Álbum de la familia Rendón Casavantes

Como complemento a la colaboración previa de este blog, relativa al libro Los patriarcas del Papichochi, de E. Brondo Whitt, se reproducen aquí fotografías de una rama de la familia Casavantes que proviene por vía femenina de Ciudad Guerrero, Chihuahua. El interés principal ha sido ilustrar momentos de la vida de Magdalena Casavantes González (1899-1962) y Francisco Rendón Rendón (1891-1980), así como de las de sus tres hijos, Flora (1933-2014), Odila (1935-1966) y Carlos (1939-2009). Para la identificación de personas y el establecimiento de lugares y fechas, quedo muy agradecido por la colaboración de Francisco Casavantes, Odila Santos Rendón y Luz Marina y Magdalena Rendón Hinterholzer.

Los esposos María González y Reinaldo Casavantes con sus hijos Luz, Gustavo, Federico, Alberto, Guillermo, Atala y (al centro) Magdalena. Ciudad Guerrero, Chihuahua, c. 1903. Después nacerían dos hijos más del matrimonio: Octavio y Manuel.
Madgalena Casavantes. Ciudad Guerrero, Chihuahua, años veinte.
Boda de Magdalena Casavantes y Francisco Rendón. Ciudad Guerrero, Chihuahua, 1930. (De la colección de la familia Rendón Hinterholzer.)
Odila Rendón Casavantes. Saltillo, Coahuila, junio de 1936.
Magdalena Casavantes con uno de sus hijos. Años treinta. (De la colección de la familia Rendón Hinterholzer.)
Flora Rendón Casavantes. Torreón, Coahuila, años cuarenta.
Al centro, Carolina González de Herrera y Flora Rendón Casavantes. Años cincuenta.
Magdalena Casavantes. Torreón, Coahuila, años cincuenta.
Flora y Odila Rendón Casavantes. Años cincuenta.
Flora Rendón Casavantes y Ángel Miquel Alcaraz. Torreón, Coahuila, 1955.
Ángel Miquel Alcaraz y Jaime Santos Martín del Campo, en los extremos, con las hermanas Flora y Odila Rendón Casavantes y una chaperona al centro. Torreón, Coahuila, 1956.
Fotografía matrimonial de Flora Rendón Casavantes y Ángel Miquel Alcaraz. Torreón, Coahuila, mayo de 1956.
Flora Rendón Casavantes en su boda. Torreón, Coahuila, mayo de 1956.
Francisco Rendón, Mariana Casavantes Archembarch, Magdalena Casavantes, Octavio Casavantes y Marion Archembarch. Torreón, Coahuila, mayo de 1956.
Odila Rendón Casavantes. Años cincuenta. (De la colección de la familia Velázquez Santos.)
Magdalena Casavantes y Francisco Rendón, con su hijo Carlos Rendón Casavantes y su nieto Ángel Miquel Rendón. Torreón, Coahuila, 1958.
Al centro, Francisco Rendón y Magdalena Casavantes en el bautizo de su nieto Horacio Miquel Rendón. Torreón, Coahuila, 1959.
Boda de Odila Rendón Casavantes con Jaime Santos Martín del Campo; la lleva su padre, Francisco Rendón. Torreón, Coahuila, diciembre de 1960.
Carlos Rendón Casavantes. Nevado de Toluca, años sesenta. (De la colección de la familia Rendón Hinterholzer.)
Francisco Rendón con sus nietos Horacio Miquel Rendón y Jaime Santos Rendón (a su derecha) y Ángel Miquel Rendón y Odila Santos Rendón (a su izquierda). Ciudad de México, años sesenta.
Carlos Rendón Casavantes. Años sesenta. (De la colección de la familia Rendón Hinterholzer.)
Flora Rendón Casavantes y el gato “Barbas”. Ciudad de México, julio de 1969.
Flora Rendón Casavantes y Ángel Miquel Alcaraz. Ciudad de México, mayo de 1971.
Luz Marina Hinterholzer y Carlos Rendón Casavantes. Ciudad de México, años setenta.
Carlos Rendón Casavantes con su hija Luz Marina Rendón Hinterholzer. Ciudad de México, septiembre de 1973.
Flora y Carlos Rendón Casavantes con su padre, Francisco Rendón. Ciudad de México, años setenta.
Flora Rendón Casavantes con su sobrina Odila Santos Rendón. Ciudad de México, años setenta.
Ángel Miquel Alcaraz, Francisco Rendón y Flora Rendón Casavantes. Ciudad de México, años setenta.
Luz Marina Hinterholzer y Carlos Rendón Casavantes con sus hijas Carolina, Luz Marina y Magdalena, y el perro “Blackie”. Naucalpan, Estado de México, años ochenta.
Ángel Miquel Alcaraz y Flora Rendón Casavantes. Ciudad de México, años noventa.
Carlos Rendón Casavantes con sus hijas Magdalena y Carolina. Tecolutla, Veracruz, agosto de 1996.
Carlos Rendón Casavantes con su hija Magdalena, el esposo de ésta Alejandro Cancino (a la izquierda de la imagen), Horacio Miquel Rendón y su esposa Susana Reyes del Campillo. Cuernavaca, Morelos, octubre de 2005.
Flora Rendón Casavantes y Jaime Santos Martín del Campo. Cuernavaca, Morelos, octubre de 2005.
Carlos Rendón Casavantes con su hija Luz Marina el día de la boda de ésta con Randall Hepler. Tepoztlán, Morelos, 2006.
Carlos Rendón Casavantes, Luz Marina Hinterholzer y, atrás, su hija Carolina y su marido Santiago Valle. Tepoztlán, Morelos, 2006.
Flora Rendón Casavantes con Eulalia y Anna Ribera Carbó (esposa de Ángel Miquel Rendón) y los esposos Diego Velázquez y Odila Santos Rendón (a la derecha). Xochitepec, Morelos, diciembre de 2009.
Flora Rendón Casavantes con su ayudante Magdalena Pérez. Xochitepec, Morelos, diciembre de 2011.
Flora Rendón Casavantes con Marisa Collado, esposa de Jaime Santos Rendón. Xochitepec, Morelos, diciembre de 2011.
Flora Rendón Casavantes con su hijo Ángel Miquel Rendón. Xochitepec, Morelos, noviembre de 2013.
Diego Santos Rivera (al centro), con los siete nietos de Magdalena Casavantes y Francisco Rendón: las hermanas Luz Marina, Carolina y Magdalena Rendón Hinterholzer a su derecha; y al otro lado Odila Santos Rendón, Horacio Miquel Rendón, Jaime Santos Rendón y Ángel Miquel Rendón. Naucalpan, Estado de México, julio de 2019.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Los patriarcas del Papigochi, por E. Brondo Whitt

En su fascinante El vértigo de las listas (2009), Umberto Eco presentó un muestrario de monumentos culturales derivados de la pasión por enumerar. Mediante ejemplos literarios, pictóricos, escultóricos y fotográficos, el escritor italiano hizo ahí evidente la satisfacción que siempre han procurado las listas a nuestras necesidades de comprensión y organización del mundo, por una parte, y a nuestro sentido del orden, por otra.

En realidad, todo lo enunciable puede caer en una lista, desde los números y palabras en tablas y diccionarios, hasta los nombres de los más variados objetos en catálogos de archivos, museos y tiendas, pasando por los de países, animales, plantas, piedras, personas y divinidades en directorios, almanaques, decretos, atlas, censos, enciclopedias, santorales… Una de las listas más accesibles es la de los ancestros, sucesores y demás parientes. Pero la memoria personal suele ser frágil y siempre se han requerido individuos memoriosos o genealogistas que compensen esa carencia.

Entre estos últimos se contó el médico regiomontano Encarnación Brondo Whitt (1877-1956) quien, avecindado durante largos años en Ciudad Guerrero, Chihuahua, registró la genealogía y parte de la historia de las familias de esa localidad, fundada en 1676 por los jesuitas Tomás de Guadalajara y José Tardá con el nombre de Misión de Nuestra Señora de la Concepción de Papigochi. Terminado de escribir a mediados o fines de los años cuarenta, el libro Los patriarcas del Papigochi fue publicado por Alberto Nava en Chihuahua y 1952.

Hijo de italiano y norteamericana, Brondo Whitt ejerció la profesión de médico. Pero también fue periodista y un escritor que podría ser considerado como precursor de los estudios académicos de historia oral impulsados en México por Eugenia Meyer y Alicia Olivera de Bonfil a partir de los años setenta, y también de la llamada microhistoria, en cuya obra emblemática entre nosotros, Pueblo en vilo (1968), Luis González recreó varios siglos de andanzas de los habitantes de su propio pueblo, San José de Gracia, Michoacán; dice en la introducción a Los patriarcas del Papigochi:

Ahora mi vida declina, y no quiero haber pasado por esta tierra en calidad de meteoro fugaz, sino que mi nombre perdure entre mis amigos y nuestros descendientes. Quise, en resumen, hacer un breve estudio de la gente con la que viví, con quien pasé en común las tristezas, los sobresaltos, las alegrías de la vida. Y en tal virtud, un día fui casa por casa, persona por persona, preguntando por la genealogía de cada quién. En aquella faena, hubo guasón que me contestara: “a mí nunca me ha gustado meterme en vidas ajenas”. Escribí cartas, practiqué averiguaciones (…) e hice obra que será aceptada con gusto por mis coterráneos, o así lo creo.

