De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Miradas al cine mexicano coordinado por Aurelio de los Reyes

Esta obra, editada por el Instituto Mexicano de Cinematografía en noviembre de 2016, es una muy valiosa aportación al campo de los estudios sobre cine en varios sentidos. Para empezar, es una obra amplia y compleja en dos tomos, integrada por 17 capítulos en el primero y 18 en el segundo, con más de 800 páginas, abundantes ilustraciones y escrita por 26 autores representativos de distintas especialidades. Carlos Martínez Assad, Julia Tuñón, Eduardo de la Vega Alfaro, Rogelio Agrasánchez Jr., Sergio de la Mora, Patricia Torres y Francisco Peredo son, junto con De los Reyes, reconocidos investigadores que ofrecen destilados de trabajos hechos, en ocasiones, durante largos años. Pero junto a ellos da gusto reconocer a una nueva generación ya plenamente productiva, en la que están David Wood, José María Serralde, Isis Saavedra, Carmen Elisa Gómez, María Paula Noval, Álvaro Vázquez Mantecón y Gabriel Rodríguez, quienes presentan frutos de sus acercamientos a los temas de su interés. Junto a ellos hay contribuciones de quienes como Itala Schmeltz, Mónica Maorenzik, Juan Solís y Alejandro Pelayo, han eventualmente interrumpido sus actividades primordiales de gestión o edición para desarrollar trabajos escritos.

De entrada, entonces, Miradas al cine mexicano da cuenta de un campo de conocimiento muy amplio, que se aborda colectivamente con distintos enfoques y metodologías. Las fichas curriculares de los autores muestran que están adscritos a una docena de universidades, cinetecas, archivos, museos y otras instituciones ubicadas en la Ciudad de México y Guadalajara, principalmente, además de quienes se presentan como investigadores independientes o trabajan en los Estados Unidos. Aunque las reuniones académicas, la bibliografía en constante incremento y la cada vez más numerosa elaboración de tesis universitarias mostraron en los últimos treinta años la paulatina ampliación de los estudios sobre cine, podría decirse que este par de volúmenes lo manifiesta ya como un campo firme. Los 26 autores incluidos en esta obra no son, ciertamente, todos los que producen investigación en esta especialidad hoy en México, ni los que se interesan en ella en otros países como Estados Unidos y España. Pero el conjunto evidencia que el trabajo colectivo aporta un conocimiento extenso y profundo que sería muy difícil, si no imposible, de alcanzar, por investigadores aislados. Y también es una muestra representativa de las aproximaciones que esta comunidad académica ha hecho para abordar sus objetos de estudio. Se nos explica en el prólogo que la inclusión de la palabra “Miradas” en el título del proyecto fue para hacerlo incluyente, para aceptar “cualquier enfoque, metodología o visión”. Tal vez no corresponda o sea prematuro hablar de una escuela mexicana en este sentido, pero los libros parecen mostrar que las tendencias mayoritarias en lo que se produce hoy en este campo son la historiografía, los estudios regionales y los estudios de género, mientras que no aparecen representadas otras corrientes que se cultivan por ejemplo en Estados Unidos y Francia, como el análisis de secuencias o la teoría cinematográfica.

Al margen de las tendencias que la constituyen, Miradas al cine mexicano es una muestra de la excelente salud de los estudios sobre cine entre nosotros. El que sus ensayos hayan tenido una presentación previa como conferencias en la Academia Mexicana de la Historia y se repitieran en la Cineteca Nacional, contando las dos veces con una considerable cantidad de público, es un signo de la legitimidad que esos estudios han alcanzado aquí. Su reconocimiento sólo se daba hasta hace relativamente poco tiempo en las culturas académicas de unos cuantos países. Sin programas universitarios de licenciatura o posgrado que los promovieran, ni publicaciones serias que los pusieran en el mismo nivel que los referidos a la literatura, la pintura o la arquitectura, los estudios sobre cine tuvieron entre nosotros un desarrollo lento, precedido únicamente por las aportaciones, en ocasiones considerables, de periodistas como José María Sánchez García y Paco Ignacio Taibo I, o de investigadores no provenientes de la academia como Emilio García Riera, Gabriel Ramírez y Jorge Ayala Blanco.

En las décadas recientes resultó crucial para su impulso la intervención de la Cineteca Nacional, la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Mexicano de Cinematografía, aunadas a las oficinas de promoción cultural de al menos cinco universidades (UNAM, Universidad de Guadalajara, Universidad Autónoma Metropolitana, Universidad Veracruzana y Benemérita Universidad Autónoma de Puebla), y a algunas editoriales privadas como ERA y Clío. La convergencia de los esfuerzos de estas instituciones determinó que la producción de cultura cinematográfica se proyectara como nunca antes en el país. Vale la pena recordar aquí los siguientes datos, referidos a la publicación de libros sobre cine: entre 1921 y 1960 aparecieron treinta, a razón de menos de ocho por década; la cifra se elevó a alrededor de 130 en conjunto en los años sesenta y setenta, debido al poderoso impulso de la generación de Emilio García Riera, Carlos Monsiváis, Manuel González Casanova, José de la Colina y Jorge Ayala Blanco. Más o menos la misma cantidad apareció en los años ochenta, mientras que a partir de los noventa y presumiblemente hasta la actualidad el número creció hasta rebasar los 250.

Desde hace un cuarto de siglo se publican en el país alrededor de veinticinco libros de cine por año. Es cierto que parte de esa producción se ha dirigido y se dirige hacia fines comerciales, sin importar su novedad, pertinencia o peso intelectual; pero otra parte sí cumple con los requisitos esperados en las obras que amplían sustancialmente lo que se conoce acerca de los temas que abordan. Quienes se han interesado en desarrollar el campo han aprovechado el espacio editorial abierto por las instituciones mencionadas, así como algunas publicaciones periódicas como Historia Mexicana, el Anuario del Instituto de Investigaciones Estéticas, Cine Toma e Icónica, y las extranjeras Secuencias, Archivos de la Filmoteca, Imagofagia y Vivomatografías. Pero es claro que sin investigaciones sólidas ese desarrollo no se hubiera dado.

En este sentido debe subrayarse la intervención de Aurelio de los Reyes, a través de su monumental obra realizada en los 45 años transcurridos entre Los orígenes del cine en México (1972) hasta sus libros más recientes, el tercer tomo de Cine y sociedad en México (2014), el volumen colectivo Cine mudo latinoamericano. Inicios, nación, vanguardias y transición, coordinado con David Wood (2015) y Miradas al cine mexicano. En realidad, podría considerarse a esta última obra como uno de los puntos importantes de concreción de su trayectoria, al incorporar una buena cantidad de textos derivados de problemas o intereses abiertos por sus investigaciones, pero también por el hecho, evidentemente relacionado, de que más de la mitad de los autores hemos sido sus alumnos y nos hemos beneficiado de sus enseñanzas a través de clases y seminarios en la universidad, o de conferencias públicas en la Academia Mexicana de la Historia, el Seminario de Cultura Mexicana y otras instituciones. No puedo pensar en una persona más trascendente para el desarrollo de los estudios académicos del cine en México que Aurelio de los Reyes, y su trabajo se magnifica si se considera que sus aportaciones rebasan el ámbito de la cultura impresa para extenderse hasta los terrenos de la curaduría, el rescate y la reconstrucción de películas.

El conocimiento proporcionado en Miradas al cine mexicano se refiere, por una parte, al amplio espectro temático abarcado, que incluye el abordaje de géneros como el melodrama, las películas de la Revolución, la comedia ranchera, los cines cómico, fantástico, pornográfico y de ciencia ficción; de periodos como el cine mudo, la transición al sonoro, y las décadas de los setenta, los ochenta y los noventa; de representaciones específicas como la de la Ciudad de México, lo queer, la familia, la sexualidad y la violencia; de elementos internos a las cintas como la música y la escenografía, y en fin, de otros aspectos como la producción de películas en súper 8, los cines y cineclubes, el periodismo y la bibliografía cinematográficos, sin olvidar el tipo de acercamiento más frecuente en este tipo de cultura, que es el de la atención a películas específicas, directores, actores y actrices. Esta enorme nómina no se presenta como exhaustiva, y ya en el prólogo se enumeran otros temas que no pudieron ser abordados y por eso “quedaron para el futuro”: la lucha libre, el albur, los indígenas, el documental, los productores, los sindicatos, los estudios y el público, así como la recepción en España y América Latina, los principales ámbitos de exhibición extranjera del cine mexicano. Efectivamente una cinematografía de ciento veinte años tiene ramificaciones numerosísimas; la buena noticia es que ya hay un colectivo de investigadores que puede acercárseles para hacerles preguntas y obtener respuestas desde una perspectiva amena y rigurosa a la vez.

Xochitepec, Morelos, 20 de diciembre de 2020

Texto leído en la presentación de esta obra en el Instituto Mora, en mayo de 2017.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

La ciencia nuestra de cada día de Francisco Rebolledo

Para quienes no nos dedicamos a la ciencia, nuestras nociones de física, química, astronomía y biología suelen reducirse a lo aprendido en la educación básica. Esas nociones permanecen por lo común asociadas a nombres. Recordamos, por ejemplo, que el disco de Newton, pintado con los siete colores del arcoiris, al ponerse a girar producía el blanco; que Arquímides exclamó “Eureka” al ocurrírsele en una tina la explicación del principio que lleva su nombre; que Einstein enunció la fórmula mediante la cual hace equivaler la masa de un cuerpo con una energía gigantesca, y que Watson y Crick descubrieron la estructura helicoidal del ADN. Esos nombres, sin embargo, pocas veces nos remiten a personas: fuera de las populares fotografías de Einstein, con su larga melena blanca, no tenemos ni idea de cómo eran los seres humanos que produjeron los conocimientos que nos fueron transmitidos por nuestros maestros y que cargamos, un poco inútilmente, en el enorme equipaje de lo que conocemos con vaguedad.

Uno de los principales méritos de La ciencia nuestra de cada día, el libro de Francisco Rebolledo, es hacernos ver que detrás de las ideas que hicieron más profundo nuestro conocimiento del universo, o de inventos cruciales que permitieron demostrar la verdad de ciertos enunciados que transformaron las teorías o la vida cotidiana en regiones enteras del mundo, había seres humanos de carne y hueso. Hombres y mujeres caracterizados por una creatividad fantástica, pero en todo otro sentido muy parecidos al resto de la humanidad: con necesidades, deseos, manías, virtudes, defectos… Una de las razones por las que la lectura de este libro se vuelve en muchos pasajes entrañable es precisamente debido a que Rebolledo ha destacado rasgos de carácter o situaciones vitales peculiares de grandes científicos. Aprendemos, por ejemplo, que Arquímedes ayudó con sus inventos a defender Siracusa de una flota enemiga; que Berzelius, quien propuso el eficiente sistema que se adoptó para designar a los elementos, era un individuo impráctico que fracasó en sus intentos de embotellar agua mineral; que Cavendish, quien descubrió el valor de la constante de gravitación universal y fue por eso capaz de calcular la masa de la Tierra, era un hombre huraño que vivía enclaustrado en sus habitaciones y dejaba a sus sirvientes recados para que le prepararan alimentos que comía solo; que Einstein fingía trabajar en la oficina suiza de patentes donde estaba contratado mientras resolvía mentalmente los problemas que lo apasionaban, y que la irlandesa Jocelyn Bell Burnell, descubridora de las estrellas de neutrones, de no ser por el desarrollo de la radioastronomía jamás hubiera podido conciliar su necesidad incurable de dormir de noche con su vocación de astrónoma, ya que como es bien sabido –y Arthur Koestler dedicó un espléndido libro al tema–, los estudiosos de planetas, estrellas y otros cuerpos celestes son tradicionalmente sonámbulos.

