De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

El Decamerón, traducido por Daniel Tapia

En adaptaciones buenas, regulares o malas, el cine me ha hecho conocer una gran cantidad de obras literarias. Es el caso de El Decamerón (1971) de Pier Paolo Pasolini, exhibido en el CUC y otros cineclubes de la Ciudad de México a los que asistí devotamente a partir de mediados de la década de los setenta. Nunca he sido muy afecto a las películas de Pasolini, pero recuerdo que El Decamerón me gustó por su muy libre representación del erotismo y por el sentido del humor que se desprende de los diálogos y las complicadas situaciones en que se enredan los personajes. La película no tuvo, sin embargo, el poder de llevarme a la lectura de la obra de la que partía, lo que sí me ocurrió, por ejemplo, con otras cintas italianas que debo haber visto más o menos por los mismos tiempos, El Gatopardo (1963) y Muerte en Venecia (1971), adaptaciones de Luchino Visconti de las novelas de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y Thomas Mann. Sólo ahora, cuando vivimos la experiencia de un confinamiento similar al de los personajes del libro de Boccaccio, me dieron ganas de conocerlo.

Un paseo por Internet me hizo saber que el Decamerón fue escrito y publicado pocos años después de que la peste negra devastara Florencia en 1348. También que la Iglesia lo incluyó en el Índice de libros prohibidos. Esto último tuvo la consecuencia de que sus cuentos se difundieran mutilados o parafraseados por censores, editores y traductores; por otro lado, impresores de obras libertinas seleccionaron piezas que ofrecieron, corregidas y aumentadas, a su voraz público lector. Así, una buena parte de lo que se popularizó como obra de Boccaccio se transmitió deformada por la censura, la autocensura o el interés comercial.

Uno de los resultados de estos usos fue que rara vez se publicara el Decamerón completo. En un ensayo reciente, Cesáreo Calvo Rigual reporta sólo tres traducciones al castellano en el siglo y medio transcurrido entre 1800 y 1940. Una cuarta, realizada por Daniel Tapia, se publicó en México en dos volúmenes por la Editorial Colón y en 1947, bajo el título de Cuentos (El Decamerón). En el conceptuoso prólogo que la acompañaba, Salvador Novo escribió que lo satisfacía ver que el libro apareciera “en una edición completa y fielmente interpretada”, que por un lado permitía mostrar “la conciencia cristiana y la revelación pagana de la vida” que forjaron “la dualidad manifiesta en la arquitectura de la cultura occidental”, y por otro situaba a Boccaccio, inequívocamente, “en el alto sitial que le corresponde dentro de la literatura”.

Daniel Tapia Bolívar nació en 1908 en Madrid. Su vocación juvenil por la creación lo llevó a publicar en esa capital sus narraciones San Juan (Biblioteca Nueva, 1935) y Ha llovido un dedito (Espasa Calpe, 1935), pero la derrota del bando republicano en la Guerra Civil determinó que su carrera tuviera que continuar en el exilio. En la Ciudad de México, adonde llegó en 1939, colaboró en revistas literarias y publicó las obras de tema taurino Teoría de Pepe Hillo (Colección Málaga, 1945) y Breve historia del toreo (Editorial México, 1947). Pero en su país de adopción Tapia se ganó la vida, durante muchos años, ejerciendo el oficio de traductor. Se publicaron versiones suyas de novelas de los franceses Alexandre Dumas, Pierre Loti y Michel Zévaco, y su trabajo dio como principal fruto una versión completa de Las mil noches y una noche, además de la del Decamerón. Casado con Pilar Villalba Ruiz e integrado al grupo del Ateneo Español, trabajó después en los ramos editorial y de las artes gráficas. Murió en México en 1985.

La Editorial Colón pertenecía al malagueño y también exiliado Rafael Giménez Siles, quien entre 1928 y 1939 había tenido en España la Editorial Cenit, de inconfundible vocación marxista. Al pasar a México, Giménez Siles encabezó la creación de la Editora y Distribuidora Ibero-Americana de Publicaciones S.A. (EDIAPSA) con su cadena de Librerías de Cristal, así como la de una serie de editoriales de diverso alcance. Editorial Colón, cuya primera publicación fue en 1946 la autobiografía de León Trotsky, vivió apenas dos años, con un breve conjunto de lanzamientos. Mayor fortuna tuvo la Compañía General de Ediciones, fundada por Giménez Siles en 1949 con el narrador chihuahuense Martín Luis Guzmán. En alrededor de una década aparecieron ahí todos los libros éste, junto con obras de autores mexicanos (Fernando Rojas González, Josefina Vicens, Sergio Fernández, Artemio de Valle-Arizpe), de otros países latinoamericanos (Porfirio Barba-Jacob, Alejo Carpentier), de españoles en México (José Gomís Soler, Florentino Martínez Torner) e incluso de españoles en España (Ángela Figuera Aymerich, Victoriano Crémer).

