De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Las mil y una noches y otros cuentos ilustrados

Nacido en Guanajuato, casado en Chihuahua y finalmente establecido en Torreón, mi abuelo Francisco Rendón tenía, en la casa que alquilaba frente a la Alameda, una biblioteca en una parte literaria y en otra parte técnica (era ingeniero agrónomo). De su padre, abogado, procedió tal vez el gusto por encuadernar los libros propios, y aunque su biblioteca, trasladada después de su muerte a la Ciudad de México, se perdió en un aguacero, algunos ejemplares que sobreviven dan una idea del aspecto que debe haber tenido, uniformada principalmente en gris, y con los títulos de los volúmenes, los nombres de los autores y las iniciales del propietario en negro.

Uno de los títulos de esa colección, Historias de Hans Andersen, publicado por la editorial chilena Zig-Zag en su Colección “Damita Duende”, incluye los cuentos “Claus el Grande y el Pequeño Claus”, “Pulgarcilla”, “La Reina de las Nieves”, “La pequeña vendedora de fósforos”, “Los zapatitos rojos” y “La caja de yesca”. No se consigna en el libro el nombre del traductor, pero puede identificarse por su firma al dibujante que lo ilustró: Coré. Según informa la nota respectiva del sitio Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile, Mario Silva Ossa (1913-1950) utilizó ese seudónimo en los dibujos e ilustraciones que durante dieciocho años hizo para cuentos y novelas infantiles y juveniles, y ahí mismo dice que, a través de los cientos de personajes creados por él, “los niños de la década de 1930 y 1940 soñaron e imaginaron un mundo de fantasías”. Es muy probable que así ocurriera, a través de esos cuentos de Andersen, con los tres hijos de Francisco y su esposa Magdalena Casavantes, Flora, Odila y Carlos, nacidos respectivamente en 1933, 1935 y 1939.

Ilustración de Coré
Ilustración de Coré
Ilustración de Coré
Ilustración de Coré

Había otros libros de cuentos en la colección de mi abuelo. En uno de los viajes que mis padres hacían eventualmente para visitarlo –mil kilómetros de carretera entre la Ciudad de México y Torreón, de los cuales sólo recuerdo el hastío, el desierto y el acoso de un ganso en el poblado de Matehuala– a mis ocho o nueve años hice en su casa un descubrimiento decisivo: al preguntar por qué había un libro grande, solitario, en un estante inaccesible para mí, alguien respondió que porque no era apropiado para la lectura de los niños. Naturalmente, tan pronto como me dejaron solo me las arreglé para alcanzarlo e intenté descifrar cuáles serían los motivos de esa implícita prohibición impuesta, por lo pronto, a los únicos niños que estábamos por los alrededores, mi hermano Horacio y yo. Se trataba de un ejemplar de Las mil y una noches y en mi apresurada búsqueda, marcada por la turbación de las actividades clandestinas, supuse (correctamente) que la voluminosa obra nos estaba vedada por contener dibujos de señoras en paños menores, que acompañaban a textos que imaginé tanto o más atrevidos.

No sé cómo migró el ejemplar de Las mil y una noches de la biblioteca de mi abuelo a la de mis padres. Lo cierto es que, algunos años después, pude hacer en él mis primeras lecturas de buena parte de sus historias y admirar a la heroína que las cuenta, cuyo nombre se traduce en él como Scheznarda y que en su primera aparición se describe así: “…había leído mucho y poseía una memoria prodigiosa. Había estudiado filosofía, medicina, historia y bellas artes, y componía versos mucho mejor que los más celebrados poetas de su tiempo. Además, su belleza era perfecta y su corazón sólo albergaba los sentimientos más nobles y generosos.”

Descubrí entonces que esas narraciones no eran tan obscenas como había creído y luego supe que esa decepcionante constatación se debía en parte a que la edición en francés de Antoine Galland –la primera en Occidente, realizada entre 1704 y 1717– no reprodujo con fidelidad los manuscritos árabes originales, sobre todo en lo que respecta a los asuntos “picantes”, que suprimió, glosó o matizó. Esa edición fue la que, traducida al castellano por Pedro Pedroza y Páez, publicó Editorial Ramón Sopena en los años treinta en Barcelona, con una portada en tela azul con estampación dorada y un cromo a color adherido, además de 65 grabados en negro y cinco cromotipias de E. Vicente en los interiores.

Ilustración de E. Vicente
Ilustración de E. Vicente
Ilustración de E. Vicente

Seguramente el muy eficaz autor de las ilustraciones era Eduardo Vicente Pérez (1909-1968), quien publicó imágenes en libros de anarquistas e hizo carteles de propaganda republicana durante la Guerra Civil, y quien después de ésta permaneció en España, como informa su página en Wikipedia, “haciendo trabajos de ´pintor de brocha gorda´, y más tarde decorando cafés, bancos e iglesias, además de ilustrar libros y revistas”; considero más improbable que el E. Vicente del libro fuera Esteban Vicente Pérez (1903-2001), hermano mayor de Eduardo y quien, exiliado en Estados Unidos, abrazaría el expresionismo abstracto.

Mi lectura juvenil de Las mil y una noches revivió el recuerdo de historias y personajes ya conocidos, pues años antes había probado las mieles de los cuentos orientales en algunos fascículos de la Enciclopedia Fabulandia, impresa por Codex en Buenos Aires como adaptación de un proyecto de la casa italiana Fratelli Fabbri Editori, y que comenzó a distribuirse semanalmente en puestos de periódicos de la Ciudad de México a fines de 1963. Esa colección incluía narraciones de distintas tradiciones acompañadas por espléndidos dibujos sin firma ni crédito, pero que probablemente fueron hechos para Fratelli Fabbri por artistas europeos como Libico Maraja (1912-1983) y Piero Cattaneo (1929-2003). Como sea, los cuentos de esa colección ejemplarmente diseñada e impresa fueron –junto con los cómics– los principales responsables de mi descubrimiento del enorme placer que produce la lectura acompañada de imágenes, algo sobre lo que por cierto bordó con evidente gozo Umberto Eco en su novela ilustrada La misteriosa llama de la reina Loana (Lumen, Barcelona, 2005).

Xochitepec, Morelos, 29 de abril de 2020

René R. Khawam hace un resumen comentado de la historia de las ediciones de Las mil y una noches en su introducción a la preparada por él, EDAHSA, Barcelona / Buenos Aires, 2010, pp. 13-27.

Sobre los ilustradores citados, las ligas consultadas fueron:

http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-748.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_Vicente

https://es.wikipedia.org/wiki/Esteban_Vicente

http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000033488

http://www.libicomaraja.it

https://www.pierocattaneo.org

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

3 comentarios sobre “De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

  1. Angelmiquelrendon:

    Están padres tus reseñas. Ya encontraste qué hacer en tu sabático.

    Juan Carlos Mena mena@trilce.com.mx C 5527559376 Trilce Ediciones T 52555804 Carlos B. Zetina 61 Colonia Escandón Delegación Miguel Hidalgo 11800 CDMX México

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  2. Primo: cómo he disfrutado con tu reseña! Justo hoy leí con Santi tu sobrino, la vendedora de fósforos. Fabulandia me trajo recuerdos de mi papá leyéndonos en las noches. Eres grande! Mil gracias, te quiero mucho!

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