De libros

En torno de una muerta de Alberto Leduc

Hijo de francés y mexicana, Alberto Leduc nació en Querétaro en 1867. Después de tener la experiencia adolescente de trabajar casi dos años en la Marina Nacional, se dedicó a la escritura. Fue traductor, hizo almanaques y diccionarios, colaboró en publicaciones culturales. Algunos de sus cuentos merecieron emigrar de la efímera página periodística para reproducirse también como folletos o libros. El 5 de mayo de 1897 la sección de anuncios clasificados de El Universal daba cuenta de que en la librería de Charles Bouret, en la calle 5 de Mayo número 14, podían encontrarse ediciones de sus piezas breves Fragatita, Cuentos de Navidad y Ángela Lorenzana, además de sus novelas María del Consuelo y Un calvario. Pocos meses después otros diez cuentos suyos aparecieron reunidos bajo el sello de la Tipografía del periódico El Nacional con el título de uno de ellos, En torno de una muerta (1898). El autor de treinta años mostraba en este grupo de narraciones la complacencia modernista por subrayar los aspectos sombríos de la vida. Sus personajes sufrían decepciones amorosas y desgarramientos existenciales, y filosofaban paseando por cementerios, donde veían apariciones y acariciaban fantasmas.

Un ejemplar de la nueva obra fue enviado a Crisantema, revista literaria editada en Morelia; su redactor Alfonso Aranda y Contreras dio cuenta de su recepción de esta forma:

Alberto Leduc nos ha proporcionado la delicia de saborear las exquisiteces de su último libro En torno de una muerta.

Además del talento de artista que Alberto posee, revela en este libro que padece nostalgias incurables, fastidios melancólicos engendrados por “la monotonía de la vida, por el esfuerzo inútil de nuestras luchas, por la vanidad eterna y la miseria profunda de todo lo que existe”.

Alberto sabe de los desencantos de la vida, y ha sentido el contagio de la filosofía dolorosamente triste del alemán Schopenhauer; por eso sus pensamientos, exquisitamente modelados, atraen. ¡Oh, y cómo no, si en todos existe la voluntad, arrogante princesa cautiva en encantamientos de expiación; en todos existe la inteligencia, caja sonora cuyo fondo sin límites guarda las repercusiones de la voluntad, que herida por mil obstáculos, produce vibraciones más o menos dolorosas, pero siempre dolorosas! (“Arabescos”, Crisantema, 15 de agosto de 1898, p. 72)

Ese mismo año salieron otros dos libros de Leduc, la colección de textos breves Biografías sentimentales y una nueva edición de María del Consuelo, celebrada por José Juan Tablada como una “interesante y dolorosa nouvelle” que ya había merecido la sanción de los literatos y se reeditaba como “prueba de su interés palpitante y de su cautivador estilo”. (“Notas de la Semana”, El Nacional, 4 de junio de 1898, p. 1)

Leduc murió en octubre de 1908, antes de cumplir cuarenta años. Una nota necrológica informó, por un lado, de las agotadoras actividades que lo ocuparon en sus últimos años, y por otra del aprecio que se le tenía en el medio:

Alberto Leduc fue un heroico luchador, un trabajador constante, un obrero incansable del periodismo nacional.

Inteligente, modesto, laborioso, pasó su vida enteramente consagrado al cultivo de las letras, y con ello ganaba el pan de sus hijos, sin poder salir jamás de la posición un tanto angustiosa en que al destino plugo colocarlo.

Leduc daba lecciones de francés en los colegios, traducía obras y artículos, hacía boletines bibliográficos, escribía cuentos y novelas, dirigía revistas, desempeñaba el papel de repórter, agenciaba anuncios (…) ¡Pobre Alberto Leduc!… Así vivió siempre, y la muerte lo sorprendió en la tremenda lucha por la vida, sin que hubiese logrado jamás un desahogo, un descanso, una tregua, que mitigara sus penas, y se abriera un claro de esperanza y de luz en la negra noche de su vida fatigosa. (“Notas de la Semana”, El Tiempo, 11 de octubre de 1908, p. 2)

El escritor no llegó a ver la conclusión de uno de sus últimos trabajos, el Diccionario de Geografía, Historia y Biografía Mexicana publicado en 1910 por la Librería de la Viuda de Charles Bouret, para el que escribió numerosas entradas. Sus otros redactores, Carlos Roumagnac y Luis Lara y Pardo, dedicaron en el Prefacio unas líneas a la memoria de su compañero, quien “escribió mucho, muy especialmente cuentos que constituyeron su género favorito y quizás habría emprendido obras de mayor aliento si la muerte no lo hubiera sorprendido en lo mejor de su edad”. (p. VI)

