De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Las mil y una noches y otros cuentos ilustrados

Nacido en Guanajuato, casado en Chihuahua y finalmente establecido en Torreón, mi abuelo Francisco Rendón tenía, en la casa que alquilaba frente a la Alameda, una biblioteca en una parte literaria y en otra parte técnica (era ingeniero agrónomo). De su padre, abogado, procedió tal vez el gusto por encuadernar los libros propios, y aunque su biblioteca, trasladada después de su muerte a la Ciudad de México, se perdió en un aguacero, algunos ejemplares que sobreviven dan una idea del aspecto que debe haber tenido, uniformada principalmente en gris, y con los títulos de los volúmenes, los nombres de los autores y las iniciales del propietario en negro.

Uno de los títulos de esa colección, Historias de Hans Andersen, publicado por la editorial chilena Zig-Zag en su Colección “Damita Duende”, incluye los cuentos “Claus el Grande y el Pequeño Claus”, “Pulgarcilla”, “La Reina de las Nieves”, “La pequeña vendedora de fósforos”, “Los zapatitos rojos” y “La caja de yesca”. No se consigna en el libro el nombre del traductor, pero puede identificarse por su firma al dibujante que lo ilustró: Coré. Según informa la nota respectiva del sitio Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile, Mario Silva Ossa (1913-1950) utilizó ese seudónimo en los dibujos e ilustraciones que durante dieciocho años hizo para cuentos y novelas infantiles y juveniles, y ahí mismo dice que, a través de los cientos de personajes creados por él, “los niños de la década de 1930 y 1940 soñaron e imaginaron un mundo de fantasías”. Es muy probable que así ocurriera, a través de esos cuentos de Andersen, con los tres hijos de Francisco y su esposa Magdalena Casavantes, Flora, Odila y Carlos, nacidos respectivamente en 1933, 1935 y 1939.

Ilustración de Coré
Ilustración de Coré
Ilustración de Coré
Ilustración de Coré

Había otros libros de cuentos en la colección de mi abuelo. En uno de los viajes que mis padres hacían eventualmente para visitarlo –mil kilómetros de carretera entre la Ciudad de México y Torreón, de los cuales sólo recuerdo el hastío, el desierto y el acoso de un ganso en el poblado de Matehuala– a mis ocho o nueve años hice en su casa un descubrimiento decisivo: al preguntar por qué había un libro grande, solitario, en un estante inaccesible para mí, alguien respondió que porque no era apropiado para la lectura de los niños. Naturalmente, tan pronto como me dejaron solo me las arreglé para alcanzarlo e intenté descifrar cuáles serían los motivos de esa implícita prohibición impuesta, por lo pronto, a los únicos niños que estábamos por los alrededores, mi hermano Horacio y yo. Se trataba de un ejemplar de Las mil y una noches y en mi apresurada búsqueda, marcada por la turbación de las actividades clandestinas, supuse (correctamente) que la voluminosa obra nos estaba vedada por contener dibujos de señoras en paños menores, que acompañaban a textos que imaginé tanto o más atrevidos.

No sé cómo migró el ejemplar de Las mil y una noches de la biblioteca de mi abuelo a la de mis padres. Lo cierto es que, algunos años después, pude hacer en él mis primeras lecturas de buena parte de sus historias y admirar a la heroína que las cuenta, cuyo nombre se traduce en él como Scheznarda y que en su primera aparición se describe así: “…había leído mucho y poseía una memoria prodigiosa. Había estudiado filosofía, medicina, historia y bellas artes, y componía versos mucho mejor que los más celebrados poetas de su tiempo. Además, su belleza era perfecta y su corazón sólo albergaba los sentimientos más nobles y generosos.”

