De libros

En torno de una muerta de Alberto Leduc

Hijo de francés y mexicana, Alberto Leduc nació en Querétaro en 1867. Después de tener la experiencia adolescente de trabajar casi dos años en la Marina Nacional, se dedicó a la escritura. Fue traductor, hizo almanaques y diccionarios, colaboró en publicaciones culturales. Algunos de sus cuentos merecieron emigrar de la efímera página periodística para reproducirse también como folletos o libros. El 5 de mayo de 1897 la sección de anuncios clasificados de El Universal daba cuenta de que en la librería de Charles Bouret, en la calle 5 de Mayo número 14, podían encontrarse ediciones de sus piezas breves Fragatita, Cuentos de Navidad y Ángela Lorenzana, además de sus novelas María del Consuelo y Un calvario. Pocos meses después otros diez cuentos suyos aparecieron reunidos bajo el sello de la Tipografía del periódico El Nacional con el título de uno de ellos, En torno de una muerta (1898). El autor de treinta años mostraba en este grupo de narraciones la complacencia modernista por subrayar los aspectos sombríos de la vida. Sus personajes sufrían decepciones amorosas y desgarramientos existenciales, y filosofaban paseando por cementerios, donde veían apariciones y acariciaban fantasmas.

Un ejemplar de la nueva obra fue enviado a Crisantema, revista literaria editada en Morelia; su redactor Alfonso Aranda y Contreras dio cuenta de su recepción de esta forma:

Alberto Leduc nos ha proporcionado la delicia de saborear las exquisiteces de su último libro En torno de una muerta.

Además del talento de artista que Alberto posee, revela en este libro que padece nostalgias incurables, fastidios melancólicos engendrados por “la monotonía de la vida, por el esfuerzo inútil de nuestras luchas, por la vanidad eterna y la miseria profunda de todo lo que existe”.

Alberto sabe de los desencantos de la vida, y ha sentido el contagio de la filosofía dolorosamente triste del alemán Schopenhauer; por eso sus pensamientos, exquisitamente modelados, atraen. ¡Oh, y cómo no, si en todos existe la voluntad, arrogante princesa cautiva en encantamientos de expiación; en todos existe la inteligencia, caja sonora cuyo fondo sin límites guarda las repercusiones de la voluntad, que herida por mil obstáculos, produce vibraciones más o menos dolorosas, pero siempre dolorosas! (“Arabescos”, Crisantema, 15 de agosto de 1898, p. 72)

Ese mismo año salieron otros dos libros de Leduc, la colección de textos breves Biografías sentimentales y una nueva edición de María del Consuelo, celebrada por José Juan Tablada como una “interesante y dolorosa nouvelle” que ya había merecido la sanción de los literatos y se reeditaba como “prueba de su interés palpitante y de su cautivador estilo”. (“Notas de la Semana”, El Nacional, 4 de junio de 1898, p. 1)

Leduc murió en octubre de 1908, antes de cumplir cuarenta años. Una nota necrológica informó, por un lado, de las agotadoras actividades que lo ocuparon en sus últimos años, y por otra del aprecio que se le tenía en el medio:

Alberto Leduc fue un heroico luchador, un trabajador constante, un obrero incansable del periodismo nacional.

Inteligente, modesto, laborioso, pasó su vida enteramente consagrado al cultivo de las letras, y con ello ganaba el pan de sus hijos, sin poder salir jamás de la posición un tanto angustiosa en que al destino plugo colocarlo.

Leduc daba lecciones de francés en los colegios, traducía obras y artículos, hacía boletines bibliográficos, escribía cuentos y novelas, dirigía revistas, desempeñaba el papel de repórter, agenciaba anuncios (…) ¡Pobre Alberto Leduc!… Así vivió siempre, y la muerte lo sorprendió en la tremenda lucha por la vida, sin que hubiese logrado jamás un desahogo, un descanso, una tregua, que mitigara sus penas, y se abriera un claro de esperanza y de luz en la negra noche de su vida fatigosa. (“Notas de la Semana”, El Tiempo, 11 de octubre de 1908, p. 2)

El escritor no llegó a ver la conclusión de uno de sus últimos trabajos, el Diccionario de Geografía, Historia y Biografía Mexicana publicado en 1910 por la Librería de la Viuda de Charles Bouret, para el que escribió numerosas entradas. Sus otros redactores, Carlos Roumagnac y Luis Lara y Pardo, dedicaron en el Prefacio unas líneas a la memoria de su compañero, quien “escribió mucho, muy especialmente cuentos que constituyeron su género favorito y quizás habría emprendido obras de mayor aliento si la muerte no lo hubiera sorprendido en lo mejor de su edad”. (p. VI)

Aunque algún cuento suyo fue incluido en antologías del género, la obra de Leduc fue olvidada por largo tiempo. No fue sino hasta 1984 cuando comenzó a rescatarse, con la edición de Fragatita y otros cuentos prologada por Ignacio Trejo Fuentes para la Colección La Matraca de Editorial Premià. Más adelante Teresa Ferrer Bernat compiló otra antología del escritor, Cuentos: ¡neurosis emperadora de fin de siglo! (Factoría Ediciones, 2005), y Blanca Estela Treviño impulsó la elaboración de artículos y tesis sobre obras suyas, así como la reedición en un solo volumen de sus dos novelas Un calvario: memorias de una exclaustrada y María del Consuelo (UNAM, 2012). Pero no se había hecho una nueva edición de alguno de los volúmenes de cuentos de Leduc hasta la aparición, preparada por Alfonso D´Aquino, de En torno de una muerta (Ediciones Odradek, 2024). Este libro, que de acuerdo con el colofón conmemora el 116 aniversario luctuoso del autor, pone de nuevo en circulación una prosa encantadora que manifiesta una visión del mundo desencantada, con el muy pertinente agregado de fotografías antiguas intervenidas para hacer surgir “como en los cuentos de Leduc, el anverso fantasmal de la realidad” (del texto de la contraportada).