Brondo Whitt tenía buena pluma y sus propósitos estaban orientados por la cordialidad, por lo que no extraña que sus deseos se cumplieran, y no sólo en su propia generación y en la que siguió. A fines de los años setenta del pasado siglo, mi amigo Julio Dozal me contó que algunos de sus familiares provenientes de Ciudad Guerrero tenían Los patriarcas del Papigochi en un lugar privilegiado de sus casas. Me sorprendió esta revelación porque yo sabía que en parte de mi familia materna, de apellido Casavantes, sucedía algo parecido. Julio y yo, que habíamos leído secciones de la obra, somos biznietos de los contemporáneos de Brondo Whitt, por lo que resultaba notable que el libro continuara utilizándose para alimentar con sus datos e historias partes de nuestras identidades. Y si esto sucedía con dos avecindados en la Ciudad de México, puede suponerse que lo mismo ocurriría en muy diversos sitios (empezando, claro, por Ciudad Guerrero) con más individuos Dozal y Casavantes, y también Armenta, González, Herrera, Márquez, Mendoza, Orozco, Ponce, Rosas, Salazar, Villaurrutia, Zamarrón, entre otros con apellidos de la misma zona.

Además de ciertos rasgos físicos y de carácter, ¿qué nos une con nuestro clan consanguíneo? Es difícil saberlo, una vez rebasadas las ramas inmediatas verticales de abuelos, padre e hijos, y las horizontales de hermanos y primos. Pero no es posible negar el fenómeno que nos lleva a tener simpatía por personas que si no estuvieran relacionadas por esos lazos nos resultarían, en el mejor de los casos, indiferentes; para mí esto sucede, por ejemplo, con tres de los mencionados en Los patriarcas del Papigochi: el primer Casavantes de esta rama llegado a la Nueva España, quien supuestamente se vio obligado a dejar la Península por complicaciones derivadas de una pendencia amorosa; Abraham González Casavantes, cercano colaborador de Francisco I. Madero y asesinado cuando era gobernador de Chihuahua por órdenes del felón Victoriano Huerta, y Roberto Nichol Casavantes, quien sumado a las fuerzas escocesas murió joven a las orillas del Marne durante la Primera Guerra Mundial (alguna vez llegué a hospedarme, por cierto, en la casa de su amable hermana Clotilde en la capital del estado). También existen, claro, afinidades electivas, y de los integrantes de mi genealogía me siento cerca de mi bisabuelo Reinaldo Casavantes Márquez; sobre él escribe Brondo Whitt:

(…) mi amigo Don Reinaldo, cuyas noticias verbales forman por lo menos el 25 por 100 de esta obra (…) es un hombre muy inteligente; conocedor de Leyes, de las que ha sacado un buen jugo; hombre moderado, listo, astuto. Llevamos nuestra vida amigablemente, hablamos de árboles frutales, podas, regadíos y cosechas; nos prestamos pequeños servicios, porque los grandes no se han hecho necesarios (…) Don Reinaldo está viejo, flaco, prostático… Al describir su ruina, parece que hablo de la mía; vamos, pues, paralelos; pero él tiene una fibra extraordinaria y yo creo que todavía pudiera liarse a balazos con los apaches. De lejos en lejos platicamos y bebemos cerveza.

Además de los linajes y las descripciones de individuos que contiene, el libro de Brondo Whitt incorpora imágenes fotográficas de personas y lugares. En Iglesia de la Purísima Concepción, cuya imagen se reproduce en su portada, se casaron Reinaldo y María González, así como mis abuelos Magdalena Casavantes y Francisco Rendón. Me emociona pensar que algunas ceremonias oficiadas en ese pequeño templo marcan puntos cruciales de mi historia familiar.

Brondo Whitt, a quien se disputan amistosamente las comunidades culturales de los estados de Nuevo León y Chihuahua, escribió otras obras en las que, como en Los patriarcas del Papigochi, mezclaba el ensayo histórico con la autobiografía. Uno fue Nuevo León. Novela de costumbres (1896-1903); otro, Chihuahuenses y tapatíos (de Ciudad Guerrero a Guadalajara) y otro más La División del Norte (1914), por un testigo presencial, publicados en 1935, 1939 y 1940, respectivamente, por Editorial Lumen de México; el último, que tiene reediciones recientes, es importante fuente primaria para los historiadores de la fracción villista de la Revolución, en la que el autor alcanzó el grado de teniente coronel.

Xochitepec, Morelos, 12 de junio de 2020

Iglesia de la Purísima Concepción, Ciudad Guerrero, Chihuahua, noviembre de 1970. Fotografía de Carlos Rendón Casavantes.

­Un médico regiomontano en la Revolución: Dr. Encarnación Brondo Whitt

https://archivoshistoricoschihuahua.wordpress.com/tag/encarnacion-brondo-whitt/

http://148.210.21.138/handle/20.500.11961/1599?show=full

https://historiamexicana.colmex.mx/index.php/RHM/article/view/2546/2058

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Charles Chaplin, de Francisco Pina

Como tantos otros exiliados españoles, el oriolense Francisco Pina Brotons hizo parte de su obra del lado oriental del Atlántico y otra parte en el occidental. En Valencia aparecieron sus libros Pío Baroja (Sempere, 1928) y Escritores y pueblo (Cuadernos de Cultura, 1930), y ahí también colaboró como articulista permanente en la sección de cultura del diario El Pueblo y de forma ocasional en la revista de carácter político Orto; incorporado al Quinto Regimiento del ejército republicano durante la Guerra Civil, participó en el órgano impreso de éste, Milicia Popular. Los trabajos periodísticos de Pina ya mostraban sus intereses y recursos fundamentales; copio de un texto que escribí hace tiempo sobre esa etapa de su producción:

En cuanto a la literatura encontramos (…) notas sobre algunos de sus escritores favoritos como Bernand Shaw, Baroja, Valle Inclán y Dostoyevski. Tal vez lo más interesante de este grupo de escritos fue la búsqueda de nuevos valores en obras que resultaron polémicas en el momento de su difusión, como Seis personajes en busca de autor de Pirandello, o en libros de autores españoles desconocidos, por ejemplo, el primero de relatos de Juan Gil-Albert. Al mismo tiempo que destacar lo que le parecía bueno, Pina hizo despiadadas críticas a escritores en su opinión deleznables, como El Caballero Audaz, e incurrió en la inveterada costumbre de los periodistas de polemizar con otros. Es significativo que su único texto sobre cine fuera sobre Chaplin, “real poeta de la pantalla” que era de los pocos que en su opinión escapaba –junto con los autores de la cinta expresionista El gabinete del doctor Caligari– del naufragio de un séptimo arte dominado por el cine norteamericano basado en el sistema de estrellas.

Si para hablar de las artes Pina se valió de los recursos tradicionales del análisis crítico, para expresar sus ideas sociales utilizó la crónica y el ensayo. Acogerse a los medios de la crónica le permitió transmitir sus conceptos de diferencia, bondad, compasión o dignidad, encarnados en personajes como un loco de pueblo, un perro humillado o un hombre conmovido al evocar, en una noche de insomnio, a los presos, esos “hombres sin libertad”, de un penal cercano. Pero Pina también expresó sus ideas en ensayos breves, para establecer, por ejemplo, sus definiciones de “masa”, “pueblo”, “burguesía” e “intelectuales”. En ningún caso apoyó sus conceptos en autoridades, marxistas o de otro tipo, sino que buscó llegar a postulaciones convincentes a través del propio razonamiento. Esta búsqueda condujo a un estilo basado en argumentos claros y directos, en los que siempre estaba presente la necesidad de expresar la opinión. Y también condujo a la fragua de una visión del mundo sólida, coherente, en la que tenían un lugar preponderante los conceptos de libertad y justicia.

Llegado a México en 1940 después del doloroso paso por el campo de concentración francés de Saint-Cyprien, Pina hizo traducciones, novelizó argumentos de películas y, sobre todo, aprovechó su experiencia periodística para contratarse en publicaciones locales. En más de un cuarto de siglo colaboró, sucesivamente, en El Popular, El Nacional, México en la Cultura de Novedades y La Cultura en México de Siempre!, distinguiéndose primero como ensayista especializado en literatura española contemporánea y, en las décadas de los cincuenta y sesenta, como notable crítico de cine. Su primer libro publicado en México fue Charles Chaplin. Genio de la desventura y la ironía, que lanzó en 1952 la Colección Aquelarre, sostenida durante un lustro por Pina, Otaloa, José Ramón Arana, Isidoro Enríquez Calleja y otros exiliados que se reunían los viernes por la noche en el restaurante El Hórreo capitalino para hacer tertulia.

Según ha mostrado Román Gubern en su Proyector de luna. La Generación del 27 y el cine (Anagrama, Barcelona, 1999), luego de una entusiasta aceptación, la figura de Chaplin decreció en interés para los intelectuales españoles, debido a la popularización de otros cómicos como Harry Langdon y sobre todo el “impasible y estilizado Buster Keaton”; de hecho, para algunos artistas radicales como Luis Buñuel y Salvador Dalí, las películas encarnadas por Charlot perdieron atractivo al volverse, en su opinión, excesivamente sentimentales (pp. 58-59 y 446-448). En cambio, según puede deducirse de poemas, cuentos e imágenes incluidos en las publicaciones de los escritores del grupo Estridentista y en las del de los Contemporáneos, Chaplin fue en México, en las décadas de los veinte y los treinta, el indiscutido campeón de la comicidad cinematográfica. Y, sin embargo, no hubo un volumen completo dedicado a él hasta que apareció el de Pina.