Descubrí entonces que esas narraciones no eran tan obscenas como había creído y luego supe que esa decepcionante constatación se debía en parte a que la edición en francés de Antoine Galland –la primera en Occidente, realizada entre 1704 y 1717– no reprodujo con fidelidad los manuscritos árabes originales, sobre todo en lo que respecta a los asuntos “picantes”, que suprimió, glosó o matizó. Esa edición fue la que, traducida al castellano por Pedro Pedroza y Páez, publicó Editorial Ramón Sopena en los años treinta en Barcelona, con una portada en tela azul con estampación dorada y un cromo a color adherido, además de 65 grabados en negro y cinco cromotipias de E. Vicente en los interiores.

Ilustración de E. Vicente
Ilustración de E. Vicente
Ilustración de E. Vicente

Seguramente el muy eficaz autor de las ilustraciones era Eduardo Vicente Pérez (1909-1968), quien publicó imágenes en libros de anarquistas e hizo carteles de propaganda republicana durante la Guerra Civil, y quien después de ésta permaneció en España, como informa su página en Wikipedia, “haciendo trabajos de ´pintor de brocha gorda´, y más tarde decorando cafés, bancos e iglesias, además de ilustrar libros y revistas”; considero más improbable que el E. Vicente del libro fuera Esteban Vicente Pérez (1903-2001), hermano mayor de Eduardo y quien, exiliado en Estados Unidos, abrazaría el expresionismo abstracto.

Mi lectura juvenil de Las mil y una noches revivió el recuerdo de historias y personajes ya conocidos, pues años antes había probado las mieles de los cuentos orientales en algunos fascículos de la Enciclopedia Fabulandia, impresa por Codex en Buenos Aires como adaptación de un proyecto de la casa italiana Fratelli Fabbri Editori, y que comenzó a distribuirse semanalmente en puestos de periódicos de la Ciudad de México a fines de 1963. Esa colección incluía narraciones de distintas tradiciones acompañadas por espléndidos dibujos sin firma ni crédito, pero que probablemente fueron hechos para Fratelli Fabbri por artistas europeos como Libico Maraja (1912-1983) y Piero Cattaneo (1929-2003). Como sea, los cuentos de esa colección ejemplarmente diseñada e impresa fueron –junto con los cómics– los principales responsables de mi descubrimiento del enorme placer que produce la lectura acompañada de imágenes, algo sobre lo que por cierto bordó con evidente gozo Umberto Eco en su novela ilustrada La misteriosa llama de la reina Loana (Lumen, Barcelona, 2005).

Xochitepec, Morelos, 29 de abril de 2020

René R. Khawam hace un resumen comentado de la historia de las ediciones de Las mil y una noches en su introducción a la preparada por él, EDAHSA, Barcelona / Buenos Aires, 2010, pp. 13-27.

Sobre los ilustradores citados, las ligas consultadas fueron:

http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-748.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_Vicente

https://es.wikipedia.org/wiki/Esteban_Vicente

http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000033488

http://www.libicomaraja.it

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De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

David N. Arce en sus libros

Hijo del juez Luis Niño y de la señora Pascuala Arce, David estudió en la primaria “Antonio Alzate” de la Ciudad de México y después en la Escuela Nacional Preparatoria a la que, como consta en los registros escolares conservados en el Fondo Universidad Nacional (IISUE, UNAM), se inscribió con trece años en marzo de 1917. El orden de lista lo llevó a sentarse en ésta junto a un recién llegado a la capital y con el que de inmediato trabó amistad, Salvador Novo, quien recordó en su libro de memorias La estatua de sal (Conaculta, México, 1998, p. 77) que los dos adolescentes abandonaban con frecuencia la escuela para irse a pasear por una ciudad que los fascinaba. También los unía ya la afición por la poesía y, en general, por la cultura impresa. Al igual que su amigo, Niño Arce optó en su vida profesional por actividades relacionadas con ésta: se especializó en la recitación pública de poemas, ejerció el oficio de biblioteconomista estudiado en la Universidad Nacional, y escribió periodismo cultural y ensayos.

