Cines y cinéfilos

Cines del Distrito Federal, México, años cincuenta

Una tabla inserta en la Enciclopedia cinematográfica mexicana de Ricardo Rangel y Rafael E. Portas informa que a mediados de los años cincuenta había en la capital 130 cines. Unos 30 tenían menos de mil butacas; 43 entre mil y dos mil; 24 entre dos mil y tres mil; 23 entre tres mil y cuatro mil, y los de mayor cupo –con cuatro mil localidades o más– eran los siguientes: Colonial, Coloso, Florida (el más grande, con seis mil), Marina, Máximo, Maya, Mitla, Nacional y Roble.

Los cines que más ingresos reportaban eran los grandes de primera categoría, que cobraban cinco pesos el boleto de entrada (por otras cantidades menores, hasta un peso, de los demás): el Roble (4150 butacas), en la avenida Reforma, obtenía un promedio de diecinueve mil pesos por función; le seguían el México (3650 butacas), en la esquina de las avenidas Cuauhtémoc y Álvaro Obregón, con quince mil pesos promedio por función; el Alameda (3237 butacas), en avenida Juárez, con trece mil pesos promedio por función, y el Chapultepec (2390 butacas), de nuevo en Reforma, y el Metropolitan (3627 butacas) en avenida Independencia, con doce mil pesos promedio por función cada uno.

Un comparativo también incluido en esa enciclopedia mostraba el crecimiento en número de cines y número de butacas en la capital de 1943 a 1953: de 91 a 130, y de 171 240 a 257 325, respectivamente. En otras palabras, en diez años se dio un incremento de alrededor del 30% en el número de cines y de algo más en el número de butacas. Esta proliferación, debida al entusiasmo del público por el séptimo arte, fue acompañada por la exhibición de más películas mexicanas. De acuerdo con las Carteleras cinematográficas relativas a las dos décadas debidas a las investigaciones de María Luisa Amador y Jorge Ayala Blanco, en los años cuarenta se estrenaron en la capital 626 cintas nacionales (15.1% del total) y en los cincuenta 894 (20.5% del total), mientras los números del cine estadunidense exhibido bajaron del 69.2% al 54.3% en los mismos periodos. La Enciclopedia de Rangel y Portas permite complementar estos datos con un gráfico que muestra cómo fue creciendo el tiempo de pantalla dedicado a películas mexicanas en los cines del Distrito Federal en los primeros cuatro años de la década: 35.7% en 1950, 40.2% en 1951, 41.0% en 1952 y 41.3% en 1953.

Estos datos indican que en ese periodo se dio una correspondencia virtuosa entre la producción y exhibición de películas mexicanas (muy atractivas por su espectacularidad, por sus estrellas, por lo cuidado de su producción o por su propuesta autoral) y el crecimiento del número de butacas en la Ciudad de México. Es difícil pensar en otro lapso en el que ocurriera algo parecido.

Fotomontajes publicitarios de algunas películas mexicanas de los años cincuenta. Colección Iconoteca, Fondo Reservado, Biblioteca Nacional.

Fuentes

“Cines del Distrito Federal con sus ingresos en taquilla en los años 1953, 1954 y 1955”, en Ricardo Rangel y Rafael E. Portas (editores), Enciclopedia cinematográfica mexicana, 1897-1955, Publicaciones Cinematográficas, México, 1957, pp. 911-918.

“Número de películas de cada nacionalidad que se estrenaron durante el decenio”, María Luisa Amador y Jorge Ayala Blanco, Cartelera cinematográfica, 1940-1949, UNAM, México, 1982, p. 378.

“Número de películas de cada nacionalidad que se estrenaron durante el decenio”, María Luisa Amador y Jorge Ayala Blanco, Cartelera cinematográfica, 1950-1959, UNAM, México, 1985, pp. 364-365.

Cines y cinéfilos

Marzo de 1936: dos nuevos cines para la Ciudad de México

De acuerdo con lo investigado por Francisco Haroldo Alfaro Salazar y Alejandro Ochoa Vega en su libro Espacios distantes… aún vivos, en 1937 había unas cincuenta salas de cine en la capital. De éstas, quince se habían inaugurado en el lustro precedente, aprovechando la enorme atracción que las películas sonoras despertaron entre el público. Y en dos de esos espacios se iniciaron las proyecciones en marzo de 1936.

Uno fue el Teatro Alameda, propiedad de Emilio Azcárraga. El 18 de septiembre de 1930, este empresario nacido en Tampico había lanzado en los altos del Cine Olimpia la estación de radio XEW. Seis años después incursionaba en el negocio de la exhibición cinematográfica con un recinto ubicado en Avenida Juárez número 34, frente a la Alameda capitalina, que recreaba en su interior un ambiente “colonial” con muestras de arquitectura inspiradas en edificios de Puebla, Taxco, Tepotzotlán, Oaxaca, Cuernavaca y la Ciudad de México. El arquitecto José Albarrán y el artesano Genaro Blacio estuvieron encargados de construir durante dos años esa ambientación nacionalista, que incluía balcones, torres, cúpulas, columnas salomónicas, barandales, un enorme escudo heráldico y la fachada completa de una iglesia. Unas semanas antes de la inauguración del teatro aparecieron notas que elogiaban esa “plasticidad de armonías impecables” labradas en piedra, talladas en madera o forjadas en hierro, y destinadas a dejar “absorto” el espíritu de quien las contemplara; además, se había hecho un cielo artificial de asbesto, que al tiempo de tener una función acústica, daría a los espectadores, con nubes y estrellas pintadas, “la más fiel impresión de (…) un teatro al aire libre, en una de aquellas noches primaverales en que el cielo magnífico nos brinda sus mágicos encantos”. (El Nacional, 23 de febrero de 1936, p. 7) Completaban el edificio un salón con 3480 butacas acojinadas, pasillos y halls amplios, baños limpios en el segundo piso, un foro giratorio para espectáculos escénicos, una sala de espera con fuente de sodas y dulcería, un novedoso sistema de ventilación, y aparatos de sonido y proyección, únicos entonces en el país, que entre otras cosas permitían la exhibición de películas a color (y por los que este cine pudo contratar más adelante, por cierto, los dibujos animados de Walt Disney). La empresa garantizaba que desde cualquier localidad iban a verse y escucharse perfectamente los espectáculos escénicos y las películas de primera categoría que se renovarían cada semana; también que el público no tendría que padecer anuncios publicitarios ni “las molestias de los vendedores de minucias, cacahuates, paletas, refrescos, etc.” asegurando así el “absoluto reposo para disfrutar a perfección los espectáculos”. (Excélsior, 6 de marzo de 1936, p. 4) El boleto de entrada costaría un peso con cincuenta centavos.

El Teatro Alameda se inauguró el 7 de marzo con un programa en el que destacaba la presentación de un ballet a cargo del ruso Alexander Oumansky, de los populares intérpretes mexicanos Alfonso Ortiz Tirado y Agustín Lara, de los bailarines estadunidenses Pete, Peaches y Duke, y de la orquesta con cincuenta ejecutantes de Eduardo Vigil y Robles; pero se proyectaron también ese día en su pantalla la película A través de la mesa (Hands Across the Table, 1935), con Carole Lombard y Fred MacMurray, y el ensayo fílmico de tercera dimensión a colores Bailando en la luna. El periodista Luis G. Andrade recibió al nuevo recinto con estas palabras:

Entrar en el Teatro Alameda y transportarnos automáticamente a una región de ensueño y encantamiento, es todo uno. (…) la suntuosidad del espectáculo no principia ni en el foro ni en las variedades que vamos a admirar, sino en el maravilloso recinto pleno de arrobadora emotividad (…) Podría decirse de este Teatro Alameda, por su confort, lujo e higiene, así como por la selectividad de sus espectáculos, que es el Sanatorio Espiritual que todos anhelamos, cuando fatigados del trabajo del día, vamos en pos de ese momento de tregua y de reposo que ha de devolvernos las fuerzas perdidas. Ya era tiempo de que México tuviera un centro de espectáculos de esta calidad y naturaleza, sin miasmas, sin incomodidades, sin aire viciado y… sin insectos. (Excélsior, 7 de marzo de 1936, p. 3)

Interiores del Teatro Alameda. Mediateca INAH, Fondo Casasola, documentos 626996, 626997, 626999 y 627000

Anuncio, El Nacional 7 de marzo de 1936, p. 5.

Sólo dos semanas después de la inauguración del Alameda, el 21 de marzo, iniciaron las proyecciones en el Cine Roxy, ubicado en Ribera de San Cosme 43, con un programa doble que incluía la cinta estadunidense La canción de todos (Here Comes the Band, 1935) y la alemana El amor, la muerte y el diablo (Liebe, Tod und Teufel, 1934). Impulsado por la Compañía Mexicana de Cines, cuyo gerente era Miguel Ángel Fernández, este espacio anunciado como “modernísimo centro de espectáculos” se orientó a satisfacer las necesidades de entretenimiento del público del barrio de San Cosme, ofreciéndole buenas películas por el módico precio de sesenta centavos. El periodista con el seudónimo Julián Sorel lo describió como “un magnífico y amplio local acondicionado con todo el confort moderno, incluso clima artificial, de una gran sencillez de líneas, cómodo, elegante y provisto de cuanto pudiera desearse en lo que a higiene y seguridad se refiere”. (El Nacional, 21 de marzo de 1936, p. 6) Su cupo rondaba las mil seiscientas localidades.