En realidad, los libros mexicanos sobre cine no tenían en 1952 una historia muy larga. En los treinta años transcurridos desde la aparición del primero, El mundo de las sombras. El cine por dentro y por fuera de Carlos Noriega Hope (Andrés Botas e hijo, 1921), habían circulado apenas una veintena de títulos. Entre ellos estaban manuales técnicos, anuarios y directorios de la industria, y monografías que aprovechaban el creciente interés del público por la vida y obra de las celebridades locales, como Hablando con las estrellas de Ángel Villatoro (Acla, 1945), Quién es Cantinflas?, de Dranoell (Editora de Periódicos, c. 1948) y María Félix. Mujer y artista de José María Sánchez García (Nezahualcóyotl, 1949).

Los breves libros surgidos de la necesidad industrial de hacer el elogio de las estrellas eran en realidad reportajes escritos por periodistas que no tenían mayores pretensiones fuera de contribuir a popularizar a las personalidades de las que trataban. En cambio, la obra de Pina era un ensayo de interpretación, donde el autor plasmaba, según decía en su nota introductoria, “las impresiones diversas –sentimentales, críticas, emotivas, de admiración y de simpatía humana–” que le habían suscitado desde siempre el artista y sus cintas; también era un libro poliédrico que incorporaba opiniones “de escritores que tienen probada su agudeza crítica y su maestría literaria”. Basado en una sólida investigación, bien estructurado, escrito de forma impecable, con una filmografía completa y un considerable número de imágenes intercaladas, se trataba de un riguroso género nunca antes abordado en México en un campo –el cinematográfico– que la alta cultura aún no tomaba en serio. Efraín Huerta tenía en el suplemento de El Nacional la columna Close up de nuestro cine, en la que reseñaba películas, daba noticias de filmaciones y hacía semblanzas de personalidades de la cinematografía local; de manera excepcional dedicó una larga nota al libro publicado por Pina, en la que decía:

…en México no se ha publicado un libro sobre cine más importante (…) Y si exceptuamos el de Carlos Augusto León, La muerte en Hollywood (…), se puede y debe decir también que el libro de Pina es el más importante libro sobre cine que se ha editado en América Latina.

(…) se lee (…) con una emoción incontenida. Suave es la prosa (…) Prosa de medio fondo, diría yo en un sentido olímpico, o atlético. Prosa que va encantando, y que encanta más cuando se combina con la honrada cita, con la alusión más oportuna.

Nace la conversación: habla Chaplin, habla Egon Erwin Kisch, habla Upton Sinclair, habla Pío Baroja, habla el autor, habla Mack Sennett, vuelve a hablar el autor, y el autor como que va siendo el hilo conductor de esa silenciosa, de esa jugosa charla en torno al único hombre a quien Hollywood no ha podido vencer.

Los mil ejemplares de la primera edición de Charles Chaplin se agotaron pronto, por lo que en 1957 Editorial Grijalbo hizo para su serie Biografías Gandesa tres mil más: el libro también fue así un pionero de este campo en tener amplia circulación. Más adelante Pina publicó otros dos volúmenes de asunto fílmico, El cine japonés (1965) y la antología de críticas Praxinoscopio. Hombres y cosas del cine (1970), y reunió algunos de sus textos sobre literatura en “El Valle Inclán que yo conocí” y otros ensayos (1969), los tres con el sello de la UNAM.

Pina fue una influencia fundamental para los integrantes del grupo Nuevo Cine que en 1961 y 1962 hicieron una revista con ese nombre en la que, entre otras cosas, buscaron desarrollar el tipo de crítica practicado por el periodista de Orihuela. En dos páginas completas del número 1 de la revista, los editores hicieron un homenaje a este predecesor. Ahí Emilio García Riera escribió que lo consideraba como “el único crítico serio y responsable” que hubo en el país durante los largos años en que la prensa cinematográfica se mantuvo en la órbita de la poderosa industria de la “época de oro”; Jomí García Ascot lo veía como “infatigable y claro orientador de una opinión que, en la formación misma de una generación nueva, no lo tuvo en México más que a él por guía”; y José de la Colina dijo que siempre había encontrado en sus escritos “una honradez, una nobleza y consecuencia ideológica, un amor al cine, en fin, muy raros en nuestro medio”.

Cuando Pina murió en diciembre de 1971, la asociación Periodistas Cinematográficos Mexicanos (Pecime) instauró en reconocimiento de su maestría en el ejercicio de la crítica, la formación y el análisis del cine, un premio que llevaba su nombre, otorgado anualmente al mejor largometraje de un cineasta mexicano. Y José Emilio Pacheco –entonces encargado con Carlos Monsiváis de la redacción de La Cultura en México– dedicó un texto a la memoria de “nuestro gran colaborador y amigo a lo largo de muchos años”, donde después de resumir su trayectoria como periodista y escritor, hacía esta semblanza:

Célibe, implacable vegetariano, de una fragilidad que era casi ascetismo, elegante en su pobreza, invariablemente digno –a la española– en el señorío de su humildad, Pina no tuvo más posesión que una pequeña biblioteca: vivió siempre libre de las humillaciones del servir y el mandar. Lo sostuvo el trabajo de su pluma, no compitió con nadie, no le quitó a nadie su lugar, no se rebajó nunca a las servidumbres del dinero, del poder ni del triunfo.

Desgraciadamente ya no se consiguen los libros mexicanos de Pina. En cambio, por fortuna su obra ha comenzado a revalorarse en España, gracias a la publicación de Artículos y ensayos, con edición, estudio introductorio y notas de Manuel Aznar Soler (Instituto Alicantino de Cultura “Juan Gil-Albert”, 2015).

Xochitepec, Morelos, 31 de mayo de 2020

Grabado de Ramón Alva de la Canal para Germán List Arzubide, El movimiento estridentista, Horizonte, Jalapa, 1926.

Fuentes

Ángel Miquel, “Francisco Pina: momentos de su vida en España”, en Jesús Nieto Sotelo, Tomás Pérez Vejo y Ángel Miquel (compiladores), Imágenes cruzadas. México y España, siglos XIX y XX, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, México, 2005, pp. 251-262.

Efraín Huerta, “El libro de Francisco Pina”, Revista Mexicana de Cultura, suplemento de El Nacional, núm. 274, 29 de junio de 1952, p. 3.

https://negritasycursivas.wordpress.com/2014/11/07/editar-es-divertido-la-coleccion-aquelarre/

“Homenaje a Francisco Pina”, Nuevo Cine, núm. 1, abril de 1961, pp. 8-9.

JEP, “En memoria de Francisco Pina”, La Cultura en México, Siempre!, núm. 519, 19 de enero de 1972, p. xi.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

La barca lunar en la entrada de servicio, de H. G. Pávlata

Una mañana de 1990 me encontré en el restirador de la oficina donde trabajaba una nota de Alain Derbez en la que me pedía asistir a una reunión en la Universidad Pedagógica Nacional, “para un asunto de interés”. Unos años antes, Alain y yo habíamos hecho con otros amigos la revista marginal Sabe Ud. Ler, cuyos primeros números imprimíamos en mimeógrafo y de la que derivamos como principales aprendizajes el arte de mecanografiar esténciles perfectos y el de trabajar colectivamente con gusto y sin pago. Pero al leer la nota no imaginé que el asunto al que Alain me convocaba era hacer otra revista, esta vez con algo de presupuesto y –dado el carácter de la UPN– distribución más o menos amplia.

El proyecto fraguó y El Acordeón. Revista de Cultura se publicó desde el verano de 1990 hasta la primavera de 1998, impulsada sucesivamente dentro de la universidad por Carlos Plascencia, Rebeca Reynoso y Manuel de la Cera, dirigida por Alain, diseñada por Marcela Capdevila y editada por mí. Los tirajes de sus 22 números en tamaño carta promediaron dos mil ejemplares y entre sus colaboradores estuvieron algunos de quienes habían participado en Sabe Ud. Ler, como Evodio Escalante, Mercedes Garzón y Carlos Chimal pero, gracias a las relaciones de Alain y del consejo de redacción, la nómina creció para incluir a decenas de autores de poemas, cuentos, fotografías, ensayos y obra gráfica de muchas ciudades del país. No creo equivocarme al decir que El Acordeón fue un excelente muestrario de la producción de zonas amplias de la cultura nacional de la década en que apareció.

Un producto asociado a la revista fue la colección de folletos y libros Cuadernos del Acordeón, coordinada por Marcela Campos y con diseño original de María Luisa Martínez Passarge. En tamaño media carta y divididos en cinco series identificadas por colores (Música, rojo; Comunicación, verde; Literatura, amarillo; Historia, café; Filosofía, morado), aparecieron 29 Cuadernos entre 1990 y 1993. Uno de ellos, que salió en abril de 1992 con introducción de María Luisa Puga y epílogo de Alain, fue el poemario bilingüe La barca lunar en la entrada de servicio, de H. G. Pávlata.

