De libros

Presentación de ¡Extra, Extra!

El pasado jueves 7 de diciembre Alain Derbez y yo presentamos en la Librería Bonilla de la Ciudad de México nuestras novelas más recientes, tituladas respectivamente Lo que mira Damián y ¡Extra, Extra! Reproduzco lo que leí entonces, junto con unas ilustraciones de Natalia Gurovich.

Alain y yo escribimos hace unos veinte años Usted soy yo. Los dos habíamos publicado libros en otros géneros, pero decidimos hacer juntos nuestra primera novela. Vivíamos en ciudades distintas y nos planteamos escribirla a través del correo electrónico. Eso inspiró en parte la forma de la obra, en la que hay un guiño al género epistolar al incluirse cartas manuscritas y correos electrónicos cruzados entre los personajes. Tanto en su escritura como en su asunto Usted soy yo fue, así, una de las primeras novelas en México que expresó (y en las que se reflexionó) sobre ese cambio en el mundo de comunicación; un cambio fascinante y al mismo tiempo incómodo, al que nos hemos plegado y resistido en igual grado: Alain hace tuits y yo tengo un blog, pero no hemos abandonado la placentera escritura sobre papel. Esa obra también dio cuenta de otro persistente interés de sus autores, el de la investigación sobre los usos de la lectura, expresada en el único personaje desarrollado en conjunto, El Lector, un individuo que dictamina para un concurso dos novelas que cita y comenta críticamente mientras se desarrolla su propia historia. De manera quizá no tan sorpresiva, en esta ¡Extra, Extra! que hoy se presenta pueden descubrirse ecos de esas dos características de Usted soy yo.

En abril de 2013 fui a dar una conferencia a Taxco, en un encuentro en el que también hubo, entre otras cosas, una puesta en escena de El tío Vania. Tengo la costumbre de preferir el cine al teatro, incluso el mal cine al buen teatro, pero esa tarde no tuve alternativa. Fue una suerte. Conmovido, después de la función fui a mi cuarto de hotel desdeñando una cena a la que estaba invitado, para conservar el mayor tiempo posible la impresión que me produjo la obra. Era una época en la que estaba por así decirlo descansando de la escritura, luego de la demandante elaboración de dos novelas largas y densas en los años previos. Entretenido por otras ocupaciones, entre ellas buscar editor para esos manuscritos después publicados con los títulos de Tolvanera y La necesidad de elegir, no tenía previsto, ni quería, involucrarme en un nuevo proyecto. Pero cuando regresé a México otro inesperado suceso reforzó la impresión que tuve al ver la pieza de Chéjov. Lo registré así en mi diario:

Curiosa secuela del viaje a Taxco. En una librería de viejo compré el guion de Persona de Bergman. Recordaba vagamente haber visto la película hace muchos años, en un cineclub cercano a la UNAM. Al leer el argumento encuentro que trata sobre una actriz, sobre la representación y la máscara, sobre el arte. De manera misteriosa, como disparado por un resorte, mi mecanismo lingüístico interno se ha echado a andar. (22 de marzo de 2013)

Esto venía después del texto que terminó por ser, con pocos cambios, el capítulo inicial de ¡Extra, Extra! De esta forma, los azarosos sucesos de ver una obra de teatro y leer el guion de una película detonaron en mí la necesidad de escribir.

El texto narraba el encuentro casual entre dos novios de la preparatoria años después de que se dejaron de ver y planteaba la pregunta de si la casada María Elena Portillo y el soltero Juan Rincón se atreverían a retomar las relaciones íntimas interrumpidas por su ruptura. Con este conflicto perfilado, me entró la duda de si en realidad quería contarlo. Anoté:

Escribo sin convicción, como contaminado por algo antiguo de lo que no logro despojarme: un atavismo que hace surgir problemas, historias, personajes en los que no creo, como si hubieran quedado arrumbados en mi interior y salieran de sus escondites ahora, anacrónicos y blanquecinos por haber permanecido tantos años a la sombra, para decir algo que suena como desfasado, como de otra época no sé si más feliz. Y, sin embargo, tengo que reconocer que ahí están esos espectros, diciendo a su modo que quieren participar en la fiesta, como los antepasados que a veces salen en mis sueños para decirme que pertenezco a su clan, aunque no quiera. (15 de abril de 2013)

En junio, es decir, tres meses después de haber iniciado ese texto que parecía tener vocación de novela, ya tenía claro que mis dudas acerca de lo que no quería escribir, pero que seguía escribiendo, iban a ser expresadas por otro, estableciéndose así una nueva capa narrativa. En otras palabras, responsabilicé a un personaje de esas creaciones que se rebelaban a mis propósitos y deseos. Hace poco reparé en que la adopción de esa forma puede haber derivado de mi lectura de Niebla, hecha en la adolescencia durante unas vacaciones, en la que hay un personaje que increpa desfachatadamente a su autor, don Miguel de Unamuno, aunque agrego que había olvidado –o creído olvidar– esa obra hasta después de la publicación de ¡Extra, Extra!

El personaje atribulado por mis conflictos internos resultó ser un publicista gordo que al cumplir sesenta años se retira por motivos de salud a una casa de campo, donde entabla amistosas relaciones con los lugareños, adopta a dos perros y varios canarios, hace una colección de insectos y emprende la escritura de una nueva novela, luego de haber pergeñado otras dos sin ningún éxito. Para desarrollar algunos rasgos de ese personaje, que se llama Lucio, tuve un modelo más o menos conocido, yo mismo, que vivía en una casa de campo, tenía dos perros y varios canarios, y acababa de empezar a mis cincuenta y pico años una novela luego de haber hecho otras dos sin que hubiera editor a la vista. Ahora creo que la complexión física y otras características de Lucio fueron inspiradas, aunque de forma no consciente, por el modelo de Ignatius Reilly, protagonista de La conjura de los necios de John Kennedy Toole, y que a su vez remite, si no me equivoco, a la arquetípica figura de Sancho Panza.

Como adelanté arriba, en la incorporación de un personaje que escribe partes de la novela que se lee hay un legado de los estratos narrativos de Usted soy yo, en los que aparecían fragmentos de obras dictaminadas por El Lector junto con las historias relativas a su vida. De hecho, Lucio tiene otro parentesco con ese personaje al remitir constantemente a sus lecturas de periódicos, novelas y entradas de enciclopedia. Y un nuevo vínculo se establece porque ese sesentón resiente el desvanecimiento de mucho de lo que conoció y aprendió de niño, sustituido por prácticas y costumbres que soporta a regañadientes, entre las que el paso de la letra sobre el papel a la imagen en una pantalla de Usted soy yo es sólo una ínfima muestra.

A principios de julio de 2013 hice un primer esquema de la obra, aún sin título, que escribía, en el que ya estaban algunos temas que se mantuvieron hasta el final. Uno importante fue el de la muerte de un amigo de Lucio, con el que éste acostumbraba reunirse para comer, beber y platicar, y que por desgracia pude documentar emocionalmente con la muerte por esa misma época de personas muy queridas. Para otro desarrollo, relativo a la creación artística y encarnado por tres personajes, el pintor Juan Rincón, el fotógrafo Kenji Shibayama y la poeta Norma Rubio, aproveché el tesoro de vivencias que me procuró tratar a creadores como Enrique Luft, Alba Rojo Cama, Mario Rangel Faz y Amelia Vértiz, por mencionar sólo a quienes, como se dice, ya no están con nosotros.

La realidad me fue proveyendo de asuntos imposibles de predecir. Por ejemplo, en un avión me senté junto a un científico, quien me contó detenidamente sus experimentos relativos al lenguaje de los escarabajos, tema que venía como anillo al dedo tanto para las conversaciones del gordo y su amigo como para el asunto más amplio de la convivencia de insectos y humanos en la casa de campo (o en el planeta) donde vive el escritor. En otro momento, visité una exposición donde conocí por casualidad las imágenes de los fotógrafos japoneses de los años 50 y 60 que inspiran al adolescente Kenji Shibayama a convertirse en artista. De forma idéntica a lo que ocurre en la novela, un voceador pasaba eventualmente por mi casa ofreciendo un periódico de crímenes titulado Extra. Y en la etapa de elaboración de la obra apareció la edición del 50 aniversario de Rayuela, que volví a leer devotamente, lo que según creo me permitió sintonizarme en el modo de juego con el que el novelista gordo interpreta la realidad.

Otra capa fue añadida por los maravillosos dibujos de Natalia Gurovich, que más que ilustrar las historias dialogan con ellas a través del color, la forma, la gracia y la sugerencia; de hecho, detonaron la escritura de escenas y situaciones que no estaban en el original. El creativo diseño de Jocelyn Medina, la armoniosa mancha tipográfica y la impresión a color en portada e interiores contribuyeron a la belleza del libro como objeto. Cuando Juan Bonilla me propuso incluir ¡Extra, Extra! en la colección Asterisco de Bonilla- Artigas Editores, en la que hay una traducción de Peter Pan, supe que el gordo y sus personajes iban a estar en inmejorable compañía.

Para terminar, adelanto que ni Lucio, ni yo, ni los mismos María Elena y Juan saben si van a retomar sus relaciones íntimas. De la misma manera que en otros órdenes de la vida, son ustedes, los lectores, quienes tienen que decidirlo.

Ilustraciones de Natalia Gurovich para ¡Extra, Extra!

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

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