En el número 26 de Laberintos. Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles, dirigida por Manuel Aznar Soler y editada por la Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu, aparecen entre otros muchos textos dos antologías de poetas valencianos del exilio republicano de 1939. Una, a cargo de Lluís Messeguer y Josep Palomero, recoge obra de quienes escribieron en valenciano; otra, recopilada por Manuel Aznar Soler, la de quienes lo hicieron en castellano. En esta última sección se reproducen cinco poemas de Ángel Miquel Alcaraz, precedidos por una noticia biográfica. Se copian aquí de las páginas 342-345 de ese excelente número, que puede ser consultado completo en la liga que se pone abajo.
Ángel Miquel Alcaraz. Ciudad de México, c. 1950. Colección: familia Molina Miquel.
La actriz nacida en Álamos, Sonora, en 1914, fue seguramente la figura del cine mexicano que recibió mayor atención de los medios hasta su muerte en la Ciudad de México en 2002. Su trabajo como intérprete y su influencia como figura pública también han suscitado la escritura de un buen número de libros, fenómeno sólo comparable entre nosotros, aunque en otros registros, con lo ocurrido con Luis Buñuel. Se recuerdan aquí algunas de las obras más destacadas sobre la estrella.
Este esbozo biográfico del veterano periodista José María Sánchez García fue el primer libro sobre la diva y uno de los primeros sobre cine que aparecieron en México. Salió en 1959 con el sello de Editorial Netzahualcóyotl, con portada de Juanino Renau y fotografías de Maurine de Samaniego, Tufic Yasbek e Ignacio Torres.
Publicado por Joaquín Mortiz en 1985 como María Félix. 47 pasos por el cine, esta exhaustiva investigación para la que el autor hizo más de cien entrevistas y consultó diarios y documentos de la época, es probablemente el libro más difundido sobre la estrella. Desde su aparición, se han hecho numerosas reediciones con uno u otro título.
Este catálogo filmográfico publicado por Ediciones Culturales Internacionales en 1992, acompañó al proyecto de la Filmoteca de la UNAM de contar en sus bóvedas con al menos una copia de todas las películas de la actriz. Las fichas se acompañan con imágenes de fotomontajes y stills, y un prólogo de Iván Trujillo Bolio.
La Cineteca Nacional impulsó en 1992 la edición de este lujoso volumen de fotografías pertenecientes a la colección del hijo de la sonorense, Enrique Álvarez Félix, quien fue también autor de un breve texto que se incluye a manera de epílogo. El libro abre con un ensayo en el que Octavio Paz llega a la actriz al reflexionar sobre la máscara y el arte de la interpretación, y donde aparece su célebre frase «la gran creación de María Félix es ella misma».
La autobiografía de la estrella, editada por Enrique Serna y prologada por Enrique Krauze, apareció en 1993 en cuatro fascículos ricamente ilustrados, después reunidos en un solo volumen. Es la fuente impresa más importante con se que cuenta para conocer su visión del mundo y las motivaciones que definieron su trayectoria.
La Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara dedicó en 2001 su libro del año a la diva. Se trata de un catálogo filmográfico ilustrado con prólogo de Carmen Elisa Gómez, coeditado por la Universidad de Guadalajara y el Instituto Mexicano de Cinematografía.
La casa neoyorkina Christie´s editó un catálogo de más de 250 páginas para promover en 2007 la subasta de las colecciones de la estrella, que incluían cuadros, porcelanas, tapices, platería, muebles antiguos, vestidos, libros, esculturas, candelabros y otros objetos de los que se rodeó en vida para hacer, como dice el texto introductorio, «un mundo absolutamente único».
Publicada por Tamesis en 2023, esta obra es una trascendente aproximación académica a la figura de la sonorense, tanto en la vertiente de los personajes de sus principales películas, como en las que inspiraron comportamientos de reivindicación femenina e indujeron la creación de apropiaciones y parodias en literatura, teatro, pintura, radio y otros medios culturales.
Se afirma comúnmente que el arquitecto e ingeniero Francisco Serrano (1900-1982) fue uno de los más importantes representantes del art déco en la Ciudad de México; también que, por construcción o remodelación, dotó a la capital de algunos de sus cines más notables.
Su padre, también llamado Francisco Serrano, construyó durante el Porfiriato casas y edificios, e incursionó en la exhibición de películas con el Cine Fénix, ubicado en la calle Sor Juana Inés de la Cruz núm. 80, en la colonia Santa María la Ribera. El hijo no sólo se empapó así desde niño de los oficios del padre, sino que al morir éste en 1915 heredó el negocio del cine, que se convirtió en uno de sus medios de subsistencia durante sus estudios en la preparatoria y la universidad.
Anuncio en El Demócrata, 4 de octubre de 1919, p. 4.
A mediados de los años veinte, ya titulado, Serrano comenzó a hacer encargos, entre ellos la remodelación del Cine Isabel de la Ciudad de México y del Pineda de Pachuca. Esos trabajos llamaron la atención y le abrieron la puerta para proyectos en otros salones capitalinos (Palacio, Venus, Odeón, Edén, Roma, Buen Tono, Monumental, Rívoli y Teresa), a los que modificó fachadas, dotó de decoraciones y butacas, introdujo sistemas de aire acondicionado y, a partir de los años treinta, adecuó para la proyección de películas sonoras.
Esta experiencia culminó al ser contratado por la empresa Exhibidores Metropolitanos de Arturo Ceballos y Julio Castro para construir el Cine Encanto en Serapio Rendón núm. 87, colonia San Rafael. Cuando después de dos años de trabajos se inauguró el 5 de mayo de 1937, el recinto fue considerado por un reportero del Excélsior como “el más bello y confortable de la capital”, mientras que su anuncio lo publicitaba como “la última palabra en belleza y perfección”.
Anuncio en El Nacional, 5 de mayo de 1937, p. 6.
Escriben Francisco H. Alfaro y Alejandro Ochoa sobre el Encanto:
Su fachada monumental aprovechaba el lenguaje del déco mediante tres elementos horizontales: el pórtico, la marquesina y el remate con el nombre del cine. En sentido vertical, en la portada (…) resaltaban los esbeltos muros salientes que formaban un claroscuro en la parte central, encuadrada por un enorme marco macizo. Con su espectacular iluminación, esta fachada fue una señal resplandeciente en las legendarias noches citadinas de los años cuarenta.
María de Lourdes Cruz González Franco informa por su parte que el amplio acceso al interior estaba enmarcado por columnas, dos de las cuales funcionaban también como taquillas; el vestíbulo era de gran altura y contaba con jardineras en las que se habían colocado palmeras; amplios ventanales proporcionaban la iluminación diurna y lámparas con luz modulable de distintos colores la nocturna. La sala de espectáculos, con capacidad para 3147 espectadores, tenía lunetario y anfiteatro. Completaban las lujosas características del inmueble una pantalla enorme, butacas acojinadas, muros trabajados para impedir la reverberación del sonido, techo de concreto, clima artificial, un elevador para veinte personas que atendía los cinco niveles del edificio, alfombras y cortinajes, molduras en las paredes, un poderoso sistema de reproducción de imagen y sonido marca Western Electric, así como acabados en mármol, granito, cristal y bronce. Con el fin de lograr la visibilidad perfecta de la pantalla desde cualquier punto, se evitaron las columnas colocando trabes de hierro para soportar el anfiteatro.
En la inauguración del Encanto se eligió un programa doble curiosamente encabezado por la película argentina Ayúdame a vivir (José A. Ferreyra, 1936), apenas la tercera obra sonora de esa procedencia exhibida en la capital. La estelarizaba Libertad Lamarque, “La reina del tango”, quien se presentaba así ante un público que tendría ocasión de verla numerosas veces en las siguientes décadas, una vez que alejada por motivos personales de su país natal, se incorporara a las industrias mexicanas del cine y la televisión.
Anuncio en Excélsior, 5 de mayo de 1937, p. 12.
El Cine Encanto tuvo sólo dos décadas de vida, pues el temblor del 28 de julio de 1957 afectó gravemente su estructura y obligó a su demolición. Otras obras emblemáticas de Francisco Serrano en la Ciudad de México son los edificios Basurto, Insurgentes y Río de Janeiro, el Auditorio Plaza y la Escuela Nacional de Ingeniería de la UNAM.
Referencias y enlaces
Francisco H. Alfaro y Alejandro Ochoa, La república de los cines, Clío, México, 1998, pp. 58-59.
María de Lourdes Cruz González Franco, Francisco J. Serrano, ingeniero civil y arquitecto, tesis para obtener el grado de Maestra en Historia del Arte, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 1994, pp. 82-110.
Programas de Salvador Toscano para el Teatro Bartolomé de Medina, Pachuca (1904-1906)
El Teatro Bartolomé de Medina fue inaugurado en la capital hidalguense en enero de 1887. Juan Felipe Leal resumió en uno de sus libros la información existente sobre los empresarios que exhibieron películas en él en los primeros años del siglo: Auguste Delamare (1901), Emilio Bellán (1902), Salvador Toscano y Román J. Barreiro (1904), Salvador Toscano y Román J. Barreiro asociados a los Hermanos Pastor (1905 y 1906), Enrique Rosas asociado con Juan C. Aguilar (1906), la empresa Hidalgo (1907) y Camilo Santillán (1908). La información de esas exhibiciones proviene, sobre todo, de noticias consignadas en periódicos. Pero también hay algunos programas de las funciones que las empresas de Toscano dieron ahí.
5 de noviembre de 1904
28 de noviembre de 1904
17 de agosto de 1905
17 de marzo de 1906
2 de julio de 1906
Estos impresos en papel muestran algunas de las características del cine y su publicidad en esta etapa formativa. Se colocaban en muros, mamparas u otros sitios para anunciar una función. Incluían los títulos de las películas, los horarios, el lugar de la proyección y el costo de la entrada, y muchas veces también las partes o escenas en que estaban divididas las cintas, así como textos más o menos largos en que se contaban argumentos y se hacían comentarios. Un dato importante de este periodo revelado en ellos es que las funciones iniciaban con una serie de películas muy breves para culminar en producciones más largas, de unos quince minutos de duración. Éstas podían ser documentales como La guerra ruso-japonesa (1905), Viaje a Mérida del general Porfirio Díaz (Salvador Toscano, 1906) y Las bodas de Alfonso XIII (Segundo de Chomón, 1906), o de ficción como Asalto y robo a un tren express (Edwin S. Porter, 1903), Fausto y Margarita y Viaje a través de lo imposible (las dos de Georges Méliès, 1904). En estos primeros años se exhibieron eventualmente documentales filmados en México, pero casi no hubo películas con actores, por su elevado costo y la dificultad que representaba hacerlas.
El diseño de estos carteles se basaba fundamentalmente en la alternancia de tipografía, complementada por plecas, balas, viñetas y pequeños grabados. Tenían entre sí un claro parecido de familia, pero estaban lejos de ser uniformes, pues al no ser hechos siempre en las mismas imprentas presentaban formatos y juegos tipográficos distintos.
