas artes», El Cultural, suplemento de La Razón, 6 de junio de 2020, pp. 8-10.

http://campoderelampagos.org/critica-y-reviews/10/9/2018

https://www.facebook.com/search/top/?q=alcira%20soust%20scaffo

http://www.laizquierdadiario.com/Alcira-la-poeta-del-68-mexicano-entre-Roberto-Bolano-y-Jose-Revueltas

Ignacio Bajter, «Alcira Soust Scaffo. La poeta de Bolaño», Tierra Adentro, núm. 176, junio-julio de 2012, pp. 70-77.