Efraín Huerta y el cine
En el verano de 1932 llegó a México el escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Venía sin un centavo, pero con el capital cultural de haber vivido recientemente el París de Picasso y Stravinsky, de los inicios del surrealismo y Paul Valéry… “Mi generación –escribió en El río, su libro de memorias– fue la última que vio en París la cima de la cultura, la capital del arte.” Allá se había relacionado con Vicente Huidobro, César Vallejo y Ramón Gómez de la Serna, y con los mexicanos Alfonso Reyes, Agustín Lazo y Samuel Ramos; allá también había escrito sus primeros libros de poemas.
Cardoza viviría en México, en una primera etapa, hasta 1944, ocupándose en la impartición de cursos de arte y en la práctica del periodismo. En Revista de Revistas y Todo comenzó haciendo, como diría burlonamente, “artículos de primera necesidad”. Éstos incluyeron notas sobre cine aparecidas en la segunda publicación en 1935 y los primeros meses de 1936. Pero sus intereses se orientaban principalmente hacia la literatura y las artes plásticas, por lo que cuando en agosto de ese último año fue contratado como articulista de esos temas en El Nacional, abandonó la crítica de películas.
En pocos meses Cardoza tenía ya a su cargo la Revista Mexicana de Cultura de ese diario. Entre sus colaboradores estaba el guanajuatense Efraín Huerta, quien había publicado los poemarios Absoluto amor (1935) y Línea del alba (1936), y en julio de 1937 inició en el suplemento una larga carrera que lo llevaría, en alrededor de cuarenta años, a enviar cientos de notas sobre cine a los periódicos Aquí, Esto, El Fígaro y El Día, y a las revistas Cinema Reporter y México Cinema. Buena parte de esa producción fue recopilada por Alejandro García y Evelin Tapia en los dos tomos de Close Up (Ediciones La Rana e Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, Colección Autores de Guanajuato, 2010).
A diferencia de otros escritores contemporáneos como Mauricio Magdaleno, José Revueltas y Max Aub, quienes se insertaron en la industria como adaptadores y argumentistas, Huerta desarrolló su trabajo en la esfera periodística nacida a remolque de las productoras y distribuidoras de los años cuarenta. Puesto que hizo, por un lado, críticas de películas y, por otro, reportajes y crónicas de actualidad, puede considerárselo en un sentido amplio como un privilegiado testigo del desarrollo del núcleo de productores, directores, técnicos y estrellas que configuró la Época de Oro. Tener reunidos sus textos posibilita enterarse de muy interesantes aspectos de las relaciones entre la industria privada y el Estado, así como de la paulatina diversificación del periodismo cinematográfico hacia asuntos como la organización de gremios, el impulso a muestras, el combate a la censura, la participación en premios, la asistencia a festivales, la reflexión sobre las características y los límites del oficio… También permite apreciar las agudas consideraciones de su autor acerca las cinematografías francesa, inglesa y del bloque socialista; sobre el trabajo de intérpretes como María Félix, Pedro Infante, Miroslava, Ernesto Alonso y Rosaura Revueltas, o relativas a obras clásicas como La perla de Emilio Fernández y Los olvidados de Luis Buñuel.

Pero el periodista era en primer lugar poeta, y una sección importante de su obra creativa estuvo marcada por el impacto del cine. Ya en Absoluto amor había dedicado tres poemas a la actriz rusa Anna Sten. Ésta, que había actuado en Moscú con Stanislavski, se exilió en Alemania y pasó en los años treinta a Hollywood donde, en un intento por hacerla rivalizar con otras bellezas europeas de la época, Greta Garbo y Marlene Dietrich, la Metro-Goldwin-Mayer le asignó primeros papeles en Emile Zola (1934), La noche de bodas (1935) y otras cintas. Aunque sus actuaciones no resultaron tan atractivas para el público como las de sus célebres rivales, su figura despertó el entusiasmo creativo del poeta.
La celebración de las estrellas de cine extranjeras en textos literarios no era extraña en México, pero Huerta fue uno de los primeros que trabajó una veta orientada hacia figuras locales. Ésta se manifestó ya en la “Breve elegía a Blanca Estela Pavón” incluida en su libro La rosa primitiva (1950). Esa intensa pieza que evocaba a la actriz muerta en un accidente de aviación un año antes pertenece claramente a la producción de mayor rango del escritor, como ocurre con al menos otros dos poemas relativos a figuras de la pantalla. Uno, “Marina Tamayo”, fue dedicado a la “alta rosa del film / acuarela de amor inalcanzable” protagonista de En tiempos de don Porfirio (1939); el otro, “María de los Ángeles Félix”, celebró como proveniente del Cielo la belleza de la joven actriz de El peñón de las Ánimas (1942). El poeta también incursionó en una vertiente fílmica enfocada no en las estrellas sino en las películas con “María Candelaria”, dedicada a la obra del mismo título realizada en 1943 por Emilio Fernández e interpretada por Dolores del Río y Pedro Armendáriz, y con el “Corrido de la Enamorada”, sobre otra cinta dirigida por el mismo director en 1948, y estelarizada por María Félix y Pedro Armendáriz.
De este modo, Huerta contribuyó a expandir en México un género fundado en los años diez por José Dolores Frías y otros escritores con sus cantos a estrellas italianas y estadunidenses, y al que en los veinte Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Renato Leduc llenaron de términos como cine, film, close-up y disolvencia.
La incorporación de asuntos cinematográficos a la escritura personal fue en Huerta también resultado de una elección derivada de la reflexión acerca del papel de la poesía en la sociedad contemporánea. Ya en algunos de sus primeros textos para El Nacional (por ejemplo, “El problema de la poesía” y “Por una poesía de la juventud”, de enero y marzo de 1937), se mostró su interés por definir el territorio desde donde pensaba elevar su obra. Esto fue más claro a partir de 1938, cuando junto con Alberto Quintero Álvarez, Rafael Solana y Octavio Paz participó en el lanzamiento de Taller. En los ensayos, poemas y editoriales de esa revista, que apareció durante tres años, los redactores identificaron el sitio de su postura creativa en los convulsos tiempos de la Guerra Civil Española, la lucha contra el fascismo y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. En el caso de Huerta, la reflexión acerca del papel social del escritor lo llevó a una comprometida militancia política de izquierda y, de manera correspondiente, a una producción poética que, emparentada con la obra contemporánea de Pablo Neruda, César Vallejo y Rafael Alberti, se reveló en sus libros Poemas de guerra y esperanza (1943) y Los hombres del alba (1944). En el prólogo a este último, Rafael Solana escribió que el poeta manifestaba ya una inconfundible voz, proveniente “de un estado de rebelión, de protesta, de violencia”, y con la que abría su camino «como si hubiese pasado agitando entre las matas una filosa espada enfurecida”. Pero esa voz también estaba permeada por aires y temas populares, y por eso abierta a incluir entre ellos al popular cine de México.