Nacido en Linz en 1931 y muerto en Pátzcuaro en 2014, Enrique Luft Pávlata es tal vez el único artista de aliento universal que he conocido. En su faceta pública como arquitecto, fue un incansable defensor del patrimonio artístico y cultural. Restauró capillas coloniales, creó técnicas para la conservación de las figuras de pasta de caña y defendió el uso del adobe como noble material reconstructivo. En buena medida, gracias a los esfuerzos que él y su primera esposa Teresa Dávalos hicieron sostenidamente a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia donde trabajaban, se logró la conservación arquitectónica y urbanística tradicional de Pátzcuaro en décadas –de los años sesenta a los noventa– de bárbaros impulsos “modernizadores”.

En su faceta como creador privado, Luft hizo pinturas, collages y poemas. Sólo una pequeña proporción de sus miles de cuadros, dibujos y objetos se exhibieron en exposiciones, pero algunos llegaron a colecciones particulares de México, Estados Unidos y Europa. En cuanto a los poemas que escribió, no encontraron salida parcial hasta la publicación de La barca lunar en la entrada de servicio. El libro incluye dos conjuntos diferenciados por su forma, escritos en inglés y traducidos al castellano: uno de haikús y otro de “poemas punk”. En el primero trasmina la asimilación del autor de los principios de la poesía oriental y en el segundo la de una de sus principales filiaciones modernas, el Ezra Pound de los Cantos (otra era su tatita Robert Graves, con quien convivió en Mallorca y del que conservaba cartas y un ejemplar firmado de La diosa blanca). En las dos series se muestran las iluminaciones de quien encuentra en una realidad manifestaciones de otra. Y algo parecido expresa la pintura de Pávlata: en la invitación de una de sus exposiciones, el artista escribió que las imágenes de clips entretejidos, tablas de cortar pan rebosantes de objetos y jugadores de futbol americano que presentaba no pertenecían a la tradición surrealista, como decían algunos poco avisados, sino que eran obra «para iniciados, conocedores del concetto de los manieristas”.

Con Alain, Marcela Campos, Cristina Cavalcanti, Felipe Leal y otros amigos visité con frecuencia a Enrique en las dos bellísimas casas de adobe, madera y tejas que construyó en Pátzcuaro, en una de las cuales había un horno alquímico con una inscripción en latín que incitaba a la búsqueda del Conocimiento (y en la otra, donde vivió con su segunda esposa, Lucy Carpintieri, un alambique para hacer mezcal). Su biblioteca era un instrumento vivo del que salían libros de filosofía, poesía y ciencia para ser leídos fragmentariamente en voz alta, pero también discos de 33 o 45 que puestos en un viejo aparato permitían escuchar la trompeta de Miles Davis o el divertido recital que un dadaísta hacía con un poema de una sola palabra: Napoleón. En esas casas se demostraba que la conversación es uno de los puntos más elevados de la cultura y también que la inteligencia no tiene por qué estar disociada de la emoción, el absurdo y la risa. Se estaba bien ahí. Pero Enrique ejercía además un magisterio invisible. Nos enseñó con el ejemplo asuntos tan disímbolos como que había que usar ropa de algodón o de lana, vivir sencillamente y cerca de la naturaleza, prescindir en lo posible de las máquinas (y entonces escribir a mano, o caminar para trasladarse de un sitio a otro), ser solidarios, crear con constancia… Es posible que no hayamos estado a la altura de sus enseñanzas pero, como resumió Alain en su epílogo a La barca lunar en la entrada de servicio, no podemos sino agradecerle que nos haya abierto generosamente la puerta para invitarnos al mundo.

Xochitepec, Morelos, 23 de mayo de 2020

H.G. Pávlata, Sin título, c. 1990

Vínculos:

https://revesonline.com/2018/11/26/

http://colonialmexico.blogspot.com/2014/06/enrique-luft-pavlata.html

https://www.inah.gob.mx/boletines/1171-fallecio-el-restaurador-enrique-luft-pavlata

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

El Decamerón, traducido por Daniel Tapia

En adaptaciones buenas, regulares o malas, el cine me ha hecho conocer una gran cantidad de obras literarias. Es el caso de El Decamerón (1971) de Pier Paolo Pasolini, exhibido en el CUC y otros cineclubes de la Ciudad de México a los que asistí devotamente a partir de mediados de la década de los setenta. Nunca he sido muy afecto a las películas de Pasolini, pero recuerdo que El Decamerón me gustó por su muy libre representación del erotismo y por el sentido del humor que se desprende de los diálogos y las complicadas situaciones en que se enredan los personajes. La película no tuvo, sin embargo, el poder de llevarme a la lectura de la obra de la que partía, lo que sí me ocurrió, por ejemplo, con otras cintas italianas que debo haber visto más o menos por los mismos tiempos, El Gatopardo (1963) y Muerte en Venecia (1971), adaptaciones de Luchino Visconti de las novelas de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y Thomas Mann. Sólo ahora, cuando vivimos la experiencia de un confinamiento similar al de los personajes del libro de Boccaccio, me dieron ganas de conocerlo.

Un paseo por Internet me hizo saber que el Decamerón fue escrito y publicado pocos años después de que la peste negra devastara Florencia en 1348. También que la Iglesia lo incluyó en el Índice de libros prohibidos. Esto último tuvo la consecuencia de que sus cuentos se difundieran mutilados o parafraseados por censores, editores y traductores; por otro lado, impresores de obras libertinas seleccionaron piezas que ofrecieron, corregidas y aumentadas, a su voraz público lector. Así, una buena parte de lo que se popularizó como obra de Boccaccio se transmitió deformada por la censura, la autocensura o el interés comercial.

Uno de los resultados de estos usos fue que rara vez se publicara el Decamerón completo. En un ensayo reciente, Cesáreo Calvo Rigual reporta sólo tres traducciones al castellano en el siglo y medio transcurrido entre 1800 y 1940. Una cuarta, realizada por Daniel Tapia, se publicó en México en dos volúmenes por la Editorial Colón y en 1947, bajo el título de Cuentos (El Decamerón). En el conceptuoso prólogo que la acompañaba, Salvador Novo escribió que lo satisfacía ver que el libro apareciera “en una edición completa y fielmente interpretada”, que por un lado permitía mostrar “la conciencia cristiana y la revelación pagana de la vida” que forjaron “la dualidad manifiesta en la arquitectura de la cultura occidental”, y por otro situaba a Boccaccio, inequívocamente, «en el alto sitial que le corresponde dentro de la literatura».

Daniel Tapia Bolívar nació en 1908 en Madrid. Su vocación juvenil por la creación lo llevó a publicar en esa capital sus narraciones San Juan (Biblioteca Nueva, 1935) y Ha llovido un dedito (Espasa Calpe, 1935), pero la derrota del bando republicano en la Guerra Civil determinó que su carrera tuviera que continuar en el exilio. En la Ciudad de México, adonde llegó en 1939, colaboró en revistas literarias y publicó las obras de tema taurino Teoría de Pepe Hillo (Colección Málaga, 1945) y Breve historia del toreo (Editorial México, 1947). Pero en su país de adopción Tapia se ganó la vida, durante muchos años, ejerciendo el oficio de traductor. Se publicaron versiones suyas de novelas de los franceses Alexandre Dumas, Pierre Loti y Michel Zévaco, y su trabajo dio como principal fruto una versión completa de Las mil noches y una noche, además de la del Decamerón. Casado con Pilar Villalba Ruiz e integrado al grupo del Ateneo Español, trabajó después en los ramos editorial y de las artes gráficas. Murió en México en 1985.

La Editorial Colón pertenecía al malagueño y también exiliado Rafael Giménez Siles, quien entre 1928 y 1939 había tenido en España la Editorial Cenit, de inconfundible vocación marxista. Al pasar a México, Giménez Siles encabezó la creación de la Editora y Distribuidora Ibero-Americana de Publicaciones S.A. (EDIAPSA) con su cadena de Librerías de Cristal, así como la de una serie de editoriales de diverso alcance. Editorial Colón, cuya primera publicación fue en 1946 la autobiografía de León Trotsky, vivió apenas dos años, con un breve conjunto de lanzamientos. Mayor fortuna tuvo la Compañía General de Ediciones, fundada por Giménez Siles en 1949 con el narrador chihuahuense Martín Luis Guzmán. En alrededor de una década aparecieron ahí todos los libros éste, junto con obras de autores mexicanos (Fernando Rojas González, Josefina Vicens, Sergio Fernández, Artemio de Valle-Arizpe), de otros países latinoamericanos (Porfirio Barba-Jacob, Alejo Carpentier), de españoles en México (José Gomís Soler, Florentino Martínez Torner) e incluso de españoles en España (Ángela Figuera Aymerich, Victoriano Crémer).