En cuanto a lo primero, hay testimonios de que David ofrecía recitales a fines de los veinte y que lo siguió haciendo al menos hasta los cuarenta. En un programa de diciembre de 1941 que se conserva en el Fondo “Rafael Heliodoro Valle” de la Biblioteca Nacional de México, se muestra el registro abarcado por el declamador: desde Gutierre de Cetina, Lope y Góngora, hasta José Martí, Nicolás Guillén, Federico García Lorca, y sus amigos Alfonso Reyes, Rafael Heliodoro Valle y Elías Nandino; en el programa se reproducían estas palabras de José Vasconcelos: “No soy un aficionado a los recitadores, la mayor parte de ellos me hace sufrir. Pero me gusta la dicción clara de David y su expresión estética.”

En lo que se refiere a la biblioteconomía, diversos documentos en el mismo fondo indican que Niño Arce se tituló a fines de 1934; que cinco años después fue invitado a colaborar en la organización técnica y la catalogación de las 16 sedes de la Oficina de Bibliotecas Populares del Departamento del Distrito Federal; y que a principios de los cuarenta ya se encontraba trabajando en la Biblioteca Nacional, de la que fue designado Secretario en mayo de 1947 y a la que permaneció adscrito hasta su muerte en 1966. En una nota en memoria del colega publicada en las páginas 95-96 del Boletín de la Biblioteca Nacional en julio-diciembre de ese último año, Ignacio Osorio Romero escribió que pocos habían estado tan íntimamente ligados como él a la vida presente de esa institución, y destacó su trabajo dirigido a la reorganización y el funcionamiento del viejo edificio de San Agustín, pero también a “la elevación intelectual de este centro de cultura” a través de la programación de conferencias que eventualmente él mismo impartía, y de la edición del Boletín de la Biblioteca Nacional, cuyos ejemplares preparó cuatro veces al año desde 1950 hasta 1962. Uno de los principales colaboradores del Boletín de esos tiempos fue naturalmente David: ahí aparecieron unas cuarenta reseñas bibliográficas suyas y los textos de sus conferencias. Esta vertiente laboral también fructificó en la elaboración de minuciosas bibliografías de López Velarde, Vasconcelos, Novo y Torres Bodet, entre otros escritores, así como en la publicación de catálogos, índices y artículos técnicos sobre el oficio del biblioteconomista. Un encargo importante en su edad adulta fue la actualización de la información, en cuanto a estrenos y representaciones teatrales realizadas en la capital en el larguísimo periodo de cincuenta años entre 1911 y 1961, para la reedición de la Reseña histórica del teatro en México de Enrique de Olavarría y Ferrari (Porrúa, 1961), prologada por cierto por Novo.

Junto a estas actividades, David (con el apellido paterno reducido a una N) Arce, colaboró escribiendo crónicas culturales en El Universal Gráfico, Zócalo y otras publicaciones; algunas de esas notas sobre música, pintura, teatro, danza, poesía, fiestas populares, calles e iglesias se reunieron luego en los libros Cartas y apuntes (Gráficos Herber, 1952), Girándula (Jus, 1954) y Tambor de plata (Jus, 1957). El escritor dedicó ensayos más largos a sor Juana, José Rubén Romero, Alfonso Reyes, Alfonso Méndez Plancarte, Alfredo Maillefert y el malogrado poeta Leopoldo Ramos.

Ángel Miquel Alcaraz, mi padre, tuvo el privilegio de convertirse en amigo de David al poco de exiliarse en México en 1949. Los dos consideraban la poesía como un bien de primera necesidad y eran –en un sentido profundo– gente de paz. Esa amistad determinó que David escribiera prólogos a dos obras de Ángel, el poemario Gozo y cantar (Gráficos Herber, México, 1953) y el libro de prosa poética Ángel Francisco (Ediciones Cauce, Torreón, 1960, con dibujos a la tinta de Josefina Maynadé). También determinó que David le regalara, antes de morir, una pequeña muestra de su biblioteca particular.