En este dar cuenta de la humanidad de los científicos se muestra la visión de novelista de Rebolledo –uno de los grandes escritores mexicanos contemporáneos– acostumbrado a convivir con personajes cuyas acciones están enraizadas en un cuerpo habitado por deseos, afectos y pasiones. Y en esta encarnación de algo que acostumbramos a considerar sólo en el punto de vista de las ideas, Rebolledo llega incluso al extremo de dar forma humana a lo inorgánico. Dice:

Al sodio, por ejemplo, ese metal inestable, siempre ávido por desprenderse del electrón solitario que se traslada en la órbita más alejada del núcleo, me lo imagino como un jovenzuelo (ocupa el lugar número 11 de la tabla periódica) pelirrojo (el color que libera su llama es de un anaranjado intenso), hiperquinético e inestable, que sólo logra quedarse tranquilo cuando se le extrae el trauma que pesa en su conciencia. En el otro extremo, me imagino al radón, ese gas noble que se encuentra casi al final de la tabla, como un venerable y casi etéreo anciano alejado por completo de los deseos mundanos, irradiando (es radiactivo) la infinita sabiduría que sólo es posible obtener del reposo absoluto; lo veo como un impasible Buda en la familia de los elementos. (p. 114)

Con astucia literaria, Rebolledo nos deleita con la descripción de la forma de aparearse de los escorpiones en el contexto de una disquisición acerca del origen evolutivo del sentimiento que llamamos amor; con la narración del descubrimiento de la insulina por Banting y Best, que permitió salvar la vida al escritor H. G. Wells –un salvamento en este caso triste, pues Wells vivió por ese alargamiento inesperado hasta la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la era atómica, lo que destruyó su optimismo y amargó su carácter–; o con un auténtico cuento en el que una viuda llamada Hannah da a luz, el día de Navidad de 1642, a un enclenque sietemesino que salva milagrosamente la vida, llamado a convertirse en el más inteligente de los hombres: Isaac Newton.

Pero no debe pensarse que esta visión de la ciencia por un literato carece de rigor. Al contrario, en las notas recopiladas advertimos una impecable argumentación y un escrúpulo por la precisión terminológica que nos lleva a saber qué son los isómeros, la entropía, la ATP sintetasa, los cuanta, los telómeros y la materia oscura, entre muchas otras cosas. Por el libro nos enteramos de las razones evolutivas de la obesidad; de la existencia, en el cerebro humano, de una zona que a veces nos hace comportarnos como reptiles; del número de estrellas que se ven a simple vista; de por qué en las zonas tropicales toleramos mejor que en otros lados el sabroso picor del chile, y de cuántos años vive una secuoya, el más grande y uno de los más longevos seres que habitan sobre la Tierra. Aprender todo eso es, en sí mismo, gratificante, pues, como el mismo autor escribe:

Tal vez saber (…) no resuelva las mil y una penurias que enfrenta la vida del hombre (…) Pero sin duda, en la búsqueda de (…) respuestas, y sobre todo en las preguntas que nos hacemos en torno al universo que nos rodea, estriba lo más profundo de la naturaleza humana. (p. 97)

Sin embargo, la divulgación del saber científico tiene también otro sentido, que en la situación planetaria actual cobra cada vez mayor importancia. A través de una impecable argumentación que pone sobre la mesa los descubrimientos más recientes, Rebolledo hace ver los peligros que corremos por la sobrepoblación, un fenómeno que pone en riesgo, desplazándolas o eliminándolas, a otras muchas especies. Puesto que, como escribe el autor, “Los eslabones que conforman la cadena de la vida en el planeta son mucho más frágiles de lo que sospechamos” (p. 210), la desaparición de una especie repercute de forma inesperada en nosotros mismos. Es impresionante el ejemplo de la extinción del pichón pasajero, una especie oriunda de Estados Unidos que, al ser cazada a mansalva en el siglo XIX, suscitó el incremento de la enfermedad de Lyme, un padecimiento infeccioso muy dañino para los seres humanos:

Los pichones formaban bandadas de miles de millones y comían hayucos y bellotas; con la extinción de estas aves, había más de estos alimentos para un tipo de roedor llamado ratón ciervo, lo que ocasionó que las poblaciones de estos mamíferos florecieran. Esto hizo al medio ambiente más favorable para unas garrapatas que parasitaban al ratón y que transmitían la espiroqueta que causa la enfermedad de Lyme. Los cazadores comerciales, al provocar la extinción del pichón pasajero, hicieron el medio ambiente más favorable para los ratones, las garrapatas y las espiroquetas, y más desfavorable para el homo sapiens. (p. 210)

En este mismo sentido, Rebolledo advierte los peligros de que continúe una intervención incontrolada del ser humano sobre la Tierra a través de la emisión excesiva de dióxido de carbono, que ocasiona transformaciones atmosféricas que amenazan con producir cada vez mayor número de acontecimientos devastadores como tornados y huracanes. La ciencia nuestra de cada día tiene, entonces, esta otra dimensión, en la que la transmisión del conocimiento sirve para educar, sensibilizar, crear conciencia acerca de riesgos que existen, y de la forma en que es posible comportarse, como colectividad, para evitarlos.

En resumen, los 62 breves textos reunidos en esta colección –agrupados en secciones de física, astronomía, química, biología y evolución, ecología y divulgación de la ciencia–, reviven y hacen crecer los conocimientos de quienes no nos dedicamos a alguna disciplina científica, y sospecho que también los de quienes sí. Escritos con curiosidad enciclopédica, fundamentos sólidos y pasión por la ciencia, convencen a nuestro intelecto de la necesidad de militar en la defensa de los valores de la razón y el respeto por los otros seres con los que compartimos el planeta. El libro, a la vez, interesa y seduce. En algún punto, hechiza. Lo que no resulta extraño si consideramos que, como dice Rebolledo, la literatura y la ciencia tienen en común ser oficios propios de taumaturgo, ya que “un buen escritor, hace magia con las palabras; un buen químico, la hace con las sustancias” (p. 113). La ciencia nuestra de cada día muestra fehacientemente que el escritor y químico Francisco Rebolledo es, también, un buen taumaturgo de la divulgación científica.

Xochitepec, Morelos, 15 de diciembre de 2020

Texto de presentación del libro en la Sala Ponce del Jardín Borda de Cuernavaca, en septiembre de 2008.

Francisco Rebolledo, La ciencia nuestra de cada día, Fondo de Cultura Económica / Secretaría de Educación Pública / Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología, México, 2007, 244 pp. (Colección “La ciencia para todos” núm. 216)

Disponible en edición electrónica:

https://www.fondodeculturaeconomica.com/Ficha/9786071603807/F

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Una fisura en el tiempo de Teresa Icaza

Una fisura en el tiempo es el título de la novela con que Teresa Icaza se presenta como escritora. Es una presentación muy afortunada, pues a las emotivas historias que relata con prosa tersa y precisa se suma una edición muy cuidada por Bonilla Artigas, con diseño de portada de Jocelyn Medina en la que luce la reproducción de un óleo del pintor valenciano Joaquín Sorolla. De esa imagen, que representa a una niña en el mar, quiero partir para contar algunas de las reflexiones que me provocó la lectura de esta obra, de la que no diré la trama para que cada quién tenga el placer de descubrir por sí mismo las historias que la componen.

La niña a la orilla del mar, que refiere al personaje protagónico y al que pertenece la voz narrativa, inevitablemente hizo revivir mi recuerdo más antiguo de Teresa Icaza, cuando coincidimos con otros pocos amigos en una playa desierta del Pacífico mexicano. Es como si al invitarme a presentar su libro Teresa me hubiera instigado a revivir ese breve y entrañable periodo asociado a nuestra juventud, lo que sería simplemente anecdótico si uno de los temas profundos de la novela que ha escrito no fuera el de la maleabilidad del tiempo, fenómeno que, a través de los recuerdos, los sueños y otros modos de la conciencia, nos hace percibir el pasado como unido al presente en una configuración difícil, si no es que imposible, de disociar.

Ese fenómeno, que se anuncia ya en el título del libro, se manifiesta en al menos tres distintas formas en la narración. Una es el entramado lingüístico, en el que las fluctuaciones entre los tiempos verbales dan cuenta de las frecuentes irrupciones de recuerdos en la mente del personaje femenino a cargo de la narración. Otra es la repetición del tiempo presente en párrafos consecutivos que se refieren a periodos distintos, un poco a la manera de los diarios íntimos, en los que suelen encontrarse saltos considerables en registros contiguos de acontecimientos que sin embargo son siempre expresados en presente. Más misteriosa es otra variante, esta vez expresada en situaciones nunca ocurridas en las vidas “reales” de los personajes, y que los sitúan existencialmente, a la manera de los sueños o de las alucinaciones, en un territorio aparte, donde el espacio, el tiempo y la ley de la causalidad son distintos a lo acostumbrado. El que la novela inicie y termine en capítulos donde se subrayan las experiencias que suelen llamarse de conciencia expandida indica la importancia que les atribuye la autora. Es como si la temporalidad medible de la historia que se cuenta estuviera inmersa y fuera un caso particular de ese confuso magma; una de las infinitas capas –como escribe Icaza– “que conforman la densidad inconsciente (…) del tiempo sin tiempo” (p. 11), y que se asocia simbólicamente en la narración con un sistema de grutas y, sobre todo, con el mar.

Estas manifestaciones de las convivencias y las rupturas del tiempo encarnan en una materia propiamente novelesca: la descripción de las transformaciones de la identidad de un personaje por sucesivas experiencias que la llevan de niña a adolescente y luego a mujer madura, con los cataclismos que esos cambios suelen traer consigo: mudanzas de casa, de ciudad, de estilos de vida; aprendizajes mentales y sentimentales; dolorosos reencuentros; pérdidas; cambios de familia y hasta de nombre. Como en todas las buenas novelas, el modelo de la experiencia del crecimiento humano encarna también en un personaje entrañable, que en este caso posee una voz sensible, comprensiva, poética, que hace recordar por tramos a la del personaje femenino principal de la extraordinaria Balún-Canán de Rosario Castellanos. Dice la narradora, por ejemplo:

…entiendo que el origen se trae pegado, como el propio aroma. (p. 31)

La escucho, y por primera vez experimento una especie de serenidad líquida y cálida, poco a poco vertida dentro de mi cuerpo como si fuera un vaso. (p. 88)

¿Cómo transformar la rigidez en movimiento? Las piedras permanecen por milenios en un lugar, sin moverse. Ahí están, como testigos de la edad del planeta. ¿Y el corazón, dónde lo encuentro? (p. 96)

La lectura de esta obra de Teresa Icaza me llevó a uno de los escritores de tema marítimo que más me gustan, Joseph Conrad, y en particular a su primera novela, La locura de Almayer, en la que, tal y como sucede en Una fisura en el tiempo, hay personajes que nadan en el mar. Al margen de que resulte relevante para las tramas respectivas como muestra de las costumbres tradicionales de los pueblos ribereños que las dos novelas retratan, ese gesto también remite al hecho mismo de estar ahí, en el agua, lo que puede asociarse con estratos antiguos de nuestra psique, o de nuestro genoma, donde los seres humanos somos lo que alguna vez fuimos, anfibios en ruta del mar a la tierra. Un gesto, entonces, el de nadar en el mar, que también enlaza de manera indirecta con el tema del tiempo y sus rupturas, representado en el pizarrón por nuestros maestros de biología como una línea horizontal atravesada por pequeñas marcas verticales que indican cuándo hubo una mutación, cayó un meteorito, se dio una fisura.

Varios personajes de esta obra son por cierto biólogos que estudian a las ballenas. En esto no puedo sino reconocer uno de los rasgos de las narraciones que suelo disfrutar más: el de la puesta en escena del estrato de la sociedad que tiene por oficio ejercer el conocimiento científico. Pongo como ejemplos dos espléndidas novelas mexicanas más o menos recientes: en Rasero (1993) de Francisco Rebolledo, aparecen como personajes Lavoisier y Diderot; en En busca de Klingsor (1999) de Jorge Volpi, Gödel, Heisenberg y Einstein. Los biólogos de esta obra de Teresa Icaza pertenecen a la misma progenie y enfrentan, como los otros, dilemas éticos que los llevan a decisiones que provocan en algunos casos ocultamientos, traiciones y culpas, pero en otros, al menos de forma implícita, el cumplimiento de la misión de comprender los trozos del mundo donde se desempeñan profesionalmente, lo que en este caso significa también cuidarlos de la depredación.