Uno de los puntos fuertes del catálogo de esa empresa a la que caracterizó el sobrio diseño de sus tapas amarillas era el de las traducciones. Las hubo, por un lado, de biografías de Dante, Voltaire, Mirabeau, Rousseau y Jorge Sand; por otro, de trabajos de historia y geografía de Humboldt, Prescott y Reclus, y de obras literarias contemporáneas de Traven, Hesse y Rolland, o clásicas de Homero, Virgilio y Boccaccio (esta última, claro, la de Daniel Tapia). Estas traducciones fueron hechas, en su mayor parte, por exiliados españoles, quienes también aportaron obras al Fondo de Cultura Económica, la UNAM, El Colegio de México, Séneca y otras editoriales. Ya en su pionera Crónica de una emigración (la de los republicanos españoles en 1939), publicada con dibujos de Arturo Souto por Libro Mex en 1959, Carlos Martínez destacó la contribución a todos los campos de la cultura mexicana hecha con “gran fervor intelectual” por esos traductores, entre quienes se encontraban Pedro Salinas, Wenceslao Roces, José Gaos, Ricardo Baeza, Eugenio Ímaz, Isabel de Palencia, Daniel Tapia, Florentino Martínez Torner, Javier Márquez, Nuria Parés, Agustí Bartra y Margarita Nelken.

Dibujo de Arturo Souto para Crónica de una emigración
Dibujo de Arturo Souto para Crónica de una emigración

La obra de Martínez sólo consignaba lo ocurrido en los primeros veinte años del exilio, enfocándose en México; después ha sido ampliada por estudios que dan una visión panorámica de la trascendencia continental a largo plazo de los trabajos de los transterrados relativos al mundo del libro, como las publicaciones recientes de la sevillana Editorial Renacimiento Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, de Fernando Larraz, aparecido en 2018, y el Diccionario bio-bibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, que salió en cuatro tomos en 2017 editado por Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García.

Un ejemplar del Decamerón de la Compañía General de Ediciones se conserva en la refinada biblioteca que mi suegro, José Ribera Salvans, hizo en México luego de salir exiliado de su Cataluña natal en 1947. Leer en secuencia los cien cuentos, enmarcados por la historia del confinamiento de los personajes que los relatan, no resultó adecuado para quien, como yo, llegaba al libro guiado sobre todo por la curiosidad. En cambio, encontré muy disfrutables algunas piezas elegidas al azar. Es obvio que un factor esencial en la comprensión y el gozo de esos textos escritos en otra lengua hace casi setecientos años fue la clara y pulida prosa del traductor. Así lo han reconocido implícitamente lectores de muchas generaciones que en más de medio siglo han agotado dieciséis tiradas de esa traducción, desde la primera en Editorial Colón en 1947, pasando por las seis de la Compañía General de Ediciones entre 1955 y 1964, y hasta las nueve hechas por Porrúa entre 1982 y 2014, la última en coedición con la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos de la Secretaría de Educación Pública.

Xochitepec, Morelos, 21 de mayo de 2020

Fuentes:

https://it.wikipedia.org/wiki/Decameron

Cesáreo Calvo Rigual, “Las traducciones del Decamerón de Bocaccio en España (1800-1940)”, Quaderns d`Italià 13, 2008, pp. 83-112.

Luis Suárez, “Prensa y libros, periodistas y editores”, en El exilio español en México, 1939-1982, Fondo de Cultura Económica y Salvat, México, 1982, pp. 615-617.

Carlos Martínez, Crónica de una emigración (la de los republicanos españoles en 1939), México, Libro Mex Editores, 1959, con dibujos de Arturo Souto.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obra-impresa-del-exilio-espanol-en-mexico-19391979-catalogo-de-la-exposicion-presentada-por-el-ateneo-espanol-de-mexico/html/ff3f9444-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Los rollos del Mar Muerto, de Yigael Yadin

Uno de los libros de la biblioteca de mi padre es Los rollos del Mar Muerto, de Yigael Yadin, publicado por Editorial Israel de Buenos Aires en 1959 y comprado, como consta por un cromo adherido en su primera página, en la Librería Cervantes de la ciudad de Guatemala. El autor, eminente arqueólogo e hijo de Eleazar L. Sukenik, uno de los eruditos que comenzaron a develar la importancia de los textos hallados en las cuevas de Qumrán (Palestina), hace un excelente resumen de lo relativo a ese trascendente acontecimiento, desde el azaroso hallazgo de los primeros rollos escritos sobre piel de animal y ocultos en tinajas de barro en 1947, hasta el momento de la escritura del libro, diez años después.

Entre lo descubierto en Qumrán destacó desde el principio un manuscrito con el bíblico Libro de Isaías, que pudo fecharse alrededor de un siglo antes de nuestra era y que fue copiado de otra fuente, escribe el autor, “sólo unos 600 años después de haber sido pronunciadas las palabras por el profeta mismo” (p. 91). El llamado Gran Rollo de Isaías es notable no únicamente por ser uno de los más largos y mejor conservados pergaminos exhumados, sino también porque es mucho más antiguo que la primera traducción griega de la Biblia (hecha a fines del siglo III d.C.) y unos mil años previo a los textos bíblicos hasta entonces conocidos en hebreo (de fines del siglo IX d.C.). Han llegado a nuestros días objetos metálicos arcaicos que tienen inscritas bendiciones y otras breves citas del Antiguo Testamento, pero este manuscrito sigue siendo la pieza completa más antigua que sobrevive de las tres religiones occidentales del Libro.  

Otro de los textos encontrados en 1947 en Qumrán era el titulado Rollo de la Guerra, también conocido como “Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de la Oscuridad”. Como explica Yadin, “se trata de un libro desconocido hasta ahora; no hay ninguno que se le parezca en la literatura judía o cristiana” (p. 139). Escrito en hebreo poco antes (o poco después) de la vida de Jesús, se trata de una obra emparentada con las revelaciones apocalípticas por su irreductible dualismo y la predicción de acontecimientos futuros, mientras que, por su descripción de equipamientos y maniobras militares, que incluyen incluso edades y rangos de los combatientes, también tiene un aire de familia con los tratados militares romanos. Yadin escribe que el autor, quien obviamente se consideraba a sí mismo como uno de los defensores de la Luz, sostenía que éstos debían instruirse en las prácticas bélicas para hacer uso ventajoso de ellas, pues “la guerra se llevará a cabo (…) en el día señalado de antemano por Dios, y (…) sólo los Hijos de la Luz que acaten todas las reglas especificadas (…) participarán del lado justo. Si se mantienen puros en ese sentido, entonces Dios les dará finalmente la victoria.” (p. 141)

Los arquitectos Armand Phillip Bartos y Frederick John Kiesler construyeron en Jerusalén el Santuario del Libro, una sección del Museo de Israel destinada, sobre todo, a resguardar los rollos del Mar Muerto. Y en efecto la mayor parte de los hallazgos de Qumrán se encuentran en sus bóvedas, aunque existen algunas piezas sueltas en otros archivos, así como falsificaciones hechas en el siglo XX que han alcanzado a compradores desprevenidos de instituciones tan importantes como el Museo de la Biblia en la capital estadunidense. El edificio del Santuario del Libro, inaugurado en 1965, se inspira parcialmente por el contenido del Rollo de la Guerra al evocar la siempre actualizable lucha entre la claridad y la oscuridad enfrentando en el espacio a una graciosa cúpula blanca –bajo la que se encuentra la estructura principal subterránea con su enorme archivo y su sala de exhibiciones–, con un rígido muro de basalto negro, que por cierto tal vez fue una de las fuentes de inspiración visual de Stanley Kubrick para el monolito que aparece en 2001, odisea del espacio (1968).

Invitado por Julio Bottom, la Asociación Mexicana de Amigos de la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Secretaría de Relaciones Exteriores, en 2005 tuve el privilegio de impartir la Cátedra “Rosario Castellanos” en ese centro educativo. Durante el tiempo que pasé en la tres veces milenaria ciudad, fui amistosamente conducido en mi descubrimiento de sus múltiples estratos, aspectos y secretos por Ruth y Jonathan Fine, Leonardo Senkel, Javier de la Puerta, Yohanan Bar Yafe, Aldina Quintana, José Benarroch, David Benabib, Leonardo Cohen, Hugo Villanueva y otros amables colegas. Recuerdo con emoción las visitas al Santo Sepulcro, con sus grutas subterráneas y su gran profusión de formas, olores y colores; al Muro de los Lamentos, con su recinto anexo dedicado al rezo y en el que se respira una fe acumulada durante muchas generaciones; al Monte de los Olivos, con su decena de recintos cristianos que se escalonan hasta culminar en la construcción románica que resguarda la piedra desde donde se dice que Jesús se elevó al cielo; a la bella y recogida sinagoga del museo italiano, la imponente mezquita de Omar (por fuera) y la simpática iglesia etíope de aire naif; al canal de Zacarías en la Ciudad de David; a las colinas boscosas donde se encuentra el monumento en forma de piano dedicado a la memoria de Arthur Rubinstein; al antiquísimo cementerio judío; al corazón populoso de la Ciudad Vieja, con sus callejuelas, comercios y puestos que ofrecen la deliciosa comida del Medio Oriente; a los cafés con sus infusiones de menta; a las librerías de viejo y las tiendas de antigüedades; a los museos; a las salas de espectáculos; a los parques…  y también al Santuario del Libro. De entonces son las siguientes fotos.

Un proyecto en curso del Museo de Israel ha hecho accesibles de forma digital cinco de los primeros rollos encontrados en Qumrán, entre ellos los mencionados más arriba. El Gran Rollo de Isaías incluye además un instrumento interactivo que muestra la traducción por expertos de sus versículos al inglés. De placentera e inaplazable consulta.