Anuncio, El Nacional, 21 de marzo de 1936, p. 6.

Fuentes y enlaces

Francisco Haroldo Alfaro Salazar y Alejandro Ochoa Vega, Espacios distantes… aún vivos. Las salas cinematográficas de la Ciudad de México, UAM-Xochimilco, México, 1997.

Pável Granados, XEW: 70 años en el aire, Clío y Sistema Radiópolis, México, 2000.

https://es.wikipedia.org/wiki/Emilio_Azc%C3%A1rraga_Vidaurreta

https://www.wikicity.com/Cine_Roxy

Cines y cinéfilos

Poemas a María Félix

En 1942 Miguel Zacarías dirigió la película El peñón de las Ánimas, que cuenta una historia de amor imposible situada en una hacienda mexicana a fines del siglo XIX. Uno de los principales atractivos de esa obra fue la presencia de una hermosa actriz a la que el director quiso poner el seudónimo de Diana del Mar o Marcia Maris, pero quien se encaprichó en aparecer en los créditos con su verdadero nombre, María de los Ángeles Félix.

La joven interpretó el papel del personaje principal femenino, llamado María Ángela Valdivia. La vemos en las primeras escenas paseando a caballo por las tierras de su familia. De pronto, se sienta a leer bajo un árbol. Un acercamiento al libro revela que lee las Rimas de Bécquer. Una tormenta hace correr a María Ángela hacia una vieja construcción abandonada, donde se encuentra con un desconocido, interpretado por Jorge Negrete. Después de los primeros acercamientos, el hombre y la mujer tienen este diálogo:

Finalmente, ella cede y comienza a leer la segunda estrofa de la Rima XCIII: “Si en medio del valle/ en tardo se trueca tu amor animado,/ vacila tu planta, se pliega tu talle…/ soy yo, dueño amado,/ que, en no vistos lazos/ de amor anhelante, te estrecho en mis brazos;/ soy yo quien te teje la alfombra florida/ que vuelve a tu cuerpo la fuerza de la vida;/ soy yo, que te sigo/ en alas del viento soñando contigo.” Mientras lee, María Ángela escucha a su acompañante recitar de memoria con ella el fragmento. La sorpresa la hace callar y sólo cuando él ha terminado de decir la estrofa le pregunta cómo es posible que conozca el poema, incluido en pocas ediciones (lo que tiene sentido, pues las primeras ediciones de las Rimas, que Bécquer había preparado bajo el título de Libro de los gorriones, no incorporaban todos sus poemas). El personaje interpretado por Negrete, del que aún no sabemos el nombre, responde galantemente: “Tal vez Bécquer la escribió para que pudiéramos decirla juntos.” A partir de este momento de intimidad surgirá entre ellos una profunda pasión, que no los conducirá a un final feliz. Porque María Ángela no sabe que ese hombre atractivo que memoriza versos es Fernando Iturriaga, enemigo de los Valdivia y a quien su abuelo don Braulio, su hermano Felipe y hasta su prometido Manuel han jurado matar.

Después de ver El peñón de las Ánimas, Efraín Huerta, deslumbrado por la belleza de la actriz, escribió un poema titulado “María de los Ángeles Félix” para celebrar el surgimiento de una nueva estrella de la cinematografía nacional. Sólo que, como hacen saber unos personajes que se muestran, con voces y ruidos, en su última estrofa, esa Venus no proviene de la Tierra, ni del mar: “Y al ceñirte la gracia, al darte la belleza un prolongado beso de poética envidia,/ miles de ojos y oídos, de lentes, de pinceles,/ de palabras y ritmo entrecortado, como las que hoy pronuncio,/ del mismo cielo, digo, bajaron, como rayos, los vivas de alegría/ formando un magistral coro de sugestiones y advertencias:/ ´¡María Félix es nuestra! A la bendita tierra mexicana/ tan sólo va a pasar sus vacaciones.’/ Y hubo un batir de alas como rimas de Bécquer.”

La procedencia celestial mostrada por ese angélico batir de alas y a la que hacía también referencia el nombre de María Ángela Valdivia, comenzó a difuminarse a partir de Doña Bárbara. La herida, cruel y vengativa protagonista de esta cinta, dirigida por Fernando de Fuentes en 1943 sobre la novela de Rómulo Gallegos, inició la serie de personajes femeninos atractivos y peligrosos para los hombres con los que la actriz sería identificada y que fueron conjugados por la industria del cine hasta los extremos de postular una Doña Diabla o una Faustina que vende su alma para recobrar su belleza, en el polo opuesto de la María Ángela Valdivia sugerido al poeta Huerta en su primera cinta. Esos personajes constituyeron de hecho variantes de un tipo que terminó por confundirse con la persona de “la Doña”, y por eso Octavio Paz escribió, en un texto que prologaba un libro con fotos de la diva, que “la gran creación de María Félix es ella misma”.

Fotomontajes de la Iconoteca de la Biblioteca Nacional de México.

Miguel Zacarías volvió a dirigir a la estrella en la película Juana Gallo de 1960. Tal vez es de entonces este soneto en el que el director, también aficionado a escribir versos, sintetizó las dos interpretaciones de su personaje:

Agradezco a Miqel Zacarías que me haya dado a conocer este poema de su padre, autor de otras cintas clásicas como El baúl macabro (1936), Una carta de amor (1943) y Me he de comer esa tuna (1945), y quien murió el 20 de abril de 2006, un mes después de cumplir 101 años.

Una primera versión de este texto apareció en Periódico de Poesía, núm. 22, septiembre de 2009

Cines y cinéfilos

El santo patrono del cine

En su delicioso libro Un cinéfilo en el Vaticano (Anagrama, 2000), el historiador Román Gubern cuenta que a mediados de los años noventa, con motivo de las conmemoraciones por el centenario de las imágenes en movimiento, participó en una Comisión encabezada por la Iglesia que, entre otras cosas, se propuso designar a un santo protector del cine. Escribe Gubern:

…si los periodistas tenían su santo patrono (san Francisco de Sales) y también la televisión lo tenía (santa Clara, quien iluminada por Dios podía ver la misa en el interior de su mazmorra), los cineastas no gozaban de la misma protección celestial. Después de darle varias vueltas al asunto, se decidió confeccionar una terna de santos candidatos para que la Secretaría de Estado (del Vaticano) eligiese a uno. La terna estaba compuesta por san Francisco de Asís, san Juan Bosco y san Maximiliano Kolbe. (p. 86)

Aparentemente el primero fue propuesto por haber inventado en la Edad Media los nacimientos o belenes que representan la llegada al mundo del Salvador; el segundo, fundador de la Congregación Salesiana en el siglo XIX y más conocido como don Bosco, por haber dedicado buena parte de su vida al estímulo de la educación, lo que fácilmente podía vincularse al cine, sobre todo a su vertiente documental; y el tercero, un fraile polaco que murió en el campo de concentración de Auschwitz, porque –continúa Gubern– “se le había aparecido la Virgen cuando era niño, es decir, pertenecía por ello a la familia de los videntes virtuales, como lo son los espectadores del cine”, además de haber sido aficionado a la radiodifusión y el único de los tres, por cierto, que pudo disfrutar la experiencia de ver películas.

Una indiscreción del historiador dio lugar a que ese proyecto semi secreto del Vaticano fuera divulgado por la prensa española, francesa y británica, dando lugar de inmediato a divertidas propuestas “como las de nombrar a san Buñuel o san Pasolini patronos del cine” o incluso “a la más popular estrella femenina del cine pornográfico italiano, Moana Pozzi”, quien había muerto por aquellas fechas (pp. 86 y 89). Indignadas por la filtración que dio lugar a “sarcasmos y burlas”, las autoridades eclesiásticas detuvieron las deliberaciones de la Comisión, en las que llevaba cierta ventaja san Francisco. Otras disputas complicaron más el asunto y la Santa Sede cedió la iniciativa al mundo cinematográfico, invitando a que surgieran de ahí nuevas propuestas.

Superficiales búsquedas en Internet muestran que no hay aún una decisión tomada. El ChatGPT dice:

No hay un santo patrono oficialmente reconocido del cine en la tradición religiosa católica o en tras religiones principales. Sin embargo, a lo largo de la historia, algunas figuras religiosas y santos han sido asociados simbólicamente con el cine en diferentes momentos y lugares. Por ejemplo, san Gabriel Arcángel, el mensajero celestial, ha sido a veces considerado como el “patrón de los comunicadores” debido a su papel en la comunicación divina. Aunque no es un patrón oficial, algunas personas relacionan a esta figura con la industria del cine debido a su influencia en la comunicación y la creatividad.

