Programas de Salvador Toscano para el Teatro Bartolomé de Medina, Pachuca (1904-1906)
El Teatro Bartolomé de Medina fue inaugurado en la capital hidalguense en enero de 1887. Juan Felipe Leal resumió en uno de sus libros la información existente sobre los empresarios que exhibieron películas en él en los primeros años del siglo: Auguste Delamare (1901), Emilio Bellán (1902), Salvador Toscano y Román J. Barreiro (1904), Salvador Toscano y Román J. Barreiro asociados a los Hermanos Pastor (1905 y 1906), Enrique Rosas asociado con Juan C. Aguilar (1906), la empresa Hidalgo (1907) y Camilo Santillán (1908). La información de esas exhibiciones proviene, sobre todo, de noticias consignadas en periódicos. Pero también hay algunos programas de las funciones que las empresas de Toscano dieron ahí.
5 de noviembre de 1904
28 de noviembre de 1904
17 de agosto de 1905
17 de marzo de 1906
2 de julio de 1906
Estos impresos en papel muestran algunas de las características del cine y su publicidad en esta etapa formativa. Se colocaban en muros, mamparas u otros sitios para anunciar una función. Incluían los títulos de las películas, los horarios, el lugar de la proyección y el costo de la entrada, y muchas veces también las partes o escenas en que estaban divididas las cintas, así como textos más o menos largos en que se contaban argumentos y se hacían comentarios. Un dato importante de este periodo revelado en ellos es que las funciones iniciaban con una serie de películas muy breves para culminar en producciones más largas, de unos quince minutos de duración. Éstas podían ser documentales como La guerra ruso-japonesa (1905), Viaje a Mérida del general Porfirio Díaz (Salvador Toscano, 1906) y Las bodas de Alfonso XIII (Segundo de Chomón, 1906), o de ficción como Asalto y robo a un tren express (Edwin S. Porter, 1903), Fausto y Margarita y Viaje a través de lo imposible (las dos de Georges Méliès, 1904). En estos primeros años se exhibieron eventualmente documentales filmados en México, pero casi no hubo películas con actores, por su elevado costo y la dificultad que representaba hacerlas.
El diseño de estos carteles se basaba fundamentalmente en la alternancia de tipografía, complementada por plecas, balas, viñetas y pequeños grabados. Tenían entre sí un claro parecido de familia, pero estaban lejos de ser uniformes, pues al no ser hechos siempre en las mismas imprentas presentaban formatos y juegos tipográficos distintos.
Aunque durante la primera década del siglo las empresas de cine también usaron para publicitarse volantes que se repartían en los salones, anuncios en diarios, gacetillas periodísticas o pregoneros en las calles, Toscano prefirió los programas impresos. Esto sugiere que le resultaban eficaces para las ciudades que visitaba, como Pachuca, donde sus habitantes estaban de seguro familiarizados con los sitios donde se acostumbraba colocar los anuncios de espectáculos. Esto hace pensar que el tiraje de los carteles debe haber sido pequeño, quizá de unas decenas de ejemplares cada vez. Además, eran productos efímeros, cuya utilidad se limitaba a la función que anunciaban. Por eso es casi un milagro que el pionero y su familia logaran conservar una amplia colección de esas piezas impresas en frágiles papeles.
Unos 250 programas de cines de distintas ciudades fueron digitalizados para incorporarse con fotografías familiares, cartas y otros materiales al CD-ROM Un pionero del cine en México. Salvador Toscano y su colección de carteles, editado en 2002 por la Fundación Carmen Toscano IAP y la Dirección General de Servicios de Cómputo Académico de la UNAM. La colección, única en México para los primeros años del siglo, resulta de gran importancia para la historia del cine, pero también proporciona abundante información sobre aspectos comerciales, publicitarios y de artes gráficas.
Citando a un “viejo pachuqueño”, el cronista Juan Manuel Menes Llaguno describió así el interior del Bartolomé de Medina:
…las tres puertas de la fachada principal (…) daban paso a un vestíbulo de regulares proporciones donde se ubicaba la taquilla en el lado izquierdo (…); al centro, tras una galería de tres escalones se encontraba un vano de arco peraltado que permitía el acceso a otro espacio, donde los espectadores se dividían para ingresar a los diferentes niveles. Quienes acudían al lunetario o palcos primeros, lo hacían directamente por una gran puerta encortinada; en tanto que quienes se dirigían a los palcos segundos, terceros o galería, abordaban una escalera semicircular que conducía a los diferentes niveles, donde reducidos pasillos daban acceso a sus lugares.
El lunetario tenía cabida para unas 500 sillas de bejuco que al ser retiradas dejaban un amplio espacio, ocupado en muchas ocasiones como sala de baile o comedor (…) A cada lado de la puerta principal, se encontraba el acceso a los palcos primeros que ocupaban de manera perimetral un espacio ligeramente más alto que el resto de la sala. Esta disposición se repetía en los tres pisos superiores (palcos segundos, terceros y galería). Toda la decoración de sus interiores era de corte francés, realizada en madera y pilares de acero finamente acabados.
El foro era de gran tamaño, al frente se encontraba un espacio ligeramente hundido para la orquesta, delante del cual se tendía el escenario, en el que sobresalía discretamente la concha para el apuntador. La profundidad del escenario permitía la caída de ocho telones, para facilitar la presentación de varios cuadros.
El mismo autor agrega que el recinto se ocupó para representaciones de ópera, zarzuela, teatro y conciertos musicales, y que a pesar de haberse exhibido películas en él desde principios de siglo, “fue hasta 1919 cuando se colocó una caseta para cinematógrafo a la altura de los palcos terceros, cegando el que correspondía a la arcada central”.
De forma anticlimática, el más importante edificio para espectáculos de Pachuca fue derribado en 1943 para construir en su lugar ¡un cine!, el Reforma. Años después, en otro lugar de la ciudad, volvió a funcionar un teatro con el mismo nombre, hecho con materiales y características arquitectónicas que sólo en su fachada recuerdan a la espléndida edificación original.
El Teatro Bartolomé de Medina. Mediateca del INAH, Colección Estado de Hidalgo, documento 603496
El nuevo edificio, inaugurado en 1957. Después de tener funciones como Palacio Legislativo, en 1987 se lo destinó a actividades culturales. Fotografía de agosto de 2023
Fuentes y enlaces
Juan Felipe Leal con la colaboración de Eduardo Barraza, 1900: Segunda parte. El cinematógrafo y los teatros. Anales del cine en México, 1895-1911. México: Voyeur y Juan Pablos, 2009, pp. 124-126.
Juan Manuel Menes Llaguno (cronista del Estado de Hidalgo), “Los Teatros Del Progreso y Bartolomé de Medina”, Criterio, 15 y 22 de octubre de 2018.
Un cuento de cine de Laura Méndez de Cuenca y El Hombre Eléctrico
Desde la llegada del cinematógrafo a México en 1896, escritores como Luis G. Urbina, José Juan Tablada y Amado Nervo se ocuparon de él en crónicas en las que expresaban su admiración por ese espectáculo que perfeccionaba, al incorporar la reproducción del movimiento, las populares exhibiciones de imágenes mediante linternas mágicas. Pero Laura Méndez de Cuenca (1853-1928) fue probablemente la primera en el país que lo incluyó en una obra de ficción. Además de hacer una espléndida recreación de las características del espectáculo a principios de siglo, la autora subrayó en el cuento “El cinematógrafo” una de las modalidades del invento, su capacidad para ofrecer un testimonio verídico de la realidad. Publicado en el diario El Imparcial el 19 de abril de 1908, el cuento también expresó dos importantes desarrollos de ese periodo: la necesidad de vigilar las condiciones de seguridad e higiene de los salones, lo que dio lugar al primer reglamento de cinematógrafos, y la creciente electrificación de las ciudades, que posibilitó la instalación de cada vez más cines permanentes.
La presencia de la electricidad en muchos ámbitos de la vida fue aprovechada por la empresa tabacalera El Buen Tono, que la incorporó a sus estrategias publicitarias en funciones de películas celebradas al aire libre, en anuncios difundidos desde un automóvil iluminado con focos de colores y en la propuesta de El Hombre Eléctrico, un “dandy en toda la extensión de la palabra” que llevaba en la espalda “tres hileras de diminutos focos incandescentes que se pueden encender a voluntad” para formar los nombres de marcas de cigarros. El anuncio de este efímero invento apareció en El Imparcial el mismo día que el cuento.