Xochitepec, 15 de mayo de 2020

Vínculos utilizados:

https://es.wikipedia.org/wiki/Yigael_Yadin

https://es.wikipedia.org/wiki/Santuario_del_Libro

https://www.nationalgeographic.es/historia/2020/03/manuscritos-mar-muerto-museo-de-la-biblia-washington-falsificaciones

http://dss.collections.imj.org.il/

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

25 años de Tristán Lecoq

Este año se celebra el vigésimo quinto aniversario de la aparición del primer libro de poesía de Trilce Ediciones. Desde la publicación en 1995 de Este jardín es una ruina, de Álvaro Quijano, en la colección Tristán Lecoq, Trilce ha lanzado más de cincuenta títulos de poesía o prosa poética. Puede decirse que el conjunto da cuenta, ante todo, de la producción de poetas y traductores nacidos entre 1950 y 1965, y que han desarrollado su carrera literaria completamente o por tramos en la Ciudad de México. En ese sentido Trilce ha sido, junto con Ediciones sin Nombre, El Tucán de Virginia, Almadía y ERA, una de las editoriales independientes ubicadas en la capital que se han interesado en promover y acompañar a esa generación.

Juan Carlos Mena –quien junto con Déborah Holtz dirige Trilce–, ha recordado que Tristán Lecoq nació como una extensión de los intereses y trabajos de un grupo de amigos que, hacia fines de los años setenta, hicieron revistas de literatura y publicaron sus primeras plaquetas y libros en editoriales entonces llamadas marginales. Hay en efecto en la colección inaugurada por Este jardín es una ruina obras de ese grupo de amigos, Manuel Andrade, Luis Cortés Bargalló, Carlos López Beltrán, Tedi López Mills, Carlos Mapes, Gastón Alejandro Martínez, José Luis Rivas, Pedro Serrano, Carmen Villoro, Francisco Segovia, Francisco Martínez Negrete y Ricardo Yáñez –además, naturalmente, de Álvaro Quijano–, acompañados en solapas, presentaciones o introducciones por textos de Jorge Aguilar Mora, Ana Castaño, Antonio Deltoro, Alicia García Bergua, David Huerta, Eduardo Hurtado, Fabio Morábito y Jaime Moreno Villarreal. Si añadimos a las traductoras y poetas Pura López Colomé, Carmen Leñero y Blanca Luz Pulido, así como a los dictaminadores, presentadores y reseñistas de los libros de Tristán Lecoq, tendremos el inventario de nombres de un buen tramo de la generación mencionada.

Pero la colección no se reduce a ser una manifestación de ésta, pues incorpora también obras de poetas de generaciones previas como Angelina Muñiz-Huberman y Max Rojas; de escritores más jóvenes como Luigi Amara, Rocío González y Julio Trujillo, o de autores de otros países hispanoamericanos como el español Francisco José Cruz, los cubanos Orlando González Esteva y José Kozer, el colombiano William Ospina, la puertorriqueña Mayra Santos-Febres, y los argentinos Ignacio Uranga y Jorge Fondebrider. Por otra parte, en Tristán Lecoq Universal han aparecido títulos con obras escritas originalmente en francés, inglés, holandés, portugués o hebreo, publicadas de forma bilingüe.

Los libros de Tristán Lecoq se caracterizan por su pulcra presentación tipográfica. Además, en su muy particular estilo, Juan Carlos Mena ha hecho en las portadas y contraportadas de la colección una deslumbrante propuesta visual que sólo tenía como antecedente, en las publicaciones mexicanas de poesía, la realizada por Vicente Rojo en ERA. Puede decirse que esta voluntad de afirmación gráfica, también presente en otras publicaciones de Trilce, es una de las marcas de la colección, desde luego junto con el cuidado en la selección de los textos.

Muchos de los autores del catálogo de Tristán Lecoq han hecho distinguidas carreras literarias. De la buena calidad de la colección da fe también la frecuente participación en las ediciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes a través de distintos programas, así como la de instituciones como la Universidad Autónoma de Nuevo León, la Fundación Casa del Poeta I.A.P. y la Fundación Octavio Paz A.C. Prácticamente todos los volúmenes traducidos han derivado de becas u otros apoyos gestionados en México, Holanda, Francia, Irlanda, Portugal, Gran Bretaña, Israel y Canadá.

No todos los libros de poesía de Trilce han aparecido en Tristán Lecoq. De hecho, varios de los proyectos más ambiciosos de la editorial se han publicado con formato distinto y mayor alcance, ya que su tiraje asciende a dos o tres mil ejemplares, por mil o quinientos de los de Tristán Lecoq. El primero de esos títulos fue La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las islas británicas, publicado en el año 2000, seleccionado, traducido y prologado por Carlos López Beltrán y Pedro Serrano; el segundo fue Noventa en los noventa, antología de Ernesto Cardenal hecha por Sergio Ramírez y aparecida en 2014; el tercero Obra reunida, de Seamus Heaney, traducido por Pura López Colomé, en 2015. A estos siguieron en 2017 Red doc de la canadiense Anne Carson, en versión de Verónica Zondek, y en 2018 dos volúmenes de escritores portugueses, La maleta del poeta, de Nuno Júdice, vertido al español por José Javier Villarreal, y Todos los poemas son de amor, de Manuel Alegre, en traducción de Blanca Luz Pulido, así como otro del israelí Ronny Someck, Yo la amo y que el mundo arda, traducido por Alberto Huberman y Angelina Muñoz-Huberman. La voluminosa antología (de casi 950 páginas) que conforma La generación del cordero, el también nutrido libro de Heaney y estas cuatro últimas obras se presentan, como los volúmenes de Tristán Lecoq Universal, de forma bilingüe.

Puede decirse, así, que los cincuenta y pico títulos de poesía publicados por Trilce constituyen uno de los proyectos editoriales más importantes surgidos en la Ciudad de México orientados hacia este género en las últimas décadas. La conmemoración del veinticinco aniversario de su inicio lleva a desear que, a pesar de los obstáculos presentes, la editorial pueda continuar por ese noble y trascendente camino.

Xochitepec, Morelos, 13 de mayo de 2020

Una versión de este texto apareció en la revista electrónica Periódico de Poesía, de la UNAM, en febrero de 2016.

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Álbum

Imágenes de personas mencionadas en este blog

Francisco Rendón, Ciudad de México, 1930
Pedro González Guillén, Amalia Miquel Alcaraz, Eduardo Alfonso y Ángel Miquel Alcaraz, Alicante, c. 1942
David N. Arce, Ciudad de México, 1949
Ángel Miquel Alcaraz, Torreón, c. 1950
Pedro González Guillén, Curuppumullage Jinarajadasa y Amalia Miquel Alcaraz, c. 1952
David N. Arce, Amalia y Ángel Miquel Alcaraz, Pedro González Guillén, Ciudad de México, 1953
Ángel Miquel Alcaraz y Jaime Santos Martín del Campo, en los extremos, con las hermanas Flora y Odila Rendón Casavantes y una chaperona al centro, Torreón, c. 1956
Ángel Miquel Alcaraz, Torreón, c. 1958
Ángel Miquel Rendón, Torreón, c. 1958
Horacio Miquel Rendón, Torreón, c. 1959
Carlos Rendón Casavantes, Magdalena Casavantes González y Francisco Rendón, con niño Miquel Rendón, Torreón, 1958
David N. Arce y Alfonso Simón Pelegrí, Puebla, c. 1962
Ángel Miquel Alcaraz, Ciudad de México, c. 1963
Hermanos Miquel Rendón y amigo, Ciudad de México, c. 1963
Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz, Alicante, 1966
Alfonso Simón Pelegrí, Flora Rendón Casavantes, Manola Ruiz y niño Simón Ruiz, Puebla, c. 1966
Niños Simón Ruiz y Miquel Rendón, Puebla, c. 1966
Josefina Maynadé, Flora Rendón Casavantes y María Solà, Ciudad de México, c. 1967
Amalia Miquel Alcaraz y Pedro González Guillén, Alicante, 1978
Ángel Miquel Alcaraz y Flora Rendón Casavantes, Ciudad de México, 1993
Alfonso Simón Pelegrí y Manola Ruiz, Madrid, 2014

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Libros de Elvira Gascón y Alfonso Simón Pelegrí

“¿Dónde no había españoles en el México de entonces?”, se preguntaba el exiliado ibicenco Emilio García Riera en El cine es mejor que la vida (Cal y Arena, México, 1990, p. 41), recordando a sus muchos contactos peninsulares en los años cincuenta, cuando asistiendo a la universidad y frecuentando cafés tuvo, según escribió, “la sensación” de hacerse adulto. Y es que a los tradicionales migrantes económicos de siempre, encargados de panaderías, abarrotes y amplias zonas del mundo del entretenimiento (el teatro, la zarzuela, los toros…), se habían sumado a raíz del término de la Guerra Civil decenas de miles de exiliados políticos que, en una sociedad que aún no era monstruosamente grande, se hicieron muy visibles al reforzar amplias regiones del periodismo, las editoriales, la educación, las artes plásticas, la música y el cine. Uno de esos emigrantes era mi padre, Ángel Miquel Alcaraz, alicantino llegado al país en 1949 y quien, después de casarse en Torreón y vivir dos años en Puebla, en 1964 recaló con su esposa Flora Rendón y sus hijos en la Ciudad de México, insuperable polo de atracción económica y laboral en esos tiempos.