La novela describe de forma sutil el rito de paso por el que esa niña que según su abuela “parece hija del mar” (p. 78), al ver ballenas en Baja California adquiere en la adolescencia la certeza de que tendrá que “estudiar mamíferos marinos el resto de mi vida” (p. 48). Pero el encuentro con esa vocación tiene raíces en la vivencia de lo profundo. Por eso, convertida en bióloga y luego de años de estudiar a los cetáceos, la protagonista reconoce: “Sustento las hipótesis, me concentro en el manejo de los datos y las variables, busco las comprobaciones, pero donde verdaderamente comprendo, es dentro del mar” (p. 54). Nueva muestra de que Teresa Icaza propone en esta novela que el tiempo, el espacio y la ley de la causalidad en que sienta sus bases el conocimiento racional son deudores y casos particulares de un saber más amplio e insondable.

Xochitepec, Morelos, a 12 de diciembre de 2020

Texto para la presentación virtual de esta novela publicada por Bonilla Artigas Editores en la Librería Gandhi de México el 11 de diciembre de 2020.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Mal amante con luciérnagas de Marcela Campos

Algunos estudios lingüísticos llaman paratextos a los mensajes, postulados, enunciados o expresiones que complementan el contenido principal de un texto. Casi todos los libros tienen bichos como ésos, que los profanos conocemos por sus nombres vulgares: títulos, subtítulos, prefacios, índices, notas… Mientras leía Mal amante con luciérnagas, el excelente poemario de Marcela Campos, se me ocurrió que tal vez sería revelador de ciertos rasgos de la personalidad de su autora hacer una excursión, o un paseo, por algunos de sus paratextos.

¿Qué dicen, de qué dan cuenta, los alrededores inmediatos de los poemas de Marcela? En primer lugar, creo que hablan no tanto de sus influencias –algo que resulta siempre vago y difícil de discernir–, como de las personas de las que gusta acompañarse simple y sencillamente porque le caen bien, como le cae bien a uno un vaso de vino tinto cuando hace frío. En títulos, epígrafes y dedicatorias pueden encontrarse huellas de ciertas presencias privilegiadas que acompañaron o quizá impulsaron la creación de algunas piezas de Mal amante con luciérnagas.

Al primero que encontramos agazapado en paratextos es a Leonard Cohen. Este magnífico músico, poeta y novelista nació en Montreal, Canadá, el 21 de septiembre de 1934 y, si no me engaña la memoria, ya a fines de la década de los setenta algunos de sus discos eran ávidamente escuchados por sus admiradores mexicanos (que tal vez nunca han sido muchos, comparados con los de otros fans de música popular anglófona, pero sí muy devotos). No es improbable que, como ocurrió con otros de mis conocidos, una muy joven Marcela Campos se haya prendado ya en esas épocas o poco después del estilo, la voz y la personalidad de este bardo escuchando la canción “Suzanne”. Es lo que parece mostrar el poema de amor “Noche tras noche”, cuyo primer verso dice: “Yo hubiese querido ser Suzanne flotando sobre el río.” En todo caso, las palabras del canadiense son importantes para la poeta, como muestra que preludien dos piezas suyas. El epígrafe de “El mejor sentimiento”, otro poema de amor, dice: “porque todos ellos creen, ahora, que son negros, y ése es el mejor sentimiento que un hombre de este siglo puede tener”, lo que es un preámbulo al alegato en el poema de un personaje femenino que en primera persona, y dirigiéndose a su amante, reconoce gustar del son y, en general, de “todo lo que venga negro y muy mezclado, una buena cadera, de tacón ancho los zapatos y toda la noche para soltar de la razón al cuerpo”, y por lo mismo se lamenta de “esta penosa blancura que nos sobra”.

Pero si Leonard Cohen invoca en Marcela a través del texto citado la expresión, en voz de un personaje con el que podríamos tal vez identificar a la autora, del deseo de ser negro, en otro momento el mismo Cohen despierta en ella la condena de la intolerancia religiosa. Los versos del canadiense que, al abrir el poema “Mitología y credo”, siembran los vasos comunicantes que se revelarán en los de Marcela que les siguen, dicen así:

Cuando joven, los cristianos me dijeron

cómo clavamos a Jesús

como una linda mariposa contra el madero

y yo lloré junto a las representaciones del Calvario

La terrible acusación de los cristianos contra los judíos, esta “estrategia infinita / intolerante” –son ya palabras de Marcela–, conducen en ella (o, de nuevo, en el personaje en primera persona que habla en el poema), a algo tan fuerte como la negación misma de la fe cristiana: “yo le digo adiós / a sus creencias”.

Como vemos, el acompañamiento de las palabras de Cohen a las de Marcela no es anecdótico, ni trivial, pues se da en dos instancias tan profundas de la construcción de la personalidad como pueden serlo la pertenencia a una raza y a una religión. Y es claro que al invocarlo tampoco quiere mostrar la autora ningún tipo de “influencia”, sino de declarar algo así como su afinidad o su sintonía con alguien que ha dicho con sus palabras y ritmos ideas o sentimientos parecidos a los propios.

Otro habitante en los paratextos de Mal amante con luciérnagas es Federico García Lorca. El célebre granadino se muestra en el epígrafe al poema “Mudo hilván”, en los siguientes dos espléndidos versos de una canción infantil: “Mamá, bórdame en tu almohada… ¡Eso sí, ahora mismo!” También aparece en el epígrafe de “Niña que sonríe dice su nombre”, con este fragmento de “Preciosa y el viento”, publicado en El romancero gitano: “al verla se ha levantado / el viento que nunca duerme”. En los dos casos, las citas de preludian poemas que se refieren a niños, y que se enlazan con la vertiente lorquiana del juego y la ternura –quizá su registro más conocido, junto con el tono trágico de algunas de sus piezas teatrales. Pero el entrecruzamiento textual de la poesía de Marcela con la del andaluz se da también en este libro de otra manera en el poema “De Lorca a Whitman”, donde tres versos de una estrofa de la “Oda a Walt Whitman”, que aparece en el libro Poeta en Nueva York, son utilizados, resignificados y actualizados en un sentido triste. El fragmento de García Lorca dice:

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.

Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

A partir de esta desoladora estrofa, Marcela ha escrito estos versos no menos duros:

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

mientras los vivos siempre apagan el televisor,

lavan sus dientes y entran

en sus pulcras sábanas de blanco algodón

y sueños tibios en tanto

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises

en este lado del mundo donde la vida tampoco

es noble, ni buena, ni sagrada.

Así como Leonard Cohen acompañó a la autora de este libro en algunas de sus inquietudes que podrían enunciarse en preguntas como ¿por qué estoy en este este cuerpo?, ¿por qué he de adoptar esta esta religión de las personas que me rodean?, García Lorca estuvo ahí, cerca, acompañándola también, en el reconocimiento, tan frecuente en nuestro país, o en nuestro mundo, de que algo, de que mucho, no anda bien.

Hay otros escritores –Rainer Maria Rilke, Ronald Laing–, que cumplen parecidas funciones en este libro. Estos nombres también revelan lecturas y escuchas privilegiadas, ésas en las que uno se ve obligado a detenerse, sorprendido y a veces zarandeado, hasta el punto de tener que registrarlas en las páginas de un cuaderno o en el pizarrón algo más frágil de la memoria.

Pero tan importantes como estos escritores invocados, por decirlo así, a través de otros libros, son en Mal amante con luciérnagas otros seres, mucho más cercanos, que se revelan en los paratextos de las dedicatorias. ¿Por qué una poeta consigna el nombre de una persona junto a sus versos? Se me ocurre que porque es, en el momento de la escritura, existencialmente tan significativa para ella como el asunto sobre el que escribe. Ahí están, en distintos poemas, Gabriel, “Carlos, que se fue a Los Mochis”, “Pita y Raúl que permanecen”, Rodrigo y una abuela “que orfandó / a mi padre siendo niño”; también están, ya no en los paratextos sino en los textos mismos de los poemas, su pareja, sus hijos… Personas que son, para la autora, el universo del que se nutre y al que se vuelca, agradecida, para dedicarle lo que hace en su intimidad más profunda, esos momentos de silencio interior en que se da el milagro de la creación.

¿Y los textos?, se preguntarán. ¿Qué pasa con los casi setenta poemas incluidos en Mal amante con luciérnagas? Justo es lo que tendrán que descubrir, con enorme placer, al leer el libro. Aquí sólo he querido mostrar que alguien que se acompaña de Leonard Cohen, Federico García Lorca y sus amigos y familiares para escribir sus poemas, merece toda nuestra admiración y toda nuestra simpatía.

Xochitepec, Morelos, 28 de noviembre de 2020

Presentación del libro publicado por La Zonámbula (Guadalajara, 2015) en el Centro de Creación Literaria «Xavier Villaurrutia» de la Ciudad de México, el 22 de abril de 2016.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Novelizaciones españolas de argumentos de películas mexicanas

Las novelizaciones de argumentos de películas se crearon dentro de la esfera del sistema de estrellas surgida a mediados de los años diez, de la mano de la invención de los largometrajes que permitieron el reconocimiento sostenido de los intérpretes. Esas obras, que re-contaban los argumentos de cintas que acababan de estrenarse, no tenían por eso como atractivo principal las historias sino las estrellas que las habían encarnado, resaltadas con sus nombres y sus imágenes en las portadas y otros sitios. Esta es la razón por la que no se hacían novelizaciones más que de las cintas que tenían intérpretes que despertaran el deseo de sus admiradores por comprarlas y coleccionarlas.

Las primeras aparecieron en Francia hacia 1916 y de ahí derivaron a España. Se trataba de folletos que no solían tener más de cincuenta páginas, editados en formatos pequeños y con coloridas portadas diseñadas para atraer la atención de los compradores de publicaciones en los puestos de periódicos. Desde una perspectiva cultural, su surgimiento parece haber estado relacionado con la promoción de la lectura hacia grandes sectores hecha por empresas como la estadunidense The Readers´s Digest (fundada en 1922) y, en un sentido más restringido, con los resúmenes que, en enciclopedias, libros infantiles y otras obras, hicieron accesibles a un público amplio los argumentos de novelas, piezas de teatro, fábulas, cuentos y obras religiosas. Estas variedades de la adaptación textual posibilitaron la creación de un oficio que, en su vertiente periodística, tuvo en España un buen número de practicantes, si consideramos la gran cantidad de colecciones dedicadas a la novelización de argumentos de películas y la frecuencia con la que éstas aparecieron durante al menos tres décadas.

A principios de los veinte existían en Barcelona dos empresas grandes que las publicaban: Ediciones Bistagne y Editorial Alas. En sus respectivas colecciones La Novela Semanal Cinematográfica y Biblioteca Films lanzaban números que adaptaban sobre todo argumentos de producciones norteamericanas, francesas o españolas estrenadas durante la misma semana o en los días inmediatamente anteriores a su aparición. Las escasas películas mexicanas de ficción de esa década no fueron hechas por productoras que tuvieran el empuje económico para lanzar un sistema de estrellas ni de comercializar sus productos en el extranjero, por lo que tampoco hubo novelizaciones españolas sobre ellas. Sin embargo, como Ramón Novarro, Dolores del Río, José Mojica y otros pocos mexicanos eran conocidos por su participación en el cine de Hollywood, durante los periodos del cine silente y de la transición del mudo al sonoro hubo algunos productos relativos a ellos publicados por las mismas editoriales.

Editorial Alas, Barcelona, 1929.
Ediciones Bistagne, Barcelona, 1933.

El cine sonoro abrió la posibilidad de que surgieran en México empresas con mayor capacidad económica, que entre 1931 y 1939 buscaron los géneros y las estrellas que lo hicieran popular. De las producciones de esa década caracterizada por el ensayo de los recursos inaugurados por la palabra y la música en las películas, unas cuarenta lograron estrenarse en España. De éstas, nueve tuvieron novelizaciones, siete en Ediciones Bistagne y dos en Editorial Alas.