Los personajes de estos cuentos son con frecuencia escritores que reflexionan sobre lo que están narrando y entre sus recursos está el de la incorporación de imágenes a la materia textual. Por ejemplo, en el cuento “Elena”, el narrador se pregunta cuál sería la mejor manera de “impregnar las imaginaciones de los que leen (…) con mi pluma torpísima e inhábil”, y de inmediato encuentra la respuesta: “con ese magnífico sistema de composición de lugar, empleado por el maestro de Loyola”, que se sintetiza en el mandato “pensad con imágenes, no con ideas puras ni abstractas”. (pp. 50-51)

Uno de los cuentos mejor desarrollados en este sentido es el que da título al libro, “En torno de una muerta”. De entrada, el narrador confiesa: “para que mis torturas íntimas sean mayores, poseo un cerebro enfermizo que recoge como placa fotográfica la visión de ciertos pasajes, de ciertas fisonomías y la de conversaciones y diálogos determinados”. (p. 14) A esta hipersensibilidad corresponde la capacidad de reproducir lo captado bajo la forma de recuerdos que se encadenan. Por ejemplo, cada vez que ese habitual paseante de panteones se topa con un sepulturero, a quien llama señor X, le ocurre “ver en mi interior cómo se perfila en sombras chinescas sobre la tela de los panoramas íntimos, la vista disolvente y retrospectiva de aquel día…” Se trata de los recuerdos de uno de los días más importantes de su vida, el de la muerte de su amada Rosa. La primera imagen evocada es la de seis hombres y cinco mujeres que salen de la casa para acompañar a los cuatro ganapanes que llevan el ataúd de Rosa hasta la carroza fúnebre. Sigue la de los deudos subiendo a un tranvía, que los lleva al cementerio donde conocen al señor X. Éste los conduce al sitio en el que cuatro empleados depositan el ataúd y echan sobre él paletadas de tierra. Entonces se suspende la descripción de escenas externas para introducir el recuerdo de un acontecimiento subjetivo: “a riesgo de poner en ridículo mi muy cómica virilidad sentimental, sentí que una ola de llanto amarga me subía a las pupilas, y dejé correr mis lágrimas, y dejé ridículamente escapar los sollozos que me estrujaban la garganta”. Los siguientes recuerdos muestran al señor X dándole azúcar y agua para paliar su tristeza, y a una parienta de la difunta diciendo “que ella no lloraba por los muertos sino por los recién nacidos, y que yo debería orar por Rosa y no llorar llanto que sólo era producido por el egoísta y vano sentimiento de haber perdido un placer”. Finalmente, las palabras de esa mujer detonan en el educado narrador la nueva imagen interna de haberle hecho pensar en sentencias parecidas de Platón y Montesquieu. Su reflexión final tiene que ver con la fragilidad de la memoria y con la imposición de nuevas impresiones sobre sus “placas fotográficas”, pues si bien aún puede recordar con precisión “este eslabonamiento de imágenes”, cuando pase el tiempo, “¿cuántas decoraciones y sombras chinescas necesitaré traspapelar y remover para encontrar en mi panorama cerebral esta vista disolvente…?” (pp. 22-24)

En este cuento Leduc asoció los recuerdos de su personaje con los encadenamientos de imágenes propios de las proyecciones con linternas mágicas, muy populares durante el siglo XIX. Esto hace suponer que el cuento fue escrito antes de que el cinematógrafo llegara a México. De otro modo, tal vez el escritor habría equiparado esa sucesión de recuerdos a una vista de movimiento, es decir, a una película. De todas formas, el uso de la terminología propia de los espectáculos de linternas mágicas manifestó la familiaridad y el gusto del escritor por las imágenes proyectadas. Esto tendría una lógica extensión cuando conoció el invento de los hermanos Lumière; en una crónica publicada apenas cuatro meses después de que se diera a conocer el cinematógrafo en el país, escribió:

Julio Bois, en su libro inquietador y extraño sobre el satanismo, trata largamente las prácticas diabólicas modernas. Cada capítulo de su obra deja un sabor azufroso y por sus páginas parecen correr llamaradas azules que casi abrasan el rostro. ¿Por qué en su larga lista de brujos, olvidó Julio Bois, a esos dos hechiceros lioneses que dicen apellidarse Lumière? Siempre que salgo del cinematógrafo que se exhibe en el hotel de la gran sociedad, me parece que asisto a evocaciones o a prácticas ocultas. No soy fotógrafo ni químico y prefiero, pues, creer que lo que pasa ante mis ojos es la vida terrenal fotografiada en el espacio como lo asegura algún astrónomo popular en fantástica novela. ¿La recordáis? Un individuo muere a fines del Segundo Imperio, y vuela su espíritu hasta la estrella del Cochero. Durante su largo viaje de la Tierra a Capella, aquella alma mira su nacimiento, su infancia, su juventud y los acontecimientos acaecidos cuando él acababa de nacer: ejecución de Luis XVI, Terror, 9 Thermidor, etcétera.