La escritura de la poeta y narradora Laura Méndez de Cuenca ha sido rescatada recientemente por un grupo de investigadores, entre quienes se encuentra mi amigo Pablo Mora Pérez-Tejada, a quien debo el conocimiento de esta intensa obra.
Un grupo de profesores de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos impulsa la edición de este boletín digital sobre directores, películas, series y otros asuntos relativos a la imagen audiovisual. Agradezco a Adriana Estrada la invitación a participar con una nota para el número más reciente.
Ediciones Contrabando, de Valencia, publicó en septiembre del año pasado un libro sobre esta película, en el que se incluye una entrevista reciente a Nicolás Echevarría. Otros títulos de esa excelente colección dirigida por Héctor Ruiz Rivas y orientada al análisis de películas del ámbito iberoamericano son Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea, por John Mraz; La rabia de Albertina Carri, por Michèle Soriano; Tierra de Julio Medem, por Daniel Seguer y Javier Seguer, y Roma de Alfonso Cuarón, por Héctor Ruiz Rivas. Entre los próximos títulos, se anuncian Tasio de Montxo Armendáriz, por Joxean Fernández y Zama de Lucrecia Martel, por Alexis Yannopoulos.
Gracias al interés de Ana Rosas Mantecón recordé la existencia de uno de los primeros artículos que tuve la emoción de ver publicados en una revista. Esto ocurrió en Dicine (número 44, marzo de 1992) por amable invitación de Emilio García Riera y Nelson Carro. Lo reproduzco aquí más como curiosidad arqueológica que otra cosa y en recuerdo de una época en la que, guiado por las enseñanzas de Aurelio de los Reyes, me internaba de forma placentera y también algo sorprendente para mí, en los estudios sobre cine.
El 28 de junio de 1923 el Salón Rojo y otros cuatro cines capitalinos anunciaron el estreno de Tampico en su primer centenario, “obra de afirmación nacional única en su género”. La integraban dos secciones: una mostraba “el proceso exacto de la fabulosa industria petrolera (…) desde la construcción de una torre perforadora hasta la salida del petróleo al exterior”; la otra hacía la “relación completa de las suntuosas fiestas” organizadas para conmemorar el centenario de la ciudad en abril de 1923 y en las que hubo desfiles civiles y militares, ceremonias con discursos, la investidura de la reina de las fiestas, recitales, desfiles de carros alegóricos, conciertos, maniobras con cuadros militares y vuelos de aviones, regatas en el río Pánuco…
Anuncio en Excélsior, 28 de junio de 1923, p. 6.
La diversidad de los procesos de la industria y los nutridos festejos sugieren que la cinta tenía al menos dos rollos, es decir, una media hora de duración. También puede suponerse que estaba bien realizada, pues además de lograr ese estreno simultáneo en cinco cines de la Ciudad de México, pasó por otros lugares del país; por ejemplo, el 16 de agosto de 1923 un anuncio del Teatro Princesa aparecido en El Siglo de Torreón invitaba al público a ver “la riqueza y el buen gusto con que celebraron los entusiastas tampiqueños su primer centenario”. Se anunciaba que el director y autor de la versión en español de los títulos había sido Luis Amigot. Éste era el empresario del Cine Alcázar de Tampico, por lo que la cinta debe haberse proyectado en ese elegante salón de estilo morisco situado desde 1922 en la Plaza de Armas y a un costado de la Catedral de la ciudad portuaria. Y puesto que contaba con títulos en español e inglés, tal vez fue incluso exhibida en ciudades de Estados Unidos.
Cine Alcázar. Fotografía incluida en el Álbum Centenario de Tampico, p. 27.
Anuncio en Jueves de Excélsior, 21 de diciembre de 1922, p. 11.
El anuncio no consignaba quién había filmado la cinta. Ahora podemos suponer que fue Eustasio Montoya, documentalista de origen mexicano nacido en San Antonio, Texas, cuya trayectoria comenzó a rescatar hace un par de décadas Fernando del Moral González. En trabajos de investigación y restauración hechos sobre los restos de un archivo particular compuesto por rollos de película, fotografías y documentos en papel, Del Moral rescató entre otras cosas una lista hecha por Montoya de algunas de sus producciones que pensaba vender, y en la que se revelaba su amplio trabajo como cineasta en los estados de la frontera desde tiempos de la Revolución. Esa lista incluía Tampico en su primer centenario junto con otras dos filmaciones hechas en el mismo estado: La llegada del general Álvaro Obregón a Tampico, Tamaulipas (1915) y Celebración popular en Laredo, Texas, y Nuevo Laredo, Tamaulipas, por el armisticio de la Primera Guerra mundial (1918).
Unos años más adelante, a través de una minuciosa revisión de la prensa de Estados Unidos, Rogelio Agrasánchez Jr. agregó a la filmografía de Montoya en esa región El progreso de Laredo (1917) y La nube (1919); esta última, filmada en Laredo con un elenco y un equipo técnico binacionales, marcó la primera y al parecer única participación del cineasta en una película de ficción, junto con Rafael Trujillo (director artístico, argumentista y actor), Arnulfo Botello (administrador de la empresa y actor) y la “bella señorita” Courtney Slaughter como protagonista femenina.
La información proporcionada por Agrasánchez Jr. también revela que el camarógrafo instaló en Laredo un taller fotográfico que en 1917 creció hasta convertirse en el flamante Montoya Motion Picture Studio, que se anunciaba así:
Esta novedosa e importante casa cuenta con una planta especial para la fabricación de toda clase de películas, garantizando hasta donde sea posible sus trabajos en el ramo de la cinematografía y muy especialmente en rótulos, los cuales se traducen del español al inglés y viceversa, a satisfacción del cliente. Igual trabajo se hace con vistas americanas o de cualquier otra nación. Se copian, además, periódicos, telegramas, cartas, fotografías, etcétera. Se toman vistas especiales de fiestas particulares, tales como días de campo, matrimonios, y se hacen a domicilio retratos también especiales de niños y de personas o grupos. Se toman casas de comercio, hoteles, fábricas, casas de campo y plantaciones, todo vistoso y exacto, así como animales que deseen anunciar para su venta. Se hacen todos estos anuncios en película de movimiento como una de las especialidades de la casa. (Evolución, 1 de agosto de 1917, p. 4)
Parece razonable atribuir a Montoya la filmación de Tampico en su primer centenario, pues de acuerdo con los datos proporcionados por los dos investigadores, había hecho producciones previas en el puerto, vivía en una ciudad relativamente cercana y, sobre todo, reconoció tenerla entre sus haberes para venderla, lo que podemos asumir como una prueba de autoría. Es difícil establecer cuándo se desplazó a la región petrolera para hacer las tomas de los campos de Cacalilao y las refinerías y estaciones terminales del Pánuco que menciona el anuncio de exhibición de la cinta, pero sí puede fecharse la presencia del cineasta en Tampico para hacer el registro de los festejos del centenario, que se llevaron a cabo entre el 10 y el 13 de abril de 1923. Por otra parte, no se sabe que Luis Amigot haya participado en otras producciones cinematográficas.
La película no ha sobrevivido, ni siquiera fragmentariamente. Sin embargo pueden identificarse algunos de sus temas particulares y evocarse su estética a través de las siguientes fotografías, tomadas del Álbum Centenario de Tampico publicado el mismo año y que la Universidad Autónoma de Tamaulipas ofrece en formato digital.
La industria petrolera
Los festejos del centenario
Fuentes y enlaces
Fernando del Moral González, El rescate de un camarógrafo: las imágenes perdidas de Eustasio Montoya, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 1997, p. 34.
Rogelio Agrasánchez Jr., Viaje redondo. El cine mudo mexicano en Estados Unidos, Tres Piedras, Harlingen, 2018, pp. 247-249 y 252-255.