Puesto que los prospectos a estrella del cine mexicano en esta década aún no eran conocidos por los públicos españoles, lo más probable es que se decidiera novelizar los argumentos de esas nueve películas porque tenían intérpretes como la mexicana Lupita Tovar, el chileno-alemán José Bohr y el español Ramón Pereda que eran medianamente populares por haber participado en las producciones en lengua española que se filmaron en Hollywood durante la transición del mudo al sonoro. Otra posibilidad es que esas cintas llamaran la atención por ubicarse en géneros populares (gángsters, aventuras, misterio, capa y espada), o bien, en el caso de Santa (Antonio Moreno, 1931), por ser adaptación de una novela conocida por un sector del público.

No se daba crédito a los autores de las portadas y tampoco a los novelizadores, pero una empresa consignaba “argumento narrado por Ediciones Bistagne”, lo que permite suponer que los textos no eran productos incluidos en el paquete con que se comercializaban las películas, que llevaban una ficha técnica y un resumen del argumento dirigidos a la censura, así como un conjunto de stills o fotos fijas para su publicidad; estas últimas sí se incluían en las novelizaciones en un pliego de cuatro u ocho páginas impreso en papel satinado, lo que indica que los editores tenían un arreglo con los distribuidores, probablemente mediado por un contrato. Otros elementos textuales que permiten suponer una escritura local de las novelizaciones son el uso extenso de la palabra Méjico y de locuciones españolas, así como la incorporación de textos como éste incluido en el número dedicado a María Elena (Raphael J. Sevilla, 1935):

Preciosa película en la que se exterioriza la pujanza de la raza española que ha sabido extenderse por el mundo dando vida a pueblos nuevos en los que subsiste su quijotesca ideología. Y la raza española se manifiesta genuinamente de la forma más típica en el folklore de sus canciones del más puro españolismo.

Ediciones Bistagne, Barcelona, 1935.
Ediciones Bistagne, Barcelona, 1935.
Editorial Alas, Barcelona, 1936.
Ediciones Bistagne, Barcelona, 1937.

La distribución de cine mexicano en España se complicó por la Guerra Civil en este país, que inició a mediados de 1936 y se alargó hasta principios de 1939. Una vez terminado el conflicto, México y España rompieron relaciones diplomáticas, pero aun así hubo algunas zonas de la cultura, como los toros, la zarzuela y el teatro, en las que se mantuvieron casi sin cambios. En el caso de la exportación de películas mexicanas el intercambio fue incluso mayor debido al gran crecimiento de la industria por el descubrimiento de géneros que resultarían muy populares. Entre éstos, el preferido por los españoles fue la comedia ranchera. A partir de 1940, año de estreno de Allá en el Rancho Grande (Fernando de Fuentes, 1936), se sucedieron en España numerosos lanzamientos de cintas folklóricas, varios de los cuales fueron acompañados por novelizaciones.

Una novedad fue que estas obras por fin capitalizaban a intérpretes de amplio reconocimiento como Tito Guízar y Lupe Vélez; otra, que fueron publicadas no por las editoriales catalanas, que cesaron su actividad durante la guerra, sino por la madrileña Ediciones Marisal, en su colección Cinema. Los textos siguieron siendo de producción anónima, pero las portadas se identificaban con la firma de A. López Rubio, quien hacía atractivos montajes en los que combinaba fotografías, dibujos y tipografía para resaltar las figuras estelares.

Un texto introductorio para el número dedicado a ¡Ora Ponciano! (Gabriel Soria, 1936) también muestra un cambio de enfoque respecto a la cinematografía de México, pues a pesar de que la historia tenía trama taurina ya no se destacaba la representación de la “raza española que ha sabido extenderse por el mundo”, sino que por el contrario se decía: “Coplas satíricas, melodías de dulce sentimiento, pasiones, luchas, virtudes sobre el fondo pintoresco y romántico del México tradicional.”

Ediciones Marisal, Madrid, 1940.
Ediciones Marisal, Madrid, 1940.
Ediciones Marisal, Madrid, 1941.
Ediciones Marisal, Madrid, 1941.

Este elemento de diferencia se acentuó en los años siguientes, de la mano de la exhibición de nuevas cintas folklóricas con canciones. Las editoriales barcelonesas Alas y Bistagne retomaron sus actividades y entre 1945 y 1947 novelizaron los argumentos de una buena cantidad de ellas. Ahora ya fue evidente que el trabajo de escritura se hacía en España. En el caso de la primera, se informaba que la “narración literaria” había corrido a cargo de Marcos Estrada, A. Suárez, Luis Manuel Molina o Pancho Pistolas, mientras que la segunda consignaba invariablemente: “Argumento narrado por Ediciones Bistagne”; como ocurrió en las respectivas ediciones de años antes, tampoco se daba esta vez crédito a los ilustradores de las portadas.

En las nuevas obras se manifestaba la divertida consideración de México como un país poblado por chinas y charros nobles, tal y como proponían los estereotipos de las películas. Por ejemplo, en el número dedicado a Así se quiere en Jalisco (Fernando de Fuentes, 1942) decía:

Si el amor en Méjico es tal como lo muestran Lupe y Juan Ramón, es algo encantador, porque allí, cuando una mujer ama, no hay ofrenda de dinero ni mejoramiento de posición social que la haga vacilar, pues prefiere morir por el charro que adora antes que sucumbir a la presión de un malvado, aunque éste pueda cubrirla de alhajas y oro.

Las dos editoriales aprovecharon la enorme popularidad en España de una de las estrellas del género, Jorge Negrete, y multiplicaron la edición de novelizaciones basadas en los argumentos de sus películas. Siempre que se lo mostraba en las portadas con sus parejas románticas tenía mayor jerarquía por el tamaño de la imagen o su ubicación espacial, e incluso a veces se suprimía a la contraparte femenina para resaltarlo solo.

Ediciones Alas, Barcelona, 1945.
Ediciones Bistagne, Barcelona, 1946.
Editorial Alas, Barcelona, 1947.
Editorial Alas, Barcelona, 1947.

Por otro lado, comprueba que las novelizaciones se hacían para dar seguimiento a una estrella y no a un género, el que se publicaran también de argumentos de películas en las que Negrete no aparecía en papeles de charro, sino de torero (Seda, sangre y sol, Fernando A. Rivero, 1941), militar decimonónico (Una carta de amor, Miguel Zacarías, 1943) o aventurero (Gran Casino, Luis Buñuel, 1946). En el número dedicado a Diego Banderas (José Benavides hijo, 1942) , se ensayaba esta consideración general sobre su atractivo:

Todas las películas que protagoniza (…) tienen su punto de partida en lo bueno, lo noble y lo honrado. Debido a esto, el héroe inspira simpatía desde el primer momento. Cuando su melancólica y única voz se deja oír, trueca la admiración en hechizo, logrando que se sigan con interés todas sus trifulcas. Se sufre cuando le persiguen y se alegra el corazón cuando triunfa.

Naturalmente, el sistema de estrellas de todas las cinematografías basa su éxito en la diversidad de sus figuras. En el caso del mexicano hubo otras propuestas que resultaron más o menos exitosas en España en películas que merecieron novelizaciones, como Tito Guízar y Pedro Infante en comedias rancheras, y Fernando Soler, Sara García y otros intérpretes en melodramas. En cualquier caso, resultaron mucho menos frecuentes que las dedicadas a las cintas de Negrete: de las 30 novelizaciones publicadas en los años cuarenta sobre argumentos de cintas mexicanas, 17 tuvieron como gancho al “Charro cantor”, además de otros productos relacionados, como varios cancioneros y una biografía. Resulta por cierto un misterio por qué no hubo productos similares basados en las películas de Cantinflas, una de las principales figuras del cine mexicano en este periodo y cuya popularidad en España fue tan amplia o aún mayor que la de Negrete.

Xochitepec, Morelos, 11 de noviembre de 2020

Fuentes

Ángel Miquel, Crónica de un encuentro. El cine mexicano en España, 1933-1948, UNAM, México, 2016.

José Luis Martínez Montalbán, La Novela Semamal Cinematográfica, CSIC, Madrid, 2002.

Daniel Sánchez Salas, Historias de luz y papel. El cine español de los años veinte a través de su adaptación de narrativa literaria española, Filmoteca ¨Francisco Rabal¨, Murcia, 2007.

https://angelmiquel.com/2020/07/18/de-libros-y-algunas-personas-que-no-pueden-vivir-sin-ellos-16/

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Los primeros libros de Ángel Miquel Alcaraz

Con motivo de la inminente publicación de Poesía (1946-1955) de Ángel Miquel Alcaraz por Ediciones Sin Nombre, se reproduce un texto sobre el escritor alicantino que apareció originalmente en 1997, con otra forma, en El Acordeón. Revista de Cultura de la Universidad Pedagógica Nacional.

El 14 de octubre de 1936, Ángel Miquel Alcaraz cumplía 17 años y con toda seguridad había visto atracar el día anterior en el puerto de Alicante, donde vivía, un destacamento de quinientos hombres que iban a incorporarse a las Brigadas Internacionales. Éstas se constituirían por voluntarios de diversas nacionalidades que habían decidido luchar por la República en su combate a la sublevación militar que había iniciado a mediados de julio encabezada por los generales Sanjurjo, Franco, Mola y Fanjul. En vista de las repetidas derrotas de las fuerzas leales al gobierno, éste había decidido aceptar la ayuda internacional y escogió la ciudad de Albacete para la organización de los voluntarios. Hacia Albacete iban, entonces, los hombres que desembarcaron en Alicante y que se incorporaron a la primera Brigada Internacional, al mando del general austriaco Kebler. Durante los últimos meses del año siguieron llegando voluntarios hasta sumar más de diez mil, incorporados a nuevas brigadas. Pero en febrero de 1937 un comité diplomático internacional reunido en Londres prohibió el reclutamiento, el envío y el tránsito de voluntarios, lo que obligó a que las bajas en las Brigadas Internacionales fueran remplazadas por españoles.

Uno de estos soldados fue Ángel, que se incorporó a filas el 7 de abril de 1938. Luego de pasar un breve periodo en un campo de instrucción, se lo destinó a la 13ª Brigada, constituida en forma mayoritaria por polacos y que había sido diezmada a fines de 1937. Se conserva un diario en el que el joven combatiente escribió sus impresiones en el frente. En él se revelan su nerviosismo, su inquietud y su cansancio, sometido como estaba a las incomodidades de las trincheras, a agotadoras caminatas, a severas privaciones; en un pasaje se lee que en una visita a la línea de batalla “casi por milagro he salvado mi vida” y en otra ocasión, luego de que la artillería enemiga los bombardeara: “nací de nuevo”. Ángel enfrentaba la situación con ayuda de cigarrillos ingleses, cognac y la camaradería de otros soldados. E incluso en algún momento surgió en él una estoica aceptación de lo que pasaba. En septiembre escribió en una carta a su hermana Amalia, que había permanecido en Alicante:

Odiosa es la guerra, pero hay que admitirla, y en ella seamos serenos y cumplamos con nuestra misión. El eje de nuestras vidas no se apartará ni un ápice de su camino porque vea bailar a la muerte en su trono (…) Un día vendrá ella, y entonces juntos volveremos allá de donde la vida nos arranca. ¿Por qué entonces temerla? ¿Por qué temer la guerra? Yo no la temo: por eso aquí como allá (…) vivo bien. Feliz.

Destinado en principio a puestos de observación, Ángel participó también en algunas escaramuzas y en la sangrienta batalla del Ebro. En el curso de ésta cayó enfermo de paludismo y fue llevado a un hospital donde recibió con desagrado (pues “nunca me gustó llevar galones”, dice en el diario) la noticia de su ascenso a cabo. Poco después de ese internamiento, un compañero de armas lo retrató fielmente en un sencillo dibujo a lápiz.

Ángel Miquel Alcaraz. Dibujo de L. Pereda, 1938. Archivo de la familia Miquel.

Las fuerzas republicanas se replegaron, derrotadas, hacia Barcelona. Allí, en los primeros días de 1939, Ángel recayó en su enfermedad y fue hospitalizado. No pudo, entonces, continuar con sus compañeros en su retirada hacia Francia. A fines de enero los nacionalistas tomaron la Ciudad Condal y cuando en febrero Ángel fue dado de alta lo trasladaron preso a un campo de concentración en la ciudad de Reus, donde permaneció hasta el fin de la guerra. De vuelta en Alicante, encontró que la vida se había hecho difícil para quienes, como la mayor parte de los miembros de su familia, no compartían la fe católica ni la ideología conservadora del nuevo régimen. Vicente, su padre, estuvo a punto de ser encarcelado, pero su edad (tenía 66 años en 1939) evitó que cayera en prisión. Como sea, existían viejas redes familiares y de amistad que permitían resistir. Gracias a ellas, ni los padres ni los tres hermanos de Ángel consideraron necesario abandonar España en los barcos cargados de exiliados que zarparon de Alicante el 28 de marzo de 1939.