Inserto en el medio laboral de los laboratorios médicos, Ángel se hizo de amigos mexicanos, entre ellos, en primerísimo lugar, Jaime Santos Martín del Campo, con el que emparentó de por vida al casarse los dos en Torreón con una de las bonitas hermanas norteñas Flora y Odila Rendón Casavantes. Pero naturalmente también tuvo buenos amigos españoles, como la soriana Elvira Gascón, quien había llegado al país en 1939, poco después de quien sería su marido, el pintor madrileño Roberto Fernández Balbuena. Como informa Mauricio César Ramírez Sánchez en Elvira Gascón: la línea de una artista en el exilio (El Colegio de México, México, 2014), esta mujer que había estudiado en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense y dado clases en la Academia de San Fernando, al asentarse en México dedicó sus principales esfuerzos a la ilustración editorial. Dos anexos de la obra de Ramírez muestran que entre 1942 y 1997 Gascón colaboró en dieciocho revistas y que alrededor de doscientos libros llevaron en portadas o interiores dibujos suyos de inconfundible estirpe picassiana. Entre esos libros hubo clásicos de amplia circulación, editados por el Fondo de Cultura Económica (el Chilam Balam y el Popol Vuh, la Historia de las Indias de fray Bartolomé de las Casas, las Obras completas de Sor Juana, los cuentos y poemas de Rubén Darío…), así como títulos de autores contemporáneos publicados por distintas editoriales: entre los mexicanos, de Alfonso Reyes, Andrés Iduarte, Dolores Castro, Emilio Uranga, Fernando Benítez, Juan Rulfo, Carlos Pellicer, Griselda Álvarez, Octavio Paz, Agustín Yáñez, Francisco Rojas González, Rubén Bonifaz Nuño, Margarita Paz Paredes, Adolfo Castañón…, y entre los españoles del exilio, de León Felipe, Pedro Bosch Gimpera, Juan Rejano, Luis Cernuda, Jomí García Ascot, Luis Rius… Uno de esos trabajos fue la ilustración, con una decena de graciosos dibujos, del poemario de mi padre Interior (Ediciones Cauce, Torreón, 1955). En 1972, la Editorial Siglo XXI hizo un homenaje a la ya para entonces larga trayectoria de la artista en 100 dibujos de Elvira Gascón, precedido por un soneto de Rubén Bonifaz Nuño; el ejemplar conservado en la biblioteca familiar tiene esta dedicatoria: “Para Flora y Ángel con el cariño de siempre, Elvira.”

Dibujo de Elvira Gascón para Interior
Dibujo de Elvira Gascón para Interior

El malagueño Alfonso Simón Pelegrí fue otro de los amigos viejos de mis padres. Llegó a México en 1957 y aunque sus actividades incluyeron la docencia, el periodismo y la edición de libros, siempre depositó en la literatura su compromiso más profundo. Escribió la novela Población del barro (Jorge Porrúa, México, 1983), el libro de cuentos La isla azul de terminarse el mundo (Diana, México, 1991) y una decena de poemarios, comenzando por …hombre dado a la voz, escrito en Puebla y ganador del Premio Ausias March del Ayuntamiento de Gandía. En ese libro de sonetos de contenido religioso (Alfonso fue seminarista antes de casarse con la gaditana Manola Ruiz y formar una numerosa familia), publicado en Valencia en 1965, dice la dedicatoria impresa: “Al poeta Ángel Miquel / A Flora Rendón de Miquel / con mi entrañable afecto”.

Alfonso se asentó alternativamente en distintas ciudades México y España, hasta que la muerte lo sorprendió en 2019, en Madrid. Con frecuencia lo escuché hablar de sus principales pasiones, San Juan de la Cruz, Cervantes, Borges, en el café de la librería Gandhi y otros sitios. Lo que admiraba en esos grandes escritores, ante todo, era la perfecta expresión en palabras de una percepción, un sentimiento, un concepto, un gesto humano. Él mismo era un obsesivo perseguidor del ideal, como decía, de «acertar en la diana». En sus últimos años, casi ciego, con la amorosa colaboración de su hija Adela, pulió hasta el fin de sus fuerzas los versos que escribió, de los que aparecieron en tiempos más o menos recientes las colecciones Código plural para examen de amor (Universidad Pedagógica Nacional, México, 1992, corregido y ampliado para Siglo XXI, México, 2004), Plural invención (Samsara, México, 2011) y Espejo oscuro (Samsara, México, 2013).

Ilustración en portada de Patricia Soriano

La colección “La escritura invisible” de Editorial Terracota, dirigida por Alberto Vital, incluyó en 2010 una antología de poesía y prosa escritas por Alfonso, bajo el título de Testimonio de un ángel sin nombre; en el prefacio de los editores, dice:

La presente antología se propone recuperar una de las escrituras invisibles más personales y cálidas de los últimos tiempos en el ámbito de ese país múltiple que tal vez se llama España-Atlántico-México o México-Atlántico-España. Malagueño de México, poblano andaluz, Alfonso Simón Pelegrí pertenece a la estirpe de quienes han sabido extraer entraña viva del exilio y bonhomía del dolor y la distancia.

Dibujo de Elvira Gascón para Interior

Xochitepec, Morelos, 8 de mayo de 2020

De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Krishnamurti, de Josefina Maynadé y María Solà de Sellarès

Pajareando por YouTube, encontré recientemente dos documentales relacionados que me interesaron. Uno, Adyar. Home ot the Theosophical Society (escrito, dirigido y editado por Steve Schweizer en 1993) cuenta el origen y desarrollo de la célebre organización que, a fines del siglo XIX, establecieron la rusa Helena Blavatsky y el estadunidense Henry Steel Olcott en Adyar (Madrás, India). Pensada en parte como un espacio para el estudio multidisciplinario de las religiones, los fundadores de la Sociedad Teosófica colocaron en la sala principal de su sede representaciones de un buen número de ellas, desde las desaparecidas, simbolizadas por las figuras de Orfeo, Osiris, Mitra, Quetzalcóatl, Ashtaroth y Asshur, hasta las vivas, encarnadas por Krishna, Zarathustra, Moisés, Buda, Lao Tse, Cristo y Mahoma. Adoptando como lema “No existe religión más elevada que la Verdad”, la propia doctrina teosófica nació como una asimilación sintética de motivos subyacentes a parte de esas tradiciones, así como de otras corrientes del pensamiento.

Los teósofos –comenzando por la prolífica Blavatsky– pronto se encontraron difundiendo su doctrina en revistas y libros. El documental me interesó, entre otras cosas, porque en él se habla de las acciones que en 1907 llevaron a la constitución de la Vasanta Press (nombre derivado de la pronunciación del apellido de Annie Besant, segunda presidenta de la Sociedad, por sus amigos indios), que ha difundido durante más de cien años la teosofía en los muchos campos que toca: filosofía, sociología, meditación, salud, alimentación, higiene, yoga… También se describen en la cinta rasgos de la extraordinaria biblioteca fundada por el coronel Olcott en la residencia de Adyar que, convertida años después en archivo y centro de investigación, resguarda decenas de miles de manuscritos en hoja de palma y cientos de miles de libros en lenguas de la India, Sri Lanka, Tíbet y otros países de la región.

La otra cinta, Jiddu Krishnamurti. The Reluctant Messiah (producido y escrito por Adam Sternberg y Lisa Clark en 2007), presenta una breve biografía del maestro indio adoptado en la infancia por Besant y Charles Webster Leadbeater, quienes creyeron reconocer en él al Mesías pacífico que a todas luces necesitaba el mundo en el siglo XX. Sólo que Krishnamurti dio a su vida un giro inesperado al renegar del destino que sus tutores habían esperado de él. Radicado en Estados Unidos, se separó de la Sociedad Teosófica y formuló una filosofía personal que, expresada en numerosas conferencias y recogida posteriormente en libros, lo volvió muy popular.

Mi padre, Ángel Miquel Alcaraz, fue uno de los que leyó esos libros, de los que se conservaron dos en su biblioteca. La paz individual es la paz del mundo, editado por la Fundación Hispano-Americana “Sapientia” (Buenos Aires, 1949), recoge dieciséis conferencias pronunciadas entre 1945 y 1946, junto con las respuestas a preguntas hechas por algunos de quienes asistieron a escucharlas; las reflexiones del autor se centraban en la urgente reestructuración de un clima de paz inmediatamente después de la Segunda Guerra, proceso en el que, como resume el título, se otorga al individuo un papel decisivo. La otra obra, A los pies del maestro, publicada en la Ciudad de México en 1950, es de factura más antigua. Se trata, de hecho, del primer libro atribuido a un jovencísimo Krishnamurti quien (bajo el seudónimo de Alcione), habría recibido de su Maestro Espiritual (inmaterial) los aforismos que lo componen. Esta obra que Annie Besant consideró, en un prólogo, la “primera dádiva al mundo” del pensador, fue publicada en inglés en 1911. Casi inmediatamente se vertió a otras lenguas y A.P.G., el traductor de la edición en español realizada en 1950, agregó al final una nota en la que dijo haber hecho el trabajo comparando las previas publicadas en Barcelona, La Habana y México, y “confrontando minuciosamente con el original en inglés la expresión de cada idea, así como la fidelidad al estilo, grandiosamente sencillo, del autor”. El pie de imprenta consigna como editora a la Fraternidad Universal, ubicada en la calle de Iturbide número 28 de la capital.