La transformación del cine silente en sonoro a fines de la década de los veinte tuvo, entre otras consecuencias, la de una fuerte caída de las películas de Hollywood en el mercado iberoamericano. Acostumbrados a consumir cintas con intertítulos traducidos a la propia lengua, los públicos rechazaron las cintas habladas en inglés. Una estrategia utilizada por las productoras para enfrentar este problema comercial fue la invención del doblaje, que tuvo una primera manifestación en Broadway, dirigida por Paul Fejos en 1929; en ella, hispanohablantes afincados en Los Ángeles grabaron los parlamentos de los personajes, en discos que remplazaban al proyectarse los que contenían el sonido de la película original.
Otra estrategia utilizada por las productoras para abastecer al mercado hispanohablante fue la filmación de versiones en español de las películas hechas en inglés. Las producciones utilizaban los mismos guiones y sets, pero tenían distintos directores, técnicos y elencos. Esta curiosa vertiente dio lugar, entre 1929 y 1940, a la filmación de unos 175 largometrajes en los que participaron intérpretes provenientes de todos los países iberoamericanos. El primero de ellos, Sombras de gloria, versión de Blaze o´Glory, de la pequeña productora Sono Art, contaba la historia de Eddie Williams, exitoso cantante de Broadway quien, poco después de casarse, era reclutado para ir a la guerra en Europa. Ahí lo enfermaban gases venenosos que recibía durante su heroico salvamento de un soldado alemán. A su regreso, imposibilitado para trabajar, Eddie era mantenido por su esposa Helen. Ésta se fingía soltera para sostenerse en el empleo y se veía obligada a aceptar las propuestas amorosas de Carl Hummel, su patrón. Al descubrir la relación, Eddie mataba a Carl en un arranque de celos, sin percatarse de que era a quien había salvado en la guerra. En el juicio, Eddie y Helen se reconciliaban, y un compasivo jurado absolvía al homicida.
Sombras de gloria, dirigida por el estadunidense Andrew L. Stone, se filmó en octubre de 1929 con el argentino-alemán José Bohr y la mexicana Mona Rico como protagonistas. Ella tendría una discreta trayectoria en Hollywood antes de sufrir un accidente de aviación que terminó con su carrera; él trabajaría durante más de tres décadas como actor, guionista, músico, director y productor en películas de Estados Unidos, Chile, México, Honduras, Nicaragua y Venezuela.
Se presentan documentos relativos a la filmación, la exhibición y la recepción de Sombras de gloria.
Fotografía fija de Sombras de gloria (1929). Archivo personal José Bohr / Cineteca Nacional de Chile.
(La empresa Sono Art) está filmando una película parlante en inglés y, al mismo tiempo, aunque a diferentes horas, filma la misma película en español, en idénticos escenarios, pero con diferente personal.
No se trata aquí de que los actores de habla española digan en su idioma los diálogos de los norteamericanos para que éstos aparezcan en la pantalla como si hablaran español. Se trata de repetir las escenas, en lo visual y en lo auditivo, con los actores de habla castellana (…), que serán quienes figuren en la pantalla cuando la película sea exhibida (…)
Por eso juzgamos importante este esfuerzo de la Sono Art. Su obra, titulada Sombras de gloria, es la primera cinta parlante, de largo metraje, que se filma directamente en español.
Don Q, “Hollywood”, Cine Mundial (Nueva York), diciembre de 1929, pp. 1232-1233.
Anuncio en cartelera, Diario de la Marina (La Habana), 24 de abril de 1930, p. 8.
Un acontecimiento que significa el comienzo, en forma oficial, de la industria cinematográfica parlante en español, fue la “premiére” realizada en el teatro Criterion de Los Ángeles, de la cinta Sombras de gloria, totalmente hablada en español (…)
Una vez terminada la cinta, anuncióse (…) su primera exhibición (…) Dudóse mucho de que, tratándose de una ciudad norteamericana, hubiera suficiente público de habla española para llenar el enorme local donde caben cinco mil personas. Pero no fue así. Siguiendo una clásica costumbre, anuncióse la función para las 11:30 de la noche de un día sábado: tres días antes no había ya una sola entrada disponible.
La noche de la “premiére”, la calle resplandecía de luces: numerosos reflectores rodeaban la entrada del Criterion a fin de permitir la filmación de una película de actualidades, del noticiero Fox, en que pudieran notarse a los principales actores llegando al teatro y diciendo pequeños “speechs” ante el micrófono. Esa cinta ha sido ya enviada, conjuntamente con la producción, como iniciación del programa, a todos los países de Centro y Sud América.
La presentación de los intérpretes ante una muchedumbre de miles de personas congregadas en la calle, fue un éxito. Cada uno de ellos dijo allí una frase de saludo, que, a más de ser grabada en película, fue reproducida por los alto-parlantes en el medio de la Grand Avenue.
Y en seguida, asistióse a la presentación de Sombras de gloria, que fue, indudablemente, un éxito rotundo, mereciendo ovaciones den diversas partes de la producción. Y al final, el popular Reginald Denny (…) apareció en el escenario a fin de presentar personalmente al público a los principales intérpretes (…), llevándose atronadoras salvas de aplausos y siéndoles necesario a cada uno dirigir la palabra al público.
“La primera obra de José Bohr en Hollywood”, Ecran (Santiago de Chile), 20 de mayo de 1930, pp. 13-15.
Anuncio en cartelera, El Informador (Guadalajara), 27 de julio de 1930, p. 4.
De entre las películas vitafónicas que hasta la fecha han sido dadas a conocer en esta ciudad, se destaca sin duda alguna Sombras de gloria, estrenada ayer en el cine Lux con éxito rotundo.
Tiene la cinta las condiciones necesarias para constituir un espectáculo completo, atractivo y conmovedor, especialmente para los que hablamos en español, idioma en que está originalmente producida, y que naturalmente nos hace comprenderla muy bien en todos sus detalles, sin necesidad de narraciones escritas que además de interrumpir la sucesión escenográfica, llegan a cansar.
Con discreción se exponen en la película dos o tres temas melódicos apropiados al asunto, y en los cuales el protagonista desenvuelve su temperamento de artista, contribuyendo también la sobriedad musical, a la amenidad e interés de la producción (…)
Magníficas escenas épicas de la cruenta lucha mundial, pasan ante los ojos del espectador, transportándolo casi, con el verismo y fidelidad que rebosan, a los sangrientos campos de batalla.
José Bohr, argentino, encarna magistralmente al principal intérprete, un héroe americano de la gran contienda, que denodado, valiente y magnánimo, sufre todos los rigores del destino, inclusive el de la traición de su mujer, por lo cual se ve compelido a matar en defensa de su honor.
Mona Rico, mexicana, secunda a Bohr encarnando a la bella esposa del héroe, demostrando en su actuación, cualidades artísticas relevantes y gracia atrayente.
Toques altamente patéticos y de cruel realismo, coloran la acción, que se desarrolla en varios lugares, ofreciendo con exactitud, conjuntos en los que se revelan aspectos y actividades que llevan a alborozo, tristeza y emoción, o producen optimismos.
Oto Lear, “Cinematográficas”, El Informador (Guadalajara), 27 de julio de 1930, p. 4.
Anuncio, Cinelandia (Los Ángeles), febrero de 1930, p. 67.
El VII Congreso de la Internacional Comunista se celebró en Moscú en julio y agosto de 1935, con el propósito principal de acordar las mejores estrategias para combatir al fascismo. La delegación del Partido Comunista de México estuvo integrada por Hernán Laborde, Miguel Ángel Velasco y José Revueltas; este último acababa de purgar una condena en el penal de las Islas Marías acusado de organizar una huelga.
La delegación volvió a México una vez terminado el Congreso y transmitió en una Carta Abierta la consigna de que la labor inmediata más importante del Partido debía ser la creación de un Frente Popular Antiimperialista. Tiempo más adelante Revueltas escribió el siguiente texto, también derivado de su viaje, que publicó en el suplemento dominical del diario El Nacional el 30 de mayo de 1937.