El robot agrega, razonablemente, que lo mejor es que cada comunidad elija a quién encomendarse. Esto lo confirma el buscador de Google al informar que en España se considera con frecuencia patrono del séptimo arte a uno de los tres propuestos por la Comisión vaticana y que, de hecho, “los premios Goya de la Academia se entregan alrededor de la fiesta del santo turinés, siguiendo la tradición del antiguo Sindicato de Actores, que consideraba a san Juan Bosco su patrono”. Esto parecería raro en otras comunidades, como la mexicana, donde seguramente tendría más seguidores san Francisco o, aún mejor, el indígena chichimeca Juan Diego, canonizado en 2002. Éste podría ser muy bien designado patrono de la imagen entre nosotros por haberse pintado milagrosamente sobre su tilma la figura de la Guadalupana, lo que invitaría –junto con sus frecuentes representaciones en películas y programas de televisión– a poner también bajo su patronazgo al cine.

Juan Diego y la Virgen. Fotografía publicitaria de la película mexicana Tepeyac, dirigida por José Manuel Ramos, Carlos E. González y Fernando Sáyago en 1917.

Cines y cinéfilos

Enrique Rivera Calatayud, cronista cinematográfico de La Laguna

A mediados de 1924 la prensa lagunera informó que el ingeniero Enrique Rivera Calatayud, quien se había trasladado a Torreón de su natal Guadalajara y trabajaba en la planta de electricidad Francke, poseía “magníficos aparatos cinematográficos” con los que había ofrecido filmar una corrida de toros “desde que salga al ruedo la cuadrilla hasta que las mulillas arrastren al último astado”. (El Siglo de Torreón, 11 de junio de 1924, p. 1) La oferta no parece haberse concretado, pero unos meses después se anunció el estreno de una cinta del ingeniero, titulada El Día del Algodón, en la que desfilaban “prominentes hombres de negocios, nuestras más guapas damitas, elementos sociales y el pueblo en general”. (El Siglo de Torreón, 25 de septiembre de 1924, p. 1) Se trataba de una obra filmada durante las festividades realizadas en agosto que giraban en torno a la cosecha algodonera, dividida en cuatro partes: desfile de carros alegóricos, entrega de premios por las primeras pacas de algodón, danzas de “moros y cristianos” y lidia de toros por el célebre diestro Rodolfo Gaona, invitado de honor a esas celebraciones. La película mostraba así un festejo colectivo centrado en el logro del más importante producto agrícola local.

Sólo el fotógrafo Julio Sosa había producido antes una cinta en la zona (Torreón gráfico, 1923) y de hecho Rivera contó con el apoyo de éste, quien “la reveló, fijó y copió, cosa que no se había logrado hacer hasta la fecha en la región”. (El Siglo de Torreón, 25 de septiembre de 1924, p. 4) El deseo de hacer películas involucraba así el aprendizaje de los procesos técnicos requeridos para terminarlas. La cinta se estrenó en Torreón y fue recibida con interés en Gómez Palacio, San Pedro de las Colonias y otros lugares. Se escribió que Rivera había obtenido “un inesperado éxito”, pues en pocos meses había “logrado realizar adelantos muy considerables en el difícil arte a que se ha dedicado” y que su primera obra revelaba “lo que este modesto aficionado (…) puede conseguir filmar más tarde, algo que le conquiste fama y dinero”. (El Siglo de Torreón, 25 de septiembre y 8 de octubre de 1924, p. 4 y 5)

Estimulado por la buena recepción de su cinta, Rivera hizo otra pocos meses después, aprovechando un entretenimiento de paseos aéreos promovido por el aviador estadunidense Herbert Kindred.  El ingeniero montó en uno de los aparatos para filmar escenas con las que elaboró Veinte minutos en aeroplano sobre Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, que incluía una vista de las tres ciudades a 500 metros de altura, la fábrica jabonera “La Esperanza” de Gómez Palacio y el arenal del río Nazas que cruza la zona. La cinta fue elogiada por su peculiar punto de vista, que permitió el registro de las tres poblaciones y de uno de los accidentes geográficos que las vinculan:

No pecó de exagerado el anuncio que se hizo de la última película filmada por el entusiasta aficionado señor ingeniero Enrique Rivera Calatayud, al ofrecerla como el mejor film hecho hasta ahora en la Comarca Lagunera (…) En esta ocasión, el señor ingeniero (…) estuvo sencillamente colosal. La fotografía es impecable y claramente pasan ante los ojos del espectador los bellos panoramas de las tres ciudades laguneras. (El Siglo de Torreón, 29 de enero de 1925, p. 6)

Por los mismos días, Rivera filmó La gran charlotada, en la que registró la actuación de un grupo integrado por cómicos que se hacían llamar Charlot y Llapicera, junto con sus comparsas Los Botones, quienes celebraron en la plaza de toros una corrida bufa. Las dos nuevas cintas se exhibieron juntas a fines de enero de 1925. Como había sucedido con El Día del Algodón, es probable que también se procesaran en los laboratorios de Julio Sosa.

El ingeniero continuó con el registro cinematográfico de sucesos locales al filmar el corto Rotarios versus Bufanda, en el que captó escenas de un partido de futbol celebrado el 30 de mayo; la cinta fue estrenada a beneficio del desarrollo de un parque, acompañada de “selectos números por distinguidas señoritas”. (El Siglo de Torreón, 16 de junio de 1925, p. 6)

El presidente Plutarco Elías Calles pasó por la región en los primeros días de julio de 1925. Era la segunda vez que un mandatario nacional la visitaba luego de concluida la Revolución, sólo precedido por Venustiano Carranza, quien tocó La Laguna en una gira realizada en septiembre de 1919. Calles, sin embargo, había establecido en Torreón su centro de operaciones cuando, en calidad de secretario de Guerra del presidente Álvaro Obregón, estuvo encargado de combatir a los villistas en febrero de 1924. Su nueva visita fue registrada en celuloide por el ingeniero Rivera en El señor presidente de la República en su visita a la Comarca Lagunera. Fue estrenada a fin de mes y aunque los programas no especificaban sus partes, es muy probable que se reprodujeran en ella los actos públicos en que participó el mandatario, que incluyeron una visita a la hacienda La Florida, un banquete en la de Santa Teresa y un baile en el Casino de La Laguna.

Pocos días después de la visita del presidente se llevó a cabo la Feria del Algodón, considerada como uno de los acontecimientos sociales de mayor relevancia celebrado hasta entonces en la zona. Los festejos, una ampliación de las tradicionales premiaciones a los agricultores que entregaban las primeras pacas, se hicieron coincidir con la inauguración del servicio eléctrico de una avenida y con una exposición donde las principales industrias y casas comerciales colocaron puestos con productos que mostraban, en conjunto, el pujante desarrollo de La Laguna; y se empalmaron con la Fiesta de Covadonga de la colonia española y con el tradicional Grito de Independencia, para alargarse por diez días.

Las fiestas y ceremonias fueron registradas por Julio Sosa en una serie de imágenes recogida en un álbum que se conserva. También fueron filmadas por el ingeniero Rivera, pero la cinta resultante no fue conocida pronto, pues sus procesos de edición y revelado duraron varios meses. A su estreno en marzo del año siguiente se anunció que la “colosal película” La Feria del Algodón incluía la coronación de la reina Elvira I, el baile de etiqueta en el Casino de La Laguna, el desfile de carros alegóricos con batallas florales en Avenida Morelos, la corrida y la charreada en la plaza de toros de Torreón, la exhibición de productos industriales y el concurso de trajes infantiles, así como las maniobras de un grupo de soldados en un campo militar “en ocasión de la entrega de su bandera a uno de los batallones”. (El Siglo de Torreón, 6 de marzo de 1926, p. 6) Era la cinta de mayor aliento filmada hasta entonces por el cineasta. Luego de exhibirse en Torreón durante varios días, pasó en Gómez Palacio y otras ciudades.

Imágenes del álbum La Feria del Algodón de Julio Sosa. Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza S.J., Universidad Iberoamericana Torreón.