Ángel regresó al bachillerato e hizo estudios de normalista en 1940. Al año siguiente, fue contratado en la escuela de Crevillente, donde pasó después a administrar una fábrica de alpargatas. En ese pueblo cercano a Elche permaneció hasta 1947, lejos de familiares y amigos. Leía y releía a su admirado Juan Ramón Jiménez y pronto, inspirado por el maestro andaluz, él mismo comenzó a escribir versos. Los primeros están fechados en 1943, pero no fue sino hasta tres años más adelante cuando reunió material suficiente para armar un volumen, 34 composiciones publicadas por un editor de Crevillente bajo el sencillo título de Poesías.

En esos versos el joven escritor expresaba sus deslumbramientos por la naturaleza (“Mira cómo estás herido, mar; / tu dolor en blanco como la azucena…”) y los cuerpos femeninos (“Blanco: / blanco inusitado. / Blanco y rosa / conjugados. / Como la flor del almendro / o como el jazmín y el nardo”); también se manifestaban convicciones éticas, quizá inspiradas por la lectura del mexicano Amado Nervo (“Da todo lo bueno que en tu alma existe”), pero curiosamente no había signos de que el autor hubiese participado pocos años antes en la Guerra Civil. En un breve prólogo, Ángel confesaba haber intentado alcanzar un estado subjetivo, íntimo, desde el que brotaran los poemas “como si se abriera una puerta minúscula en el alma”.

No es casual que esta elección coincidiera parcialmente con la de los jóvenes escritores Vicente Ramos, Rafael Azuar, Francisco García Sempere y Manuel Molina, quienes se empeñaban en revivir el clima cultural y que formaron de hecho la primera generación literaria alicantina de la posguerra. Ángel había sido condiscípulo de Ramos y Azuar en el Instituto de Segunda Enseñanza, pero a raíz de la guerra perdió contacto con ellos. Ramos recuerda así esta época y la labor que se impusieron:

La guerra no pudo destruir nuestras ilusiones; más bien, al contrario, las estimuló con la esperanza de que el arte mejoraría la condición humana. Aquel vasto e inmenso dolor de todo un pueblo en agonía, del que nosotros fuimos testigos y parte, alumbró en nuestra asombrada y amarga adolescencia un fuerte sentimiento de solidaridad y amor. Éramos muy jóvenes y sosteníamos románticamente, como desconociendo la desatada crueldad que nos ceñía, que la sociedad necesitaba nuevos horizontes de belleza que enternecieran su entraña. Y a la poesía fuimos con afán tan puro y noble como alto era el sentido de fraternidad que arrebataba nuestro corazón.

Resulta interesante que Ángel y otros de sus compañeros generacionales eligieran el camino de la poesía intimista casi inmediatamente después de la publicación de libros marcados por la guerra en un sentido muy distinto como Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939) de Miguel Hernández, España en el corazón (1937) de Pablo Neruda y España, aparta de mí este cáliz (1940) de César Vallejo. Por otra parte, también era ajena a la nueva generación de poetas alicantinos la oscuridad verbal. No parecían tener, como los de la Generación del 27, mayor aprecio por Góngora, ni por la experimentación vanguardista que por ejemplo había hecho brotar, entre 1930 y 1931, el Poeta en Nueva York de García Lorca. Al contrario, se declaraban fieles a la clara y sencilla expresión de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.

El tono de los versos del primer libro de Ángel era inocultablemente el del modernismo español. En una reseña anónima aparecida en un diario alicantino se leía que a pesar de que el poeta demostraba tener una “sensibilidad exquisita para captar imágenes”, había incurrido en el uso de recursos de la corriente modernista como el verso blanco y la libertad métrica, por lo que recomendada al autor despojarse de esas influencias y “buscarse a sí mismo en la disciplina de nuestros clásicos”. En otro comentario al libro, Francisco Ferrándiz Alborz defendió al autor de esa “mala, decadente crítica” que aleccionaba al joven artista “refiriéndose a lo que fue nuestro Siglo de Oro”, y explicó que el versolibrismo de Ángel era adecuado pues “en la vida de hoy hay sensaciones que no caben en el molde fijo del verso clásico”. Ferrándiz descubría en el joven poeta saludables influencias de Jiménez y Machado, afirmaba que tenía “fina sensibilidad para la captación del paisaje, y fino corazón para la transparencia emotiva de sus emociones”, y concluía diciendo que el libro mostraba la irrupción “de un inconfundible estilo, creador de belleza”.

En junio de 1947 Ángel retomó la docencia. Fue destinado al pequeño pueblo de Benejúzar. Ahí vivió poco más de un año y dio fin a su segundo libro, Alma en flor, publicado en Alicante en 1948. El libro estaba integrado por 48 poemas en versos libres asonantados, con una musicalidad de nuevo muy cercana a la del modernismo y en los que se desarrollaban temas ya presentes en su primer libro, como la exploración de la intimidad a través de sentimientos y sensaciones, la continua utilización de imágenes naturales (flores, árboles, aves, el mar, la tierra, los diferentes momentos del día y del año…) y la celebración del amor, de dos maneras tradicionales: la expresión de alegría por el encuentro y la de dolor por la lejanía de la amada. En ese libro apareció también un tema que no había estado presente en el anterior, bajo la forma de una elegía dedicada a su padre, fallecido en enero de 1947.

No parecen haberse publicado notas sobre Alma en flor, pero el autor envió el libro a escritores y algunos acusaron recibo con amables cartas. Jacinto Benavente consideró el libro superior al primero, que también había leído; José María Pemán lo felicitó por sus versos “llenos de humano calor, inspiración y soltura de forma poética” y Vicente Ramos dijo que su lectura dejaba “una suave estela de dulzura y quietud espiritual. Poesía intimista, muy subjetiva, sin problemas metafísicos, sin angustias ´tremendistas´, hoy muy al uso, sino con claridad de alma, elevada sobre sus propios sueños azules…”

De Benejúzar Ángel fue trasladado al pueblo de Hondón de las Nieves, en cuya escuela dio clases desde agosto de 1948 hasta el verano de 1949. Allí tuvo una crisis interior que precipitó su decisión de abandonar España. ¿Adónde iría? México, donde miles de compatriotas –entre ellos algunos alicantinos conocidos suyos– encontraron un nuevo hogar después de la guerra, parecía una excelente opción. Escribió a un amigo, quien le aseguró trabajo en una empresa de ese país. Ángel entonces pidió el pasaporte para emigrar. El encargado de darlo sabía de su filiación republicana y lo negaba sistemáticamente, hasta que un buen día el hombre enfermó, fue remplazado y el pasaporte se concedió. Poco después, el 13 de agosto de 1949, Ángel tomó en Madrid el aeroplano de hélice que lo llevaría a México.

Xochitepec, Morelos, 30 de octubre de 2020

http://www.edicionessinnombre.com/

Fuentes

Ángel Miquel Alcaraz, Poesías, Tipografía Pastor, Crevillente, 1946.

Ángel Miquel Alcaraz, Alma en flor, Eutimio, Alicante, 1948.

Vicente Ramos, Literatura alicantina de la posguerra (1940-1965), Manuel Asín, Alicante, 1967.

Georges Soria, Guerra y revolución en España, Grijalbo, Madrid, 1978.

Ángel Miquel Rendón, “Un poeta alicantino transterrado”, El Acordeón. Revista de Cultura, número 19, enero-abril de 1997, pp. 4-15.

Documentos del archivo de la familia Miquel

Francisco Ferrándiz Alborz, “El poeta alicantino Ángel Miquel”, mayo-abril de 1947, mecanuscrito.

Cartas: de Vicente Ramos, 23 de noviembre de 1948; de Jacinto Benavente, 29 de noviembre de 1948; de José María Pemán, 9 de marzo de 1949.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Álbum

Imágenes de personas mencionadas en este blog

De pie a la izquierda, María González; la cuarta y la sexta a la derecha son sus hijas Magdalena (Nena) y Luz Casavantes González. Ciudad Guerrero, Chihuahua, c. 1920. Colección: familia Rendón Hinterholzer
Abajo a la izquierda Ángel Miquel Alcaraz y atrás de él sus padres, María Alcaraz y Vicente Miquel. Xixona, Alicante, 1925. Colección: familia Molina Miquel.
Ángel Miquel Alcaraz. Xixona, Alicante, 1925. Colección: familia Molina Miquel.
Francisco Rendón y Magdalena Casavantes, c. 1931. Colección: familia Rendón Hinterholzer.
Amalia Miquel Alcaraz y Pedro González Guillén. Benidorm, Alicante, 1935. Colección: familia Miquel Rendón.
Magdalena Casavantes con sus hijos Carlos, Flora y Odila Rendón Casavantes. Saltillo, Coahuila, c. 1939. Colección: familia Rendón Hinterholzer.
Ángel Miquel Alcaraz. Barcelona, 1939. Colección: familia Molina Miquel.
Magdalena Casavantes con sus hermanos Manuel (izquierda), Guillermo (de pie) y Octavio (derecha). Chihuahua, años cuarenta. Colección: familia Miquel Rendón.
Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz. Alicante, 1946. Colección: familia Miquel Rendón.
Carlos Rendón Casavantes. Torréon, Coahuila, c. 1955. Colección: familia Miquel Rendón.
Flora Rendón Casavantes y Ángel Miquel Alcaraz, c. 1955. Colección: familia Miquel Rendón.
David N. Arce y niño Miquel Rendón. Torréon, Coahuila, 1958. Colección: familia Miquel Rendón.
Flora Rendón Casavantes con su hijo Horacio Miquel Rendón. Teotihuacán, 1967. Colección: familia Miquel Rendón.
Alfonso Simón Pelegrí con sus hijos y un niño Miquel Rendón. Puebla, c. 1968. Colección: familia Miquel Rendón.
Flora Rendón Casavantes y Alain Derbez. Zihuatanejo, años 70. Colección: Ángel Miquel.
Amalia Miquel Alcaraz y Pedro González Guillén. Alicante, 1980. Colección: familia Miquel Rendón.
Ángel Miquel Alcaraz y Alfonso Simón Pelegrí, Marbella, años ochenta. Colección: familia Miquel Rendón.
Con Alcira Soust Scaffo y al fondo Francisco Montellano. Ciudad de México, 1985. Colección: Ángel Miquel.
Emilio García Riera con su hija Amanda. Ciudad de México, 1985. Colección: familia García Martín.
Juan Carlos Mena. Ciudad de México, 2007. Colección: Ángel Miquel.
Alain Derbez. Ciudad de México, 2007. Colección: Ángel Miquel.
Felipe Leal y Flora Rendón Casavantes. Xochitepec, Morelos, 2008. Colección: Felipe Leal.
En el Café La Biela, Buenos Aires, 2013. Foto: Anna Ribera Carbó.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Diario de llegada a San Signos de Xul Solar

Buenos Aires, 21 de marzo de 2016

A invitación de Amanda García Martín visité hace un rato el museo dedicado a Xul Solar. Hombre atractivísimo, este pintor, escritor, filósofo, astrólogo e inventor a quien no conocía. Como al final Amanda no pudo venir, pude detenerme largamente frente a las piezas que me interesaban. Entre los objetos y documentos expuestos me gustaron sobre todo los dibujos, que tienen un parecido de familia con la obra más o menos contemporánea de Remedios Varo, y unas narraciones hechas a partir de visiones inspiradas en los hexagramas del I Ching. Muy interesante todo. Compré un libro en el que se recopilan textos de Borges sobre él.