Esos objetos, encuadernados bellamente, tienen personalidad, y avisan en el lomo el nombre de su propietario, ratificado con el autógrafo en las primeras páginas. Los títulos, además de los gustos de una época, manifiestan la sensibilidad del lector. Entre los poemarios se encuentran: Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y Otros poemas de Rubén Darío (Mundo Latino, Madrid, 1920, con ilustraciones de Enrique Ochoa); Poemas intemporales de Porfirio Barba Jacob (Editorial Acuarimántima, México, 1944, con un grabado en madera de Leopoldo Méndez); Selección de sus poemas de Germán Pardo García (Editorial Cvltvra, México, 1936, con un dibujo de Julio Prieto), y Tiempo de Blanca Terra Viera (s/e, Montevideo, 1948). Y entre las novelas: Pan y Soñadores de Knut Hamsun (Biblioteca Nueva y Mundo Latino, Madrid, s/f y 1921); El embrujo de Sevilla de Carlos Reyles (s/e, Madrid, 1927); La Nardo de Ramón Gómez de la Serna (Ediciones Ulises, Madrid, 1930) y La “tournée” de Dios de Enrique Jardiel Poncela (Biblioteca Nueva, Madrid, 1932). La pequeña colección incluye el ensayo Corydon. Cuatro diálogos socráticos sobre el amor que no puede decir su nombre, de André Gide (México, s/e, 1946).

Grabado en madera de Leopoldo Méndez

Xochitepec, Morelos, 28 de abril de 2020

(Una primera versión de este texto apareció en el Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, vol. XXII, núms. 1 y 2, primer y segundo semestres de 2017, pp. 91-93)

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De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Oraciones escogidas, de Cicerón

He tenido la suerte de vivir entre libros, leyéndolos, haciéndolos, a veces escribiéndolos, pero, sobre todo, acompañándome de ellos a todas horas: en los morrales de estudiante, en las mesas de noche, en los equipajes, en las bibliotecas de los lugares donde he trabajado, en los estantes caseros donde se reúnen y ordenan. Pero a la vez que afuera, los libros también están adentro, leídos, asimilados, vividos de distintas formas, construyéndome como ningún otro objeto ha logrado ni logrará ya hacerlo. En realidad, no podría entender mi paso por el mundo sin estos silenciosos compañeros siempre dispuestos a ofrecer conocimiento, diversión, placeres sensoriales, elevación espiritual.

Durante un largo tramo creí que uno de mis principales legados a la comunidad donde he vivido iba a ser una biblioteca especializada en los temas de mi interés. Eso ocurrió cuando mis condiciones laborales y familiares permitieron que el conjunto creciera año con año –y con él, el número de muebles que lo acogían. Ilusamente asumí que ese desarrollo podría seguir de manera indefinida, pero una mudanza y otros motivos –entre ellos, la transformación de mis intereses– llevaron eventualmente a que la biblioteca ya no sólo no creciera, sino comenzara a decrecer. Además, el desarrollo más o menos reciente de grandes repositorios bibliográficos en formato digital hizo en buena medida inútil mi pretendido gesto de hacer esa donación póstuma a la comunidad. Pese a todo la biblioteca sigue ahí, con algunas zonas activas que aportan instrumentos de trabajo o propósitos de lectura, mientras que otras –en los estantes de difícil acceso– se mantienen a la espera de una llamada eventual, de un requerimiento externo, de una sorpresa.

A diferencia de lo que ocurre con otros bibliófilos, no me interesan los libros antiguos, las primeras ediciones, los impresos lujosos, los ejemplares firmados ni, en general, lo que aporta prestigio a un bien que puede cumplir perfectamente su función de transmitir un contenido sin él. Pertenezco a una generación de clase media que hizo su aprendizaje lector en pocket books, lo que me ha llevado a elegir por lo común los ejemplares con tapa blanda a los más caros de tapa dura y a comprar en librerías de viejo, entre otras prácticas. Sin embargo, en mi biblioteca hay también algunos títulos heredados o provenientes de regalos, que ostentan características prestigiosas.