Aunque durante la primera década del siglo las empresas de cine también usaron para publicitarse volantes que se repartían en los salones, anuncios en diarios, gacetillas periodísticas o pregoneros en las calles, Toscano prefirió los programas impresos. Esto sugiere que le resultaban eficaces para las ciudades que visitaba, como Pachuca, donde sus habitantes estaban de seguro familiarizados con los sitios donde se acostumbraba colocar los anuncios de espectáculos. Esto hace pensar que el tiraje de los carteles debe haber sido pequeño, quizá de unas decenas de ejemplares cada vez. Además, eran productos efímeros, cuya utilidad se limitaba a la función que anunciaban. Por eso es casi un milagro que el pionero y su familia logaran conservar una amplia colección de esas piezas impresas en frágiles papeles.
Unos 250 programas de cines de distintas ciudades fueron digitalizados para incorporarse con fotografías familiares, cartas y otros materiales al CD-ROM Un pionero del cine en México. Salvador Toscano y su colección de carteles, editado en 2002 por la Fundación Carmen Toscano IAP y la Dirección General de Servicios de Cómputo Académico de la UNAM. La colección, única en México para los primeros años del siglo, resulta de gran importancia para la historia del cine, pero también proporciona abundante información sobre aspectos comerciales, publicitarios y de artes gráficas.
Citando a un “viejo pachuqueño”, el cronista Juan Manuel Menes Llaguno describió así el interior del Bartolomé de Medina:
…las tres puertas de la fachada principal (…) daban paso a un vestíbulo de regulares proporciones donde se ubicaba la taquilla en el lado izquierdo (…); al centro, tras una galería de tres escalones se encontraba un vano de arco peraltado que permitía el acceso a otro espacio, donde los espectadores se dividían para ingresar a los diferentes niveles. Quienes acudían al lunetario o palcos primeros, lo hacían directamente por una gran puerta encortinada; en tanto que quienes se dirigían a los palcos segundos, terceros o galería, abordaban una escalera semicircular que conducía a los diferentes niveles, donde reducidos pasillos daban acceso a sus lugares.
El lunetario tenía cabida para unas 500 sillas de bejuco que al ser retiradas dejaban un amplio espacio, ocupado en muchas ocasiones como sala de baile o comedor (…) A cada lado de la puerta principal, se encontraba el acceso a los palcos primeros que ocupaban de manera perimetral un espacio ligeramente más alto que el resto de la sala. Esta disposición se repetía en los tres pisos superiores (palcos segundos, terceros y galería). Toda la decoración de sus interiores era de corte francés, realizada en madera y pilares de acero finamente acabados.
El foro era de gran tamaño, al frente se encontraba un espacio ligeramente hundido para la orquesta, delante del cual se tendía el escenario, en el que sobresalía discretamente la concha para el apuntador. La profundidad del escenario permitía la caída de ocho telones, para facilitar la presentación de varios cuadros.
El mismo autor agrega que el recinto se ocupó para representaciones de ópera, zarzuela, teatro y conciertos musicales, y que a pesar de haberse exhibido películas en él desde principios de siglo, “fue hasta 1919 cuando se colocó una caseta para cinematógrafo a la altura de los palcos terceros, cegando el que correspondía a la arcada central”.
De forma anticlimática, el más importante edificio para espectáculos de Pachuca fue derribado en 1943 para construir en su lugar ¡un cine!, el Reforma. Años después, en otro lugar de la ciudad, volvió a funcionar un teatro con el mismo nombre, hecho con materiales y características arquitectónicas que sólo en su fachada recuerdan a la espléndida edificación original.
El Teatro Bartolomé de Medina. Mediateca del INAH, Colección Estado de Hidalgo, documento 603496
El nuevo edificio, inaugurado en 1957. Después de tener funciones como Palacio Legislativo, en 1987 se lo destinó a actividades culturales. Fotografía de agosto de 2023
Fuentes y enlaces
Juan Felipe Leal con la colaboración de Eduardo Barraza, 1900: Segunda parte. El cinematógrafo y los teatros. Anales del cine en México, 1895-1911. México: Voyeur y Juan Pablos, 2009, pp. 124-126.
Juan Manuel Menes Llaguno (cronista del Estado de Hidalgo), “Los Teatros Del Progreso y Bartolomé de Medina”, Criterio, 15 y 22 de octubre de 2018.
Un cuento de cine de Laura Méndez de Cuenca y El Hombre Eléctrico
Desde la llegada del cinematógrafo a México en 1896, escritores como Luis G. Urbina, José Juan Tablada y Amado Nervo se ocuparon de él en crónicas en las que expresaban su admiración por ese espectáculo que perfeccionaba, al incorporar la reproducción del movimiento, las populares exhibiciones de imágenes mediante linternas mágicas. Pero Laura Méndez de Cuenca (1853-1928) fue probablemente la primera en el país que lo incluyó en una obra de ficción. Además de hacer una espléndida recreación de las características del espectáculo a principios de siglo, la autora subrayó en el cuento “El cinematógrafo” una de las modalidades del invento, su capacidad para ofrecer un testimonio verídico de la realidad. Publicado en el diario El Imparcial el 19 de abril de 1908, el cuento también expresó dos importantes desarrollos de ese periodo: la necesidad de vigilar las condiciones de seguridad e higiene de los salones, lo que dio lugar al primer reglamento de cinematógrafos, y la creciente electrificación de las ciudades, que posibilitó la instalación de cada vez más cines permanentes.
La presencia de la electricidad en muchos ámbitos de la vida fue aprovechada por la empresa tabacalera El Buen Tono, que la incorporó a sus estrategias publicitarias en funciones de películas celebradas al aire libre, en anuncios difundidos desde un automóvil iluminado con focos de colores y en la propuesta de El Hombre Eléctrico, un “dandy en toda la extensión de la palabra” que llevaba en la espalda “tres hileras de diminutos focos incandescentes que se pueden encender a voluntad” para formar los nombres de marcas de cigarros. El anuncio de este efímero invento apareció en El Imparcial el mismo día que el cuento.
La escritura de la poeta y narradora Laura Méndez de Cuenca ha sido rescatada recientemente por un grupo de investigadores, entre quienes se encuentra mi amigo Pablo Mora Pérez-Tejada, a quien debo el conocimiento de esta intensa obra.
Un grupo de profesores de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos impulsa la edición de este boletín digital sobre directores, películas, series y otros asuntos relativos a la imagen audiovisual. Agradezco a Adriana Estrada la invitación a participar con una nota para el número más reciente.
Ediciones Contrabando, de Valencia, publicó en septiembre del año pasado un libro sobre esta película, en el que se incluye una entrevista reciente a Nicolás Echevarría. Otros títulos de esa excelente colección dirigida por Héctor Ruiz Rivas y orientada al análisis de películas del ámbito iberoamericano son Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea, por John Mraz; La rabia de Albertina Carri, por Michèle Soriano; Tierra de Julio Medem, por Daniel Seguer y Javier Seguer, y Roma de Alfonso Cuarón, por Héctor Ruiz Rivas. Entre los próximos títulos, se anuncian Tasio de Montxo Armendáriz, por Joxean Fernández y Zama de Lucrecia Martel, por Alexis Yannopoulos.
Gracias al interés de Ana Rosas Mantecón recordé la existencia de uno de los primeros artículos que tuve la emoción de ver publicados en una revista. Esto ocurrió en Dicine (número 44, marzo de 1992) por amable invitación de Emilio García Riera y Nelson Carro. Lo reproduzco aquí más como curiosidad arqueológica que otra cosa y en recuerdo de una época en la que, guiado por las enseñanzas de Aurelio de los Reyes, me internaba de forma placentera y también algo sorprendente para mí, en los estudios sobre cine.
El 28 de junio de 1923 el Salón Rojo y otros cuatro cines capitalinos anunciaron el estreno de Tampico en su primer centenario, “obra de afirmación nacional única en su género”. La integraban dos secciones: una mostraba “el proceso exacto de la fabulosa industria petrolera (…) desde la construcción de una torre perforadora hasta la salida del petróleo al exterior”; la otra hacía la “relación completa de las suntuosas fiestas” organizadas para conmemorar el centenario de la ciudad en abril de 1923 y en las que hubo desfiles civiles y militares, ceremonias con discursos, la investidura de la reina de las fiestas, recitales, desfiles de carros alegóricos, conciertos, maniobras con cuadros militares y vuelos de aviones, regatas en el río Pánuco…
Anuncio en Excélsior, 28 de junio de 1923, p. 6.
La diversidad de los procesos de la industria y los nutridos festejos sugieren que la cinta tenía al menos dos rollos, es decir, una media hora de duración. También puede suponerse que estaba bien realizada, pues además de lograr ese estreno simultáneo en cinco cines de la Ciudad de México, pasó por otros lugares del país; por ejemplo, el 16 de agosto de 1923 un anuncio del Teatro Princesa aparecido en El Siglo de Torreón invitaba al público a ver “la riqueza y el buen gusto con que celebraron los entusiastas tampiqueños su primer centenario”. Se anunciaba que el director y autor de la versión en español de los títulos había sido Luis Amigot. Éste era el empresario del Cine Alcázar de Tampico, por lo que la cinta debe haberse proyectado en ese elegante salón de estilo morisco situado desde 1922 en la Plaza de Armas y a un costado de la Catedral de la ciudad portuaria. Y puesto que contaba con títulos en español e inglés, tal vez fue incluso exhibida en ciudades de Estados Unidos.
Cine Alcázar. Fotografía incluida en el Álbum Centenario de Tampico, p. 27.
Anuncio en Jueves de Excélsior, 21 de diciembre de 1922, p. 11.
El anuncio no consignaba quién había filmado la cinta. Ahora podemos suponer que fue Eustasio Montoya, documentalista de origen mexicano nacido en San Antonio, Texas, cuya trayectoria comenzó a rescatar hace un par de décadas Fernando del Moral González. En trabajos de investigación y restauración hechos sobre los restos de un archivo particular compuesto por rollos de película, fotografías y documentos en papel, Del Moral rescató entre otras cosas una lista hecha por Montoya de algunas de sus producciones que pensaba vender, y en la que se revelaba su amplio trabajo como cineasta en los estados de la frontera desde tiempos de la Revolución. Esa lista incluía Tampico en su primer centenario junto con otras dos filmaciones hechas en el mismo estado: La llegada del general Álvaro Obregón a Tampico, Tamaulipas (1915) y Celebración popular en Laredo, Texas, y Nuevo Laredo, Tamaulipas, por el armisticio de la Primera Guerra mundial (1918).
Unos años más adelante, a través de una minuciosa revisión de la prensa de Estados Unidos, Rogelio Agrasánchez Jr. agregó a la filmografía de Montoya en esa región El progreso de Laredo (1917) y La nube (1919); esta última, filmada en Laredo con un elenco y un equipo técnico binacionales, marcó la primera y al parecer única participación del cineasta en una película de ficción, junto con Rafael Trujillo (director artístico, argumentista y actor), Arnulfo Botello (administrador de la empresa y actor) y la “bella señorita” Courtney Slaughter como protagonista femenina.
La información proporcionada por Agrasánchez Jr. también revela que el camarógrafo instaló en Laredo un taller fotográfico que en 1917 creció hasta convertirse en el flamante Montoya Motion Picture Studio, que se anunciaba así:
Esta novedosa e importante casa cuenta con una planta especial para la fabricación de toda clase de películas, garantizando hasta donde sea posible sus trabajos en el ramo de la cinematografía y muy especialmente en rótulos, los cuales se traducen del español al inglés y viceversa, a satisfacción del cliente. Igual trabajo se hace con vistas americanas o de cualquier otra nación. Se copian, además, periódicos, telegramas, cartas, fotografías, etcétera. Se toman vistas especiales de fiestas particulares, tales como días de campo, matrimonios, y se hacen a domicilio retratos también especiales de niños y de personas o grupos. Se toman casas de comercio, hoteles, fábricas, casas de campo y plantaciones, todo vistoso y exacto, así como animales que deseen anunciar para su venta. Se hacen todos estos anuncios en película de movimiento como una de las especialidades de la casa. (Evolución, 1 de agosto de 1917, p. 4)
Parece razonable atribuir a Montoya la filmación de Tampico en su primer centenario, pues de acuerdo con los datos proporcionados por los dos investigadores, había hecho producciones previas en el puerto, vivía en una ciudad relativamente cercana y, sobre todo, reconoció tenerla entre sus haberes para venderla, lo que podemos asumir como una prueba de autoría. Es difícil establecer cuándo se desplazó a la región petrolera para hacer las tomas de los campos de Cacalilao y las refinerías y estaciones terminales del Pánuco que menciona el anuncio de exhibición de la cinta, pero sí puede fecharse la presencia del cineasta en Tampico para hacer el registro de los festejos del centenario, que se llevaron a cabo entre el 10 y el 13 de abril de 1923. Por otra parte, no se sabe que Luis Amigot haya participado en otras producciones cinematográficas.
La película no ha sobrevivido, ni siquiera fragmentariamente. Sin embargo pueden identificarse algunos de sus temas particulares y evocarse su estética a través de las siguientes fotografías, tomadas del Álbum Centenario de Tampico publicado el mismo año y que la Universidad Autónoma de Tamaulipas ofrece en formato digital.
La industria petrolera
Los festejos del centenario
Fuentes y enlaces
Fernando del Moral González, El rescate de un camarógrafo: las imágenes perdidas de Eustasio Montoya, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 1997, p. 34.
Rogelio Agrasánchez Jr., Viaje redondo. El cine mudo mexicano en Estados Unidos, Tres Piedras, Harlingen, 2018, pp. 247-249 y 252-255.
La transformación del cine silente en sonoro a fines de la década de los veinte tuvo, entre otras consecuencias, la de una fuerte caída de las películas de Hollywood en el mercado iberoamericano. Acostumbrados a consumir cintas con intertítulos traducidos a la propia lengua, los públicos rechazaron las cintas habladas en inglés. Una estrategia utilizada por las productoras para enfrentar este problema comercial fue la invención del doblaje, que tuvo una primera manifestación en Broadway, dirigida por Paul Fejos en 1929; en ella, hispanohablantes afincados en Los Ángeles grabaron los parlamentos de los personajes, en discos que remplazaban al proyectarse los que contenían el sonido de la película original.
Otra estrategia utilizada por las productoras para abastecer al mercado hispanohablante fue la filmación de versiones en español de las películas hechas en inglés. Las producciones utilizaban los mismos guiones y sets, pero tenían distintos directores, técnicos y elencos. Esta curiosa vertiente dio lugar, entre 1929 y 1940, a la filmación de unos 175 largometrajes en los que participaron intérpretes provenientes de todos los países iberoamericanos. El primero de ellos, Sombras de gloria, versión de Blaze o´Glory, de la pequeña productora Sono Art, contaba la historia de Eddie Williams, exitoso cantante de Broadway quien, poco después de casarse, era reclutado para ir a la guerra en Europa. Ahí lo enfermaban gases venenosos que recibía durante su heroico salvamento de un soldado alemán. A su regreso, imposibilitado para trabajar, Eddie era mantenido por su esposa Helen. Ésta se fingía soltera para sostenerse en el empleo y se veía obligada a aceptar las propuestas amorosas de Carl Hummel, su patrón. Al descubrir la relación, Eddie mataba a Carl en un arranque de celos, sin percatarse de que era a quien había salvado en la guerra. En el juicio, Eddie y Helen se reconciliaban, y un compasivo jurado absolvía al homicida.
Sombras de gloria, dirigida por el estadunidense Andrew L. Stone, se filmó en octubre de 1929 con el argentino-alemán José Bohr y la mexicana Mona Rico como protagonistas. Ella tendría una discreta trayectoria en Hollywood antes de sufrir un accidente de aviación que terminó con su carrera; él trabajaría durante más de tres décadas como actor, guionista, músico, director y productor en películas de Estados Unidos, Chile, México, Honduras, Nicaragua y Venezuela.
Se presentan documentos relativos a la filmación, la exhibición y la recepción de Sombras de gloria.
Fotografía fija de Sombras de gloria (1929). Archivo personal José Bohr / Cineteca Nacional de Chile.
(La empresa Sono Art) está filmando una película parlante en inglés y, al mismo tiempo, aunque a diferentes horas, filma la misma película en español, en idénticos escenarios, pero con diferente personal.
No se trata aquí de que los actores de habla española digan en su idioma los diálogos de los norteamericanos para que éstos aparezcan en la pantalla como si hablaran español. Se trata de repetir las escenas, en lo visual y en lo auditivo, con los actores de habla castellana (…), que serán quienes figuren en la pantalla cuando la película sea exhibida (…)
Por eso juzgamos importante este esfuerzo de la Sono Art. Su obra, titulada Sombras de gloria, es la primera cinta parlante, de largo metraje, que se filma directamente en español.
Don Q, “Hollywood”, Cine Mundial (Nueva York), diciembre de 1929, pp. 1232-1233.
Anuncio en cartelera, Diario de la Marina (La Habana), 24 de abril de 1930, p. 8.
Un acontecimiento que significa el comienzo, en forma oficial, de la industria cinematográfica parlante en español, fue la “premiére” realizada en el teatro Criterion de Los Ángeles, de la cinta Sombras de gloria, totalmente hablada en español (…)
Una vez terminada la cinta, anuncióse (…) su primera exhibición (…) Dudóse mucho de que, tratándose de una ciudad norteamericana, hubiera suficiente público de habla española para llenar el enorme local donde caben cinco mil personas. Pero no fue así. Siguiendo una clásica costumbre, anuncióse la función para las 11:30 de la noche de un día sábado: tres días antes no había ya una sola entrada disponible.
La noche de la “premiére”, la calle resplandecía de luces: numerosos reflectores rodeaban la entrada del Criterion a fin de permitir la filmación de una película de actualidades, del noticiero Fox, en que pudieran notarse a los principales actores llegando al teatro y diciendo pequeños “speechs” ante el micrófono. Esa cinta ha sido ya enviada, conjuntamente con la producción, como iniciación del programa, a todos los países de Centro y Sud América.
La presentación de los intérpretes ante una muchedumbre de miles de personas congregadas en la calle, fue un éxito. Cada uno de ellos dijo allí una frase de saludo, que, a más de ser grabada en película, fue reproducida por los alto-parlantes en el medio de la Grand Avenue.
Y en seguida, asistióse a la presentación de Sombras de gloria, que fue, indudablemente, un éxito rotundo, mereciendo ovaciones den diversas partes de la producción. Y al final, el popular Reginald Denny (…) apareció en el escenario a fin de presentar personalmente al público a los principales intérpretes (…), llevándose atronadoras salvas de aplausos y siéndoles necesario a cada uno dirigir la palabra al público.
“La primera obra de José Bohr en Hollywood”, Ecran (Santiago de Chile), 20 de mayo de 1930, pp. 13-15.
Anuncio en cartelera, El Informador (Guadalajara), 27 de julio de 1930, p. 4.
De entre las películas vitafónicas que hasta la fecha han sido dadas a conocer en esta ciudad, se destaca sin duda alguna Sombras de gloria, estrenada ayer en el cine Lux con éxito rotundo.
Tiene la cinta las condiciones necesarias para constituir un espectáculo completo, atractivo y conmovedor, especialmente para los que hablamos en español, idioma en que está originalmente producida, y que naturalmente nos hace comprenderla muy bien en todos sus detalles, sin necesidad de narraciones escritas que además de interrumpir la sucesión escenográfica, llegan a cansar.
Con discreción se exponen en la película dos o tres temas melódicos apropiados al asunto, y en los cuales el protagonista desenvuelve su temperamento de artista, contribuyendo también la sobriedad musical, a la amenidad e interés de la producción (…)
Magníficas escenas épicas de la cruenta lucha mundial, pasan ante los ojos del espectador, transportándolo casi, con el verismo y fidelidad que rebosan, a los sangrientos campos de batalla.
José Bohr, argentino, encarna magistralmente al principal intérprete, un héroe americano de la gran contienda, que denodado, valiente y magnánimo, sufre todos los rigores del destino, inclusive el de la traición de su mujer, por lo cual se ve compelido a matar en defensa de su honor.
Mona Rico, mexicana, secunda a Bohr encarnando a la bella esposa del héroe, demostrando en su actuación, cualidades artísticas relevantes y gracia atrayente.
Toques altamente patéticos y de cruel realismo, coloran la acción, que se desarrolla en varios lugares, ofreciendo con exactitud, conjuntos en los que se revelan aspectos y actividades que llevan a alborozo, tristeza y emoción, o producen optimismos.
Oto Lear, “Cinematográficas”, El Informador (Guadalajara), 27 de julio de 1930, p. 4.
Anuncio, Cinelandia (Los Ángeles), febrero de 1930, p. 67.
El VII Congreso de la Internacional Comunista se celebró en Moscú en julio y agosto de 1935, con el propósito principal de acordar las mejores estrategias para combatir al fascismo. La delegación del Partido Comunista de México estuvo integrada por Hernán Laborde, Miguel Ángel Velasco y José Revueltas; este último acababa de purgar una condena en el penal de las Islas Marías acusado de organizar una huelga.
La delegación volvió a México una vez terminado el Congreso y transmitió en una Carta Abierta la consigna de que la labor inmediata más importante del Partido debía ser la creación de un Frente Popular Antiimperialista. Tiempo más adelante Revueltas escribió el siguiente texto, también derivado de su viaje, que publicó en el suplemento dominical del diario El Nacional el 30 de mayo de 1937.
El joven militante (al viajar a la URSS tenía apenas 20 años) da cuenta en él de que una de las actividades programadas por los anfitriones fue invitar a los congresistas a la proyección de Tres cantos a Lenin, el documental de Dziga Vertov estrenado en Moscú en noviembre de 1934, al conmemorarse diez años de la muerte del líder soviético. Escrita varios meses después de su regreso a México, Revueltas confundió en su crónica recuerdos de escenas de la película de Vertov con otras de lo que debe haber sido un documental exhibido previamente sobre “el mundo europeo de vísperas de la guerra”. De cualquier forma, no quedan dudas de la impresión que le produjo Tres cantos a Lenin, una de las películas que integró de manera más inventiva, variada y persuasiva el sonido a la imagen en esos primeros años de cine sonoro; tampoco quedan dudas de cuáles eran las convicciones y los ideales de los jóvenes comunistas de ese tiempo, como el autor de la crónica.
Este texto tal vez fue el primero que Revueltas dedicó al cine, un campo sobre el que más adelante haría importantes aportaciones tanto en la reflexión teórica como en la redacción de argumentos para cintas de la industria nacional. La calidad de su escritura ha llevado a la publicación de algunos de sus guiones (Los albañiles, Tierra y libertad, Los treinta dineros y El luto humano), mientras que las características cinematográficas de su novela El apando inspiraron a Felipe Cazals para hacer la intensa adaptación del mismo título en 1976. En la Obra reunida de José Revueltas editada por Era, un volumen integra sus ensayos relativos al cine, pero el texto que aquí se presenta al parecer no había sido republicado hasta ahora.
No pretendo en modo alguno hacer un artículo de crítica, o lo que así llamamos inútilmente. La crítica, según los cánones vigentes, ha de ser reposada e imparcial. Y yo declaro que por toda mi vida no seré nunca ni lo uno ni lo otro. Perdóneseme entonces si me porto en exceso vehemente y apasionado, que de cualquier manera y para mi desgracia, no lo seré con todo el exceso que hubiera querido siempre.
Vi Tres cantos a Lenin en la Unión Soviética. Este hecho no es fortuito, ni accidental, ni indiferente para el juicio sobre la obra. Hay para toda producción artística, quién sabe por qué misterioso y subjetivo proceso interior, agentes exteriores que obran sobre ella embelleciéndola, dándole un nuevo significado, una nueva magnitud. Silvestre Revueltas me contaba sus impresiones que, como músico, tenía de “La Internacional”: la primera vez opinó sobre ella como de una obra cuya musicalidad y técnica eran demasiado pobres, de un desolador simplismo. Hoy, encargado de su instrumentación para tocarla el primero de mayo, opina distinto. Le parece un hermosísimo canto humano, violento, pleno de energía creadora y rica musicalidad viviente. Sin duda alguna aquí se trata de la acción subjetiva y sutil, inasible, de un agente exterior que obra sobre la actitud transformándola y dándole sentido. Cuando digo “exterior” vacilo y dudo. ¿Son realmente “agentes exteriores” aquellos que estimulan la actitud para con una obra de arte, dándole una fisonomía distinta a esa misma actitud? Creo que dialécticamente y humanamente, podemos, debemos decir que no. ¿No “La Internacional” es precisamente la masa obrera, la huelga, la barricada y el combate sin tregua? ¿Tendría algún sentido, tendría algún significado “La Internacional” tocada en un salón, rodeada de damas y señores? No. Y no me refiero a “La Internacional” como himno, como canto político, sino como música, como inteligente y artística liga de sonidos, compases, técnica. Nada de eso tendría “La Internacional” en esas condiciones.
Tres cantos a Lenin nos fue exhibida a los delegados al VII Congreso de la Internacional Comunista, en los Estudios de la Rote Fahne, en Moscú. En una pequeña salita nos reunimos comunistas de todos los países: alemanes, franceses, chinos, etc. Gentes para quienes Lenin es el maestro, el guía, el padre. El público, entonces, era un público ferviente, amoroso. Permítaseme decir que yo estaba como en un santuario. Se me había dicho que en la cinta aparecería “el Viejo”. Me lo imaginaba moviéndose, accionando, hablando. Como de carne y hueso. Tenía en esa ocasión el espíritu recogido y anhelante.
(…) Se dice de Lenin que ha sido un hombre excepcional, pero en fin de cuentas un hombre. Ciertamente, el mejor de los hombres. Engrandeciéndolo: “El más humano de los hombres…” “Un hombre como tú, como yo…”, dice Mayakovski. Pero Lenin ha sido el mejor representante de la vida. Un ser de los que no se puede decir, como se estila hacerlo alrededor de los grandes hombres, que “está por encima del común de los mortales”. Precisamente la grandeza de Lenin consiste en no estar por encima de nadie. Está formado por todos los pedazos de Humanidad que cada uno de nosotros lleva en sí mismo. Es nosotros. “Dejad las puertas abiertas por si él, esta noche quisiera venir, que está muerto…”, “…a ver si nos parecemos a su cuerpo…”, “…a ver si morimos un poco aquí y ahí nacemos un poco…” No importa que cite a Juan Ramón Jiménez de memoria y casi seguramente con inexactitudes, pero de Lenin un joven no puede hablar más que en Poesía. Así le amamos.
