Cines y cinéfilos

Cine de papel

El 10 de noviembre se inauguró en la Sala de Exposiciones de la Biblioteca Nacional de México una muestra de fotomontajes, carteles y publicaciones relativos al cine resguardados en los acervos de esa institución. La exposición en principio establece un diálogo con otras muestras instaladas actualmente en distintos recintos de la Biblioteca, al mostrar algunas formas en que el cine ha abordado los temas de traducción, censura y deportivos en que éstas se centran. Al mismo tiempo, da cuenta de las aportaciones hechas por los creadores de los objetos expuestos a la difusión de ídolos populares y estrellas, a la conformación de una escuela informal mexicana de representación gráfica y, en un sentido más amplio, a la creación de vínculos entre las distintas esferas que constituyeron una vigorosa zona de la cultura nacional durante el siglo XX. Se reproducen a continuación las cédulas de los tres módulos temáticos, con algunos ejemplos de lo que éstos contienen. La exposición continuará abierta al público hasta enero de 2024.

Traducción (adaptación de obras literarias)

Las adaptaciones de obras literarias al cine –que pueden considerarse como traducciones del medio escrito al audiovisual– se convirtieron en una de las vertientes preferidas por los cinéfilos desde que los productores idearon promocionar sus películas como obras de arte en la primera década del siglo XX. Entonces comenzaron a volcarse al formato fílmico cuentos, novelas, obras de teatro y piezas religiosas e históricas de la tradición escrita, en un proceso que siguió desarrollándose con gran vigor en todos los países productores de cine. La industria mexicana también encontró en las adaptaciones un vehículo adecuado para atraer a los sectores familiarizados con obras literarias. De hecho, Santa (Antonio Moreno, 1931), basada en la novela de Federico Gamboa, inauguró entre nosotros la cinematografía sonora, incorporando por cierto canciones del popular músico-poeta Agustín Lara. Más adelante, el desarrollo de la industria propició la filmación de numerosas películas inspiradas en obras mexicanas, como por ejemplo Los de abajo (Chano Urueta, 1939), La negra Angustias (Matilde Landeta, 1949), Pedro Páramo (Carlos Velo, 1966), Los recuerdos del porvenir (Arturo Ripstein, 1969), El apando (Felipe Cazals, 1976) y Balún Canán (Benito Alazraki, 1976), sobre las novelas de Mariano Azuela, Francisco Rojas González, Juan Rulfo, Elena Garro, José Revueltas y Rosario Castellanos, respectivamente. También incursionó en la adaptación de obras escritas de otros países del ámbito hispanohablante, así como de otras lenguas, desde Canaima (Juan Bustillo Oro, 1945) del venezolano Rómulo Gallegos y Celestina (Miguel Sabido, 1976) del español Fernando de Rojas, hasta Crimen y castigo (Fernando de Fuentes, 1951) del ruso Fiodor Dostoievski y Casa de muñecas (Alfredo B. Crevenna, 1954) del noruego Henrik Ibsen,entre muchas más.

Censura

La oficina gubernamental de la censura cinematográfica basa sus prácticas en el supuesto de que hay segmentos de la población (por ejemplo, los niños), a los que el Estado debe evitar ver ciertos contenidos (por ejemplo, de naturaleza violenta o sexual). Actualmente, esa oficina se encarga sobre todo de clasificar las cintas mexicanas y extranjeras en seis categorías, garantizando de manera implícita su exhibición: AA, comprensible para menores de 7 años; A, para todo público; B, para adolescentes de 12 años en adelante; B15, no recomendada para menores de 15 años; C, para adultos de 18 años en adelante, y D, películas para adultos. Sin embargo, hubo largas épocas durante el siglo XX en que las cintas podían ser vetadas por la censura o por presiones de distintos sectores. Esto ocurrió con obras extranjeras consideradas con contenidos demasiado atrevidos para las costumbres locales, y con algunas producciones mexicanas como La mancha de sangre (Adolfo Best Maugard, 1937) por incluir un desnudo femenino y La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1961) y Rosa blanca (Roberto Gavaldón, 1961), por ofender a grupos en el poder. Películas críticas al sistema como el documental sobre el movimiento estudiantil El grito (Leobardo López Aretche, 1970), sólo pudieron mostrarse por largo tiempo en cineclubes. Jugaron algún papel en la restricción de contenidos fílmicos la censura eclesiástica, ejercida a través de sus organismos comunitarios, y sobre todo la autocensura de productores, argumentistas y realizadores que buscaban evitar hasta donde fuera posible la intervención estatal. Lo más frecuente fue, de cualquier forma, el acuerdo tácito de que existía un amplio espectro para la creación de las cintas y de su publicidad. De hecho, gracias al aprovechamiento por el cine de esas posibilidades, pudieron discutirse y ampliarse los criterios sociales sobre política, erotismo, religión, drogas y otros asuntos.

Deportes

Los deportes fueron mostrados de diversas formas en el cine nacional del siglo XX. La celebración en México de las Olimpiadas en 1968 y de los Mundiales de Futbol en 1970 y 1986 dieron lugar a la filmación de documentales que reprodujeron algunos de los episodios notables de esas justas. Pero antes y después también se hicieron películas de ficción basadas en figuras del boxeo, la lucha, el futbol y otros deportes. Una de las mejores fue Campeón sin corona (Alejandro Galindo, 1946), que muestra la vida de un boxeador en un argumento inspirado en la del ídolo Rodolfo Casanova; otra, Los hijos de don Venancio (Joaquín Pardavé, 1944), en la que el futbolista Horacio Casarín se incorporó como actor para encabezar la alineación del muy mexicano equipo Atlante en un partido contra su acérrimo rival, el Asturias, de emigrantes españoles. Por otro lado,uno de los géneros populares más característicos de nuestra cinematografía muestra a luchadores enmascarados enfrentando a malvados de toda índole. Aunque los protagonistas de estas cintas han sido numerosos, el género se centra claramente en la figura de Rodolfo Guzmán Huerta, Santo, quien además de aparecer como el héroe de las historias sigue ejerciendo su oficio, por lo que se lo representa también luchando sobre un ring. La actividad deportiva dio lugar a parodias cinematográficas como Los fenómenos del futbol (Manuel Muñoz, 1964) y El karateca azteca (Alfredo Zacarías, 1976), donde Antonio Espino Clavillazo y Gaspar Henaine Capulina despliegan respectivamente sus recursos cómicos en tramas que dan lugar a disparatadas contiendas.

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

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