Uno de los más antiguos que tengo me fue regalado en Alicante por mis tíos Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz, en julio de 1980. Se trata del primer tomo (de dos) de las Oraciones escogidas de Cicerón, traducidas por Rodrigo de Oviedo y publicadas en Madrid en la imprenta de Sancha, el año de M.DCCC.VI. Se trata de una edición en octavo menor (10 x 15 cm), encuadernada en pergamino, bilingüe (latín/castellano), que contiene los textos ciceronianos “En favor de la Ley Manilia”, “Contra Lucio Catilina”, “En defensa de Aulio Licinio Archias”, “Después de la vuelta al pueblo” y “Después de la vuelta al senado”, además de una dedicatoria, un prólogo y unas anotaciones finales del traductor.

De acuerdo con lo que informa la portada, De Oviedo fue teniente del Real Cuerpo de Ingenieros Cosmógrafos, profesor de matemáticas en el Observatorio Astronómico y catedrático de Buena-versión y Propiedad latina de los Reales Estudios de Madrid. El carácter bilingüe de la edición la hacía útil a quienes quisieran aprender la lengua latina. En el Prólogo, De Oviedo afirma que conocía otra traducción reciente de la misma obra, pero “no me ha detenido eso para publicar ésta: porque la otra, como mas costosa, no la puede comprar la mayor parte de los estudiantes, y á parte de esto yo no me he atado tanto á la letra, como el otro traductor (…) y conduce que haya diversas traducciones, mas y ménos libres, de un mismo autor”. A estas explicaciones, a las que no puedo sino considerar con simpatía, el profesor sumaba el elogio de la obra, escrita por el hombre “más eloqüente, que tuvo el imperio Romano, de un famoso jurisconsulto, gran Filósofo, político consumado, y sugeto de una vasta erudición, y sublime sabiduría”.

Este ejemplar, en efecto, sirvió como libro de texto. Al final, en una hoja blanca pegada al pergamino, un anónimo estudiante apuntó las páginas de las cláusulas latinas difíciles, las de nombres propios y las de sentencias notables; también un pequeño recorte de papel resguardado en el interior consigna anotaciones que daban fe de sus empeños por dominar la lengua. Junto a ese recorte, una estampa de Santo Tomás de Aquino atacada por una buena cantidad de manchas rojas indica, tal vez, sus maniobras para aligerar los excesos de tinta en la pluma… o simple aburrimiento.

No quedaron otros registros de propiedad o uso en el libro hasta que, unos ciento cincuenta años después de haberse editado, mis tíos pusieron en la portada y otras de sus páginas, en violeta, el sello que mandaron hacer con sus nombres combinados: amaliaipedro. Esta declaración de pertenencia mutua, que se mantiene en su tumba común en el cementerio de Alicante, es uno de los rasgos que mejor definió a esta fantástica pareja. Formados en el breve estallido de libertad de la Segunda República española, amaliaipedro abrazaron las más diversas creencias (el anarquismo, el espiritismo, el orientalismo, el naturismo, el nudismo…), y se las ingeniaron para vivir de acuerdo con ellas en la empobrecida y conservadora sociedad que siguió a la Guerra Civil. Su pequeño departamento de Alicante era visitado con frecuencia por jóvenes idealistas de otras regiones, quienes se iban de ahí con algún regalo en las manos y, sobre todo, con un modelo factible de cómo vivir con alegría y de manera creativa en condiciones externas difíciles. Los dos escribieron libros: él, el poemario Briznas (1950), y ella, los ensayos biográficos María Dolores Miquel en la historia de Jijona (1978) y Salvador Sellés, poeta de Alicante (1980); como no podía dejar de ser, también apareció un libro, Poemas (1985), escrito por los dos.