Recuerdo que en mi cumpleaños número veinte mis padres me regalaron las Obras completas de Borges, ese tomo inmanejable de más de mil páginas publicado con cubierta verde por Emecé. Para entonces Borges ya era uno de mis escritores preferidos y más de cuarenta años después es uno de los pocos de esa etapa formativa a quienes no he dejado de leer. Sus cuentos y ensayos me interesan menos, pero con alguna frecuencia regreso a sus poemas. Y ahora me da gusto saborear otra vez su prosa clara y precisa en sus admirativos textos sobre Xul Solar.

Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari tenía doce años más que Borges y fue uno de sus principales maestros. Escribe éste: “Creo que yo le debo quizá las mejores horas de mi vida, leyendo y discutiendo, y sobre todo dejándome enseñar por él”. Y en otro lugar confesó, ya viejo, que junto a su padre y a Macedonio Fernández, fue la persona que más lo impresionó, por su trato amable, por su inteligencia, por su sentido del humor. Aunque supongo que al principio debe haberle fascinado también por su rareza. Cuando lo conoció, en 1924, Xul Solar acababa de volver a la Argentina, rebosante de esoterias y vanguardias artísticas, luego de vivir una década en la Europa que sufrió la traumática Primera Guerra. Y a su regreso comenzó a fraguar, casi sin cómplices, una serie de propuestas de reformas a la civilización que Borges resume así:

Quiso recrear las religiones, la astrología, la ética, la sociedad, la numeración, la escritura, los mecanismos del lenguaje, el vocabulario, las artes, los instrumentos y los juegos. Premeditó dos lenguas. Una, el creol, era el castellano de América, aligerado, exaltado y multiplicado; otra, la panlengua, cuyas palabras, mediante el valor de las letras, tenían su propia definición (…) Ideó asimismo un teclado semicircular, que abreviaba la labor del pianista, y aquel siempre inconcluso y siempre más complejo panjuego que, bajo la especie del ajedrez, abarcaba diversas disciplinas y podía jugarse en diversos planos. Todo esto en Buenos Aires…

Café La Biela, 22 de marzo de 2016

Xul Solar me trajo el recuerdo de Diego de Villalobos, inteligente, divertido, cultísimo y quien durante una temporada se volvió algo así como el astrólogo de cabecera de mi madre. Fuimos amigos en México, en los años setenta. Él regresó luego al país donde nació, a vivir con una abuela. En el verano austral de 1985 lo visité en esa residencia porteña de clase alta repleta de polvosos objetos antiguos. Una noche de calor y mosquitos, paseando por la ciudad, me mostró por fuera la casa de Borges cerca de la Plaza San Martín. No suelo tener una aproximación fetichista a la obra o los objetos de las personas que admiro, pero debo reconocer que me emocionó estar frente a ese modesto sitio donde quizá vivía aún el gran escritor.

Uno pertenece inevitablemente a su época. Entre los novelistas o cuentistas argentinos, mis preferencias se detuvieron en Cortázar. Los más jóvenes –incluso los que, como yo, ya pintan canas–, no han llegado a atraparme. He leído libros de Soriano, Martínez, Aira, Piglia… y están muy bien. Pero en mi sensibilidad no le hacen sombra a Borges ni a Cortázar.

Un asunto curioso que tiene que ver con un escritor de acá: una colega de la universidad me encargó la novela María Domecq de Juan Forn. Busqué inútilmente esta obra de edición no muy reciente pero tampoco muy antigua en las librerías de la calle Corrientes. En las de novedades me enviaban a las de viejo y al revés. Tras una enésima negativa, cansado, me disponía a seguir camino hacia el hotel cuando un hombre como de mi edad se plantó frente a mí para sostener el siguiente diálogo:

–Perdone, ¿es usted actor?

–No. Soy mexicano.

–Ah, es que se parece muchísimo a un español que sale en una película hablada en inglés.

–Vaya.

–Déjeme decirle que la segunda edición de la novela que busca aparecerá el mes que viene.

–¿Y usted cómo lo sabe?

­–Porque yo soy Juan Forn.

Aeropuerto de Ezeiza, 25 de marzo de 2016

Después de terminar el trabajo que vine a hacer, volví apresuradamente al museo a comprar Los San Signos. Xul Solar y el I Ching. El libro contiene las visiones suscitadas en este escritor tras meditar en cada uno de los 64 hexagramas del libro sapiencial chino. Los registros están fechados entre 1924 y 1935 y fueron expresados en neocriollo o creol, lenguaje artificial de invención propia basado en raíces españolas y portuguesas. Se trata con toda seguridad del único libro publicado en esa lengua, que por lo menos ha tenido otro hablante además de Xul Solar, el profesor estadunidense Daniel E. Nelson, a quien se da crédito por la transcripción y el establecimiento de los textos, así como por su traducción al español.

Xul Solar debe haber sido uno de los primeros en aprovechar la traducción del I Ching de Richard Wilhelm, publicada en alemán en 1923. Sólo que –típico en él– no la usó a la manera tradicional como un instrumento para atisbar en la propia fortuna, sino para expandir sus experiencias de forma parecida a como ocurre en los sueños, aunque bajo control consciente y con la guía proporcionada por la estructura de cada hexagrama. Y en efecto sus visiones parecen divertidos (o aterradores) sueños, como muestra este fragmento que describe algo de lo que encontró tras el hexagrama XXI:

De repente veo (…) un ejército celestial (…) con dioses, ángeles y genios. Uno que es militar allí es una aglomeración de cabezas de distintos tamaños; otro es un pequeño cuerpo humano con rápidos miembros arácnidos; otro es de múltiples alas con sendas manos en sus puntas; otro es como una flor que se mueve (…); otro es una cabeza esférica con seudópodos abajo; y hay tantos tan diferentes a su manera en todas las nuevas combinaciones posibles, todos armados con dardos biológicos, con lanzas que son cintas de luz, con insignias de plumas de fuego y chispas, con cosas semejantes a banderas que sofocan a la hueste.

Al margen del género en el que estos textos se puedan clasificar (un par de ellos fueron publicados en revistas literarias), Xul Solar los consideraba ante todo como descripciones de los universos a los que se había asomado. Y por eso, anticipando que serían rechazados por sus contemporáneos, no aconsejó divulgarlos hasta que las condiciones fueran propicias para su recepción, lo que finalmente ocurrió en este libro ¡ochenta años después de haber sido escritos! En ese sentido, Borges alegó en su defensa, en una conferencia de 1965:

…yo querría hacer notar un curioso hecho y es que todos estamos listos a creer en visiones antiguas, nadie pone en duda las visiones de los místicos de otras épocas (…) (pero) no se le permite ser visionario a ninguna persona viviente, entonces ya se lo considera como un loco, como un charlatán, como un impostor o como un engañado. (…) quienes creen en las visiones de Blake, o quienes creen en la Revelación según san Juan (…), tildan de loco a quien les dice que ha visto algo que no ven los ojos corporales. Pues bien, yo soy escéptico de esa forma de escepticismo, yo creo en la facultad visionaria (…) y yo creo en la verdad de lo que los ángeles le dijeron a Xul.

Xochitepec, Morelos, a 14 de octubre de 2020

Fuentes

Los San Signos. Xul Solar y el I Ching está impreso en tamaño algo mayor a carta (22.5 x 28.5 cm), con la tipografía en dos tintas (el neocriollo en rojo y el español en negro) e incluye un anexo a colores con acuarelas y otras obras plásticas del autor, que sugieren plasmaciones visuales de lo recogido en los textos. Envuelve al libro una camisa café que se ata con una cinta de cuero. La edición estuvo al cuidado de Patricia M. Artundo, quien también aporta una descripción de los materiales originales y explica los criterios seguidos en su transcripción; esa nota se suma a la introducción de Nelson y a otros textos de Borges, Elena Montero Lacasa de Porvarché y Leandro Pinkler y M. Soledad Constantini para redondear la información sobre el proyecto. El volumen fue publicado en Buenos Aires y 2012 por la Fundación Pan Klub, el Museo Xul Solar y la editorial El Hilo de Ariadna en la colección Catena Aurea.

Jorge L. Borges recuerda a Xul Solar. Prólogos y conferencias, 1949-1980, Fundación Internacional Jorge Luis Borges / Museo Xul Solar / Fundación Pan Klub, Buenos Aires, 2013.

https://www.xulsolar.org.ar/

http://www.museodeartecarrillogil.com/exposiciones/exposiciones-temporales/xul-solar-panactivista

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Antes de la batalla de Marcos Límenes

¿Qué es Antes de la batalla, un cuento, una novela gráfica, una historia de cine, una historia para el cine? En realidad, tiene un poco de todo esto, es lo que podría llamarse un libro híbrido, como el personaje mitad toro y mitad ser humano que se muestra en su portada. Y desde esta in-definición del género de este libro que ha escrito, dibujado y editado Marcos Límenes nos vamos familiarizando con una de sus principales características, la de dejar en el ánimo de quien se acerca a él una agradecible sensación de extrañeza. La causa última de esto, creo, es que la búsqueda de sí mismo –que es de lo que trata fundamentalmente la obra–, no puede arrojar más que resultados conjeturales, inciertos, misteriosos. Pero ese tema difícil es además abordado mediante una armazón técnica (o, mejor dicho, artística), que refuerza el efecto de extrañeza al mezclar, primero, las dimensiones de la realidad y de la ficción, y después las de la ficción y de la ficción dentro la ficción.

Veamos: un personaje busca en Internet información sobre su apellido, que es Límenes. Seguramente lo lleva a esa búsqueda la constatación previa –quizá derivada de la consulta del directorio telefónico y otras fuentes– de que hay pocos Límenes en la región donde vive. Lamenta esa escasez. Se siente un poco desamparado sin esa familia amplia que da lugar a las multitudinarias fiestas de los Sánchez, los Rodríguez y tantos otros. Es cierto que Límenes proviene con alguna seguridad del castellano Jiménez, pero los Jiménez de su barrio no lo reconocen como a uno de los suyos. En algún lugar, en algún momento, la transformación del apellido fue una marca de exclusión que, con el tiempo, se convirtió en una marca de distinción. Por eso Límenes no quiere saber tampoco nada de los Jiménez de su localidad. Así que busca a los suyos más allá, en cualquier punto del planeta, valiéndose de Internet. Por suerte encuentra pronto a un Gennady Límenes en San Petersburgo, con quien de inmediato se reconoce e intercambia datos. Y la búsqueda arroja para él también el prometedor resultado de que hay una pequeña aldea en el sur de Creta cuyo nombre es Kali Límenes. Valiéndose ahora del Google Earth, el internauta explora el territorio de esta región amiga, y después de reconocer sus particularidades concluye descorazonado que “debe ser uno de los lugares más aburridos de la tierra”. Hasta aquí, como ustedes pueden ver, nos encontramos con una descripción realista de las más bien decepcionantes exploraciones a las que nuestro amigo Marcos tal vez se haya aficionado por las noches en el estudio de su casa en Santa María.

Entonces empieza la ficción. Como una suerte de anticipación tecnológica, el Google Earth que utiliza el personaje no ofrece sólo fotos, sino que puede también registrar la vida en tiempo real de quienes viven en Kali Límenes y el resto de la isla de Creta. Gracias a este recurso el investigador de sí mismo puede transmitirnos algo de las actividades diarias de dos muchachos de esa región, y también de las de un hombre y una mujer que están ahí, un poco haciendo turismo y otro poco trabajando, pues son los protagonistas de una película que se filma precisamente en Creta y que trata nada menos de los prolegómenos de la guerra de Troya. Pero ninguno de esos cuatro individuos lleva, que sepamos, el apellido Límenes. Como es claro, la búsqueda de las fuentes familiares ha cedido paso gustosamente a la exploración imaginaria de vidas y acontecimientos a través de otros personajes.

Y es entonces cuando llegamos a la ficción dentro de la ficción. Así como el Límenes del libro brinca de su dimensión real para convivir con los personajes a los que observa a través de ese Google Earth perfeccionado, de igual manera estos cuatro sujetos, dos muchachos griegos y el hombre y la mujer extranjeros, brincan de la dimensión en la que existen como personajes al involucrarse en la filmación de la película. En realidad, no los vemos en acción (es decir, como actores que interpretan a tal o cual personaje), pero la sola condición de ser eventualmente otros les proporciona una categoría que los des-centra y los vuelve susceptibles de participar en acontecimientos extraordinarios.