Uno de los puntos fuertes del catálogo de esa empresa a la que caracterizó el sobrio diseño de sus tapas amarillas era el de las traducciones. Las hubo, por un lado, de biografías de Dante, Voltaire, Mirabeau, Rousseau y Jorge Sand; por otro, de trabajos de historia y geografía de Humboldt, Prescott y Reclus, y de obras literarias contemporáneas de Traven, Hesse y Rolland, o clásicas de Homero, Virgilio y Boccaccio (esta última, claro, la de Daniel Tapia). Estas traducciones fueron hechas, en su mayor parte, por exiliados españoles, quienes también aportaron obras al Fondo de Cultura Económica, la UNAM, El Colegio de México, Séneca y otras editoriales. Ya en su pionera Crónica de una emigración (la de los republicanos españoles en 1939), publicada con dibujos de Arturo Souto por Libro Mex en 1959, Carlos Martínez destacó la contribución a todos los campos de la cultura mexicana hecha con “gran fervor intelectual” por esos traductores, entre quienes se encontraban Pedro Salinas, Wenceslao Roces, José Gaos, Ricardo Baeza, Eugenio Ímaz, Isabel de Palencia, Daniel Tapia, Florentino Martínez Torner, Javier Márquez, Nuria Parés, Agustí Bartra y Margarita Nelken.

Dibujo de Arturo Souto para Crónica de una emigración
Dibujo de Arturo Souto para Crónica de una emigración

La obra de Martínez sólo consignaba lo ocurrido en los primeros veinte años del exilio, enfocándose en México; después ha sido ampliada por estudios que dan una visión panorámica de la trascendencia continental a largo plazo de los trabajos de los transterrados relativos al mundo del libro, como las publicaciones recientes de la sevillana Editorial Renacimiento Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, de Fernando Larraz, aparecido en 2018, y el Diccionario bio-bibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, que salió en cuatro tomos en 2017 editado por Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García.

Un ejemplar del Decamerón de la Compañía General de Ediciones se conserva en la refinada biblioteca que mi suegro, José Ribera Salvans, hizo en México luego de salir exiliado de su Cataluña natal en 1947. Leer en secuencia los cien cuentos, enmarcados por la historia del confinamiento de los personajes que los relatan, no resultó adecuado para quien, como yo, llegaba al libro guiado sobre todo por la curiosidad. En cambio, encontré muy disfrutables algunas piezas elegidas al azar. Es obvio que un factor esencial en la comprensión y el gozo de esos textos escritos en otra lengua hace casi setecientos años fue la clara y pulida prosa del traductor. Así lo han reconocido implícitamente lectores de muchas generaciones que en más de medio siglo han agotado dieciséis tiradas de esa traducción, desde la primera en Editorial Colón en 1947, pasando por las seis de la Compañía General de Ediciones entre 1955 y 1964, y hasta las nueve hechas por Porrúa entre 1982 y 2014, la última en coedición con la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos de la Secretaría de Educación Pública.

Xochitepec, Morelos, 21 de mayo de 2020

Fuentes:

https://it.wikipedia.org/wiki/Decameron

Cesáreo Calvo Rigual, “Las traducciones del Decamerón de Bocaccio en España (1800-1940)”, Quaderns d`Italià 13, 2008, pp. 83-112.

Luis Suárez, “Prensa y libros, periodistas y editores”, en El exilio español en México, 1939-1982, Fondo de Cultura Económica y Salvat, México, 1982, pp. 615-617.

Carlos Martínez, Crónica de una emigración (la de los republicanos españoles en 1939), México, Libro Mex Editores, 1959, con dibujos de Arturo Souto.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obra-impresa-del-exilio-espanol-en-mexico-19391979-catalogo-de-la-exposicion-presentada-por-el-ateneo-espanol-de-mexico/html/ff3f9444-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: