De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Escuelas

Ediciones Sin Nombre prepara ya el segundo volumen de las obras literarias de Ángel Miquel Alcaraz. Se titulará Prosa poética e incluirá tres libros del escritor alicantino: Ángel Francisco (1960), Xocoyote (1973) y Alicante, una ciudad en el recuerdo (1974). Como adelanto se ofrecen dos muestras de esa conmovedora escritura, relativas a escuelas.

Ángel estudió magisterio y antes de exiliarse en México ejerció la enseñanza elemental en pequeños pueblos de la provincia donde nació. Los textos se acompañan aquí de fotografías de grupos escolares en los que aparecen él, su suegro, su esposa, su cuñado y sus hijos.

Prosa poética aparecerá en el verano de 2021. El primer volumen de la serie, Poesía 1946-1955, publicado en 2020, está disponible en:

http://www.edicionessinnombre.com/

1

En la a escuela tendrás un maestro y numerosos compañeros.

Sentirás tuyo ese edificio grande y lleno como una colmena, todo envuelto en contienda permanente de gritos y carreras.

Al principio parecerá un lugar hostil y frío. Después será tu propia casa.

Tendrás tu pupitre, las libretas para la escritura y el dibujo, el libro de leer, los lápices de carbón y de colores.

Esto es el colegio.

Crecerás y cambiarás de enseñanzas y lugares. Nuevos edificios, nuevos planteles, nuevas disciplinas, pero el alma de tu primer Jardín de Niños no se te perderá jamás: una tarea, unos amigos y un maestro.

Que eso es todo, para siempre; y tan necesario, como el aire, el agua y el sol que nos dan la vida.

De Ángel Francisco

2

LES ESCOLES

Mi escuela de párvulos estaba instalada en el primer piso de un viejo edificio de la Plaseta de Sant-Cristófol, entrándose desde la calle por un enorme portal románico de desgastados sillares y a la que apodábamos, no sin cierto realismo, l’escola de la caca; pues desde las desvencijadas bancas de madera, adonde nos sentábamos, alguien exclamaba a gritos, casi a diario: Mestra, mestra, este chiquet s’ha cagat.

Y la vieja maestra, cansada y regañona, se acercaba investida de paciencia, a ver de remediar el desaguisado infantil.

En aquella gran aula de chirriantes duelas empezó mi primer aprendizaje de las letras, leídas en el Catón y cantadas tan a voz en cuello y a coro, que se oían por todo el vecindario como una monótona canción:

Uno más cero, uno;

Uno más uno, dos;

Uno más dos, tres…

Y así, la tabla de sumar y el abecedario y los verbos y los nombres de las cosas y de las personas se nos representaban, en este amanecer del espíritu, como islas nuevas, pequeños astros, mundos en miniatura, brillantes y nuevos.

El local estaba invadido por una oleada azul de baberos y delantales; y una seca nube de polvo de gis que brotaba del pizarrón utilizado por la maestra y de las pizarrillas individuales en las que, ora con tiza, ora con pizarrín, escribíamos y borrábamos sin descanso.

La lámina de un Corazón de Jesús ornando el salón, daba a este vestíbulo del saber un amparo religioso.

Sabiendo algo de leer y poco más de números pasé a otros grados y finalmente a una escuela mixta, allá por la calle de La Cena.

Se dividía este nuevo plantel educativo, por grados según conocimientos; y los alumnos de sexto tomaban la lección a los primeros años, propinando mamporros y pescozones por un error cualesquiera, para hacer real la punitiva frase: “La letra con sangre entra”.

El profesor, con su guardapolvo siempre desabotonado que mostraba un chaleco y unos pantalones oscuros llenos de lamparones, sentado tras de su mesa elevada sobre la tarima, tomaba las materias aprendidas de memoria y castigaba a su vez los errores de los educandos con tirones de patillas o con el golpe seco de la paleta, asestado sobre la huidiza y temerosa mano.

Nos sentábamos en pupitres de a dos, con tinteros de plomo al frente y cajón para guardar los útiles, siempre con alguna cáscara seca de naranja, hojas arrancadas a las libretas, arrugadas y sucias, y endurecidas migajas de pan, de nuestros almuerzos de cada día.

En el palillero, hendidura hecha a canal, colocábamos los masticados lápices y los mangos de las plumas con sus plumillas de punta para la letra inglesa y las de cola de pato para la redondilla, que secábamos en la manga o chupábamos alguna que otra vez, cuando secas, dejando en los labios la marca del descuido y el sabor espeso de las anilinas.

Mejor preparado y por aprender un idioma extranjero, pasé al Colegio Francés, instalado en las arcillosas planas de la Estación de M. Z. A. (Madrid-Zaragoza-Alicante); campos en los que nos agradaba buscar hojas de morera para nuestras cajas de gusanos de seda; saltamontes y mariposas; hojuelas, ramas y flores silvestres y cristales de yeso, rocas y minerales para las menguadas colecciones de Historia Natural.

Ahora recuerdo aquellos días y veo a los maestros, siempre con el respetuoso Don antepuesto al nombre; y a los compañeros, con su uniforme azul; y los locales presididos por retablos evangélicos y adornados con mapas; y a los largos bancos adosados a las paredes bajo las perchas en donde colgar mochilas y bolsas; y los recreos, alborotados y terrosos; y los excusados, siempre mal olientes y encharcados.

Mundo que observo, impreciso, luminoso y atrayente, como la estrella del alba entre la calina del mar.

De Alicante, una ciudad en el recuerdo

Francisco Rendón Rendón (segundo de izquierda a derecha, sentado y con un libro en las manos). Escuela Modelo “Melchor Ocampo”, San Luis de la Paz, Guanajuato, c. 1898. Foto Schlattman Hermanos. Colección familia Miquel Rendón.
Ángel Miquel Alcaraz (semioculto y con ropa clara en la cuarta fila de abajo hacia arriba, al extremo derecho). Alicante, c. 1926. Colección familia Miquel Rendón.
Carlos Rendón Casavantes (identificado con el número 23). Colegio Hispano-Mexicano, Torreón, Coahuila, 1951. Colección familia Rendón Hinterholzer.
Flora Rendón Casavantes (de blanco, en la segunda fila de abajo hacia arriba). Academia de piano de la profesora María C. Arias (ésta sentada al centro, en la segunda fila). Torreón Coahuila, 29 de enero de 1956. Fotografía Sosa. Colección familia Miquel Rendón.
Ángel Miquel Rendón (atrás de la maestra Angelita Pérez). Patio del Colegio Madrid, Ciudad de México, 1964. Colección familia Miquel Rendón.
Horacio Miquel Rendón (quinto de derecha a izquierda, segunda fila). Kínder del Colegio Madrid, Ciudad de México, 1965. Colección familia Miquel Rendón.

Xochitepec, Morelos, a 11 de febrero de 2021

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

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