A medida que las ciudades laguneras crecieron en el periodo posrevolucionario, se fundaron o reorganizaron asociaciones civiles orientadas al estímulo de la convivencia, la mutua ayuda o el servicio público. Una de ellas fue la de los rotarios, que a mediados de 1923 anunció su establecimiento en Torreón como rama de la Internacional Rotaria con sede en Chicago. Se planteó que su principal foco de interés sería el estímulo de las actividades empresariales y las relaciones comunitarias. Una vez reunidos por invitación sus integrantes, el Club comenzó a colaborar en el impulso de obras públicas, una de las cuales fue la pavimentación ordenada de las calles de la ciudad. En 1925, los rotarios se manifestaron en la organización de partidos de un equipo de futbol propio y participaron en la Feria del Algodón con un carro alegórico que llevaba la primera paca de la cosecha. El desarrollo de la sociedad tuvo un punto culminante con la celebración de una convención que, entre el 3 y el 7 de marzo de 1926, reunió en la Perla de La Laguna a “cientos de prominentes personalidades de otras ciudades de la República y de los Estados Unidos”. (El Siglo de Torreón, 24 de marzo de 1926, p. 6)

Diversos episodios de este acontecimiento fueron filmados por Rivera en la película La Convención Rotaria en Torreón. Como de costumbre, el ingeniero organizó de forma cronológica sus materiales, que iniciaban con escenas que registraban la llegada de los visitantes y la inauguración del evento, a las que seguían las de un baile nocturno en el Casino y una verbena, para concluir con retratos colectivos hechos en comidas celebradas en un parque de la ciudad y un rancho cercano. La cinta se exhibió en Torreón, Gómez Palacio y salones de otras ciudades, donde fue solicitada por clubes rotarios. En una nota sobre la obra, un periodista recordó las otras películas de este “operador y director al mismo tiempo”, opinando que si hasta entonces habían dado “resultados medianos” por un manejo inadecuado del ritmo cinematográfico y otros pequeños defectos, gracias a la práctica y el estudio Rivera alcanzaba con la más reciente “un éxito verdadero que será recordado no sólo en La Laguna sino fuera de aquí”; según el autor de la nota, el ingeniero había logrado ahora “una fotografía perfecta” incluyendo tomas nocturnas, “siendo además notable el interés que se sostiene en toda la película por ser cortas todas las escenas”. (El Siglo de Torreón, 23 de marzo de 1926, p. 4) La Convención Rotaria en Torreón se inscribía de cualquier forma en la producción previa de Rivera. Como había ocurrido en El Día del Algodón y en La Feria del Algodón, sus protagonistas eran los estratos medios y altos de la sociedad, que aparecían con sus familias y empleados en manifestaciones de amable reconocimiento, en esta ocasión, además, haciendo el papel de anfitriones de distinguidos visitantes.

El ingeniero continuó unos meses más adelante con la crónica de la vida social con la cinta Querer es poder, sobre la que un periodista escribió una nota en la que entre otras cosas decía:

Se desarrolla en la ciudad de Torreón y en consecuencia vemos en la pantalla nuestro Boulevard Morelos, con sus estatuas, sus farolas, sus callecillas; también la Alameda, con la fuente monumental cuya inauguración fue perpetuada (…) con una fidelidad que da la sensación de que estamos asistiendo al derroche de luces y de combinaciones; también admiramos la inauguración del alumbrado de la Avenida Hidalgo… y muchos pasajes más de la vida de esta ciudad que rápidamente va hacia su constante progreso y su embellecimiento… Un niño y un viejo son los protagonistas de la obra, y ellos se encargan de ir dando relieve a todas estas obras que transforman a la Perla de la Laguna en una verdadera ciudad moderna. Hay momentos de gracia infantil y de seriedad de magister en la film y ellos la hacen ser variada y atractiva, tal como debe ser una revista de esta índole, para terminar en la afirmación de que es preciso llevar al poder público a hombres que sepan cuáles son las necesidades de los pueblos y sepan, también, remediarlas… Es, pues, una lección de civismo, una de esas lecciones que no se olvidan, por cuanto su aridez desaparece ante la grata emotividad que se despierta con sugestiones y comentarios que hacen pasar el tiempo rápidamente, de tal manera que lo único que se siente es que la película no sea un poco más larga… (El Siglo de Torreón, 30 de octubre de 1926, p. 1)

Un año después, el ingeniero continuó en La vida lagunera su registro de asuntos locales (la coronación de la Reina María Luisa de las Fiestas de Primavera, una exposición de artículos deportivos y escenas de juegos de basquetbol y beisbol, entre otros) complementados con un número cómico en el que eran protagonistas el niño Pepín, la señora doña Casiana y un burro. (El Siglo de Torreón, 11 de septiembre de 1927, p. 14) La trayectoria del cineasta siguió con La verbena de La Raza, documental en el que registró las celebraciones organizadas el 29 de octubre por las fuerzas vivas locales a iniciativa del presidente municipal Nazario Ortiz Garza, y en la que aparecían bailes, rifas, juegos y danzas de “matachines”. (El Siglo de Torreón, 25 de noviembre de 1927, p. 8)

En 1928, el cineasta hizo Los amagos del río Nazas, integrada por una mezcla de documental y escenas con actores, pues intercalaba paisajes tomados durante una impresionante creciente del río “con un delicioso asunto cómico”. (El Siglo de Torreón, 29 de noviembre de 1928, p. 8) Y unos meses después se estrenó una nueva emisión de La vida lagunera, en la que se reproducían escenas de un banquete ofrecido por el Club Rotario al general Juan Andreu Almazán, con “numerosos close-ups de connotadas personas de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo” y títulos “confeccionados de manera humorística”. (El Siglo de Torreón, 6 de julio de 1929, p. 4) Esta cinta cerró la trayectoria cinematográfica del ingeniero y también la etapa de producciones silentes en formatos profesionales en la región.

Los documentales de Rivera, hechos entre 1924 y 1929, duraban entre quince minutos y tres cuartos de hora. Ninguno parece haberse conservado en colecciones públicas. Su autor practicó en ellos los géneros de festejos y deportes, ampliando en este último la temática de las muy representadas corridas de toros hacia entretenimientos que estaban adaptándose a las costumbres en México, como el futbol, el beisbol y el basquetbol. Por otro lado, un rasgo característico de esas cintas, la identificación de personas conocidas, establecía a la vez su atractivo local y su difícil distribución más allá de La Laguna.

Aunque eventualmente se filmaron en Torreón, Gómez Palacio y Lerdo unas cuantas cintas más, nadie disputó en ese periodo a Rivera el título informal de cronista cinematográfico. Su producción de trece películas, relativamente numerosa en comparación con otros que produjeron cine de forma amateur en el país, mostró que en los años veinte era aún posible la inserción de ese tipo de obras en circuitos de exhibición regionales. Esto se volvió en los treinta algo mucho más difícil de alcanzar debido al encarecimiento de los procesos de producción del cine sonoro y al incremento en la complejidad laboral en las esferas de la distribución y exhibición, fuertemente reguladas por cálculos económicos y prácticas sindicales. Por estos motivos los laguneros dejaron de ver a Rivera en calles y plazas “cargando su pesada cámara cinematográfica, acompañado de sus ayudantes que llevan a cuestas lámparas, cables, etc.” (El Siglo de Torreón, 11 de septiembre de 1927, p. 14) Sin embargo, el ingeniero continuó con sus actividades como cronista, especializándose en la composición de collages de temas taurinos, futbolísticos e industriales para el diario El Siglo de Torreón.

Cines y cinéfilos

Notas sobre Viridiana

Las películas con intérpretes o personajes españoles y mexicanos comenzaron a hacerse en los años veinte, con el claro propósito, rara vez cumplido, de distribuirse en los cines de los dos países. Sin embargo, por distintos motivos –entre ellos la irrupción, el desarrollo y las consecuencias de la Guerra Civil española– la primera coproducción entre las industrias se realizó hasta 1948, cuando el director Fernando de Fuentes se trasladó a la Península con intérpretes y técnicos para filmar Jalisco canta en Sevilla. Esta comedia folklórica, que entremezclaba rasgos de las películas rancheras con otros de las españoladas, inauguró una era de colaboraciones comerciales realizadas en un contexto en que no existían relaciones diplomáticas entre los dos países. Entre 1948 y 1977 (cuando éstas últimas se restablecieron) se filmaron unas ciento diez coproducciones hispano-mexicanas, la mayor parte con historias de amor hechas para el lucimiento de estrellas peninsulares como Carmen Sevilla, Lola Flores, Joselito, Marisol y Sara Montiel, y mexicanas como María Félix, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Dolores del Río, Arturo de Córdova y Pedro Infante.

En la década de los cincuenta fue cuando se afianzaron las vías para capitalizar los cuerpos estelares, el oficio de los directores y la experiencia de los equipos técnicos de las dos cinematografías. De forma paralela, se fortalecieron las rutas comerciales que permitían llegar cintas mexicanas a España y cintas españolas a México. Todo esto explica que se autorizara a Luis Buñuel filmar Viridiana (1961) en España. El cineasta había regresado por primera vez en 1960 a su tierra, luego de haber tenido que exiliarse un cuarto de siglo antes, a consecuencia de la derrota republicana en la Guerra Civil. De la veintena de obras hasta entonces realizadas por él, sólo una, Las Hurdes (1932), había sido hecha en la Península. Casi nadie recordaba ya sus cintas surrealistas y de su filmografía mexicana sólo se habían proyectado en España Gran Casino (1946) y El gran Calavera (1949), aunque el nombre del director, como el de otros exiliados del medio cinematográfico, casi no se mencionaron en la publicidad ni en la crítica. En 1960 Buñuel era, así, prácticamente desconocido por el público español. Por otro lado, en las oficinas cinematográficas se estaba seguramente al tanto de su trayectoria y de sus opiniones políticas contrarias al régimen, pero debe haberse calculado que, en el contexto del acercamiento entre las industrias, podía recuperarse para el cine nacional a ese importante realizador, al tiempo que controlar el contenido de su película a través del aparato de censura.

Buñuel conoció en Madrid a Gustavo Alatriste, empresario mexicano quien le ofreció producir en España una obra en la que apareciera la que era entonces su esposa, Silvia Pinal. El cineasta estaba encantado con la propuesta, pero aceptó a condición de hacerla en coproducción con la Unión Industrial Cinematográfica (UNINCI), de la que era presidente el director Juan Antonio Bardem. El motivo era en parte político. Buñuel no deseaba enemistarse con sus compañeros de emigración al filmar en España, y trabajar con UNINCI representaba para él una buena coartada pues, como escribió en su libro de memorias Mi último suspiro, Bardem era “conocido por su espíritu de oposición al régimen franquista” (p. 273). Podía así presentarse ante los exiliados, más que como uno que había doblado las manos al aceptar las condiciones de la dictadura, como uno que había vuelto a la patria a participar con otros españoles en la lucha contra aquella.

Según Alberto Elena, Viridiana fue la película número 40 en la que estuvieron involucrados productores de los dos países desde Jalisco canta en Sevilla (pp. 297-298). La censura sólo observó al guion un desenlace presuntamente inmoral, que Buñuel transformó en otro más ambiguo y susceptible de una interpretación aún más transgresora. La trama cuenta la historia de la novicia española Viridiana (Silvia Pinal), quien deja temporalmente el convento para asistir a su tío (Fernando Rey). En la casa de campo de éste ocurren acontecimientos que alejan definitivamente a Viridiana de su vida conventual, al volverse un poderoso imán erótico para los hombres del lugar.

Procesada y editada en Francia, la película fue inscrita en 1961 al Festival de Cannes, donde se exhibió el último día de la competencia. Entonces la vio el periodista Miguel Pérez Ferrero o Donald, quien hizo una nota en la que consignó: “Viridiana ha sido una bomba (…) que a todos ha asombrado y ha provocado extraordinaria polvareda polémica, al punto de que todas las demás películas se han olvidado en las discusiones (…) y sólo se habla, cruzándose las opiniones más encontradas, apasionadamente de ella”. (ABC, 19 de mayo de 1961, p. 63) La cinta obtuvo la Palma de Oro en conjunto con una producción francesa. El director de la oficina cinematográfica franquista expresó su satisfacción porque una obra española hubiera ganado ese importante reconocimiento por primera vez. Pero el corresponsal del diario del Vaticano manifestó su indignación ante el premio a una película que conjugaba erotismo, deseos incestuosos, un suicidio y una considerable cantidad de imágenes que podían interpretarse como blasfemas. Alertadas por esas opiniones, las autoridades españolas requirieron la cinta, que se proyectó en el cine privado de la residencia oficial de El Pardo el 4 de julio de 1961. El consenso entre quienes la vieron fue que debían prohibirse sus proyecciones y ponerse un castigo ejemplar a los involucrados en su producción. Entre las consecuencias enumeradas por José María Caparrós y Magí Crusells en su libro Las películas que vio Franco (y que no todos pudieron disfrutar) estuvieron las siguientes: el director de Cinematografía fue destituido; se prohibió la exhibición de la cinta y se le retiró la nacionalidad española, quedando desde entonces sólo como obra mexicana; con la excusa de haber llevado los negativos a Francia sin haber gestionado el permiso de exportación, se impuso a UNINCI una sanción económica que llevó a su ruina; la prensa española recibió órdenes de no comentar el escándalo y se pidió al cuerpo diplomático que ejerciera presiones en el extranjero para intentar prohibir la difusión de la película, lo que entre otras cosas provocó que en Bélgica se mutilaran sus copias y en Italia se impidieran sus proyecciones y se condenara a Buñuel a un año de cárcel si pisaba tierra italiana (pp. 139-140).

Colección Filmoteca UNAM.

Las presiones llegaron también a la industria mexicana de cine, como muestra el siguiente episodio rescatado por la investigadora Alicia Salvador. En octubre de 1961 el cónsul español en San Francisco escribió a su ministro de Asuntos Exteriores que había intentado sin éxito impedir la exhibición de Viridiana en el Festival de Cine de esa ciudad; en cambio, había logrado despertar la simpatía de un destacado asistente a esa reunión, el director y distribuidor mexicano Ismael Rodríguez:

Me dijo que no encontraba palabras para calificar la actitud del director Luis Buñuel y del productor Gustavo Alatriste (…) quienes habían sorprendido la buena fe de las autoridades cinematográficas españolas y no habían tenido una actitud honorable (…) Posteriormente (…) puso de relieve las cordialísimas relaciones que mantienen los productores mejicanos con el mundo del cine español (…) e indicó que creía que cualquier sugerencia de España sobre la exhibición de Viridiana en México haría que ésta no se pasase en dicha nación, ya que los productores mejicanos no permitirían se enfriaran las cordiales relaciones existentes por la proyección de la mencionada película. Me dijo: “enviamos a España de treinta a treinta y cinco películas todos los años y no permitiremos nunca que surjan problemas”. (Documento citado en pp. 247-248)

Puesto que no existían relaciones diplomáticas entre España y México, no hubo a fin de cuentas presiones directas para intentar prohibir la exhibición de Viridiana. Por otra parte, el premio obtenido en Cannes y la admiración profesada por los cinéfilos de México al director y la cinta obraron como manto protector contra posibles acciones hostiles de integrantes de la industria local. Los exiliados consideraron, en efecto, que Buñuel había ido a su patria como guerrillero. Y Viridiana se estrenó sin problemas en los cines del país.

Escribió el historiador Emilio García Riera: “…si las películas de Buñuel son tanto mejores cuanto mayor es la carga afectiva puesta en ellas por el director, Viridiana resultó su obra más enamorada hasta ese momento, o sea, su mejor obra” (p. 93). Es posible que la caridad, el amor y el deseo que los personajes manifiestan en la cinta fueran una expresión indirecta de las emociones suscitadas por el regreso del director a su patria. Como dijo José de la Colina en conversación con él: “Se ve que ese encuentro con España, al cabo de tanto tiempo de ausencia, fue afortunado para usted y lo imantó para los hallazgos” (p. 216). El propio Buñuel escribió, en un texto leído antes de una presentación de su cinta en México y reproducido en el catálogo de una exposición dedicada a él comisariada por Elena Cervera y Javier Espada:

El motivo de haber ido a España a realizar el film es muy simple: amo mi país de origen. Por añadidura, pude trabajar en el film con libertad (…) El argumento lo escribí en México (…) ya que el primer propósito era el de realizar Viridiana aquí. Mas, al ponerme en contacto con la tierra española de la que salí hace veinticinco años, hube de dar nueva forma y dirección a mis ideas asaltado por multitud de imágenes y vivencias entrañables. De ahí sin duda el profundo españolismo que muchos creen descubrir en Viridiana. (p. 174)

Aunque eventualmente se permitió a Buñuel volver a filmar una película en la Península, Tristana (1969, de producción francesa), Viridiana no fue perdonada en tiempos de la dictadura. En enero de 1976, cuando una vez muerto Franco se generalizaba la petición de amnistía para quienes habían sido proscritos por sus posturas políticas, Ricardo Muñoz Suay (quien había sido productor de la cinta por UNINCI) escribió: “Que la amnistía para los encarcelados y para los exilados sea lo más perentoria (…) Pero en cuanto al cine se refiere también es urgente que se inicien medidas rectificadoras.” Y añadía: “Yo no sé si a Buñuel le importará tener hoy pasaporte español, pero en todo caso hay que recordar a los olvidadizos que si posee uno mexicano es porque durante años y años fue un exiliado más. Y, por otra parte, si una de sus obras más singulares, Viridiana, sigue prohibida, no nos bastan las palabras reconfortantes de hoy, si no van acompañadas de hechos inequívocos.” (p. 316) La prohibición continuó hasta abril de 1977, cuando la película pudo estrenarse en España, luego de más de tres lustros de haber sido hecha.

Fuentes

Luis Buñuel, Prohibido asomarse al interior, José de la Colina y Tomás Pérez Turrent entrevistadores, Imcine, México, 1986.

Buñuel, Luis, Mi último suspiro, tercera edición, Plaza y Janés, Barcelona, 2001.

Caparrós, José María y Magí Crusells, Las películas que vio Franco (y que no todos pudieron disfrutar). Cine en El Pardo (1946-1975), Cátedra, Madrid, 2018.

Elena Cervera y Javier Espada (comisarios), Buñuel entre dos mundos, Conaculta, México, 2008.