En estas tres dimensiones, la de la realidad, la de la ficción, y la de la ficción dentro de la ficción, ocurren fascinantes desarrollos, navegaciones y entrecruzamientos de los que ahora llaman intertextuales que no quiero quitarles el placer de descubrir por ustedes mismos. Sólo diré que una de las claves del libro, condensada en el título Antes de la batalla, se da en la tercera y más profunda capa de la cebolla, la de la ficción dentro de la ficción, pues por una circunstancia inesperada se retrasa la filmación de la escena en la que los marinos y soldados aqueos deben embarcarse para hacer la guerra contra Troya, por lo que hasta nuevo aviso de los productores queda suspendido el destino de esa larguísima conflagración de diez años, y con él el de la literatura y la civilización occidentales, y probablemente hasta el de la genealogía de los Límenes. Entonces todo en el libro de Marcos ocurre en cierta forma en ese lapso en el que nada se decide aún: el tiempo de la espera, un tiempo, como escribe el autor, “estirado hasta el infinito mientras los hombres aguardan” y que tiene “un halo de grandeza, algo de solemne y sagrado”.

Junto a los procesos intertextuales, hay además en Antes de la batalla un procedimiento intermedial que hace coexistir la palabra con la imagen. Una parte del libro se presenta bajo la forma de breves capítulos, y otra con dibujos y grabados que no están ahí, como ocurre en otras obras, para ilustrar lo dicho con palabras, sino que crean con recursos visuales una narración propia y alternativa. Un ejemplo de los efectos virtuosos que puede producir esta relación entre medios se da en un pasaje en el que la joven mujer con su acompañante, quienes como ya dije participan en la filmación de una película y hacen turismo para cubrir las horas muertas que ocurren “antes de la batalla”, son llevados a conocer un sistema de cuevas a la orilla del mar por los dos muchachos del pueblo que son extras en la misma filmación, y quienes también están aburridos y quieren ganarse unos dracmas (o euros) guiando a los extranjeros por la zona. La narración, que antes nos ha informado acerca de la hipótesis sostenida por arqueólogos e historiadores de la posibilidad que el laberinto mítico construido por Dédalo para encerrar al Minotauro fuera un sistema de cuevas localizado en Creta y tal vez en la misma Kali Límenes ubicada por nuestro internauta, deja ahí a los cuatro personajes, antes de internarse en ese territorio oscuro. Entonces se interrumpe la dimensión de la palabra y el discurso gráfico se hace cargo para mostrar, en siete grabados puestos en páginas sucesivas, lo que sucedió o pudo suceder después. Vemos primero a los personajes flotando en llantas en el mar y luego sus siluetas recortadas en la boca de la cueva; en los siguientes cinco grabados, de manera desconcertante, los hombres desaparecen y sólo queda la joven que, de pronto, es tomada de la mano por un toro humanizado.

Las imágenes son ambiguas, no esclarecen como suelen hacer las palabras. Cuando la narración se interna en ese territorio, el lector/espectador es invitado a crear su propia interpretación. Podría por ejemplo ocurrir, si el toro humanizado es el Minotauro, que en ese encuentro ocurrirá una nueva puesta en escena del sacrificio al que, según el mito, sometían cada nueve años los cretenses a niños y niñas de la sojuzgada Atenas. O podría pensarse en literalmente cualquier otra posibilidad realizable entre una muchacha y un animal humanizado que se dan la mano en una dimensión física, emocional, mental o espiritual –incluso la que sugieren algunos dibujos posteriores del libro, en los que los dos personajes parecen haberse convertido en un solo ser, que podría ser una vaca humanizada o bien un Minotauro travestido.

La misma invitación a la interpretación (o a la participación) de los lectores fue hecha por Marcos en su libro anterior, La serpiente roja (Los Cuadernos de Quirón, 2014), en el que hay una parecida mezcla de dibujos y grabados con palabras. Y también entonces la intermedialidad estuvo al servicio de la búsqueda de sí mismo. Porque si en Antes de la batalla se da una investigación que lleva a la ubicación, real o ficticia, del apellido Límenes en San Petersburgo, Tesalónica, Chicago y otras tierras, y por lo tanto al establecimiento de relaciones de parentesco reales o ficticias con personas de esos lugares, en La serpiente roja Marcos buscó establecer, con motivo de una súbita y grave enfermedad, bajo qué condiciones podía afirmar que su cuerpo era su persona. Para ponerlo de otro modo: en La serpiente roja Marcos exploró cómo y dónde está él, en relación con su cuerpo; en Antes de la batalla cómo y dónde está él, más allá de su cuerpo, en esa extensión de la persona que llamamos parientes, antepasados, árbol genealógico. La búsqueda, en ambos casos, arrojó resultados singulares. Leemos en La serpiente roja: “No soy yo, señores. Mi cuerpo ha sido invadido por un extraño que lo maneja a voluntad”, y la última frase de Antes de la batalla es: “No conozco Grecia y por más que me he afanado no he logrado encontrar rastro alguno de la familia Límenes en ese rincón del planeta”.

En realidad, no tiene demasiada importancia la conclusión alcanzada por Marcos en cada caso, pues sus investigaciones fueron, sobre todo, el pretexto para contar una historia. Tanto mejor si en el trayecto el autor logró atenuar la angustia de sentirse enfermo o conocer la geografía de una isla griega, pero esos como los otros posibles resultados de sus búsquedas se subordinan claramente a lo que, en las dos obras, alcanzó el artista. Él mismo lo considera así. Leemos en Antes de la batalla:

Dicen los que han pasado por la terrible experiencia, que en el momento de un accidente automovilístico de cierta magnitud uno ve su vida entera, como si fuera una película (…) Ahora bien, ¿qué pasaría si la película (…) no correspondiera a la vida de uno sino a la de alguien más? ¿O quizás, de manera más razonable, que los hechos presentados escapen parcial o totalmente a la vida de uno? Bastaría un solo acontecimiento fuera de lugar, un rostro borroso, una voz equivocada para que todo se convirtiera en mentira.

Incluso esta extrema consideración de la posibilidad de que la vida que uno ha vivido resulte a fin de cuentas falsa, es, dice Marcos, intrascendente. Porque “lo que perdura es la intriga (…), tal como ocurre en una película”. Lo que perdura e importa e interesa es que la historia esté bien contada. Y eso ocurre, sin duda, en Antes de la batalla.

Xochitepec, Morelos, 20 de septiembre de 2020

Texto de la presentación del libro en la Casa Refugio Citlaltépetl el 11 de febrero de 2015; puede conseguirse en Edición Kindle.

http://marcoslimeneslibros.blogspot.com/

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Dos de Alain Derbez

El jazz según don Juan y más silbables ráfagas (La Zonámbula, Guadalajara, 2013)

Alain y yo somos amigos hace casi cuarenta años, y por temporadas hemos sido de esos amigos encimosos que necesitan estar en contacto, saber qué hace el otro, tenerlo ubicado todo el tiempo. Como tenemos relaciones más bien raras con los teléfonos (por ejemplo, aún no nos animamos a usar los llamados inteligentes), hemos mantenido nuestra comunicación viva en buena medida por escrito. Hace años vivíamos en el Distrito Federal y nos mandábamos cartas cuando viajábamos; llegó un tiempo en el que nos mudamos a ciudades de rumbos muy distintos, y nos acostumbramos a enviarnos correos, casi siempre compuestos de unas cuantas palabras en clave. Esos correos en que festejábamos o deplorábamos la actuación de nuestros equipos de futbol y comentábamos la vida política o la familiar, servían sobre todo para ubicarnos y mantenernos en comunicación. Y esta costumbre permaneció cuando coincidimos de nuevo en la misma ciudad, donde en lugar de llamarnos nos escribimos.

Hace unos años, usando también el correo electrónico, hicimos una novela juntos, un poco a la manera de los autores de Fantomas, Marcel Allain y Pierre Souvestre, en la que le planteábamos al otro problemas que le pasaban a los personajes que de manera no muy disfrazada éramos nosotros mismos y que el otro tenía que resolver de alguna forma, al mismo tiempo que preparaba el siguiente conjunto de situaciones para que lo resolviera el que estaba del otro lado del mundo, en la otra computadora. Quedó una novela que se titula Usted soy yo, que en 2008 ganó el premio “Jorge Ibargüengoitia” y que al año siguiente fue publicada por Ediciones La Rana de Guanajuato.

Pero aquí no quiero sólo presumir y enorgullecerme de mi amistad con Alain. Lo que quiero además es aprovechar haber sido durante tanto tiempo algo así como un testigo de su vida para mostrarles alguna de las tramas biográficas que subyacen a los ritmos y a las hermosas e inusuales combinaciones de palabras de este poemario, actualización de El jazz según don Juan y otras silbables ráfagas (lo que quiere decir: otros poemas) (unasletras, 2006), que a su vez había establecido pertinentes vasos comunicantes con los primeros libros de versos del autor: Zenón tuvo razón (La Máquina de Escribir, 1980), Desnudo con la idea de encontrarte (Katún, 1985) y Amar en baños públicos (Joaquín Mortiz, 1992).

En El jazz según Don Juan y más silbables ráfagas se muestra, sobre todo, una profunda devoción por el jazz. Pero esa devoción, ¿de dónde proviene? De acuerdo con mi experiencia, para la gente de nuestra edad, en México, este tipo de música era una excentricidad. No era un gusto que tuvieran mis parientes, amigos o compañeros de escuela, ni que se divulgara en otros espacios aparte del programa que tenía desde siempre Juan López Moctezuma en Radio UNAM. De hecho, antes de ser amigo de Alain sólo conocía a una persona que lo escuchara, mi tío Jaime Santos, admirador del Modern Jazz Quartet y seguidor del futbol americano ¡mexicano! Para estar en ese gremio había que ser de alguna forma distinto.

Alain, quién lo duda, siempre lo fue: su credo anarquista lo hace de entrada minoría, y en sus muchos campos de actividad, la música, la literatura, la historia, la radio, el periodismo, navega a su aire. No pertenece a ninguna capilla reconocida, ni a una corriente identificable de la cultura. Pero metido ahí, como desbalagado, tiene la fuerza necesaria para ir labrando, como en una montaña rocosa, su main stream. Es cierto que al mismo tiempo tiene una veta más acorde con el resto de la sociedad –que lo hace, por ejemplo, ser buen esposo y padre de familia, fanático del Atlante, gran conocedor del cine mexicano de la época de oro, periodista y tuitero que critica a los malos políticos, y escritor muy apreciado de boleros y otras canciones populares–, pero incluso esa veta es, para mí, una concesión, la cuota que su excentricidad se ve obligada a pagar al entorno en el que vive.

Por todo esto el jazz encontró en Alain un prosélito perfecto. Ya antes de este libro había demostrado su devoción en otros donde historiaba y divulgaba ese arte, como la antología Todo se escucha en el silencio. El blues y el jazz en la literatura (UAZ y UAS, 1998) o El jazz en México. Datos para esta historia, del que el Fondo de Cultura Económica ha hecho sucesivas ediciones corregidas y aumentadas hasta llegar, en las más recientes (en papel, 2012; electrónica, 2014), a un volumen de casi mil páginas.

En nuestra adolescencia estuvimos un tiempo en París. Teníamos el pelo largo, una que otra ilusión y muy poco dinero. En un restaurante dilapidamos nuestros últimos ahorros. El piano del lugar estaba libre. Alain se levantó de la mesa y se puso a tocar. Hubo aplausos y propinas con las que pudimos comprar otra botella de vino. Desde entonces me consta que hace jazz. Luego, en México, estudió con Henry West, quien le enseñó los misterios del dominio del escenario y de la respiración circular. Cuando el maestro le otorgó el derecho de usar el saxofón, como si lo hubiera ungido caballero en una ceremonia medieval, Alain empezó a hacer música profesionalmente, al lado de compañeros como Emiliano Marentes, Juan Cristóbal Pérez Grobet, Gerardo Bátiz, Montserrat Revah, Jazzamoart, Iraida Noriega, Messe Merari, Paco Aragón y algunos otros. Desde hace años presenta con sus grupos Sonora Onosón y Código Postal en distintos lugares del país y también en festivales en el extranjero, como el canadiense de Guelp. Ha editado discos con esos grupos, además del que hicieron sobre canciones escritas por él intérpretes que incluyeron a Tania Libertad, Eugenia León, Óscar Chávez y Alex Lora. Como era de esperar en un músico que al mismo tiempo es escritor, este género tenía que aparecer en un lugar prominente de su obra literaria.

