A propósito de El Núcleo Duro y Matrioshka
La reciente publicación de Matrioshka tres años después de que saliera El Núcleo Duro, me ha hecho pensar en qué características comunes podrían tener, además, claro, de haber sido escritas en el periodo de la pandemia, publicadas bellamente por Ediciones Odradek e ilustradas por las muy creativas piezas de Ulises Carbó.
Tal vez la principal característica que comparten las dos novelas es que un personaje que no está en situación de interactuar con otros, pero sí de recordar, emprende por escrito una recapitulación del pasado que abarca varias décadas. Esa recreación de un periodo largo le permite identificar los acontecimientos que determinaron transformaciones importantes en su vida y lo condujeron a su situación presente. Pero la rememoración no se da sólo de forma individual, pues quien la hace se vale de datos y documentos de distinta procedencia que complementan, hacen más complejo o incluso contradicen su punto de vista. En El Núcleo Duro aparecen por eso un diario, un trabajo escolar, fragmentos de dos novelas, cartas y correos electrónicos, y en Matrioshka cartas, el texto de una vieja entrevista y collages que, provenientes de distintos personajes, se combinan para dar cuerpo a las historias.
Este procedimiento, que evita la presunción de superioridad propia de los narradores omniscientes, facilita al mismo tiempo que se presenten perspectivas contrarias e igualmente válidas sobre algunos de los asuntos tratados, como el espiritismo en El Núcleo Duro, o los métodos para hacer la revolución y la creencia en la existencia del alma en Matrioskha. En este sentido, posibilita que se hagan interpretaciones complejas de los acontecimientos recreados y, formalmente, configura un conjunto que tiene el aspecto de un mosaico o de un coro en el que se manifiestan en condición de igualdad distintas voces.
La forma utilizada deriva naturalmente de lecturas que me impresionaron. Por azar, descubrí recientemente dos de sus probables fuentes al volver sobre obras que leí con gran placer en la primera juventud: Los idus de marzo de Thornton Wilder y El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. La primera está construida con cartas privadas, memorándums oficiales, textos de historiadores y versos supuesta o realmente escritos por los personajes, que incluyen de manera maravillosa a Julio César, Cleopatra, Catulo, y sus familiares, amigos y enemigos; en la segunda, que tiene entre sus propósitos cuestionar la legitimidad de las versiones oficiales o únicas de un texto, un personaje escribe un libro de memorias al que incorpora cartas, trozos de ensayos, poemas de Cavafis e incluso un largo comentario a la obra en proceso elaborado por otro personaje. Supongo que también podrían encontrarse indicios de mi aprecio por esa forma en Rayuela de Julio Cortázar, El libro vacío de Josefina Vicens, Los monederos falsos de André Gide, Manhattan Transfer de John Dos Passos y Contrapunto de Aldous Huxley, por no hablar de las numerosas películas derivadas de la forma narrativa basada en el montaje alterno, que se manifestó de forma suprema por primera vez en el cine de David W. Griffith.
También es fácil ver que las lecturas que me han marcado determinan en alguna medida los temas sobre los que escribo. Por eso hay en estas novelas citas directas o paráfrasis de obras de Víctor Hugo, Arthur Conan Doyle, Harry Houdini, Ernesto Che Guevara y Cornelius Castoriadis. No puedo decir que sean autores sobre los que sepa mucho ni a los que acuda con frecuencia, pero me inspiraron algunos de sus intereses, a veces marginales (por ejemplo, la práctica espiritista de Victor Hugo, más que sus poemas o novelas). Naturalmente, otros rasgos provienen de lo que conozco por mi ubicación social, como que mis personajes sean clasemedieros de raza blanca que estudian en la universidad, van a terapia, juegan futbol y hacen yoga, y que tengan más o menos mi edad.
Ahora bien, la mayor parte de lo que escribo abreva en fuentes que son para mí menos claras. Aunque me he resistido a incurrir en las modas o tendencias literarias más reconocibles, los temas que abordo son seguramente préstamos de la época de los que no me doy plena cuenta. Y, por otra parte, si bien de modo inevitable hay en los personajes rasgos míos o de personas a las que he conocido, tienen nombres, vidas y destinos propios, y se desarrollan de acuerdo con sus necesidades y deseos. Esto quiere decir, entre otras cosas, que al inicio de la escritura de estas novelas no tenía la menor idea de a adónde iba a llegar, ni de los procedimientos que utilizaría para que fueran al menos inteligibles. El que, en los dos casos, parezcan estar completas y se aprecie una estructura armónica con vasos comunicantes entre sus partes se debe, en mi opinión, más a la inteligencia de la forma utilizada que a la pericia del narrador.
En este sentido reconozco ser un escritor “débil” subordinado tanto a las imposiciones formales como a los caprichos de los personajes. De hecho, si tuviera que manifestar un credo en mi calidad de autor de El Núcleo Duro y Matrioshka, me iría por las ramas alegando que trabajo con la aspiración de seguir las propuestas que Italo Calvino imaginó para este milenio: Levedad · Rapidez · Exactitud · Visibilidad · Multiplicidad.

Texto leído en la presentación de Matrioshka celebrada en la Librería Bonilla de Coyoacán la tarde del lluvioso 19 de julio de 2025. Ana García Bergua y Héctor Toledano tuvieron excelentes participaciones y moderó Ángel Cuevas. La grabación puede verse aquí:
https://www.facebook.com/LibreriaBonillaMX/videos/1247860286440385