Alberto Elena, «Medio siglo de coproducciones hispano-mexicanas», en Eduardo de la Vega y Alberto Elena (eds.), Abismos de pasión: Una historia de las relaciones cinematográficas hispano-mexicanas, Filmoteca Española, Madrid, 2009.

Emilio García Riera, Historia documental del cine mexicano, tomo 11, Universidad de Guadalajara / Gobierno del Estado de Jalisco / Imcine / Conaculta, Guadalajara, 1993.

Ricardo Muñoz Suay, Columnas de cine, Filmoteca Generalitat Valenciana y Fotogramas/Video, Valencia, 1998.

Alicia Salvador, “UNINCI y México. Unas coproducciones conflictivas”, en De la Vega y Elena (eds.), Abismos de pasión.

Cines y cinéfilos

El Cine Club de Real del Monte, Hidalgo

Un par de días después de cumplir 80 años, don Filiberto Gregorio Valdivieso Valle nos contó gentilmente algunos episodios de sus relaciones con el cine en su pueblo natal.

Cuando niño, se acostumbró a ver películas en dos recintos de Real del Monte cuyos edificios ya desaparecieron: el Cine Juárez, detrás del actual Monumento al Minero, y el Cine Real, en lo que ahora es el Parián. Recordó que en esos lejanos tiempos le gustaban el noticiero México en marcha que iniciaba las funciones y los cortos cómicos que se ponían entre las películas.

Al ver su gusto por las imágenes en movimiento, su padre le regaló un proyector y unos rollos de películas infantiles, con lo que montó un primer espacio de exhibición casero para regocijo de amigos y condiscípulos, también agasajados en las funciones con bebidas y palomitas. Una vez que el repetido uso volvió al proyector inservible, su padre viajó con él hasta el barrio de Tepito en la Ciudad de México, donde consiguieron un aparato de repuesto y más cintas.

No fue, sin embargo, hasta después de contraer matrimonio cuando se le ocurrió poner un salón de proyecciones público en la planta alta de la casa familiar, en la calle Allende número 5. Así, en la década de los sesenta surgió el Cine Club, que se mantuvo activo alrededor de diez años. Don Filiberto viajaba a la Ciudad de México para alquilar películas de 16 mm que exhibía acompañadas por cortos proporcionales de empresas de refrescos; entre ellos estaban una vida de Carlos Gardel y otra de Pelé, esta última en atractivos colores. Además de dar funciones en el salón con bancas de tabla y caseta de triplay del Cine Club, llevaba la magia de las imágenes en movimiento a escuelas y otros espacios de comunidades cercanas. Uno de sus aparatos de proyección y un contenedor para transportar rollos (que aún conserva) fueron comprados a un exhibidor itinerante que pasó por el lugar. Todo esto terminó, según dijo, cuando se popularizaron las videocaseteras. La casa donde estuvo el Cine Club es en la actualidad un restaurante en el que pueden comerse, entre otros platillos, sabrosas enchiladas mineras.

Don Filiberto Gregorio Valdivieso Valle frente a la casa donde estuvo su Cine Club.

Cines y cinéfilos

Vinicius de Moraes escribe sobre Gabriel Figueroa

Célebre como poeta y autor de las letras de algunas de las más populares canciones del bossa-nova brasileño, Vinicius de Moraes también fue un gran aficionado al cine, lo que lo llevó a ser desde 1941 crítico de películas en varias publicaciones de Río de Janeiro. Entre sus contribuciones como periodista destacaron el impulso a un debate sobre el arte cinematográfico basado en la comparación entre las características del cine silente (que él prefería) y las del sonoro, y la entusiasta reseña a la obra de Orson Welles a propósito de la estancia de éste en Brasil en los años cuarenta. De Moraes también fue funcionario del servicio exterior, y obtuvo su primer puesto en 1946, como vicecónsul en Los Ángeles. Su residencia en esa ciudad, que se prolongó hasta 1951, le permitió seguir cultivando su afición por las películas y establecer vínculos cercanos con su admirado Welles, así como con el crítico de cine Alex Viany, la estrella Carmen Miranda y otros brasileños en Hollywood.

A fines de 1949, sabiendo que su amigo el pintor Di Cavalcanti participaba en el Congreso Latinoamericano de Partidarios de la Paz celebrado en México, De Moraes alquiló un automóvil y enfiló hacia el Distrito Federal. Ahí pasó veinte días en “la mayor bohemia y despreocupación, paseando con Di, bebiendo tequila con Di, conversando con Di hasta altas horas de la noche” (los entrecomillados remiten a notas recopiladas en O cinema de meus olhos). En México el joven poeta tuvo una experiencia traumática al asistir a una corrida de toros que lo hizo sufrir: “Me sudaban las manos, me levanté dos veces para ir adentro y acabé yéndome de la plaza, asqueado por la masacre.” Por lo demás disfrutó intensamente su estancia, al grado de apasionarse por el país y su gente, “por su aire embriagante, su pátina india, su colorido, su fatalidad, sus mujeres y su oscura poesía”. A través de Di Cavalcanti conoció a la pintora María Asúnsolo, quien una noche lo presentó en su casa con el fotógrafo de cine Gabriel Figueroa. Éste hizo una vehemente apología de los ambientes auténticos en una filmación, lo que hizo preguntarse a De Moraes por qué, al contrario de lo que decía, sobrecargaba sus encuadres “de sustrato plástico –lo que les quita mucha autenticidad a los ambientes filmados”. El brasileño conocía el trabajo de Figueroa porque había visto La perla (1945) y Enamorada (1946), fotografiadas por él y dirigidas por Emilio El Indio Fernández.

De Moraes regresó a Los Ángeles a pasar el fin del año, y ahí, el 3 de enero de 1950, lo entrevistó un reportero del semanario brasileño A Cena Muda. El joven diplomático, quien desde la fundación del diario carioca A Manhã en 1941 había escrito una crítica cinematográfica diaria, y quien además era culto y elocuente, era un sujeto ideal para ser interrogado. De Moraes respondió, entre otras cosas, que el cine era para él uno de los mayores artes y que, si podía divertir, su función esencial no era ésa, “sino revelar, educar y hacer crecer el conocimiento”; dijo admirar la obra de realizadores como Griffith, Chaplin, Von Stroheim, Dreyer, Flaherty, Eisenstein, Pudovkin, Dovzhenko, Renoir, Rosellini y De Sica, quienes habían hecho un cine “que nunca divierte. Emociona, hace pensar, amplía la perspectiva de quien lo ve”. Este apasionamiento tenía ramificaciones en su obra creativa, como se revelaba en la antología de poemas que preparaba en el momento de la entrevista, donde se incluían versos de tema cinematográfico como éstos, del poema “Tríptico en la muerte de Sergei Mihailovich Eisenstein” (incluido en Nova antología poética): “El cine es infinito: no puede/ medirse. No tiene pasado ni futuro./ Cada imagen sólo existe entrelazada/ a las que la anteceden y suceden./ El cine es preconsciente previsión/ en las imágenes que pasan. El cine/ es lo que no se ve, lo que no es/ aunque resulte: una dimensión indecible”.

Una vez terminado en 1951 su periodo como representante diplomático en Los Ángeles, De Moraes regresó a Río, donde volvió a escribir crónicas cinematográficas, esta vez en el periódico Última Hora. Ese año hubo una presencia particularmente notable del cine mexicano en Brasil, al ser exhibidas varias cintas interpretadas por el grupo de célebres estrellas surgidas en la “época de oro”. Como parte del proceso de promoción y recepción de esas películas, fan magazines de arraigo popular, como A Cena Muda (de Río) y Cine Revista (de Sao Paulo) dedicaron muchas páginas a María Félix, Dolores del Río, Mercedes Barba, Arturo de Córdova, Pedro Armendáriz y Roberto Cañedo, entre otros artistas. De Moraes no fue ajeno a esa recepción y escribió notas sobre dos producciones, Río Escondido (1947) y La malquerida (1949), dirigidas por Emilio Fernández y fotografiadas por el camarógrafo al que había conocido en casa de María Asúnsolo dos años antes.