¿Acaso es esto imposible? ¿Por qué nuestros nietos no han de ver, si nosotros, sus padres y sus abuelos nos proveemos de un cinematógrafo; por qué no han de ver, digo, las bodas de sus padres, su bautizo, sus infantiles juegos, sus caritas lloronas, coléricas o risueñas?

Si sus padres mueren cuando ellos aun sean muy niños, ¿no será el cinematógrafo la verdadera historia de las familias que les legamos? Los Lumière son, a no dudarlo, los verdaderos evocadores de las cosas difuntas y de los muertos actores de ellas. Los Lumière conseguirán, sí, hacer vibrar con su invento a nuestros nietos y éstos, cuando miren desfilar a sus abuelos en escenas familiares o en actos oficiales, creerán como Lumen que van a través del espacio mirando en algún astro lejanísimo la fotografía de terrenales sucesos. (“Fin de siglo”, El Nacional, 5 de diciembre de 1896, p. 1)

Las referencias hechas por Leduc eran al ensayo El satanismo y la magia (1870) de Jules Bois y a la novela Lumen (1872) de Camille Flammarion.

Cines y cinéfilos

¡Viva el cine mexicano! de Gabriel Ramírez

A través del Seminario de Cultura Mexicana, Felipe Leal organizó recientemente una exposición de Gabriel Ramírez. Además de ser uno de los pintores fundamentales de la Generación de la Ruptura, éste fue integrante del grupo que publicó la revista Nuevo Cine (1961-1962), que propuso y a mediano plazo logró la transformación del cine mexicano y su cultura; publicó, con Emilio García Riera, Carlos Monsiváis, Jomí García Ascot y Jorge Ayala Blanco los 209 números de La Semana en el Cine (1962-1966), en la que se daba cuenta de la exhibición de películas en México y se presentaban filmografías de directores e intérpretes, y escribió hasta ahora seis muy documentados libros de historia del séptimo arte: El cine de Griffith (ERA, 1972), El cine yucateco (UNAM, 1980), Lupe Vélez, la mexicana que escupía fuego (Cineteca Nacional, 1986), Crónica del cine mudo mexicano (Cineteca Nacional, 1989), Norman Foster y los otros: directores norteamericanos en México (UNAM, 1992) y Miguel Contreras Torres (Universidad de Guadalajara, 1994).

Junto a los cuadros presentados en las paredes de la galería del Seminario de Cultura Mexicana, había una vitrina con documentos pertenecientes al archivo del artista. Entre éstos se encontraba una fotografía de los jovencísimos cinéfilos que hacían La Semana en el Cine y también una nota de Juan García Ponce, publicada en el suplemento Sábado del diario unomásuno el 17 de diciembre de 1983, acerca del mural en óleo sobre tela titulado ¡Viva el cine mexicano! hecho ese año por el pintor para el entonces recién creado Instituto Mexicano de Cinematografía. Entre otras cosas, García Ponce decía ahí:

Se trata, claro está, de un homenaje al cine mexicano, a su historia, a sus grandes nombres; se trata de un homenaje al cine como realidad artística y también como realidad material; pero se trata, muy significativamente, de hacerlo a través de una obra plástica en la que se muestran las formas, las maneras, los particulares recursos que definen a Gabriel Ramírez como pintor, un pintor que, además (…) es un fanático admirador del cine. Se reúnen, de este modo, el oficio de Gabriel Ramírez y su obsesiva afición por la cinematografía. El resultado no debería ser sorprendente para cualquiera que conozca estas dos vertientes de la personalidad de Gabriel Ramírez. Sin embargo, el resultado es sorprendente porque siempre es sorprendente encontrarse ante una gran obra de arte en la que se expresa por entero la personalidad de un auténtico artista (…)

No nos encontramos en ningún momento que (Gabriel Ramírez) se sirva de la pintura como material descriptivo para mostrar una historia del cine al que se quiere rendir homenaje, sino con (…) una obra plástica en la que destacan, por encima de todo, sus valores plásticos en tanto valores de la pintura; son abstractos los colores y las formas, pero también se vuelven abstracciones, que se entregan como parte de la obra, los nombres, la forma de la película virgen, las estrellas como signos, todo lo que aparece en el cuadro. Ya el título de éste puede tomarse como un grito popular en el que no se excluye la alegría y una cierta sonrisa irónica por parte del artista. Sí, ¡Viva el cine mexicano!; pero también ¡Viva Gabriel Ramírez! Él ha realizado una obra de arte que es un homenaje al cine mexicano precisamente porque se ha servido de ese tema para crear una verdadera y original obra de arte.

En algún momento ¡Viva el cine mexicano! se embodegó. Su rescate se debe a Eduardo de la Vega Alfaro, quien recuerda que “estaba en calidad de ruina en el área de carpintería de los Estudios Churubusco, donde lo encontré y, con ayuda de Carlos García Agraz, entonces director de esa instancia, se restauró”. Actualmente el mural está en uno de los edificios de ese conjunto, pero hay además una muy buena copia en la pared frente a la escalera de acceso a la dirección de la Cineteca Nacional, hecha con motivo de un homenaje que se rindió ahí al pintor y cinéfilo yucateco hace unos años. De esta copia es la siguiente imagen.

