De libros

Carlos Martínez Assad en el cine

En los muy deleitables relatos del libro Así en la vida como en el cine de Carlos Martínez Assad, publicado por Editorial Aldus en el año 2000, aparecen personajes que tienen la costumbre de ir al cine. Unos van al Ruenes de San Francisco del Rincón, otros al Hernán de León y otros más a salones de Guanajuato y la Ciudad de México. Además de entretenerse viendo regularmente películas, todos esos personajes son marcados de distintas maneras por el séptimo arte. Una adolescente interpreta episodios importantes de su vida como ecos de escenas de películas que ha visto; otra, con un parecido extraordinario a Dolores del Río, se convierte eventualmente en su doble; y para un niño que va todavía a la primaria, el cine es un universo formativo tan importante como la escuela. En el oscuro salón de su pueblo, ese niño se instruye en placeres y emociones sin igual. Al mismo tiempo descubre, dolorosamente, que hay quienes se empeñan en negarle la satisfacción que procuran esas lecciones por medio de los informes difundidos en las hojas volantes de la Legión Mexicana de la Decencia o las arengas en el púlpito del cura local. En un tercer momento de aprendizaje, burla esas prohibiciones familiares y sociales al hacer en la pared de la azotea de su casa, contigua al cine, un agujero que le permite ver lo que le ocultan. Y como recompensa a esa victoria del ingenio sobre la adversidad, el dispositivo se convierte en un negocio cuando el niño comienza a vender a sus compañeritos entradas que posibilitan la contemplación de lo tan injustamente censurado.

Ese personaje, que vive en el pueblo guanajuatense de San Francisco del Rincón a fines de los años cincuenta, tiene más o menos la misma edad que Carlos Martínez Assad. Tal vez le fue inspirado al autor de la historia por algún conocido o tal vez, como se dice, es fruto de la imaginación. Lo cierto es que, al ser virtualmente contemporáneos, puede asumirse que escritor y personaje tuvieron formaciones similares. Durante la infancia y la adolescencia deben haberse empapado de las maravillosas enseñanzas procuradas por dos industrias –la mexicana y la estadunidense– que estaban en pleno apogeo y contaban con poderosos sistemas de estrellas; también seguramente se nutrieron de manera frecuente de cultura fílmica a través de las revistas ilustradas y la radio; los dos fueron quizá testigos de la irrupción en la cartelera de las películas europeas y con ellas del cine de autor, y les tocó vivir en carne propia la crisis derivada del surgimiento de la televisión, que se tradujo en una reconfiguración industrial que dio lugar a la producción permanente en color, al desarrollo de pantallas gigantes en las que se proyectaban películas en cinemascope y a una inusitada apertura para filmar temas difíciles como el alcoholismo, la drogadicción, el descarrío de los jóvenes y la libertad sexual. No sabemos lo que estos trascendentes desarrollos produjeron a largo plazo en el niño-empresario (considero probable que al crecer se hiciera cargo de un cine en su pueblo), pero sí sabemos que llevaron a Carlos a dedicar parte de su atención a escribir sobre el cine hecho en el país.

La trayectoria de Carlos Martínez Assad como historiador y científico social es larga y reconocida. Ha dedicado décadas al estudio de la historia política y cultural de México, con especial atención a las regiones y a las identidades colectivas. Su interés por el cine no es una ocupación episódica o lateral, sino la extensión natural de una vocación por entender de qué manera las sociedades se representan a sí mismas, se inventan y se recuerdan.

Además de los relatos de Así en la vida como en el cine, Carlos ha publicado hasta ahora en forma de libro tres ensayos largos relativos al séptimo arte. El primero en aparecer fue La Ciudad de México que el cine nos dejó, publicado por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal en 2008 y que tuvo una segunda edición en Editorial Océano en 2010. En esta obra Carlos rastrea la presencia fílmica de distintos espacios de la capital, partiendo de las primeras cintas de ficción como Santa (Luis G. Peredo, 1918) y El automóvil gris (Enrique Rosas, 1919), hasta llegar a producciones estrenadas en los primeros años del siglo XXI como Vivir mata (Nicolás Echevarría, 2002) y Fuera del cielo (Javier Patrón, 2006). Esta acuciosa investigación se basa en la revisión de un corpus de más de cien cintas y de una amplia biblio-hemerografía. La perspectiva del historiador se revela, entre otras cosas, en la claridad y el rigor con que se aborda el universo estudiado, así como en la iluminadora contextualización de las producciones, con mucha frecuencia interesadas en incorporar novedades urbanas como las que en su momento significaron el puente de Nonoalco, el Periférico –por supuesto atiborrado de coches– o la explanada, el estadio y otros espacios de la Ciudad Universitaria. Carlos tuvo la encomiable iniciativa de hacer de este libro un objeto que sumara a su rigor intelectual una gran calidad editorial. Para esto, contó con la colaboración de David Maawad, quien hizo un diseño sobrio y armonioso en el que resaltan numerosas fotografías con escenas de las películas comentadas, reproducidas a buen tamaño sobre papel couché.