En ese viaje de nuestra adolescencia Alain llevaba en la mochila una edición de “El perseguidor”, cuento maravilloso en el que Julio Cortázar hace que un personaje experimente la maleabilidad del tiempo que todos los demás apenas atisbamos en los sueños o en instantes sublimes como los propiciados por el amor, el arte u otras drogas. La noción del tiempo uniforme y rígido que por lo común asumimos en nuestros horarios desaparece para este personaje, inspirado en el gran saxofonista Charlie Parker, que se extravía en la interpretación de su música al grado de llegar a sentir: “Esto lo estoy tocando mañana”. Charlie Parker y Julio Cortázar son dos de los que aparecen en los poemas de este libro, como John Coltrane, Miles Davis, Thelonius Monk, Gato Barbieri, Eric Dolphy, Charlie Mingus, Louis Armstrong, Sonny Rollins y otros grandes jazzistas que, como en una jam-session, se presentan, nos dan placer tocando y vuelven a la sombra. Pero también hay otros nombres incluidos, de personas que no son músicos pero que tuvieron la suerte de haber pertenecido, al menos por un tiempo, al círculo cercano de Alain, como un Marcelo bebedor de pernod y calvados; como una cantante que, dice, “me ha guardado el mar en la cabeza / robándome el silencio”; como la indefinible y entrañable Malka, que usaba suéteres de lana y poco más, o como la otra Janis, que juntaba algunos francos mañana tras mañana para adquirir “crepas, Gauloises y viento”. Y a este grupo de músicos y no músicos, a esta fiesta, también se suman Marlon Brando, José Revueltas, Vincent Van Gogh, Igor Strawinski, Ludwig Wittgenstein, ¡hasta Dios y el Diablo!, orquestados todos por Don Juan, que no es el que enseñó a Carlos Castaneda el arte del ensueño, sino otro, más viejo y joven a la vez que el indio yaqui, y que revive entre nosotros los días de muertos.

“Nadie podrá robarme el siglo XX”, dice Alain en uno de sus poemas. Y de ahí habría que partir para interpretar este conjunto de nombres, esta fiesta por la que transitamos, en medio de acordes deliciosos, con deliciosa gente. Porque el siglo XX –con todos sus horrores– tiene, entre otros remansos, la alegría del jazz. Y gracias a esta defensa que hace Alain, gracias a sus poemas, a sus libros de cuentos, a sus discos, a sus programas de radio, estamos en condiciones de recomponer la historia, de enhebrar el pasado con fragmentos felices. El jazz según Don Juan y más silbables ráfagas no es por eso un libro como nuestras vidas, sino como lo mejor de nuestras vidas, como esos instantes plenos en los que estamos en comunión con todo. Alguna noche de vino y hierbas fumables –y aquí robo la frase que Julio Cortázar escribió acerca de otro poeta–, con The Soft Machine o John Coltrane afelpando el aire de reconciliación y contacto, lean en voz alta los poemas de Alain. Léanlos como si los silbaran, como si los cantaran, como si los estuvieran convirtiendo en música. Y al leerlos así sientan que los están leyendo mañana.

Antes muerto (Al Gravitar Rotando y El Imperdible, Guadalajara, 2017)

Al personaje principal de esta novela alguien le hace una pregunta a la que es incapaz de resistir: “¿Qué has leído?” Y la respuesta que ese narrador fragua en primera persona en las miles de palabras que siguen no sólo forma el cuerpo de la novela, sino que da buena cuenta de lo que él es.

¿Qué ha leído? En la bibliografía que, como si fuera un ensayo académico, aparece en las últimas páginas del texto, se enumeran nada menos que ciento cincuenta títulos que, con sus respectivos autores, han sido mencionados a lo largo de la obra. Pero más que conformarse con acomodar esos títulos y autores en simples y breves menciones, lo que hace el narrador es trabajar sobre ellos, exprimirlos, glosarlos o citarlos directamente, con argucia y también con pasión, de tal forma que nada de los trozos que arranca a esas obras parece fuera de lugar ni produce indiferencia. Hay que imaginar al narrador haciendo ese trabajo a través de un fichero con miles de tarjetas ordenadas, porque otra cosa que resulta clara pronto es que venera a los libros y no soporta siquiera la idea de lastimarlos subrayándolos con pluma o marcándolos con color amarillo.

Al llegar a las últimas páginas de Antes muerto, el lector tiene la certeza de que esos ciento cincuenta títulos, con sus respectivos autores, tienen algo en común. Y no es que, por decir algo, puedan hacerse ligas temáticas o comparaciones estilísticas entre De perfil de José Agustín y La prueba de Agota Kristof, o entre Viviendo mi vida de Emma Goldman, Novela con cocaína de M. Aáguev y Oración del 9 de febrero de Alfonso Reyes, pero todos ellos, junto con los ciento cuarenta y cinco que faltan, comparten el rasgo definitivo de haber sido masticados y digeridos por el glotón de palabras que nos los refiere, y quien no por nada, en un arranque de culpa, confiesa que está algo excedido de peso.

Entonces no es un nómada, ese personaje, sino un sedentario que vive –él mismo lo cuenta– en una habitación sombría, rodeado naturalmente de libros, recortes de periódicos, y seguro también de fichas y discos, pues revela en varios lugares que el placer de la lectura siempre se acompaña en él de complementos musicales. Desde ese cuartel general habla o escribe, entonces, aunque desde la primera página se adivina que no sólo de libros, sino también de quién era él al leerlos, qué música escuchaba, con quién los comentaba… Este contexto de la lectura perfila al mismo narrador en otros tiempos, cuando no estaba ahí, solo, viendo correr a las ardillas por el jardín que asoma por su ventana, y también antes, desde luego, de que alguien (¿una voz interna?, ¿la de un impertinente semejante?, ¿la de un ser sobrenatural?) formulara la incisiva pregunta sobre los libros que ha leído. Y gracias a esa rememoración derivada de asociaciones contextuales nos enteramos de que él es lo que se conoce comúnmente por un romántico, es decir, un personaje que tiene constantes contrapartes en el campo de los afectos, que en el caso que nos ocupa son una ex pareja, una novia de adolescencia, una amiga fiel, e incluso una inopinada admiradora que le escribe una larga carta definiéndose físicamente así: “tengo el cabello negro y largo, y aunque estoy bien formadita, mucho más grande una parte del cuerpo que otra”. Sabemos que una de estas contrapartes lo dejó por irse con un músico, otra con su psicoanalista y otra por la muerte, pues se tiró de un edificio, pero no todo es pérdida en esta historia, pues hay una que espera al narrador en la sección de frutas y verduras de un supermercado… Naturalmente distintas, estas mujeres tienen sin embargo un vago parecido de familia, y desde luego ejercen todas una poderosa influencia sobre el solitario y tímido y a pesar de todo galán narrador, quien afirma asimismo haber tenido con alguna de ellas dos hijos, y adoptado un perro.

Pero ni libros leídos, ni contrapartes femeninas, ni hijos, ni perro son lo más importante de Antes muerto, como tampoco lo son la anécdota romántica ni el mensaje ácrata que se desliza, entre no muy ocultas líneas, en muchas de las obras mencionadas. Lo que mantiene en vilo al lector de este texto es, simple y llanamente, una voz que enuncia palabras que se encadenan para crear gozosas texturas. Por poner un breve ejemplo: “Si esto fuera una milpa tal vez estaría hablando de un universo cuajado de tuzas y tepezcuintles y si de una peluca se tratara mencionaría las marrones liendres apiñadas acechantes buscando eclosionar en hospitalario cuero vivo.” Oraciones como ésta, trazadas en varias lenguas, porque quien cuenta tiene la gracia de ser políglota, crean en el lector, además del placer de descubrir combinaciones insólitas, patrones rítmicos o melódicos derivados, quizá, de la música que circunda a quien las fragua.

Ésta sería, entonces, una de las explicaciones del placer que produce la lectura de la novela. Otra, tan importante como la primera, es que Antes muerto constituye un auténtico muestrario de la digresión, es decir, del alejamiento de lo que se supone el asunto principal de la exposición, para ocuparse de algo al parecer secundario que está sin embargo relacionado con aquél. Todas las novelas, en principio, prometen una meta a la que habrá de llegarse después de que el protagonista padezca inumerables retrasos y desviaciones. Sólo que en este caso no se da la acostumbrada digresión en la acción, en la que un personaje va de un sitio a otro (o de un desarrollo temático a otro), llevado por la casualidad, la pena amorosa o el hambre, sino más bien una digresión lingüística, manifiesta en las innumerables asociaciones que los significados y los sonidos de las palabras sugieren al narrador. Pongamos por caso el desarrollo de un pasaje en el que al examinar la cuestión de por qué los libertarios escriben autobiografías, el que dos de ellos hayan sido geógrafos, el ruso Pedro Kropotkin y el francés Eliseo Reclus, lleva al inquiriente a preguntarse si habrá en el Circuito Geógrafos de Ciudad Satélite calles con sus nombres, lo que enseguida deriva en la mención de las celebradas y coloridas torres del periférico, y de las actividades de un imaginario habitante de la calle Eliseo Reclus, que desemboca en esta efusión lírica:

…¿cree usted que el habitante de la casa construida debajo de un muy visible depósito de agua (…), seducido por la bondad de vender su vida a crédito, distraído tarareando mientras encera dominicalmente el auto luego de haber gastado una velada escuchando la pieza ´Sapo cancionero´ en ocasiones varias en una peña folklórica pardamente iluminada con estrategia dentro de un centro comercial que suple al provinciano kiosko añejo ya caduco, se hubiera enterado del largo escrito del francés dedicado a México en su Geografía universal publicada en castellano en 1905?

A lo que sigue, pronto, la transcripción fonética de lo que canta (o recuerda) del “Sapo cancionero” el satelitense que encera el auto. De traslados como éstos, que con frecuencia incluyen chistes, recuerdos, doctísimas citas, albures e intromisiones de otras voces salidas de recortes de periódicos, está empedrado el camino de Antes muerto. Naturalmente, se inscribe por eso en una tradición que se remonta a un libro que no aparece entre los más recientes leídos por el narrador, el Tristam Shandy de Sterne y que incluye otro que sí, el Ulises de Joyce.

A este énfasis sobre una determinada zona de la materia novelesca corresponde el que la mayor parte de los personajes de Antes muerto no tengan trayectorias o recorridos existenciales muy definidos. Por ejemplo, no sabemos si las señoras que acaban de describirse son reales o imaginarias; si viven en el recuerdo o en el sueño, o si tienen una palpable manifestación física, con partes del cuerpo más grandes que otras. De hecho, esas contrapartes están ahí, como todo lo demás que aparece en esta novela, como un señuelo para que el lector siga enganchado por lo que lee. Y sin embargo sí hay en Antes muerto un personaje perfectamente delineado, el del docto, tierno, inteligente, hipersensible y curioso observador de las costumbres de las ardillas que cuenta esta historia. Ese perfil se va forjando, claro, a través de lo que dice haber leído, pero también en sus numerosos monólogos derivados de momentos de introspección y que revelan su afición por coleccionar cosas, por encontrar diptongos, por comer y cocinar… El único atributo tradicional del que carece es, en realidad, el de un nombre propio con sus correspondientes apellidos. Pero eso no es obstáculo para que se muestre como uno de los más memorables y entrañables personajes que hayamos conocido en las obras leídas en el milenio que corre (y que nadie nos pregunte, por favor, lo que hemos leído) de la literatura mexicana.

Xochitepec, Morelos, 15 de septiembre de 2020

Textos para las presentaciones respectivas en el Centro Xavier Villaurrutia de la colonia Condesa el 13 de agosto de 2015 y la Librería Bonilla de Coyoacán el 14 de abril de 2018.