El cronista explicaba que no estaba completamente a favor del tipo de cine hecho por este par de mexicanos, ya que padecían (sobre todo Figueroa), una influencia de Eisenstein difícil de sobrellevar, “dado que la técnica de ese gigante es producto de una investigación en el campo general de las artes, y su propuesta formal un descubrimiento absolutamente propio”. El realizador soviético era para él, de hecho, el verdadero descubridor de un estilo definido del cine mexicano “a través de su gran film criminalmente mutilado ¡Que viva México!” Es claro que De Moraes conocía las circunstancias del viaje de Eisenstein al país a principios de los años treinta para realizar una cinta que mostrara simbólicamente las distintas etapas de la historia mexicana, y que estaba al tanto de la posterior cruzada periodística, que los admiradores de Eisenstein llevaron a cabo desde varios lugares, para intentar que le fueran restituidos los rollos que había filmado. La cruzada fracasó, los negativos permanecieron en poder de los productores y la obra no fue editada por el maestro soviético, pero con sus materiales se hicieron varias películas cortas, la más célebre de las cuales fue Tormenta sobre México (Thunder Over Mexico, Sol Lesser, 1933). Esta fue, con seguridad, la que De Moraes vio. Aun mutilando “criminalmente” el proyecto original de Eisenstein mostraba las poderosas imágenes que fundaron una de las más influyentes representaciones de México a través del cine. Según el testimonio del Indio Fernández, esa fue también la obra que despertó su deseo de hacer películas artísticas de contenido social. Figueroa, que se había nutrido de algunas de las mismas fuentes pictóricas que Eisenstein, resultó un colaborador ideal en ese proyecto. Sólo que, según De Moraes, el sentido de la composición heredado del soviético, unido a la perfección técnica aprendida del camarógrafo norteamericano Gregg Toland, creaban en él un “complejo plástico” que su amigo el Indio no sabía cómo controlar; el resultado era que la fotografía en sus películas mataba algo esencial, el ritmo cinematográfico, “sin el cual el arte no va a ningún lado”.

A pesar, por eso, de que la dirección del Indio le pareciera “inusualmente orgánica” y la fotografía de Figueroa “fabulosamente bella y bien compuesta”, De Moraes encontraba La malquerida aquejada de “ese estaticismo, esa lentitud cinematográfica, ese mutismo pétreo de las imágenes, que no deja de ser un poco una imagen del mutismo pétreo del propio México”. En Río Escondido sucedía algo parecido, pues Figueroa “abusa de la perspectiva eisensteniana, de las figuras de perfil colocadas en profundidad, del elemento triangular tan común en la composición de las imágenes del inolvidable cineasta soviético, de los juegos de luz y sombra, de los magueyes y las figuras humanas con que el maestro de El acorazado Potemkin reveló cinematográficamente a ese genial país”; aunque ese defecto no evitaba que la cinta, por haber sido hecha con espíritu de auténtica solidaridad, debiera ser vista “con el respeto que se debe a todo lo que tiende a disminuir la ignorancia y la miseria de los menos privilegiados”.

Vinicius también se refirió en sus notas a actrices mexicanas. De Dolores del Río, protagonista de La malquerida, dijo: “continúa tan impresionantemente bella que no existen palabras para describir su rostro maravilloso. Se trata, fuera de toda duda, de una de las cosas más lindas bajo el sol…” En cambio, le pareció que María Félix, con una actuación en Río Escondido en la que parecía decir constantemente: “Yo soy María Félix, la mujer más hermosa del mundo”, provocaba en el espectador un sentimiento de incomodidad; por lo demás, era una pena, decía el cronista, que a ese rostro le faltara un elemento fundamental “sin el que la belleza no puede ser nunca también, como dice Keats, una eterna alegría”. Agregaba que con gusto cambiaría diez Marías Félix por una Columba Domínguez (quien había hecho papeles secundarios en las dos películas), aunque enseguida dejaba de lado ese asunto, “ya que los gustos en materia de mujer no se discuten”.

Un año después de escribir estas notas, De Moraes fue enviado a cubrir la información de la XIII Muestra Cinematográfica de Venecia. Ahí se encontró con una delegación mexicana integrada por Emilio Fernández, Roberto Gavaldón, Arturo de Córdova y Gabriel Figueroa. Éste, después de anunciarle que filmaría pronto en Brasil, lo invitó a ver la película presentada por México, que también tenía fotografía suya. El rebozo de Soledad (Gavaldón, 1952) decepcionó a De Moraes, quien escribió: “Mis amigos mexicanos deben darse cuenta de que su producción ha bajado de nivel. De tan repetidos, sus tópicos más interesantes comienzan a parecer clichés. Su concepto de machismo, que tanto gustan de resaltar, cae en la vulgaridad, y el tipo de mujer-que-es-la-tierra-y-la-tierra-que-es-la-mujer me parece francamente arqueológico”; terminaba sugiriendo que el cine mexicano se orientara hacia las propuestas de Luis Buñuel, quien a través de una dirección más orgánica había conseguido en Los olvidados “limpiar la fotografía de Figueroa del abuso de filtros, de la plasticidad estática y del sentimiento exagerado de la composición que amenazan con academizar el trabajo del notable cameraman”.

Vinicius de Moraes vio acertadamente algunos puntos esenciales de la obra de Figueroa, tanto en su deuda con la propuesta formal de Eisenstein como en su participación decisiva como forjador del estilo de las primeras películas de Emilio Fernández. Sus objeciones a la elaborada composición de los encuadres del camarógrafo derivaban, a fin de cuentas, de su gusto por un cine más dinámico que el del Indio. Sin embargo, no queda duda de su interés y su aprecio por el trabajo de Figueroa. En cuanto al cine mexicano, el diagnóstico del cronista era certero. A principios de los años cincuenta la producción había empezado a declinar en términos artísticos. Su crisis definitiva tardaría en llegar aún una década, pero De Moraes ya no sería testigo, como periodista, de ese acontecimiento. Al regresar en 1953 al servicio exterior –que esta vez lo condujo a París– dejó de escribir crónicas sobre cine. Su pasión por las imágenes no lo abandonó por completo y todavía escribió los guiones de algunas películas, pero a partir de entonces se volcó más y más hacia la poesía y la música hasta llegar a convertirse en una de las más entrañables figuras de la cultura brasileña de la segunda mitad del siglo.

Fuentes

Vinicius de Moraes, O cinema de meus olhos, Companhia Das Letras, Sao Paulo, 1999.

Vinicius de Moraes, Nova antología poética, Companhia Das Letras, Sao Paulo, 2003.

Una primera versión de este texto apareció en la revista Luna Córnea, núm. 32, 2008.

Agradezco a Cristina Cavalcanti su ayuda en la traducción de las citas.

Cines y cinéfilos

Jorge Negrete en Santiago de Chile

El 21 de mayo de 1946, el semanario chileno Ecran publicó en su portada una foto de Jorge Negrete. El astro era bien conocido por sus películas y era frecuente que su efigie apareciera en diarios y revistas, asociada a los estrenos de aquéllas. Ahora, sin embargo, se sumaba a la pieza publicitaria el atractivo de que el mismísimo Charro Cantor acababa de pasar por tierra chilena, en camino a Buenos Aires donde tenía programada una temporada de presentaciones. En el interior de ese número de Ecran aparecían fotos del mexicano con el distribuidor Ángel Ibarra y otras personalidades de la industria local, quienes le ofrecieron una recepción en su fugaz paso por el país; en el pie de una de las imágenes se leía: “Su sonrisa es de agradable aspecto infantil”.

La periodista Shanty publicó ahí mismo una entrevista que había hecho unas semanas antes en México, en la que Negrete expresaba diplomáticamente sus buenos propósitos para un acercamiento entre las industrias

…que haga hermanarse los elementos de América Latina en una poderosa unión de fuerzas hacia la conquista del cetro del cine hablado en castellano. Tales aspiraciones están inspirando la obra de esforzados pioneros del cine continental desde Chile, Argentina y México, y es algo promisorio cuando los capitales están de acuerdo con los anhelos del arte. Y es de desear que llegue el día en que un viaje como el mío no sea una excepción y veamos actuando a artistas chilenos en México, mexicanos en Chile, argentinos en México y mexicanos en Argentina, como si lo hiciesen en su propio país…

La nota afirmaba que luego de su gira argentina, el cantante regresaría para presentarse en un teatro de Santiago. De esta forma, remataba Shanty, “las admiradoras chilenas de Negrete van a poder ver, oír y ´palpar´ al astro”.

Ecran, 21 de mayo de 1946.

Las exitosas presentaciones de Negrete en Buenos Aires se alargaron varias semanas, pero desde los primeros días de junio empezaron a aparecer anuncios en los diarios santiaguinos en los que se invitaba al público a adquirir entradas para los cinco días en que, a partir del viernes 21, el teatro Baquedano acogería al cantante mexicano acompañado por el Trío Calaveras. Las expectativas crecieron. En la primera página del número del 14 de junio de la publicación gremial Boletín Cinematográfico, una nota decía:

El arribo de Jorge Negrete (…) ha despertado un entusiasmo pocas veces visto. De más estaría comentar (…) los orígenes de tal entusiasmo, dado que se trata del astro máximo del cine en castellano y uno de los ídolos más populares de la cinematografía mundial. Para el gremio cinematográfico (…) su presencia en Chile es un motivo de beneplácito, ya que ello nos permitirá demostrar nuestra admiración a uno de los artistas que saben mantener en alto la viva adhesión del público al cine.