Carlos Monsiváis, Gabriel Ramírez y Emilio García Riera en los años sesenta

De libros

Cinco poemas de Ángel Miquel Alcaraz

En el número 26 de Laberintos. Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles, dirigida por Manuel Aznar Soler y editada por la Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu, aparecen entre otros muchos textos dos antologías de poetas valencianos del exilio republicano de 1939. Una, a cargo de Lluís Messeguer y Josep Palomero, recoge obra de quienes escribieron en valenciano; otra, recopilada por Manuel Aznar Soler, la de quienes lo hicieron en castellano. En esta última sección se reproducen cinco poemas de Ángel Miquel Alcaraz, precedidos por una noticia biográfica. Se copian aquí de las páginas 342-345 de ese excelente número, que puede ser consultado completo en la liga que se pone abajo.

Ángel Miquel Alcaraz. Ciudad de México, c. 1950. Colección: familia Molina Miquel.

Enlace

https://bv.gva.es/es/destaquem/-/asset_publisher/OmJIJd1Vl03q/content/laberintos-revista-de-estudios-sobre-los-exilios-culturales-espanoles

Cines y cinéfilos

Algunos libros sobre María Félix

La actriz nacida en Álamos, Sonora, en 1914, fue seguramente la figura del cine mexicano que recibió mayor atención de los medios hasta su muerte en la Ciudad de México en 2002. Su trabajo como intérprete y su influencia como figura pública también han suscitado la escritura de un buen número de libros, fenómeno sólo comparable entre nosotros, aunque en otros registros, con lo ocurrido con Luis Buñuel. Se recuerdan aquí algunas de las obras más destacadas sobre la estrella.

Este esbozo biográfico del veterano periodista José María Sánchez García fue el primer libro sobre la diva y uno de los primeros sobre cine que aparecieron en México. Salió en 1959 con el sello de Editorial Netzahualcóyotl, con portada de Juanino Renau y fotografías de Maurine de Samaniego, Tufic Yasbek e Ignacio Torres.

Publicado por Joaquín Mortiz en 1985 como María Félix. 47 pasos por el cine, esta exhaustiva investigación para la que el autor hizo más de cien entrevistas y consultó diarios y documentos de la época, es probablemente el libro más difundido sobre la estrella. Desde su aparición, se han hecho numerosas reediciones con uno u otro título.

Este catálogo filmográfico publicado por Ediciones Culturales Internacionales en 1992, acompañó al proyecto de la Filmoteca de la UNAM de contar en sus bóvedas con al menos una copia de todas las películas de la actriz. Las fichas se acompañan con imágenes de fotomontajes y stills, y un prólogo de Iván Trujillo Bolio.

La Cineteca Nacional impulsó en 1992 la edición de este lujoso volumen de fotografías pertenecientes a la colección del hijo de la sonorense, Enrique Álvarez Félix, quien fue también autor de un breve texto que se incluye a manera de epílogo. El libro abre con un ensayo en el que Octavio Paz llega a la actriz al reflexionar sobre la máscara y el arte de la interpretación, y donde aparece su célebre frase «la gran creación de María Félix es ella misma».

La autobiografía de la estrella, editada por Enrique Serna y prologada por Enrique Krauze, apareció en 1993 en cuatro fascículos ricamente ilustrados, después reunidos en un solo volumen. Es la fuente impresa más importante con se que cuenta para conocer su visión del mundo y las motivaciones que definieron su trayectoria.

La Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara dedicó en 2001 su libro del año a la diva. Se trata de un catálogo filmográfico ilustrado con prólogo de Carmen Elisa Gómez, coeditado por la Universidad de Guadalajara y el Instituto Mexicano de Cinematografía.

La casa neoyorkina Christie´s editó un catálogo de más de 250 páginas para promover en 2007 la subasta de las colecciones de la estrella, que incluían cuadros, porcelanas, tapices, platería, muebles antiguos, vestidos, libros, esculturas, candelabros y otros objetos de los que se rodeó en vida para hacer, como dice el texto introductorio, «un mundo absolutamente único».

Publicada por Tamesis en 2023, esta obra es una trascendente aproximación académica a la figura de la sonorense, tanto en la vertiente de los personajes de sus principales películas, como en las que inspiraron comportamientos de reivindicación femenina e indujeron la creación de apropiaciones y parodias en literatura, teatro, pintura, radio y otros medios culturales.

Cines y cinéfilos

El Cine Encanto de la Ciudad de México

Se afirma comúnmente que el arquitecto e ingeniero Francisco Serrano (1900-1982) fue uno de los más importantes representantes del art déco en la Ciudad de México; también que, por construcción o remodelación, dotó a la capital de algunos de sus cines más notables.

Su padre, también llamado Francisco Serrano, construyó durante el Porfiriato casas y edificios, e incursionó en la exhibición de películas con el Cine Fénix, ubicado en la calle Sor Juana Inés de la Cruz núm. 80, en la colonia Santa María la Ribera. El hijo no sólo se empapó así desde niño de los oficios del padre, sino que al morir éste en 1915 heredó el negocio del cine, que se convirtió en uno de sus medios de subsistencia durante sus estudios en la preparatoria y la universidad.