A la biblioteca de la pareja se incorporó, en algún momento, el primer tomo de la Oraciones escogidas de Cicerón, comprado a un proveedor de libros antiguos. Evidentemente a amaliaipedro ya no les sirvió para estudiar, como tampoco le serviría a su siguiente propietario, que lamentablemente no ha aprendido latín. De cualquier forma, la traducción de los discursos ciceronianos por don Rodrigo de Oviedo sigue siendo muy legible. De ella copio este elogio de los libros, que aparece en la defensa hecha por Cicerón del poeta griego Aulio Licinio Archias:

Preguntarásnos, Gracio, por qué gustamos tanto de este hombre. Porque nos suministra con que reparar el animo de este ruido del foro, y dar descanso á los oídos cansados de su voceria. Qué? piensas tú que podriamos tener que decir todos los dias en tanta variedad de asuntos, si le faltára á nuestro entendimiento el cultivo de la lectura, y estudio: ó qué podriamos llevar tanto trabajo á no darle algun desahogo con él? (…) Mas están llenos los libros, están llenas las sentencias de los sabios, y la antigüedad está llena de exemplos, que estarian sepultados en tinieblas, si nos faltára la luz de las letras.

Xochitepec, Morelos, 23 de abril de 2020

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Un nuevo modelo del universo, de Ouspensky

Me gusta pensar que cuando Ángel Miquel Alcaraz, mi padre, se desterró en México en 1949, llevaba entre sus escasas pertenencias ejemplares de dos libros que años más tarde se encontraban en la sección de su biblioteca donde colocó las obras que por algún motivo le resultaban importantes: la Segunda antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez y las Poesías completas de Antonio Machado, editados por Espasa-Calpe en la década de los treinta. Ángel había publicado en su natal Alicante dos breves conjuntos de versos que lo identificaban como discípulo indirecto de esos grandes escritores, Poesías (1946) y Alma en flor (1948), trayectoria que continuaría al llegar a su país de adopción con la publicación de tres nuevos poemarios, Gozo y cantar (1953), 33 poemas (1954) e Interior (1955).

Evidentemente, en el equipaje del exiliado no deben haber venido muchos más libros, por lo que la generosa biblioteca que llegó a hacer (calculo que de unos cinco mil volúmenes, en su momento de mayor alcance) fue pacientemente constituida en México. Mi padre tenía un apetito lector universal y en esa biblioteca había literatura, filosofía, historia, religión, arte y ciencia (en libros de divulgación). Otras piezas en la sección de obras importantes eran antiguas (un Garcilaso, la Atala de Chateaubriand…), así como un conjunto más o menos amplio de los llamados crisolines, esas pequeñas ediciones (6.5 x 8 cm) publicadas anualmente por Editorial Aguilar en la Colección Crisol. Recuerdo haberlo acompañado muchas veces a adquirir con ilusión los nuevos lanzamientos, que llegaban a la Librería Internacional de Avenida Reforma en tiempos navideños.

De manera más extraña, también había en esa sección un libro grande (18 x 24 cm, 594 páginas), cuyo negro empastado rimaba bien con el solemne título de Un nuevo modelo del universo. Los principios del método psicológico en su aplicación a los problemas de la ciencia, la religión y el arte, de Pedro Ouspensky. En mi fugaz paso por la carrera de Física eché un vistazo al volumen, sin que lograra atraerme porque evidentemente no tenía nada que ver con la ciencia que yo pretendía estudiar. Sólo muchos años después, gracias a una recomendación de mi amiga Margarita Cobo Ibarra, llegué a leer Psicología de la posible evolución del hombre y otras obras de ese autor ruso, así como de su maestro Georgi Ivanovich Gurdjieff. Esas lecturas me fascinaron por distintos motivos y las acomodé lo mejor que pude dentro de mi concepción del mundo, como espero muestre mi novela La necesidad de elegir (Ediciones Sin Nombre, 2019), que por cierto llevó, mientras la escribía, el gurdjieffiano título de El recuerdo de sí mismo. Pero el contacto con las obras de esos tenaces promotores de la elevación de la conciencia también me llevó a pensar en los motivos por los que el libro de Ouspensky se conservó en la sección privilegiada de la biblioteca de mi padre.