El distribuidor Ibarra buscó aprovechar la inminente llegada de Negrete y anunció el lanzamiento de El dios del mal (o Canaima, Juan Bustillo Oro, 1945). Proliferaron los anuncios y las gacetillas de la cinta, que se estrenó el martes 18 en el Cine Santiago, tres días antes del esperado debut del cantante. Pero Negrete no llegó, según dijo el diario El Mercurio el 22 de junio “debido a inconvenientes insalvables a causa del mal tiempo en la cordillera”. Su debut se pospuso para el viernes 28. Ante esta inesperada eventualidad, las exhibiciones de El dios del mal se reforzaron recordando al público en la publicidad las otras cintas protagonizadas por el astro que habían tenido éxito en Santiago: Una carta de amor (Miguel Zacarías, 1943), Cuando quiere un mexicano (Juan Bustillo Oro, 1944), Me he de comer esa tuna (Miguel Zacarías, 1945) y Hasta que perdió Jalisco (Fernando de Fuentes, 1945).

El cantante arribó a la Estación Mapocho del ferrocarril el 26 de junio. Una nota consignó en El Mercurio al día siguiente que “delegaciones de instituciones artísticas, sociales y obreras, empresarios, artistas teatrales y cinematográficos, periodistas, amigos y miles de admiradores” brindaron ahí al mexicano una “simpática recepción”. En su biografía del artista, Enrique Serna añadió:

Las fotos de su recibimiento en Santiago son impresionantes (…) Llevado al hotel en un descapotable que lo dejaba a merced de la turba, estuvo a punto de morir por asfixia o aplastamiento, como se puede apreciar en las gráficas. Una intrépida chilena subió al estribo del coche y le propinó una feroz mordida en el labio. Pero lo más grave (…) fue que la multitud tumbó una barda próxima a la estación del tren y una mujer quedó herida de gravedad.

A pasar de estos percances, el astro había por fin regresado a Santiago y se preparaba para debutar. Pero apenas unas horas después de ese apoteósico recibimiento, Juan Antonio Ríos Morales, presidente en funciones de Chile, murió luego de una larga enfermedad. Naturalmente, la atención de los chilenos se enfocó en ese suceso y en la campaña por el cargo que detonó entre la clase política. Además, la muerte de Ríos dio lugar a un duelo nacional de tres días, durante los cuales casi no se celebraron espectáculos públicos. Esto obligó a una nueva reprogramación de las presentaciones de Negrete, cuyo inicio se fijó el viernes 5 de julio. Se anunciaron para entonces la reposición en los cines de El dios del mal y de la vieja cinta Jalisco nunca pierde (Chano Urueta, 1937).

Anuncios, El Mercurio, 17 de junio, 26 de junio y 1 de julio de 1946.

En el compás de espera a que obligó la muerte del presidente Ríos, el mexicano hizo una visita de cortesía a los estudios de Chile Films, donde apadrinó el inicio del rodaje de una parodia de La dama de las camelias, estelarizada por Ana González y dirigida por José Bohr. El acontecimiento fue reseñado así en Ecran del 9 de julio:

Su primer gesto fue asociarse al duelo nacional y para eso rehusó todas las manifestaciones que se le hicieran mientras el país estaba de luto. Le encontramos en Chile Films el lunes 1 de julio. Su vieja amistad con José Bohr lo hacía aceptar gustoso la invitación de que apadrinara La dama de las camelias. Un grupo íntimo asiste a la fiesta. Negrete llegó vistiendo el uniforme de campaña del ejército mexicano. Tuvo frases muy agradables para todo el mundo, especialmente para el director del film: “Me une a José Bohr una vieja amistad y a él debo mi iniciación en la carrera artística. Fue en el año 1933… Me presenté a una audición de aficionados que dirigía Pepe y, ayudado por él, gané en el concurso.” (…) Manifestó gran entusiasmo al conocer a los artistas y Anita González (…) le hizo entrega de una simbólica llave de cobre muy chileno para que el visitante se sintiera dueño y señor de los estudios. Luego Negrete se dirigió a los operarios, “manos invisibles” que hacen realmente el cine, como explicó. Habló de su propia lucha para defender a los trabajadores del cine mexicano…

Luego de convivir con él en esa reunión donde hubo “champagne, cocteles, mucha alegría y todavía mayor compañerismo”, el reportero que hizo la nota definió así su personalidad: “Negrete es hombre sencillo. Posee un ingenio chispeante que brota espontáneo en alguna frase graciosa y oportuna. Sin ninguna afectación, procura disimular con la frivolidad del chiste la observación que se ha prendido de sus pupilas y le ha llegado al cerebro y al corazón.”

Con José Bohr, al centro, en el rodaje de La dama de las camelias. Tomada de Mónica Villarroel y Marcelo Morales (coords.), José Bohr: el soñador del fin del mundo.

Negrete finalmente debutó el 5 de julio en el Teatro Baquedano, alargándose la temporada durante diez días. Al mismo tiempo, ofreció interpretaciones a través de la emisora Radio Prat. Fue copiosamente celebrado por el público y agasajado por los integrantes de los gremios del cine, la música y el periodismo. En nombre de la comunidad artística, se le obsequió “un precioso chamanto de huaso, con su respectiva faja, tejidos por manos de mujer chilena” (Ecran, 16 de julio); para simbolizar la hermandad latinoamericana, ante los vítores de los espectadores Negrete combinó esos atuendos típicos chilenos con su traje de charro.

El impacto de este viaje sobre otras áreas del entretenimiento se hizo sentir de inmediato. Por un lado, el comediante Gustavo Campaña puso en el Teatro Imperio la “chistosísima revista de palpitante actualidad” La llegada de Negrete, que se mantuvo en escena incluso después de que el mexicano continuara su gira por distintos países de Latinoamérica; por otro lado, en el Teatro Principal se estrenó el documental Jorge Negrete en Chile, descrito así en su anuncio para El Mercurio el 19 de julio: “La llegada del astro mexicano y todas sus actuaciones en Santiago.” Pero esa visita tuvo también como consecuencia a largo plazo que terminara por arraigar en Chile la canción mexicana, que se había popularizado a raíz de la exhibición de Allá en el Rancho Grande (Fernando de Fuentes, 1936) y las muchas otras cintas del mismo género que le siguieron. Una manifestación de ese impacto fue el surgimiento de imitadores de Negrete, como uno que en Valparaíso se hacía llamar El Charro Gómez, y a quien “las admiradoras del astro mexicano consideran un plagiario” (Ecran, 13 de agosto); otra, fue el surgimiento de festivales como el realizado anualmente en el pueblo de Chanco de la región del Maule, al que acuden concursantes de distintas poblaciones para continuar la tradición de los primeros intérpretes chilenos de canciones mexicanas, entre quienes destacó Esmeralda González Letelier, oriunda de Chanco, quien adoptó el nombre artístico de Guadalupe del Carmen.

Anuncios, El Mercurio, 6, 10 y 17 de julio de 1946.

Fuentes y enlaces

Enrique Serna, Jorge El Bueno. La vida de Jorge Negrete, II, Clío, México, 1993.

Mónica Villarroel y Marcelo Morales (coords.), José Bohr: el soñador del fin del mundo, Cineteca Nacional de Chile, Santiago, 2019.

Teatro Baquedano

http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/629/w3-article-612142.html

Chile mexicano (2006), de Alejandra Frittis

Cines y cinéfilos

Réquiem por el Cine Ópera de la Ciudad de México

Un reportaje visual de Alicia Vázquez Aguilar

Algunos datos

Ubicación: Serapio Rendón número 9, Colonia San Rafael, Ciudad de México.

Construcción: entre 1942 y 1949 por el arquitecto Félix T. Nuncio, con decoración de interiores de Manuel Fontanals.

Número de butacas: aproximadamente 3600.

Inauguración: 11 de marzo de 1949 con la película Una familia de tantas, de Alejandro Galindo.

Clausura como cine: 1992.

Fachada del Cine Ópera, poco antes de su inauguración. El Exhibidor, febrero-marzo de 1949. Colección de la Hemeroteca Nacional de México.

Fuentes y enlaces

María Luisa Amador y Jorge Ayala Blanco, Cartelera cinematográfica 1940-1949, UNAM, México, 1982, pp. 342 y 393, y Cartelera cinematográfica 1990-1999, UNAM, México, 2020, pp. 707-711.

Francisco Haroldo Alfaro Salazar y Alejandro Ochoa Vega, Espacios distantes… aún vivos. Las salas cinematográficas de la Ciudad de México, UAM, México, 1997, pp. 104-108.

http://www.correcamara.com.mx/inicio/int.php?mod=noticias_detalle&id_noticia=7517&fbclid=IwAR0_TeFqrUZED0SjxnWKF0R6NUJ8XTcjF7oSdky78qlJ9MmcMcWLLbiPpxU

https://www.facebook.com/groups/171397442903032/search/?q=Ópera

Agradezco a Alicia Vázquez Aguilar por proporcionar a este espacio sus extraordinarias fotografías de las ruinas de uno de los cines emblemáticos de la capital. Y también agradezco a Eulalia Ribera Carbó por la intermediación.