El joven militante (al viajar a la URSS tenía apenas 20 años) da cuenta en él de que una de las actividades programadas por los anfitriones fue invitar a los congresistas a la proyección de Tres cantos a Lenin, el documental de Dziga Vertov estrenado en Moscú en noviembre de 1934, al conmemorarse diez años de la muerte del líder soviético. Escrita varios meses después de su regreso a México, Revueltas confundió en su crónica recuerdos de escenas de la película de Vertov con otras de lo que debe haber sido un documental exhibido previamente sobre “el mundo europeo de vísperas de la guerra”. De cualquier forma, no quedan dudas de la impresión que le produjo Tres cantos a Lenin, una de las películas que integró de manera más inventiva, variada y persuasiva el sonido a la imagen en esos primeros años de cine sonoro; tampoco quedan dudas de cuáles eran las convicciones y los ideales de los jóvenes comunistas de ese tiempo, como el autor de la crónica.
Este texto tal vez fue el primero que Revueltas dedicó al cine, un campo sobre el que más adelante haría importantes aportaciones tanto en la reflexión teórica como en la redacción de argumentos para cintas de la industria nacional. La calidad de su escritura ha llevado a la publicación de algunos de sus guiones (Los albañiles, Tierra y libertad, Los treinta dineros y El luto humano), mientras que las características cinematográficas de su novela El apando inspiraron a Felipe Cazals para hacer la intensa adaptación del mismo título en 1976. En la Obra reunida de José Revueltas editada por Era, un volumen integra sus ensayos relativos al cine, pero el texto que aquí se presenta al parecer no había sido republicado hasta ahora.
No pretendo en modo alguno hacer un artículo de crítica, o lo que así llamamos inútilmente. La crítica, según los cánones vigentes, ha de ser reposada e imparcial. Y yo declaro que por toda mi vida no seré nunca ni lo uno ni lo otro. Perdóneseme entonces si me porto en exceso vehemente y apasionado, que de cualquier manera y para mi desgracia, no lo seré con todo el exceso que hubiera querido siempre.
Vi Tres cantos a Lenin en la Unión Soviética. Este hecho no es fortuito, ni accidental, ni indiferente para el juicio sobre la obra. Hay para toda producción artística, quién sabe por qué misterioso y subjetivo proceso interior, agentes exteriores que obran sobre ella embelleciéndola, dándole un nuevo significado, una nueva magnitud. Silvestre Revueltas me contaba sus impresiones que, como músico, tenía de “La Internacional”: la primera vez opinó sobre ella como de una obra cuya musicalidad y técnica eran demasiado pobres, de un desolador simplismo. Hoy, encargado de su instrumentación para tocarla el primero de mayo, opina distinto. Le parece un hermosísimo canto humano, violento, pleno de energía creadora y rica musicalidad viviente. Sin duda alguna aquí se trata de la acción subjetiva y sutil, inasible, de un agente exterior que obra sobre la actitud transformándola y dándole sentido. Cuando digo “exterior” vacilo y dudo. ¿Son realmente “agentes exteriores” aquellos que estimulan la actitud para con una obra de arte, dándole una fisonomía distinta a esa misma actitud? Creo que dialécticamente y humanamente, podemos, debemos decir que no. ¿No “La Internacional” es precisamente la masa obrera, la huelga, la barricada y el combate sin tregua? ¿Tendría algún sentido, tendría algún significado “La Internacional” tocada en un salón, rodeada de damas y señores? No. Y no me refiero a “La Internacional” como himno, como canto político, sino como música, como inteligente y artística liga de sonidos, compases, técnica. Nada de eso tendría “La Internacional” en esas condiciones.
Tres cantos a Lenin nos fue exhibida a los delegados al VII Congreso de la Internacional Comunista, en los Estudios de la Rote Fahne, en Moscú. En una pequeña salita nos reunimos comunistas de todos los países: alemanes, franceses, chinos, etc. Gentes para quienes Lenin es el maestro, el guía, el padre. El público, entonces, era un público ferviente, amoroso. Permítaseme decir que yo estaba como en un santuario. Se me había dicho que en la cinta aparecería “el Viejo”. Me lo imaginaba moviéndose, accionando, hablando. Como de carne y hueso. Tenía en esa ocasión el espíritu recogido y anhelante.
(…) Se dice de Lenin que ha sido un hombre excepcional, pero en fin de cuentas un hombre. Ciertamente, el mejor de los hombres. Engrandeciéndolo: “El más humano de los hombres…” “Un hombre como tú, como yo…”, dice Mayakovski. Pero Lenin ha sido el mejor representante de la vida. Un ser de los que no se puede decir, como se estila hacerlo alrededor de los grandes hombres, que “está por encima del común de los mortales”. Precisamente la grandeza de Lenin consiste en no estar por encima de nadie. Está formado por todos los pedazos de Humanidad que cada uno de nosotros lleva en sí mismo. Es nosotros. “Dejad las puertas abiertas por si él, esta noche quisiera venir, que está muerto…”, “…a ver si nos parecemos a su cuerpo…”, “…a ver si morimos un poco aquí y ahí nacemos un poco…” No importa que cite a Juan Ramón Jiménez de memoria y casi seguramente con inexactitudes, pero de Lenin un joven no puede hablar más que en Poesía. Así le amamos.
Tres cantos a Lenin, en la Unión Soviética, en la patria creada por Lenin, en su suelo, entre sus gentes, no podía entonces más que estimular opiniones vehementes, categóricamente vehementes, apasionadas y violentas. El subtítulo reza, acaso con cierta frialdad técnica, la advertencia: “Film documental.” Es la película que enseña objetivamente los principios y obras de Lenin y Stalin: la lucha contra la guerra imperialista; la liberación de las nacionalidades oprimidas y la construcción del Socialismo.
Aparece en la pantalla la casa del pueblecillo Gorki, donde Lenin murió. Y afuera de esta casa, en un jardín un tanto abandonado, una banca vacía. Nos la muestra la cámara aislada y sola. Sin Lenin. Es la misma banca donde figuran Lenin y Stalin charlando amablemente, en postales que se venden hoy por toda la Unión Soviética.
Y ante nosotros pasa el mundo europeo de vísperas de la guerra. Transeúntes de sombrero hongo y paraguas, asombrados ante las manifestaciones en París, Varsovia, Viena. ¡Abajo la guerra imperialista! Berlín. Soldados prusianos, brutales, férreos. Y un alemán, el mejor alemán, el más grande alemán, el más puro: Karl Liebknecht. Rostro apostólico, gesto apasionado. Sus anteojillos relampaguean, su puño se agita, amenaza al cielo, al horrible cielo kaiseriano, lleno de gases asfixiantes. ¡No queremos guerra! ¡Fratednizad, soldados, en el frente!
Luego la vieja Rusia. El Moscú adoquinado. Y sobre un fondo de iglesias bizantinas, de redondas cúpulas, de negros edificios, una extraordinaria multitud (…) El ferrocarril, súbitamente, detiene su marcha. El mundo para bruscamente al correr de su sangre. Es el 21 de enero de 1924. ¡Lenin ha muerto!
Pero Lenin ha dejado al mejor de sus discípulos, al camarada Stalin. Nos ha dejado una consigna: “Soviets más electrificación igual a Socialismo.” Ahí están Laleprogres, Magnitogorsk, Stalingrado. En el inmenso mapa de la URSS brotan ciudades nuevas. La aurora. Edificación, construcción, trabajo. Una juventud feliz, canta por las calles (…) una multitud vertiginosa que se mueve como un mar, que nos da la sensación viva, orgánica, carnal, digamos, de Historia. En medio Lenin. Pequeñito. Así como el del Mausoleo. Jovialísimo, penetrante. Lo cerca la multitud. Algunos, seguramente campesinos, a juzgar por el aspecto, lo asaltan para estrecharle la mano. A través de la rapidez de la cinta se advierte la confusión de Lenin, su embarazo ante las manifestaciones de amor del pueblo. Para nosotros, entonces, se vuelve real hasta el grito aquella anécdota que cuenta Gorki, cuando el periodo de hambre rusa, en que Lenin recibía obsequios de los campesinos: “¿Cuándo aprenderán a sacudirse el yugo, y saber que uno no es el ´padrecito´ zar, sino su camarada…?” Su voz se escucha enseguida. Voz metálica y vibrante. ¡Transformemos la guerra imperialista, en guerra civil! Y aquí, en este primer canto, un aspecto de las enseñanzas de Lenin. Luchar contra la guerra imperialista. En el espacio vibran las palabras de Stalin: “Te juramos, camarada Lenin, que cumpliremos con honor este mandato tuyo.”