Anuncio en El Demócrata, 4 de octubre de 1919, p. 4.

A mediados de los años veinte, ya titulado, Serrano comenzó a hacer encargos, entre ellos la remodelación del Cine Isabel de la Ciudad de México y del Pineda de Pachuca. Esos trabajos llamaron la atención y le abrieron la puerta para proyectos en otros salones capitalinos (Palacio, Venus, Odeón, Edén, Roma, Buen Tono, Monumental, Rívoli y Teresa), a los que modificó fachadas, dotó de decoraciones y butacas, introdujo sistemas de aire acondicionado y, a partir de los años treinta, adecuó para la proyección de películas sonoras.

Esta experiencia culminó al ser contratado por la empresa Exhibidores Metropolitanos de Arturo Ceballos y Julio Castro para construir el Cine Encanto en Serapio Rendón núm. 87, colonia San Rafael. Cuando después de dos años de trabajos se inauguró el 5 de mayo de 1937, el recinto fue considerado por un reportero del Excélsior como “el más bello y confortable de la capital”, mientras que su anuncio lo publicitaba como “la última palabra en belleza y perfección”.

Anuncio en El Nacional, 5 de mayo de 1937, p. 6.

Escriben Francisco H. Alfaro y Alejandro Ochoa sobre el Encanto:

Su fachada monumental aprovechaba el lenguaje del déco mediante tres elementos horizontales: el pórtico, la marquesina y el remate con el nombre del cine. En sentido vertical, en la portada (…) resaltaban los esbeltos muros salientes que formaban un claroscuro en la parte central, encuadrada por un enorme marco macizo. Con su espectacular iluminación, esta fachada fue una señal resplandeciente en las legendarias noches citadinas de los años cuarenta.

María de Lourdes Cruz González Franco informa por su parte que el amplio acceso al interior estaba enmarcado por columnas, dos de las cuales funcionaban también como taquillas; el vestíbulo era de gran altura y contaba con jardineras en las que se habían colocado palmeras; amplios ventanales proporcionaban la iluminación diurna y lámparas con luz modulable de distintos colores la nocturna. La sala de espectáculos, con capacidad para 3147 espectadores, tenía lunetario y anfiteatro. Completaban las lujosas características del inmueble una pantalla enorme, butacas acojinadas, muros trabajados para impedir la reverberación del sonido, techo de concreto, clima artificial, un elevador para veinte personas que atendía los cinco niveles del edificio, alfombras y cortinajes, molduras en las paredes, un poderoso sistema de reproducción de imagen y sonido marca Western Electric, así como acabados en mármol, granito, cristal y bronce. Con el fin de lograr la visibilidad perfecta de la pantalla desde cualquier punto, se evitaron las columnas colocando trabes de hierro para soportar el anfiteatro.

En la inauguración del Encanto se eligió un programa doble curiosamente encabezado por la película argentina Ayúdame a vivir (José A. Ferreyra, 1936), apenas la tercera obra sonora de esa procedencia exhibida en la capital. La estelarizaba Libertad Lamarque, “La reina del tango”, quien se presentaba así ante un público que tendría ocasión de verla numerosas veces en las siguientes décadas, una vez que alejada por motivos personales de su país natal, se incorporara a las industrias mexicanas del cine y la televisión.

Anuncio en Excélsior, 5 de mayo de 1937, p. 12.

El Cine Encanto tuvo sólo dos décadas de vida, pues el temblor del 28 de julio de 1957 afectó gravemente su estructura y obligó a su demolición. Otras obras emblemáticas de Francisco Serrano en la Ciudad de México son los edificios Basurto, Insurgentes y Río de Janeiro, el Auditorio Plaza y la Escuela Nacional de Ingeniería de la UNAM.

Referencias y enlaces

Francisco H. Alfaro y Alejandro Ochoa, La república de los cines, Clío, México, 1998, pp. 58-59.

María de Lourdes Cruz González Franco, Francisco J. Serrano, ingeniero civil y arquitecto, tesis para obtener el grado de Maestra en Historia del Arte, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 1994, pp. 82-110.

Cines y cinéfilos

Programas de Salvador Toscano para el Teatro Bartolomé de Medina, Pachuca (1904-1906)

El Teatro Bartolomé de Medina fue inaugurado en la capital hidalguense en enero de 1887. Juan Felipe Leal resumió en uno de sus libros la información existente sobre los empresarios que exhibieron películas en él en los primeros años del siglo: Auguste Delamare (1901), Emilio Bellán (1902), Salvador Toscano y Román J. Barreiro (1904), Salvador Toscano y Román J. Barreiro asociados a los Hermanos Pastor (1905 y 1906), Enrique Rosas asociado con Juan C. Aguilar (1906), la empresa Hidalgo (1907) y Camilo Santillán (1908). La información de esas exhibiciones proviene, sobre todo, de noticias consignadas en periódicos. Pero también hay algunos programas de las funciones que las empresas de Toscano dieron ahí.