Tres cantos a Lenin, en la Unión Soviética, en la patria creada por Lenin, en su suelo, entre sus gentes, no podía entonces más que estimular opiniones vehementes, categóricamente vehementes, apasionadas y violentas. El subtítulo reza, acaso con cierta frialdad técnica, la advertencia: “Film documental.” Es la película que enseña objetivamente los principios y obras de Lenin y Stalin: la lucha contra la guerra imperialista; la liberación de las nacionalidades oprimidas y la construcción del Socialismo.
Aparece en la pantalla la casa del pueblecillo Gorki, donde Lenin murió. Y afuera de esta casa, en un jardín un tanto abandonado, una banca vacía. Nos la muestra la cámara aislada y sola. Sin Lenin. Es la misma banca donde figuran Lenin y Stalin charlando amablemente, en postales que se venden hoy por toda la Unión Soviética.
Y ante nosotros pasa el mundo europeo de vísperas de la guerra. Transeúntes de sombrero hongo y paraguas, asombrados ante las manifestaciones en París, Varsovia, Viena. ¡Abajo la guerra imperialista! Berlín. Soldados prusianos, brutales, férreos. Y un alemán, el mejor alemán, el más grande alemán, el más puro: Karl Liebknecht. Rostro apostólico, gesto apasionado. Sus anteojillos relampaguean, su puño se agita, amenaza al cielo, al horrible cielo kaiseriano, lleno de gases asfixiantes. ¡No queremos guerra! ¡Fratednizad, soldados, en el frente!
Luego la vieja Rusia. El Moscú adoquinado. Y sobre un fondo de iglesias bizantinas, de redondas cúpulas, de negros edificios, una extraordinaria multitud (…) El ferrocarril, súbitamente, detiene su marcha. El mundo para bruscamente al correr de su sangre. Es el 21 de enero de 1924. ¡Lenin ha muerto!
Pero Lenin ha dejado al mejor de sus discípulos, al camarada Stalin. Nos ha dejado una consigna: “Soviets más electrificación igual a Socialismo.” Ahí están Laleprogres, Magnitogorsk, Stalingrado. En el inmenso mapa de la URSS brotan ciudades nuevas. La aurora. Edificación, construcción, trabajo. Una juventud feliz, canta por las calles (…) una multitud vertiginosa que se mueve como un mar, que nos da la sensación viva, orgánica, carnal, digamos, de Historia. En medio Lenin. Pequeñito. Así como el del Mausoleo. Jovialísimo, penetrante. Lo cerca la multitud. Algunos, seguramente campesinos, a juzgar por el aspecto, lo asaltan para estrecharle la mano. A través de la rapidez de la cinta se advierte la confusión de Lenin, su embarazo ante las manifestaciones de amor del pueblo. Para nosotros, entonces, se vuelve real hasta el grito aquella anécdota que cuenta Gorki, cuando el periodo de hambre rusa, en que Lenin recibía obsequios de los campesinos: “¿Cuándo aprenderán a sacudirse el yugo, y saber que uno no es el ´padrecito´ zar, sino su camarada…?” Su voz se escucha enseguida. Voz metálica y vibrante. ¡Transformemos la guerra imperialista, en guerra civil! Y aquí, en este primer canto, un aspecto de las enseñanzas de Lenin. Luchar contra la guerra imperialista. En el espacio vibran las palabras de Stalin: “Te juramos, camarada Lenin, que cumpliremos con honor este mandato tuyo.”
Lejanas tierras de Armenia, de Turkmenia y las repúblicas asiáticas de la Unión Soviética. Las mujeres llevan cubierto el rostro por espesos velos negros. Caminan con la cabeza inclinada y la vista baja. Sumisas. La cámara, sin palabras, nos conduce de escena en escena. Miserables casas de adobe, hombres sucios y barbudos. Ahora son unos pies descalzos, rajados, dolientes. La lente descubre la finura escalofriante de las piedrecitas. Pero poco a poco sube, asciende con maravillosas transiciones fotográficas. Ya es la pared. Luego, una mano, regordeta, juvenil, pensadora, recostada sobre el muslo. Más arriba, a la altura del pecho, su compañera, igual, pero con un libro entreabierto: Lenin. Corresponden a una komsomola turkmenia. Una joven comunista. Ya no tiene el espeso velo negro sobre el rostro. Vuelve dulcemente el rostro hacia la cámara, y rolliza, optimista, sonríe. Rusos y ukranianos, bachkiros y rusos de la Rusia polaca, georgianos y azerbaidjanos, armenios y habitantes del Daguestán, tártaros y kuirguises, uzbecos y turcomanos, todos están interesados por igual en la consolidación del proletariado. “Al abandonarnos, el camarada Lenin nos mandó consolidar y ampliar la unión de las Repúblicas Soviéticas”, nos dice Stalin.
(…) Es la bella juventud que anhela Thomas Mann, ya realizada en la URSS. “Se podría presentar a esta juventud bañando caballos en una bahía, paseándose por la arena con la amada, los labios junto a la oreja de la dulce novia, o aprendiendo, con una amistosa gracia, a tirar al arco.” Ahora, ya no solamente podemos soñar en ella. Esa juventud existe. No es la juventud que “en lugar de esto, está tumbada, la nariz en el barro”. Es la obra de Lenin y Stalin, que nosotros saludamos.
Mayo 1937
Nota
El rostro del cadáver de Lenin y el retrato de Stalin reproducidos son capturas de pantalla de una versión de Tres cantos a Lenin disponible en YouTube; los tres puntos entre paréntesis en el texto indican frases ilegibles en el original.