Lejanas tierras de Armenia, de Turkmenia y las repúblicas asiáticas de la Unión Soviética. Las mujeres llevan cubierto el rostro por espesos velos negros. Caminan con la cabeza inclinada y la vista baja. Sumisas. La cámara, sin palabras, nos conduce de escena en escena. Miserables casas de adobe, hombres sucios y barbudos. Ahora son unos pies descalzos, rajados, dolientes. La lente descubre la finura escalofriante de las piedrecitas. Pero poco a poco sube, asciende con maravillosas transiciones fotográficas. Ya es la pared. Luego, una mano, regordeta, juvenil, pensadora, recostada sobre el muslo. Más arriba, a la altura del pecho, su compañera, igual, pero con un libro entreabierto: Lenin. Corresponden a una komsomola turkmenia. Una joven comunista. Ya no tiene el espeso velo negro sobre el rostro. Vuelve dulcemente el rostro hacia la cámara, y rolliza, optimista, sonríe. Rusos y ukranianos, bachkiros y rusos de la Rusia polaca, georgianos y azerbaidjanos, armenios y habitantes del Daguestán, tártaros y kuirguises, uzbecos y turcomanos, todos están interesados por igual en la consolidación del proletariado. “Al abandonarnos, el camarada Lenin nos mandó consolidar y ampliar la unión de las Repúblicas Soviéticas”, nos dice Stalin.
(…) Es la bella juventud que anhela Thomas Mann, ya realizada en la URSS. “Se podría presentar a esta juventud bañando caballos en una bahía, paseándose por la arena con la amada, los labios junto a la oreja de la dulce novia, o aprendiendo, con una amistosa gracia, a tirar al arco.” Ahora, ya no solamente podemos soñar en ella. Esa juventud existe. No es la juventud que “en lugar de esto, está tumbada, la nariz en el barro”. Es la obra de Lenin y Stalin, que nosotros saludamos.
Mayo 1937
Nota
El rostro del cadáver de Lenin y el retrato de Stalin reproducidos son capturas de pantalla de una versión de Tres cantos a Lenin disponible en YouTube; los tres puntos entre paréntesis en el texto indican frases ilegibles en el original.
Creación, historia, teoría: 25 años de libros de la Facultad de Artes
En el marco de las celebraciones por el 25 aniversario de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos se presentó en la Galería Víctor Manuel Contreras una exposición con los títulos publicados por esa unidad académica desde su creación. Asistieron a la inauguración el 6 de noviembre los titulares de la Secretaría Académica, Dra. Elisa Lugo Villaseñor; de la Secretaría de Extensión Universitaria, Dr. Gerardo Gama Hernández; de la Dirección de Publicaciones y Divulgación, Mtra. Jade Nadine Gutiérrez Hardt, y de la Dirección de la Facultad de Artes, Mtra. Juana Bahena Ortiz, así como un nutrido grupo de profesores, estudiantes y trabajadores administrativos.
La muestra fue montada en dos salas. La primera, con curaduría a cargo de Isadora Escobedo, se dedicó a la serie Cuadernos Híbridos, que apareció en 2014 a iniciativa del profesor Gerardo Suter con el propósito de mostrar «los distintos momentos que anteceden a la obra concluida: apuntes, bocetos, sonidos, imágenes, textos propios o ajenos que alimentan el proceso de investigación». En esta serie han tenido cabida propuestas de los profesores de la Facultad Cecilia Vázquez, Magali Lara, Gerardo Suter, María Ezcurra, Pawel Anaszkiewickz, Antonio Russek, Carlos Somonte, Edna Pallares, Fernando Delmar, Reynel Ortiz, Larisa Escobedo y Xolocotzin, así como de otros artistas y estudiantes de distintas generaciones de la Maestría en Producción Artística. Coincidiendo con el 25 aniversario de la Facultad, este año aparecerá el número 25 de la serie.
La segunda sala, con curaduría de Ángel Miquel, incluyó otros cincuenta y cuatro títulos publicados desde la creación de la Facultad. Se presentaron divididos en vitrinas acompañadas por sus fichas bibliográficas y las siguientes cédulas.
PRIMEROS LIBROS
Uno de los resultados de la creación de la Facultad de Artes en 1999, a iniciativa del profesor Jesús Nieto Sotelo, fue el impulso a la edición de libros. Apenas unos meses después de haber iniciado las actividades académicas apareció el primero de ellos, en el que sus autores, Jesús Nieto y Elisa Lozano, recrearon documentalmente una exposición de la fotógrafa Tina Modotti. Poco más adelante, la Facultad buscó editar las investigaciones de sus integrantes a través de fondos públicos. Ayudó a esto la creación por la SEP de la figura de los Cuerpos Académicos, que incentivó a los profesores de tiempo completo a unirse en grupos orientados a organizar encuentros y redes de colaboración. Los Cuerpos Académicos impulsaron la realización de coloquios y conferencias con participantes provenientes de diversas instituciones de México, España, Brasil, Chile y Estados Unidos. Algunos de los trabajos que ahí se presentaron, retrabajados y sometidos a dictamen, aparecieron en los libros Imágenes cruzadas. México y España, siglos XIX y XX (18 textos, 2005), Placeres en imagen. Fotografía y cine eróticos, 1900-1960 (16 textos, 2007) y Memoria de las imágenes (13 textos en dos volúmenes, 2010). Las gestiones económicas para publicaciones se complementaron con el establecimiento de alianzas de edición y distribución con instituciones del sector cultural, entre las que estuvieron el Centro de la Imagen, Editorial Verdehalago, Ediciones Sin Nombre, la Fundación Carmen Toscano y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Como resultado de esa estrategia, los libros producidos en la Facultad de Artes fueron presentados y distribuidos, además de en Morelos, en el Distrito Federal y otros sitios.
CREACIÓN
Entre los profesores de la Facultad de Artes se encuentran artistas que cultivan el grabado, la pintura, la escultura, la instalación, la fotografía, el video o el cine documental. Además de participar como docentes en la Licenciatura en Artes, estos académicos impulsaron la creación de una Maestría en Artes que después cambió de nombre para dar lugar a la actual Maestría en Producción Artística. Muchas generaciones de estudiantes morelenses y de otros lugares se han formado en esos programas, sostenidos por profesores que mantienen una constante producción artística individual o grupal.
Las primeras publicaciones de este grupo fueron gestionadas individualmente, como ocurrió con sus colegas del área de Historia, a través de programas públicos. Pero el lanzamiento de una Dirección de Publicaciones y Divulgación universitaria, a iniciativa de la profesora Lydia Elizalde Valdés, agregó un importante espacio de colaboración, al solicitarse imágenes de obras para ilustrar portadas de libros de los más diversos temas o integrar dossiers temáticos de la revista Inventio. La génesis de la cultura universitaria en Morelos (surgida en 2005). Para beneficio de todos, la Dirección Publicaciones lanzó colecciones de libros donde tuvieron cabida las propuestas de los académicos de la Facultad, e incentivó el establecimiento de convenios de coedición y distribución con Juan Pablos Editor, Editorial Ítaca, Ficticia, la Cineteca Nacional, la Universidad Iberoamericana y otras instituciones.
EL FESTIVAL DE LA MEMORIA
En 2006, la profesora Alejandra Islas Caro encabezó la creación en Tepoztlán, Morelos, del Festival de la Memoria. Documental latinoamericano. Este extraordinario certamen, presidido honoríficamente en sus orígenes por la gestora cultural Luciana Cabarga, amplió más adelante su cobertura para convertirse en Iberoamericano y se trasladó a Cuernavaca. Se sostuvo durante diez emisiones, realizadas entre 2007 y 2016, gracias al entusiasta trabajo de un equipo en el que colaboraban profesores y estudiantes de la Facultad de Artes. Se exhibieron en él, en un cálculo aproximado, unos ochocientos documentales ubicados en tres categorías permanentes, Memoria, Identidad y Arte, además de secciones especiales y retrospectivas. De acuerdo con lo expresado por Alejandra Islas, el propósito general del encuentro era abrir espacios para la difusión de un abanico de propuestas cuyos mensajes convergieran en el anhelo de alcanzar una sociedad más justa y armónica. Se realizaron en su seno funciones de gala, exposiciones de fotografías, presentaciones de libros, fiestas. En las premiaciones se entregaba la pieza escultórica ZAPATA, creada especialmente por Gastón González César.