Del mismo sello conservó mi padre el libro de C. Jinarajadasa, Lo-que-es y lo-que-ha-de-ser, cuatro charlas rescatadas por miembros de la Logia “Mercurio” de la Sección Mexicana de la Sociedad Teosófica, “para conmemorar el primer aniversario de la muerte del gran conferenciante que, por más de 50 años, llevara la Luz y la Belleza de la Teosofía a otros tantos países”. El ceilanés Curuppumullage Jinarajadasa hizo estudios en Inglaterra y aprendió varias lenguas occidentales, entre ellas el español; casó con la feminista británica Dorothy M. Graham; impartió conferencias y a fines de los años veinte viajó por casi toda Latinoamérica seduciendo con sus ideas, entre otros, al nicaragüense César Augusto Sandino; en 1946 se convirtió en el cuarto presidente de la Sociedad Teosófica, después de Olcott y los británicos Besant y George Arundale; murió en junio de 1953 en Chicago, dejando sin cumplir su deseo de encontrarse con el principal desertor del grupo, y quien además había sido su discípulo en Londres, Krishnamurti, establecido en una comunidad propia en Ojai, California.

La Logia “Mercurio” que impulsó en 1954 la publicación de Lo-que-es y lo-que-ha-de-ser fue una de las siete que constituyó, junto con otras de la Ciudad de México, Veracruz y Mérida, el núcleo mínimo indispensable para que la Sociedad Teosófica reconociera la existencia de una Sección Mexicana. Ese reconocimiento se dio el 12 de noviembre de 1919 y desde entonces proliferaron los grupos de teósofos en el país. Unidos para estudiar, meditar y realizar acciones de caridad, éstos organizaron también excursiones y eventos sociales, y editaron folletos y libros; su primera publicación precede incluso al reconocimiento de Adyar: Un libro de texto de teosofía, de C.W. Leadbeater, traducido por la oaxaqueña Consuelo R. de Aldag y aparecido en la Ciudad de México en 1915 con patrocinio de la Logia “Aura”.

El arribo, a partir de 1939, de miles de españoles que se exiliaban a consecuencia de la derrota del bando republicano en la Guerra Civil, significó para los teósofos mexicanos un considerable refuerzo. Sobre todo porque entre los exiliados estaban –aunque no fueron de quienes llegaron pronto– dos extraordinarias mujeres: Maria Solà Ferrer (de Sellarès) y Josefina Maynadé y Mateos. Copio de Wikipedia información sobre la primera:

…nacida en 1899, integró el núcleo más activo del movimiento teosófico catalán. Estuvo vinculada a la escuela Damon y dirigió la Residència Internacional de Senyoretes Estudiants de Barcelona durante la Segunda República. En 1939 emprendió el camino del exilio hacia Francia. Más tarde se trasladó a El Salvador y Guatemala, donde dirigió la Escuela Normal femenina España y la Escuela Normal femenina Belén, e impulsó la actividad teatral. Tras ejercer como profesora en la Universidad de San Carlos en Guatemala (1948-54), se trasladó a México y se vinculó con el movimiento de las escuelas Waldorf y escribió y publicó varios ensayos pedagógicos. En el libro Hacia la nueva educación: la integridad del niño (1987) sintetiza su pensamiento educativo fundamentado en la interpretación de Cousinet, Xirau y Steiner, entre otros. Murió en México en 1998.

La segunda, nacida en junio de 1908, era hija de los teósofos catalanes Ramón Maynadé Sallent y Carmen Mateos Prat, quienes durante las primeras tres décadas del siglo editaron una Biblioteca Orientalista que –como informa Josep Mengual en el blog negritasycursivas– en 1934 ofrecía 268 títulos en su catálogo; cito del mismo blog:

Josefina o Pepita Maynadé, que a los catorce años vio ya publicado El tesoro de Maya, creó una amplísima obra como traductora e ilustradora, y es autora de títulos como el articulo inicial «El teósofo y el ceremonial» (publicado en El Loto Blanco en 1925), Escuela de héroes (¿1929?), Plotino, su escuela iniciática y su filosofía (1929), Los niños a través de la plástica histórica (¿1946?), etc., y al final de la guerra civil española (durante la que se vio separada de su marido Luis García Lorenzana), residió en las islas Canarias (donde publicó los poemarios A Cloris y Los silencios y colaboró en la revista feminista Mujeres en la isla) y desde 1958 en México, donde amplió sus actividades…

Mi padre y mis tíos Pedro González Guillén y Amalia Miquel Alcaraz, que frecuentaban los círculos teosóficos españoles, conocieron a Pepita en los años treinta. En el verano de 1955, cuando ya se habían exiliado en México, ella les envió desde Huelva su poemario Las ocultas dádivas (Colección El Sobre Literario, Valencia, s/f), en cuya dedicatoria escribió: “A vosotros, Amalia, Pedro, Ángel, hermanos del alma”. Y poco después de que Pepita llegara también exiliada al país, mi padre le pidió las ilustraciones para su libro de prosa poética Ángel Francisco (Ediciones Cauce, Torreón, 1960), que comenzó a fraguar cuando su joven esposa Flora Rendón Casavantes le reveló estar embarazada, y que terminó de escribir el mismo día en que los fórceps de un practicante hicieron transitar al bebé del agradable seno materno al sofocante calor del verano lagunero.

Dibujo de Josefina Maynadé
Dibujo de Josefina Maynadé
Dibujo de Josefina Maynadé
Dibujo de Josefina Maynadé
Dibujo de Josefina Maynadé
Dibujo de Josefina Maynadé

Maynadé honró el espíritu panreligioso de los teósofos al escribir ensayos sobre distintas tradiciones, que editaron en México Orión y Costa-Amic: Krishna (1959), Buda (1965), Asuramaya (1965), Faraonas y sacerdotisas del antiguo matriarcado egipcio (1967), Moisés (1967), Orfeo y la cíclica expedición de los Argonautas (1967) y Amonio Saccas (1970). Además, la autora se extendió al campo de la astrología con la edición de El horóscopo del mundo (1965) y Astrosofía (1969). En 1972, Editorial Diana lanzó la colección “Tradición sagrada de la humanidad” a cargo de ella y Solà de Sellarès. Ese proyecto incluyó ediciones de clásicos como el Bhagavad Gita, el Tao Te King, los Yoga-sutras y fragmentos de los Upanishad preparados por distintos autores, mientras que Maynadé quedó a cargo de versiones de los Libros sagrados de Hermes Trismegisto, el Libro tibetano de los muertos, los Himnos órficos y los Versos áureos de Pitágoras. Todo esto seguramente la convirtió, hasta su muerte en 1978, en la principal divulgadora del pensamiento religioso no católico ni judío en el mundo hispanoamericano; y sus libros, en primeras ediciones o reeditados, siguen en buena parte disponibles.

El primer volumen de “Tradición sagrada de la humanidad”, escrito por las dos coordinadoras de la colección, fue significativamente sobre Krishnamurti. En la presentación dice:

La lectura de este libro como la de los que le siguen, no puede ser superficial, ya que todos pretenden llamar la atención sobre las causas que alteran la armonía del mundo (…) Pero en el loco vaivén que nos arrastra, ora para gozar, ora para sufrir, sin duda percibimos que late un impulso hacia la plenitud del ser. ¿Cómo convertirlo en autoconciencia de nuestro vivir y así dar nacimiento a una sociedad que sea su consecuencia? (…) Que esta colección contribuya a liberarnos de angustias y temores, es todo lo que pretenden quienes la han concebido.

Maynadé y Solà pensaban, como muchos, que Krishnamurti iba a cumplir un papel crucial en la formación de una más elevada conciencia colectiva. Y fue así, de algún modo. Como muestran las opiniones de muy diversas e influyentes personalidades reproducidas por las autoras en la primera sección del volumen, tuvo una considerable repercusión entre quienes lo escucharon y lo leyeron cuando vivía; en general, podría decirse que sus ideas fueron uno de los vectores del clima cultural de “amor y paz” en América y Europa durante las décadas de los sesenta y setenta. Sin embargo, aunque las instituciones fundadas o inspiradas por él continuaron difundiendo su legado, su figura cedió después ante el empuje de otros líderes espirituales de gran alcance mediático como Osho, Deepak Chopra o el Dalai Lama.

Xochitepec, Morelos, 5 de mayo de 2020

Dibujo de Josefina Maynadé

Vínculos utilizados:

https://www.ts-adyar.org/content/adyar-library-and-research-centre

https://ca.wikipedia.org/wiki/Maria_Solà_de_Sellarés

https://negritasycursivas.wordpress.com/tag/ramon-maynade/

José Ricardo Chaves recrea algunos aspectos relacionados con la adopción cultural de las doctrinas orientales en México heterodoxo. Diversidad religiosa en las letras del siglo XIX y comienzos del XX, UNAM / Bonilla Artigas / Iberoamericana, México, 2013.