5 de noviembre de 1904

28 de noviembre de 1904

17 de agosto de 1905

17 de marzo de 1906

2 de julio de 1906

Estos impresos en papel muestran algunas de las características del cine y su publicidad en esta etapa formativa. Se colocaban en muros, mamparas u otros sitios para anunciar una función. Incluían los títulos de las películas, los horarios, el lugar de la proyección y el costo de la entrada, y muchas veces también las partes o escenas en que estaban divididas las cintas, así como textos más o menos largos en que se contaban argumentos y se hacían comentarios. Un dato importante de este periodo revelado en ellos es que las funciones iniciaban con una serie de películas muy breves para culminar en producciones más largas, de unos quince minutos de duración. Éstas podían ser documentales como La guerra ruso-japonesa (1905), Viaje a Mérida del general Porfirio Díaz (Salvador Toscano, 1906) y Las bodas de Alfonso XIII (Segundo de Chomón, 1906), o de ficción como Asalto y robo a un tren express (Edwin S. Porter, 1903), Fausto y Margarita y Viaje a través de lo imposible (las dos de Georges Méliès, 1904). En estos primeros años se exhibieron eventualmente documentales filmados en México, pero casi no hubo películas con actores, por su elevado costo y la dificultad que representaba hacerlas.

El diseño de estos carteles se basaba fundamentalmente en la alternancia de tipografía, complementada por plecas, balas, viñetas y pequeños grabados. Tenían entre sí un claro parecido de familia, pero estaban lejos de ser uniformes, pues al no ser hechos siempre en las mismas imprentas presentaban formatos y juegos tipográficos distintos.

Aunque durante la primera década del siglo las empresas de cine también usaron para publicitarse volantes que se repartían en los salones, anuncios en diarios, gacetillas periodísticas o pregoneros en las calles, Toscano prefirió los programas impresos. Esto sugiere que le resultaban eficaces para las ciudades que visitaba, como Pachuca, donde sus habitantes estaban de seguro familiarizados con los sitios donde se acostumbraba colocar los anuncios de espectáculos. Esto hace pensar que el tiraje de los carteles debe haber sido pequeño, quizá de unas decenas de ejemplares cada vez. Además, eran productos efímeros, cuya utilidad se limitaba a la función que anunciaban. Por eso es casi un milagro que el pionero y su familia logaran conservar una amplia colección de esas piezas impresas en frágiles papeles.

Unos 250 programas de cines de distintas ciudades fueron digitalizados para incorporarse con fotografías familiares, cartas y otros materiales al CD-ROM Un pionero del cine en México. Salvador Toscano y su colección de carteles, editado en 2002 por la Fundación Carmen Toscano IAP y la Dirección General de Servicios de Cómputo Académico de la UNAM. La colección, única en México para los primeros años del siglo, resulta de gran importancia para la historia del cine, pero también proporciona abundante información sobre aspectos comerciales, publicitarios y de artes gráficas.

Citando a un “viejo pachuqueño”, el cronista Juan Manuel Menes Llaguno describió así el interior del Bartolomé de Medina:

…las tres puertas de la fachada principal (…) daban paso a un vestíbulo de regulares proporciones donde se ubicaba la taquilla en el lado izquierdo (…); al centro, tras una galería de tres escalones se encontraba un vano de arco peraltado que permitía el acceso a otro espacio, donde los espectadores se dividían para ingresar a los diferentes niveles. Quienes acudían al lunetario o palcos primeros, lo hacían directamente por una gran puerta encortinada; en tanto que quienes se dirigían a los palcos segundos, terceros o galería, abordaban una escalera semicircular que conducía a los diferentes niveles, donde reducidos pasillos daban acceso a sus lugares.

El lunetario tenía cabida para unas 500 sillas de bejuco que al ser retiradas dejaban un amplio espacio, ocupado en muchas ocasiones como sala de baile o comedor (…) A cada lado de la puerta principal, se encontraba el acceso a los palcos primeros que ocupaban de manera perimetral un espacio ligeramente más alto que el resto de la sala. Esta disposición se repetía en los tres pisos superiores (palcos segundos, terceros y galería). Toda la decoración de sus interiores era de corte francés, realizada en madera y pilares de acero finamente acabados.

El foro era de gran tamaño, al frente se encontraba un espacio ligeramente hundido para la orquesta, delante del cual se tendía el escenario, en el que sobresalía discretamente la concha para el apuntador.  La profundidad del escenario permitía la caída de ocho telones, para facilitar la presentación de varios cuadros.

El mismo autor agrega que el recinto se ocupó para representaciones de ópera, zarzuela, teatro y conciertos musicales, y que a pesar de haberse exhibido películas en él desde principios de siglo, “fue hasta 1919 cuando se colocó una caseta para cinematógrafo a la altura de los palcos terceros, cegando el que correspondía a la arcada central”.

De forma anticlimática, el más importante edificio para espectáculos de Pachuca fue derribado en 1943 para construir en su lugar ¡un cine!, el Reforma. Años después, en otro lugar de la ciudad, volvió a funcionar un teatro con el mismo nombre, hecho con materiales y características arquitectónicas que sólo en su fachada recuerdan a la espléndida edificación original.

El Teatro Bartolomé de Medina. Mediateca del INAH, Colección Estado de Hidalgo, documento 603496

El nuevo edificio, inaugurado en 1957. Después de tener funciones como Palacio Legislativo, en 1987 se lo destinó a actividades culturales. Fotografía de agosto de 2023

Fuentes y enlaces

Juan Felipe Leal con la colaboración de Eduardo Barraza, 1900: Segunda parte. El cinematógrafo y los teatros. Anales del cine en México, 1895-1911. México: Voyeur y Juan Pablos, 2009, pp. 124-126.