Los catálogos de los Festivales incluyeron, además de los programas de exhibición, semblanzas de cineastas y otros textos; el artista visual Alejandro Magallanes imprimió a sus portadas una imagen distintiva. La primera emisión incluyó la celebración de un Coloquio Latinoamericano de Creación Documental, cuyas ponencias fueron editadas en una Memoria por el profesor Alberto Becerril Montekio.
HISTORIA
Algunos de los primeros profesores de tiempo completo de la Facultad de Artes fueron historiadores del arte egresados de universidades en España, Inglaterra y México. Al mismo tiempo que impartían clases en la Licenciatura, esos docentes crearon y sostuvieron, durante la primera década de vida de la Facultad, una Maestría y un Doctorado en Historia del Arte, programas que dieron lugar, en conjunto, a unas cincuenta tesis de grado. Entre las investigaciones desarrolladas por este grupo destacan las relativas a los jardines prehispánicos, la arquitectura y la pintura coloniales, el arte patrocinado por el Estado en el siglo XIX, los inicios de la fotografía, la estampa en la Academia, el cine silente, la gráfica contemporánea… Una de las vertientes exploradas a largo plazo ha sido la representación artística del cuerpo, sobre la que se han realizado coloquios y publicaciones; otra, el estudio de la prensa cultural, que dio lugar a libros en los que se analizan las características gráficas de la Revista de la Universidad; se hace la historia pormenorizada del periódico El Correo Español y se ofrece el rescate en dos volúmenes de una cincuentena de notas del crítico de cine e historiador Emilio García Riera. Iniciativas similares llevaron a la celebración de encuentros y la edición de tres libros colectivos: Revistas culturales latinoamericanas 1920-1960 (17 textos, 2007), Revistas culturales latinoamericanas 1960-2008 (18 textos, 2010) y Españoles en el periodismo mexicano, siglos XIX y XX (20 textos, 2008).
TEORÍA
La creación de la Maestría en Estudios de Arte y Literatura en 2010 permitió a los profesores del área de Historia de la Facultad de Artes establecer una fructífera colaboración con los de la Facultad de Humanidades (más adelante renombrada como Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales). Al principio como diseñadores de un Plan de Estudios conjunto y luego como partícipes en proyectos ejercidos a través de Cuerpos Académicos, esos docentes conformaron un equipo interdisciplinario en el que se conjuntaron los saberes de la Historia del Arte con los de las Teorías Literarias. El grupo comenzó a dar resultados muy pronto en direcciones de tesis, organización de encuentros y publicación de libros; éstos incluyen hasta la fecha, además de los de los profesores y sus colegas de otras universidades, dos en los que aparecen capítulos escritos por estudiantes del programa.
Con un centenar de titulados, la Maestría en Estudios de Arte y Literatura lanzará este año su décimo séptima convocatoria; al mismo tiempo, el Cuerpo Académico “Teorías y crítica del arte y la literatura” llevará a cabo su noveno coloquio nacional, del que seguramente surgirán, como ha ocurrido en los casos previos, materiales que puedan ser trabajados para organizar un nuevo libro sobre los temas de su interés.
Tres películas españolas de María Félix dirigidas por Rafael Gil
Por distintas razones, la industria cinematográfica de México de los años cuarenta se benefició por los conflictos bélicos. La Guerra Civil española (1936-1939) tuvo como uno de sus efectos el desmembramiento de la industria peninsular, con la consecuencia de que muchos directores, intérpretes, músicos, argumentistas y publicistas que se vieron obligados a emigrar encontraron trabajo en la industria mexicana. La Segunda Guerra mundial (1939-1945), determinó a su vez que el cine argentino se debilitara al padecer un boicot comercial de Estados Unidos, que limitó la venta de película virgen a ese país con el fin de evitar que se filmaran obras de propaganda en caso de que se diera un involucramiento de Argentina a favor de las potencias del Eje; esto derivó en que la industria mexicana también se beneficiara con la incorporación de intérpretes, directores y argumentistas provenientes del sur.
De esta forma, lo que en los primeros años treinta había sido una muy pareja competencia entre tres fuerzas que se esforzaban por encontrar los géneros populares y desarrollar los sistemas de estrellas que resultaran atractivos para los públicos hispanohablantes, se definió en los cuarenta como un creciente predominio de la cinematografía mexicana sobre sus competidoras. Esta hegemonía se manifestó, en términos de producción, en que desde mediados de los cuarenta el número de películas mexicanas dobló al de las españolas o al de las argentinas. Pero no sólo era el cine mexicano más cuantioso que el de sus contrapartes, sino que también solía tener mayor atractivo por la diversidad de sus géneros y su sistema de estrellas.
Las industrias tenían por otra parte intereses en común y sus promotores impulsaron la celebración de reuniones en las que se intentó llegar a acuerdos en temas como la reciprocidad en medidas arancelarias y el doblaje, pero también, de manera muy destacada, compartir recursos en la lucha contra el cine de Hollywood. Si bien en esas reuniones no se alcanzó a integrar una alianza cinematográfica sólida, sí se airearon asuntos que resultarían trascendentes a largo plazo, entre ellos el de la necesidad de fomentar un mayor tránsito de directores, guionistas, compositores, músicos e intérpretes entre los tres países.
En lo referido a los intérpretes, se tendía a reforzar la práctica previa de algunos productores de integrar elencos que capitalizaran la popularidad de estrellas de distintas procedencias. La industria mexicana fue la que más propuestas había hecho de este tipo. Sólo en lo referente a la postulación de historias con intérpretes o personajes mexicanos y españoles lanzó en el primer lustro de los años cuarenta una buena cantidad de cintas, que satisficieron las expectativas de los productores al tener rendimientos aceptables en los dos mercados; entre ellas estuvieron Dos mexicanos en Sevilla (1941), El verdugo de Sevilla (1942), Maravilla del toreo (1942), Mi reino por un torero (1943), Una gitana en México (1943), Los hijos de don Venancio (1944), La barraca (1944), La monja alférez (1944), Los nietos de don Venancio (1945) y El último amor de Goya (1945).
La integración de elencos hispano-mexicanos se había dado en mucha menor medida en sentido opuesto hasta que el empresario gallego Cesáreo González –quien había vivido en Cuba y México– se propuso contratar extranjeros para nutrir a Suevia, la productora que fundó en Madrid a principios de los años cuarenta. De la mano de artistas, directores y técnicos locales, en sus inicios la empresa encontró los géneros que resultaban atractivos para el público español, en comedias o dramas de recreación histórica como Polizón a bordo (1941), Bambú (1945) y Reina Santa (1947). Una vez probada su eficacia en el mercado interno, Suevia añadió a su estructura un área de distribución externa. Esto le permitió adquirir los derechos de cintas de otros países para llevar a España y también internacionalizar sus productos, apoyándose en una política paralela de contratación de intérpretes extranjeros. En lo que se refiere a los provenientes de países latinoamericanos, la empresa hizo en las siguientes dos décadas películas en las que alternaban estrellas españolas como Lola Flores, Fernando Rey y Carmen Sevilla, primero, y después Joselito, Marisol y Sara Montiel, con figuras importantes del cine mexicano y argentino: Luis Sandrini, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Mirtha Legrand, Arturo de Córdova, Libertad Lamarque, Pedro Infante. Sin duda el mayor logro en esa estrategia fue la contratación de la sonorense María Félix.
En 1947 González hizo un viaje por Estados Unidos, Cuba y México que rindió buenos frutos, pues volvió a la Península con las noticias de haber organizado una eficiente distribución de películas de Suevia en el continente, de haber adquirido los derechos de algunas cintas mexicanas y de haber establecido un acuerdo para contratar a María Félix, a la que consideraba “la artista cinematográfica más cotizada en el mercado americano” (Imágenes, 9 / 1947: s/p).