La familia Miquel Alcaraz no fue católica. Además, durante su etapa formativa en Alicante (cuando salió de ahí tenía 30 años), Ángel estuvo en contacto con practicantes de filosofías que caían fuera de la esfera de esa religión, que en los años cuarenta se convirtió en oficial en España. En su círculo cercano se realizaban con frecuencia sesiones espíritas, y se conservan un horóscopo cuadrado que le hizo el astrólogo local Hermilio Campos Zurita, así como un retrato en el que posa muy serio, con su hermana Amalia y su cuñado Pedro, junto al conocido médico hermetista Eduardo Alfonso. Esta afinidad con creencias alternativas al catolicismo llevó a Ángel, una vez en el exilio mexicano, a afiliarse a una logia masónica; más adelante tuvo amistad con la escritora y pintora teósofa exiliada Josefina Maynadé, quien hizo las ilustraciones para uno de sus libros, y adquirió y leyó libros de Krishnamurti, uno de los adelantados profetas del hinduismo en América. Pero, ¿y Ouspensky?

Casi al mismo tiempo que Ángel, llegó a México el inglés Rodney Collin, uno de los más fieles discípulos del pensador ruso. Con su esposa Janet, Collin fundó una comunidad religiosa en Tlalpan, que pronto tuvo un centro ceremonial en un planetario edificado en el pueblo de Tetecala. En ese lugar, entre otras cosas, se rendía culto al Sol, credo que también expresó el nombre de la Editorial Sol fundada por Collin para difundir las ideas del grupo. Un nuevo modelo del universo, en versión castellana de Horacio Flores Sánchez, fue uno de los primeros libros lanzados por esa editorial, en 1950. Sus capítulos, que recogen y corrigen libros publicados previamente por Ouspensky, son: «El esoterismo y el pensamiento moderno», «La cuarta dimensión», «El superhombre», «El cristianismo y el Nuevo Testamento», «El simbolismo del tarot», «¿Qué es el yoga?», «Sobre el estudio de los sueños y el hipnotismo», «El misticismo experimental», «En busca de lo milagroso», «Un nuevo modelo del universo», «El eterno retorno y las leyes de Manú» y «El sexo y la evolución».

Collin salió del país en 1954, para ir en busca de nuevas fuentes de sabiduría primero en el Oriente Medio y después Perú, donde murió en 1956, al caer de una torre de la catedral de Cuzco. Pero es posible que algunos miembros de su grupo mexicano permanecieran activos y, desde luego, continuaron circulando los libros de Editorial Sol. En cualquier caso, alguien seducido por la filosofía de Ouspensky inscribió la siguiente dedicatoria en el ejemplar de Un nuevo modelo del universo que se conservó en la biblioteca de mi padre:

Miquel: Cuando uno se encuentra con un tesoro, como este libro, se desea que todos lo conocieran y lo entendieran, cuando menos en una pequeña proporción como me ha sucedido a mí. Y ¡claro está! ante todo se piensa en los amigos artistas como tú, que se sabe lo agradecen; recíbelo como obsequio de Navidad de 1965. Francisco Calderón

Xochitepec, Morelos, 25 de abril de 2020

(Sobre Collin resumo información que Peter Washington da en Madame Blavatsky´s Baboon. A History of the Mystics, Mediums, and Misfits Who Brought Spiritualism to America, Shoken Books, Nueva York, 1993, pp. 376-377.)