Juan Manuel Menes Llaguno (cronista del Estado de Hidalgo), “Los Teatros Del Progreso y Bartolomé de Medina”, Criterio, 15 y 22 de octubre de 2018.

Cines y cinéfilos

Un cuento de cine de Laura Méndez de Cuenca y El Hombre Eléctrico

Desde la llegada del cinematógrafo a México en 1896, escritores como Luis G. Urbina, José Juan Tablada y Amado Nervo se ocuparon de él en crónicas en las que expresaban su admiración por ese espectáculo que perfeccionaba, al incorporar la reproducción del movimiento, las populares exhibiciones de imágenes mediante linternas mágicas. Pero Laura Méndez de Cuenca (1853-1928) fue probablemente la primera en el país que lo incluyó en una obra de ficción. Además de hacer una espléndida recreación de las características del espectáculo a principios de siglo, la autora subrayó en el cuento “El cinematógrafo” una de las modalidades del invento, su capacidad para ofrecer un testimonio verídico de la realidad. Publicado en el diario El Imparcial el 19 de abril de 1908, el cuento también expresó dos importantes desarrollos de ese periodo: la necesidad de vigilar las condiciones de seguridad e higiene de los salones, lo que dio lugar al primer reglamento de cinematógrafos, y la creciente electrificación de las ciudades, que posibilitó la instalación de cada vez más cines permanentes.

La presencia de la electricidad en muchos ámbitos de la vida fue aprovechada por la empresa tabacalera El Buen Tono, que la incorporó a sus estrategias publicitarias en funciones de películas celebradas al aire libre, en anuncios difundidos desde un automóvil iluminado con focos de colores y en la propuesta de El Hombre Eléctrico, un “dandy en toda la extensión de la palabra” que llevaba en la espalda “tres hileras de diminutos focos incandescentes que se pueden encender a voluntad” para formar los nombres de marcas de cigarros. El anuncio de este efímero invento apareció en El Imparcial el mismo día que el cuento.

La escritura de la poeta y narradora Laura Méndez de Cuenca ha sido rescatada recientemente por un grupo de investigadores, entre quienes se encuentra mi amigo Pablo Mora Pérez-Tejada, a quien debo el conocimiento de esta intensa obra.

Cines y cinéfilos

Cinefabulaciones

Un grupo de profesores de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos impulsa la edición de este boletín digital sobre directores, películas, series y otros asuntos relativos a la imagen audiovisual. Agradezco a Adriana Estrada la invitación a participar con una nota para el número más reciente.

Ediciones Contrabando, de Valencia, publicó en septiembre del año pasado un libro sobre esta película, en el que se incluye una entrevista reciente a Nicolás Echevarría. Otros títulos de esa excelente colección dirigida por Héctor Ruiz Rivas y orientada al análisis de películas del ámbito iberoamericano son Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea, por John Mraz; La rabia de Albertina Carri, por Michèle Soriano; Tierra de Julio Medem, por Daniel Seguer y Javier Seguer, y Roma de Alfonso Cuarón, por Héctor Ruiz Rivas. Entre los próximos títulos, se anuncian Tasio de Montxo Armendáriz, por Joxean Fernández y Zama de Lucrecia Martel, por Alexis Yannopoulos.

Enlaces

https://www.edicionescontrabando.com/product-category/contrabando/cine-de-contrabando/

Cines y cinéfilos

Rescate de un texto olvidado

Gracias al interés de Ana Rosas Mantecón recordé la existencia de uno de los primeros artículos que tuve la emoción de ver publicados en una revista. Esto ocurrió en Dicine (número 44, marzo de 1992) por amable invitación de Emilio García Riera y Nelson Carro. Lo reproduzco aquí más como curiosidad arqueológica que otra cosa y en recuerdo de una época en la que, guiado por las enseñanzas de Aurelio de los Reyes, me internaba de forma placentera y también algo sorprendente para mí, en los estudios sobre cine.

Cines y cinéfilos

La película Tampico en su primer centenario

El 28 de junio de 1923 el Salón Rojo y otros cuatro cines capitalinos anunciaron el estreno de Tampico en su primer centenario, “obra de afirmación nacional única en su género”. La integraban dos secciones: una mostraba “el proceso exacto de la fabulosa industria petrolera (…) desde la construcción de una torre perforadora hasta la salida del petróleo al exterior”; la otra hacía la “relación completa de las suntuosas fiestas” organizadas para conmemorar el centenario de la ciudad en abril de 1923 y en las que hubo desfiles civiles y militares, ceremonias con discursos, la investidura de la reina de las fiestas, recitales, desfiles de carros alegóricos, conciertos, maniobras con cuadros militares y vuelos de aviones, regatas en el río Pánuco…

Anuncio en Excélsior, 28 de junio de 1923, p. 6.