En sólo cinco años, la actriz había ascendido profesionalmente desde su debut en 1942 hasta convertirse una de las figuras femeninas más conocidas y mejor pagadas de la cinematografía mexicana. Ese ascenso, escribe Eduardo de la Vega, se dio al interpretar películas “en las que de forma paralela había ido delineando el estereotipo de la ´mujer fatal´ y el prototipo de belleza femenina acorde con las necesidades del nacionalismo mexicano de la época” (2005: 229). Sus personajes, en este sentido, podían dividirse en dos conjuntos: por un lado, los de aventurera o vampiresa de procedencia indefinida hechos en Amok (1944), La mujer de todos (1946) y Que Dios me perdone (1948), y por otro los de criolla latinoamericana de clase media o alta de El peñón de las Ánimas (1942), Doña Bárbara (1943), Enamorada (1946) y Río Escondido (1947).
Félix había trabajado bajo la dirección de algunos de los más destacados directores de México. Un amplio registro de su figura fue forjado de forma inevitable por ellos, así como por los productores, argumentistas, fotógrafos, periodistas y publicistas de la industria. Pero de forma por completo inusual, ella había hecho también considerables aportaciones a la construcción de su imagen, por ejemplo, al negarse a utilizar los seudónimos Marcia Maris o Diana del Mar que le querían imponer para sustituir su nombre, al prescindir de un representante que negociara sus tratos con los productores y, en términos más amplios, al reservarse un considerable margen de independencia, libertad y poder personales. Esta notable vertiente de la gestión de su figura pública daría lugar años después a la afirmación de Octavio Paz, en su ensayo sobre la diva, de que “la mayor creación de María Félix es ella misma” (1992: 10). En cualquier caso, la actriz tenía a fines de los años cuarenta una trayectoria considerable que le garantizaba nuevas ofertas de trabajo en el país. Sin embargo, el complicado proceso de divorcio de su esposo Agustín Lara la llevó a aceptar en 1948 la propuesta de González para ir a España. Una de las consecuencias del manejo por ella de su imagen fue que el empresario tuvo que aceptar que viajara, como recordó Félix en sus memorias, “con toda mi suite de asistentes: peinadora, maquillista, secretaria, costurera, y mi inseparable modisto” (1993: 66). Así, junto a la figura estelar, González contrataba a la empresa, casi familiar, que le daba brillo.
De la docena de cintas interpretadas hasta entonces por Félix, sólo se habían exhibido en la Península cuatro, por lo que su imagen era ahí mucho menos popular que la de otras figuras de la cinematografía mexicana de las que habían llegado más obras como Cantinflas y Jorge Negrete. González decidió enmendar ese desconocimiento con una intensa campaña para publicitar a la estrella. Empezó por el muy exitoso lanzamiento de una sus películas, Enamorada, que había contratado durante su viaje por México unos meses antes. Luego siguió la persona, que ya a su llegada al aeropuerto de Barajas fue recibida por una multitud de admiradores. El noticiero No-Do, que se exhibía en todos los cines del país como preámbulo de las funciones, elaboró un reportaje con escenas de ese arribo al que siguieron pronto notas, entrevistas o fotografías relativas a la diva en todas las publicaciones relevantes del momento.
La campaña centrada en ella privilegió la información de que protagonizaría Mare Nostrum, producción de Suevia dirigida por Rafael Gil y en la que su coprotagonista sería Fernando Rey. De manera comprensible, el argumento de esa película tenía que distanciarse de la vertiente de los personajes que en México habían funcionado como vehículo nacionalista, para desarrollar la que mostraba a la actriz como vampiresa extranjera. Por eso en Mare Nostrum fue Freya Thalberg, espía alemana asentada en Nápoles en tiempos de la Segunda Guerra, quien seduce al marino valenciano Ulises Ferragut (Fernando Rey) con el fin de que éste ayude a los nazis a minar los puertos aliados en el Mediterráneo.
Publicidad española de Mare Nostrum (Rafael Gil, 1948)
La trama, basada en una novela de Vicente Blasco Ibáñez, complementaba la historia sentimental con una intriga política con la que se pretendía exculpar al capitán Ferragut de su alianza con los nazis por el engaño derivado de la seducción de Freya y también por la compleja situación de la guerra mundial; sin embargo, su narración se mantenía sobre todo visualmente, con imágenes de ruinas romanas, barcos involucrados en combates marítimos, y también, como era de esperar, la figura de la estrella en la mayor parte de las escenas.
Mare Nostrum se estrenó en Madrid el 21 de diciembre de 1948. González hizo para el lanzamiento un nuevo despliegue publicitario, comenzando con una exhibición de gala a la que fueron invitados varios ministros de Estado y otras personalidades de la sociedad española. La prensa especializada aprobó la película en términos generales. Sin embargo, no fue amable con María Félix. Donald comentó su desempeño asociándolo con el de personajes similares representados por actrices como Marlene Dietrich (Morocco, 1930) y Greta Garbo (Mata-Hari, 1931): “estimamos que exagera sus actitudes, sus toilettes, su presentación, en suma, y se empeña en ajustarse a un tipo de espía enamorada ´marlenesca´ demasiado repetido en las pantallas” (ABC, 22 / 12 / 1948: 25). Un par de semanas antes, el mismo periodista había publicado una nota sobre la producción mexicana Que Dios me perdone, en la que había desarrollado algo más su punto de vista sobre la estrella: “Si la señora Félix es hermosa y muy hermosa, no nos cabe, en cambio, en justicia, reconocer sus dotes de actriz (…); su rostro carece (…) de los deseados matices expresivos, y el ´tic´ de subir siempre, reiteradamente, la ceja derecha sería conveniente que en el futuro lo corrigiese” (ABC, 12 / 11 / 1948: 18).
En un sentido similar, Antonio Barbero escribió que “quien la juzgue en esta película no sabrá si como actriz está a la altura de su estampa física” (Cámara, 1 / 1 / 1949: 8); otro criticó que abundaran “los planos exhibicionistas de la pétrea belleza de María Félix” (Imágenes, 3 / 1949: s/p) y uno más opinó que la intérprete tenía “gran atractivo físico ante todo” (ABC, edición de Andalucía, 7 / 1 / 1949: 11).
En resumidas cuentas, los periodistas reconocieron que en Mare Nostrum destacaba la presencia de estrella, pero eso no era suficiente para que aprobaran su desempeño. Ninguno de los mencionados sugirió que el cine español ganara algo con esa participación que, por otra parte, no era probable que fuera a extenderse hacia nuevas cintas. Como Jorge Negrete y otros intérpretes de la industria mexicana, María Félix parecía haber ido a España a hacer una película que pasaría sin pena ni gloria en el creciente contexto de colaboración cinematográfica entre los dos países. Y sin embargo no fue así.
Aunque el contrato entre el productor y la estrella era por una sola cinta, llegaron a un arreglo que permitió que el mismo año se anunciara la filmación de otra, Una mujer cualquiera (1949), también dirigida por Rafael Gil. Con trama ubicada principalmente en un suburbio del Madrid contemporáneo, María Félix fue en ella Nieves Blanco, emigrante “de cualquier sitio” que acosada por la desgracia se prostituye y acaba por convertirse en asesina al matar a Luis, un criminal interpretado por el actor portugués Antonio Vilar, del que está enamorada y quien la traiciona.
Publicidad española de Una mujer cualquiera (Rafael Gil, 1949)
La historia de Una mujer cualquiera es más compleja que la de Mare Nostrum e involucra a un conjunto amplio de personajes, por lo que el interés de la cinta deja de depender principalmente de la belleza de la protagonista. Además, Félix despliega un amplio registro actoral, que incluye el dolor por la muerte de un hijo, la frustración por haberse visto atrapada en una intriga que incluye un asesinato y, claro, uno de sus rasgos más conocidos, el arrebato de desprecio por los hombres que burlan a las mujeres. De cualquier forma, abundan en la cinta los planos en que se destaca la hermosa figura de la estrella.
Considerada en retrospectiva como una de las mejores obras de su director, Una mujer cualquiera no fue en su momento apreciada por la crítica. Sus sórdidos ambientes, las situaciones agobiantes y la vileza de sus personajes no resultaron atractivos para los periodistas. En cuanto a la diva mexicana, continuó la tendencia a desdeñar su trabajo iniciada con las críticas a Mare Nostrum. Antonio Barbero opinó que el principal defecto de la cinta era haber incluido a la estrella, “mitad por la limitación de sus dotes interpretativas, mitad por la inconsistencia de su papel” (Cámara, 1 / 9 / 1949: 8), y Donald afirmó que no había “una gama expresiva en su rostro –siempre bellísimo–, ni unas acusadas facultades de actriz (…) en un solo momento de la película” (ABC, 16 / 8 / 1949: 20).
