La Colección Fantasma
Integran hasta ahora esta colección de Ediciones Odradek cuatro volúmenes en los que se recogen relatos de tema prodigioso o sobrenatural. Tres de esos libros son de escritores, Manuel José Othón (1858-1906), Alberto Leduc (1867-1908) y Francisco Zárate Ruiz (1877-1907), que a pesar de pertenecer a distintas generaciones tuvieron su etapa de madurez creativa en los últimos tiempos del Porfiriato. En lo relativo a la cultura impresa, caracterizó a los años transcurridos entre la última década del siglo XIX y la primera del XX la existencia de un amplio conjunto de publicaciones periódicas. Los diarios El Tiempo y El Imparcial, y los semanarios El Mundo Ilustrado, El Tiempo Ilustrado, la Revista Azul, la Revista Moderna y Savia Moderna recibieron las creaciones con las que poetas, narradores, reporteros y dibujantes expresaron el canto del cisne de un mundo que muy pronto comenzaría a transformarse con el levantamiento revolucionario. Ese mundo puede ser visto como una culminación (por ejemplo, por el número de personas altamente capacitadas en sus oficios involucradas en el sostenimiento de esas publicaciones), pero también como el inicio de su decadencia (por ejemplo, por la frecuente manifestación literaria, replicada en las costumbres, del desinterés por las aspiraciones individuales y por mantener la salud física, mental y espiritual). En todo caso Othón, Leduc y Zárate Ruiz participaron de él, y no es de extrañar por eso que sus obras manifiesten notas comunes.
Una de ellas es la gravitación de Edgar Allan Poe, del que a partir de los años sesenta se divulgaron con frecuencia poemas y cuentos en revistas y antologías de literatura fantástica publicadas en México. En las tres piezas reunidas en Cuentos de espantos de Othón hay operaciones textuales similares a las que distinguen la obra del norteamericano, por ejemplo, la renuncia al virtuosismo estilístico en beneficio de una descripción llana (de manera significativa el autor dedica a José López-Portillo y Rojas “la sencillísima narración de estos tres sucedidos”) o al ponerse de manifiesto físicamente el terror que ciertos acontecimientos producen en los personajes (“con ademanes de inaudito espanto”, “sentí que se me erizaban los cabellos”, “brusco, terrible, hondísimo fue el sacudimiento que estuvo a punto de reventar los más vigorosos resortes de mi organismo”). En los diez cuentos de Memorias de una muerta de Alberto Leduc la presencia de la obra de Poe es aún más evidente, pues hay en ellos exploraciones de psicologías desequilibradas, descripciones de lúgubres atmósferas urbanas y de paisajes que infunden miedo por su desolación, algún personaje cataléptico e incluso un epígrafe en el que estos tres versos de “El cuervo” anuncian el tono emocional de lo que sigue: «La lámpara del cuervo la sombra proyectaba,/ mi espíritu en la sombra se hundía y abismaba/ ¡y de esa negra sombra no se alzará jamás!» La misma sombría influencia se da, si es posible ampliada, en La muerte artificial y otros cuentos, donde Francisco Zárate Ruiz –a quien se atribuye la traducción de “El corazón delator” y “El gato negro”, así como la escritura de una semblanza de Poe– cultivó los temas de la quiebra emocional, la locura y las formas antinaturales de morir.
Otra nota común entre los cuentos reunidos en estos volúmenes es que sus historias suceden en espacios donde las malas o nulas condiciones de iluminación propician que los personajes tengan percepciones que los llevan a creer en fantasmas, apariciones, resurrecciones, brujas y nahuales. Esos espacios incluyen ranchos o islas desiertas donde no hay luz eléctrica, pero también emplazamientos de ciudades ya electrificadas en los que tampoco la hay, como los cementerios. Esta característica centra los relatos en escenas nocturnas o brumosas propicias para que se produzca el terror en los personajes, un sentimiento cercano a la locura, pues implícitamente revela los límites, como podríamos decir, de la luz de la inteligencia y la claridad de la razón. Un personaje de Leduc tiene la visión de una muerta que “pasó por mis cabellos sus dedos fríos y me acarició el rostro con un jirón de su mortaja” cuando “ya no estaba en el cielo el sol amarillo” y “las lechuzas de la torre graznaban lúgubremente en derredor de algunos sepulcros”; otro de Zárate Ruiz odia las noches en que durante el insomnio “acuden a nuestros oídos voces en tropel y desfilan ante nuestra vista en macabras contorsiones mezclados extraños hombres, animales deformes y caras conocidas hacía mucho tiempo olvidadas”, y uno más de Othón se pregunta, después de tener un aterrorizante encuentro nocturno: “¿Cómo pude resistir a tal aparición? ¿Cómo logré sobreponerme a mis terrores y dominar la debilidad de mis nervios tan trabajados por las repetidas y tremendas emociones de aquella noche?”
El cuarto título hasta ahora publicado de la Colección Fantasma es Cinco horas sin corazón y otros cuentos de Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949). En este caso se trata de un autor que pertenece al ámbito cultural de la posrevolución, y cuya obra narrativa, que apareció por primera vez en la década de los cuarenta, tiene por lo tanto registros muy distintos a las de los precedentes. Sin embargo, algunos de sus relatos comparten con éstos el interés por explorar el territorio nocturno. Se trata de una exploración que no tiene raíces en la tradición inaugurada por Poe, y que no sustenta su verosimilitud en las condiciones de escasa luminosidad de las ciudades finiseculares. Alimentada por el conocimiento del psicoanálisis, el diálogo con el surrealismo, la práctica del monólogo interior y la frecuentación del cine, se realiza sobre todo a través de la narración de sueños, alucinaciones o delirios. La novedad es que esos procesos psíquicos se presentan aislados, completos en sí mismos, y no como segmentos de una trama que los explique o justifique. De esta forma, el terror de los personajes de Ortiz de Montellano deriva de condiciones subjetivas internas, eventualmente reforzadas por la reflexión, como cuando un personaje que acaba de narrar una pesadilla expresa: “Debo confesar que el miedo (…) a la conciencia de nuestro ser oculto y silencioso, el miedo mío al sentir una sangre ajena entre mis manos me horroriza tanto como la sensación real de la sangre (…), como si lo visto en sueños fuese, verdaderamente, una experiencia conocida inolvidada”.

Los libros de la Colección Fantasma han sido seleccionados y cuidadosamente editados por Alfonso D´Aquino. Se trata de disfrutables rescates de obras que hace mucho tiempo no estaban al alcance de los lectores y en las que se ha llevado a cabo un cuidadoso y creativo trabajo editorial. Como sucedió en algunas de las publicaciones originales, los textos se acompañan con imágenes que complementan su potencia expresiva: esgrafías de Cezilya León, esculturas de Antonio Castellanos, fotografías antiguas intervenidas, documentos… Por eso, como todos los otros libros de Ediciones Odradek, ofrecen además del disfrute intelectual de la lectura los goces que derivan de la manipulación y la contemplación de objetos bellos. Ojalá vengan en camino más volúmenes de esta colección y esta editorial ya imprescindibles.