Otro de los ensayos es Tercia de reyes del cine mexicano, publicado en 2023 por la UNAM. En él se describen las trayectorias del director Roberto Gavaldón y los escritores José Revueltas y Luis Spota, centrándose en las películas de género policiaco en las que los tres colaboraron. La obra aborda a unas quince películas, entre las que destaca En la palma de tu mano (Roberto Gavaldón, 1950). Aunque el corpus analizado no es tan amplio como el de la investigación sobre la Ciudad de México, sí es significativo porque las obras de esta singular tercia de reyes forman un conjunto que puede ser considerado como uno de los núcleos indiscutibles de la “época de oro” en cuanto a calidad y compromiso social. De nuevo con un excelente diseño de portada e interiores, el libro incluye numerosas fotografías fijas que permiten apreciar visualmente aspectos de las películas descritos en el texto.

El tercer ensayo, Libaneses en el cine mexicano, fue publicado por la UNAM en 2018, con una segunda edición en 2025. El libro se divide en dos partes. En la primera, el autor ofrece una panorámica de la participación en la industria de los emigrantes de origen libanés, sus hijos y nietos, así como de la representación cinematográfica de ese grupo social, principalmente a través de personajes de películas de ficción. Sus fuentes son esta vez, además de filmográficas y bibliográficas, testimoniales, pues buena parte de la información contenida en la investigación deriva de entrevistas hechas por Carlos a integrantes de una de las comunidades a las que pertenece de forma más entrañable. El oficio del historiador se muestra de nuevo en la sobria narración y en la contextualización del proceso que estudia, mientras que su faceta como estudioso del cine da lugar a excelentes análisis de El baisano Jalil (Joaquín Pardavé, 1942) y otras cintas. La segunda parte del libro presenta una cincuentena de fichas con información biofilmográfica de los más destacados productores, directores, intérpretes y músicos de origen libanés que han participado en películas mexicanas, desde los años en que se constituía la industria de la llamada “época de oro” hasta la actualidad. El resultado es una obra que trasciende la crónica gremial o el catálogo. Al cruzar la historia de la migración libanesa con la historia del cine mexicano, Carlos consigue iluminar la paradoja de cómo una industria construida en buena medida por inmigrantes y sus descendientes contribuyó a forjar un imaginario de lo ‘mexicano’ que muchas veces los dejaba fuera de cuadro, o los incluía apenas como tipos cómicos o exóticos. El libro es, en ese sentido, tanto un análisis cultural como un acto de restitución. De nuevo, lo embellecen el excelente diseño y la incorporación de una buena cantidad de fotografías, que esta vez no son sólo escenas ilustrativas de películas, sino que incluyen también algunos retratos de estudio. Como peculiaridad editorial, se presenta, junto al texto en español, una versión en inglés.

Estos tres libros sobre cine publicados hasta ahora por Carlos son claramente distintos, pero tienen una buena cantidad de vasos comunicantes. Porque los thrillers policiacos de Gavaldón-Revueltas-Spota ocurren en la Ciudad de México, que es el mismo espacio en el que se desarrollan las películas con personajes libaneses. Se muestran por eso repetidamente en las obras revisadas por el autor la catedral, la estación de Buenavista, el frontón, la plaza de toros, el Palacio de Bellas Artes, vecindades, cabarets, almacenes, casas de ricos, tranvías, cines… Algunas personalidades también funcionan como bisagras, al aparecer repetidamente en los ensayos los nombres y las fotografías de Dolores del Río, Arturo de Córdova, Antonio Badú, Libertad Lamarque, Miguel Zacarías, Antonio “El Chato” Helú, Joaquín Pardavé, Antonio Matouk y, naturalmente, María Félix, sobre la que Carlos menciona esta inapelable frase de Fernando de Fuentes: “Es una de esas mujeres que ve uno por la calle y es como si el sol se pusiera a caminar por la banqueta”. Los tres libros constituyen, de este modo, un fiel muestrario de los principales intereses cinematográficos de Carlos Martínez Assad, que seguramente no son muy distintos de los del niño que hizo ese agujero en la pared de su azotea para ver las películas que lo apasionaban.

Texto leído en la presentación de la segunda edición de Libaneses en el cine mexicano, celebrada en el Seminario de la Mirada Documental coordinado por Rebeca Monroy y Alberto del Castillo, Instituto Mora, Ciudad de México, 26 de agosto de 2026.

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

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