La diversidad de los procesos de la industria y los nutridos festejos sugieren que la cinta tenía al menos dos rollos, es decir, una media hora de duración. También puede suponerse que estaba bien realizada, pues además de lograr ese estreno simultáneo en cinco cines de la Ciudad de México, pasó por otros lugares del país; por ejemplo, el 16 de agosto de 1923 un anuncio del Teatro Princesa aparecido en El Siglo de Torreón invitaba al público a ver “la riqueza y el buen gusto con que celebraron los entusiastas tampiqueños su primer centenario”. Se anunciaba que el director y autor de la versión en español de los títulos había sido Luis Amigot. Éste era el empresario del Cine Alcázar de Tampico, por lo que la cinta debe haberse proyectado en ese elegante salón de estilo morisco situado desde 1922 en la Plaza de Armas y a un costado de la Catedral de la ciudad portuaria. Y puesto que contaba con títulos en español e inglés, tal vez fue incluso exhibida en ciudades de Estados Unidos.

Cine Alcázar. Fotografía incluida en el Álbum Centenario de Tampico, p. 27.
Anuncio en Jueves de Excélsior, 21 de diciembre de 1922, p. 11.

El anuncio no consignaba quién había filmado la cinta. Ahora podemos suponer que fue Eustasio Montoya, documentalista de origen mexicano nacido en San Antonio, Texas, cuya trayectoria comenzó a rescatar hace un par de décadas Fernando del Moral González. En trabajos de investigación y restauración hechos sobre los restos de un archivo particular compuesto por rollos de película, fotografías y documentos en papel, Del Moral rescató entre otras cosas una lista hecha por Montoya de algunas de sus producciones que pensaba vender, y en la que se revelaba su amplio trabajo como cineasta en los estados de la frontera desde tiempos de la Revolución. Esa lista incluía Tampico en su primer centenario junto con otras dos filmaciones hechas en el mismo estado: La llegada del general Álvaro Obregón a Tampico, Tamaulipas (1915) y Celebración popular en Laredo, Texas, y Nuevo Laredo, Tamaulipas, por el armisticio de la Primera Guerra mundial (1918).

Unos años más adelante, a través de una minuciosa revisión de la prensa de Estados Unidos, Rogelio Agrasánchez Jr. agregó a la filmografía de Montoya en esa región El progreso de Laredo (1917) y La nube (1919); esta última, filmada en Laredo con un elenco y un equipo técnico binacionales, marcó la primera y al parecer única participación del cineasta en una película de ficción, junto con Rafael Trujillo (director artístico, argumentista y actor), Arnulfo Botello (administrador de la empresa y actor) y la “bella señorita” Courtney Slaughter como protagonista femenina.

La información proporcionada por Agrasánchez Jr. también revela que el camarógrafo instaló en Laredo un taller fotográfico que en 1917 creció hasta convertirse en el flamante Montoya Motion Picture Studio, que se anunciaba así:

Esta novedosa e importante casa cuenta con una planta especial para la fabricación de toda clase de películas, garantizando hasta donde sea posible sus trabajos en el ramo de la cinematografía y muy especialmente en rótulos, los cuales se traducen del español al inglés y viceversa, a satisfacción del cliente. Igual trabajo se hace con vistas americanas o de cualquier otra nación. Se copian, además, periódicos, telegramas, cartas, fotografías, etcétera. Se toman vistas especiales de fiestas particulares, tales como días de campo, matrimonios, y se hacen a domicilio retratos también especiales de niños y de personas o grupos. Se toman casas de comercio, hoteles, fábricas, casas de campo y plantaciones, todo vistoso y exacto, así como animales que deseen anunciar para su venta. Se hacen todos estos anuncios en película de movimiento como una de las especialidades de la casa. (Evolución, 1 de agosto de 1917, p. 4)

Parece razonable atribuir a Montoya la filmación de Tampico en su primer centenario, pues de acuerdo con los datos proporcionados por los dos investigadores, había hecho producciones previas en el puerto, vivía en una ciudad relativamente cercana y, sobre todo, reconoció tenerla entre sus haberes para venderla, lo que podemos asumir como una prueba de autoría. Es difícil establecer cuándo se desplazó a la región petrolera para hacer las tomas de los campos de Cacalilao y las refinerías y estaciones terminales del Pánuco que menciona el anuncio de exhibición de la cinta, pero sí puede fecharse la presencia del cineasta en Tampico para hacer el registro de los festejos del centenario, que se llevaron a cabo entre el 10 y el 13 de abril de 1923. Por otra parte, no se sabe que Luis Amigot haya participado en otras producciones cinematográficas.

La película no ha sobrevivido, ni siquiera fragmentariamente. Sin embargo pueden identificarse algunos de sus temas particulares y evocarse su estética a través de las siguientes fotografías, tomadas del Álbum Centenario de Tampico publicado el mismo año y que la Universidad Autónoma de Tamaulipas ofrece en formato digital.

La industria petrolera

Los festejos del centenario

Fuentes y enlaces

Fernando del Moral González, El rescate de un camarógrafo: las imágenes perdidas de Eustasio Montoya, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 1997, p. 34.

Rogelio Agrasánchez Jr., Viaje redondo. El cine mudo mexicano en Estados Unidos, Tres Piedras, Harlingen, 2018, pp. 247-249 y 252-255.

https://riih.uat.edu.mx/handle/123456789/2762

https://oem.com.mx/elsoldetampico/local/adios-al-cine-alcazar-la-perdida-de-un-edificio-emblematico-en-tampico-video-13349481