Un salón montevideano
Entre 1952 y 1961, el cine Los Ángeles ofreció funciones en el número 1382 de la Plaza Independencia de Montevideo. Contaba con 264 butacas.
Álvaro Sanjurjo Toucon escribe que el principal rasgo de este recinto, muy pequeño comparado con otros salones céntricos de esa época, lo emparentaba con un refugio antiaéreo:
La forma de ingresar (…) le convirtió en algo que no tuvo ni antecedentes ni sucesores. Una puerta no demasiado ancha permitía el acceso a un pequeño hall en el que una angosta escalera conducía, tras numerosas vueltas y varios ínfimos descansos, a una sala ubicada en un subsuelo cuya profundidad posiblemente se acrecienta con el recuerdo.
También recuerda el historiador que ahí las funciones dobles –en un principio de películas policiales, de acción y de aventuras, y más adelante también eróticas–, se realizaban con copias tan deterioradas que la imagen, “a causa de infinitas rayaduras, parecía contemplarse a través de tupidas y torrenciales lluvias”. Especula así mismo que, por la ubicación, el bajo precio de la entrada y otras características del recinto, su público debía ser de hombres solos “bastante mal entrazados”.
A diferencia de la mayor parte de los salones antiguos, que al perder su carácter original degeneraron en estacionamientos o centros comerciales, el cine Los Ángeles encontró el noble destino de albergar en nuestros días una enorme librería de viejo: El Galeón, de Roberto Cataldo. A manera de reparación poética de la memoria del arte fílmico, generosas colecciones de libros, folletos y otros papeles de las que el cinéfilo uruguayo Homero Alsina Thevenet (1922 – 2005) se desprendió al mudarse a Buenos Aires en 1965, se encuentran a disposición de los interesados en una de las secciones de la librería más cercanas a lo que fuera la pantalla del cine.



Referencia
Álvaro Sanjurjo Toucon, Los programas hablan, Ediciones del Cuartito, Montevideo, 2015, pp. 86-87.