Mare Nostrum y Una mujer cualquiera fueron muy bien recibidas por el público, al permanecer 28 días en sus respectivos cines de estreno, y luego pasar con éxito a otros salones de Madrid y otras ciudades. De forma complementaria, las relaciones profesionales entre González y Félix en estas dos obras les resultaron muy provechosas. El productor pagó a la actriz cien mil dólares por cada una, mientras que la contratación de la estrella le abrió la puerta para que la Columbia garantizara la distribución mundial de esas y otras cintas de Suevia. La amplia distribución y buena recepción de las dos producciones, derivada claramente de la presencia de María Félix ellas, sugiere la relativa irrelevancia de la crítica de cine en la aceptación por el público de una figura estelar, un proceso mucho más sensible a los anuncios, las entrevistas, las fotografías y otros mecanismos del sistema de estrellas.
Al terminar Una mujer cualquiera, María Félix se dispuso a viajar a Buenos Aires a filmar una obra basada en la canción “María Bonita” de su ex marido Agustín Lara; cuando se despidió de los periodistas, dijo: “mi amor por España es evidente. Vine para interpretar sólo una película. Y he hecho dos (…) y mi estancia ha durado casi un año” (Fotogramas, 1 / 3 / 1949: 16). El proyecto en Argentina a fin de cuentas no funcionó, por lo que la diva viajó a México, contratada por una productora local para protagonizar Doña Diabla (1949). Una serie de complicadas circunstancias personales la llevaron de nuevo a la Península, adonde llegó en noviembre del mismo año. Entonces comenzó a filmar una tercera película para Suevia, La noche del sábado, también dirigida por Rafael Gil con argumento adaptado de una pieza teatral de Jacinto Benavente. Félix fue en ella Imperia, modelo y prostituta de nacionalidad indefinida de la que se enamoran a principios de siglo dos personajes (tío y sobrino) pertenecientes a la nobleza de un país centroeuropeo imaginario. Aunque es indudablemente la protagonista y su figura aparece en buena parte de las escenas, la mexicana no fue esta vez el único motivo erótico de la obra, pues Imperia tiene una hija, Donina (interpretada por la española María Rosa Salgado), quien en la segunda parte de la trama asume el papel de la enamoradiza y descocada dama joven. La sonorense se concentra en esa parte de la historia en hacer a una madre preocupada –y, al final, desgarrada– por la suerte de su hija. Como escribe Juan Ignacio Valenzuela, en esa cinta Félix interpretó a “un personaje de connotaciones similares a los anteriores protagonizados con Gil: miserable, de turbio pasado, con un destino fatal, que se vale de su atractivo y su sensualidad para conseguir todo aquello que pretende, pero, al mismo tiempo, fuerte, luchadora en un mundo de hombres, que cae con dignidad y gallardía” (2022: 196).
Publicidad española de La noche del sábado (Rafael Gil, 1950)
La noche del sábado fue estrenada en Madrid el 29 de diciembre de 1950. Como de costumbre, parte de la crítica fue adversa a la actuación de la mexicana. Donald comentó: “Sobre María Félix ratificamos anteriores afirmaciones. Nadie habrá que la niegue su singular belleza y su magnífica figura, pero, en cambio, el fuego y el hielo a un mismo tiempo, que se funden y confunden en el complejo personaje que representa, no trascienden” (ABC, 30 / 12 / 1950: 31-32). Como de costumbre, también, la obra gustó al público y permaneció 38 días en su cine de estreno, lo que la hizo la película española con la sonorense de mayor éxito hasta entonces.
El trabajo de la estrella en tres cintas de Suevia dirigidas por Rafael Gil entre 1948 y 1950 hizo patente la factibilidad de que intérpretes de la industria mexicana hicieran provechosas extensiones de sus espacios acostumbrados de desempeño profesional. Esa ampliación, sin embargo, podía interpretarse en el contexto de la competencia entre las dos cinematografías. De la Vega considera en ese sentido que las cintas de Suevia en las que el público reconoció a la Félix como estrella de rango internacional significaron de algún modo un triunfo para el cine español, que disputaba “el terreno al cine mexicano con sus propias armas y en su propio mercado” (2005: 231). Así, la borradura de las características mexicanas de los personajes interpretados por la estrella para esas cintas (ni Freya Thalberg, ni Nieves Blanco, ni Imperia son mexicanas) puede comprenderse como una estrategia de la productora para despojarla simbólicamente de su nacionalidad.
Como sea, el camino iniciado con esas tres películas siguió abriéndose para ella. Cuando terminó La noche del sábado, se hizo público que continuaría trabajando para el cine español, luego de firmar un contrato de cuatro años con la productora. La relación fue a fin de cuentas más larga, pues en los siguientes siete años haría para Suevia ocho cintas más, ninguna de las cuales fue dirigida por Rafael Gil: La corona negra (1951), en Marruecos; Mesalina (1951) y Hechizo trágico (1951), en Italia; La bella Otero (1953) y Los héroes están fatigados (1955), en Francia; Camelia (1953) y La Escondida (1955), en México, y Faustina (1957), de nuevo en España.
La sociedad con Cesáreo González hizo de esta forma posible que la estrella tuviera una de las trayectorias internacionales más atractivas y diversas de entre las actrices mexicanas, pues sólo las algo mayores Dolores del Río y Lupe Vélez habían hecho obra importante en el extranjero, centrándose casi exclusivamente en Hollywood. A pesar de las opiniones de los críticos sobre la incompetencia de la mexicana como actriz, el productor podía preciarse de haber enriquecido a la industria española con algo más trascendente, una estrella de primera categoría. En cuanto a la Félix, cumplió con las expectativas puestas en ella. Resultó redituable como carta de presentación internacional de Suevia y en Madrid se convirtió en una atractiva huésped celebrada frecuentemente en reportajes y entrevistas. Los historiadores españoles José Luis Castro de Paz y Jotexto Cerdán escriben en este sentido que, convertida en “inquilina fija de los madrileños Hotel Ritz primero y Palace después”, las noticias sobre su magnífico sueldo y las joyas regaladas por González, que ella “lucía públicamente con orgulloso desdén, acabaron de cincelar su leyenda y extraordinaria popularidad en nuestro país” (2005: 72). La diva, por su parte, quedó conforme con su vida y, sobre todo, con su trabajo en la Península. En sus memorias afirmó que a pesar de que el cine español de la posguerra se encontraba en desventaja técnica con respecto al de México, tenía en sus filas a personas de mucho talento que habían logrado que sus cintas de allá tuvieran “dignidad y estilo” (1993: 73). Una dignidad y un estilo, podríamos concluir, que dependían en una medida muy importante de su presencia.
Bibliografía citada
Castro de Paz, José Luis y Jotexto Cerdán (2005). “Cesáreo González: hasta que llegó su hora (aproximación a un peculiar productor español)”, en José Luis Castro de Paz y Jotexto Cerdán, coords. Suevia-Films-Cesáreo González. Treinta años de cine español. La Coruña: Xunta de Galicia, Filmoteca Española, Asociación Española de Historiadores del Cine e IVAC, pp. 51-91.
De la Vega Alfaro, Eduardo (2005). “Cesáreo González y el mercado fílmico mexicano”, en José Luis Castro de Paz y Jotexto Cerdán, coords. Suevia Films-Cesáreo González. Treinta años de cine español. La Coruña: Xunta de Galicia, Filmoteca Española, Asociación Española de Historiadores del Cine e IVAC, pp. 223-253.
Félix, María (1993). Todas mis guerras, vol. II: La Doña. México: Clío.
Paz, Octavio (1992). “Razón y elogio de María Félix”, en María Félix. México: Cineteca Nacional.
Valenzuela Moreno, Juan Ignacio (2022). Rafael Gil. La huella de luz de un cineasta español (1913-1986). Valencia: Shangrila.
Crédito y enlace
Texto leído en el IX Coloquio de Acercamientos Interartísticos: Latinoamericanas en las Artes y la Literatura, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 22 de noviembre de 2024