Aunque algún cuento suyo fue incluido en antologías del género, la obra de Leduc fue olvidada por largo tiempo. No fue sino hasta 1984 cuando comenzó a rescatarse, con la edición de Fragatita y otros cuentos prologada por Ignacio Trejo Fuentes para la Colección La Matraca de Editorial Premià. Más adelante Teresa Ferrer Bernat compiló otra antología del escritor, Cuentos: ¡neurosis emperadora de fin de siglo! (Factoría Ediciones, 2005), y Blanca Estela Treviño impulsó la elaboración de artículos y tesis sobre obras suyas, así como la reedición en un solo volumen de sus dos novelas Un calvario: memorias de una exclaustrada y María del Consuelo (UNAM, 2012). Pero no se había hecho una nueva edición de alguno de los volúmenes de cuentos de Leduc hasta la aparición, preparada por Alfonso D´Aquino, de En torno de una muerta (Ediciones Odradek, 2024). Este libro, que de acuerdo con el colofón conmemora el 116 aniversario luctuoso del autor, pone de nuevo en circulación una prosa encantadora que manifiesta una visión del mundo desencantada, con el muy pertinente agregado de fotografías antiguas intervenidas para hacer surgir “como en los cuentos de Leduc, el anverso fantasmal de la realidad” (del texto de la contraportada).

Los personajes de estos cuentos son con frecuencia escritores que reflexionan sobre lo que están narrando y entre sus recursos está el de la incorporación de imágenes a la materia textual. Por ejemplo, en el cuento “Elena”, el narrador se pregunta cuál sería la mejor manera de “impregnar las imaginaciones de los que leen (…) con mi pluma torpísima e inhábil”, y de inmediato encuentra la respuesta: “con ese magnífico sistema de composición de lugar, empleado por el maestro de Loyola”, que se sintetiza en el mandato “pensad con imágenes, no con ideas puras ni abstractas”. (pp. 50-51)

Uno de los cuentos mejor desarrollados en este sentido es el que da título al libro, “En torno de una muerta”. De entrada, el narrador confiesa: “para que mis torturas íntimas sean mayores, poseo un cerebro enfermizo que recoge como placa fotográfica la visión de ciertos pasajes, de ciertas fisonomías y la de conversaciones y diálogos determinados”. (p. 14) A esta hipersensibilidad corresponde la capacidad de reproducir lo captado bajo la forma de recuerdos que se encadenan. Por ejemplo, cada vez que ese habitual paseante de panteones se topa con un sepulturero, a quien llama señor X, le ocurre “ver en mi interior cómo se perfila en sombras chinescas sobre la tela de los panoramas íntimos, la vista disolvente y retrospectiva de aquel día…” Se trata de los recuerdos de uno de los días más importantes de su vida, el de la muerte de su amada Rosa. La primera imagen evocada es la de seis hombres y cinco mujeres que salen de la casa para acompañar a los cuatro ganapanes que llevan el ataúd de Rosa hasta la carroza fúnebre. Sigue la de los deudos subiendo a un tranvía, que los lleva al cementerio donde conocen al señor X. Éste los conduce al sitio en el que cuatro empleados depositan el ataúd y echan sobre él paletadas de tierra. Entonces se suspende la descripción de escenas externas para introducir el recuerdo de un acontecimiento subjetivo: “a riesgo de poner en ridículo mi muy cómica virilidad sentimental, sentí que una ola de llanto amarga me subía a las pupilas, y dejé correr mis lágrimas, y dejé ridículamente escapar los sollozos que me estrujaban la garganta”. Los siguientes recuerdos muestran al señor X dándole azúcar y agua para paliar su tristeza, y a una parienta de la difunta diciendo “que ella no lloraba por los muertos sino por los recién nacidos, y que yo debería orar por Rosa y no llorar llanto que sólo era producido por el egoísta y vano sentimiento de haber perdido un placer”. Finalmente, las palabras de esa mujer detonan en el educado narrador la nueva imagen interna de haberle hecho pensar en sentencias parecidas de Platón y Montesquieu. Su reflexión final tiene que ver con la fragilidad de la memoria y con la imposición de nuevas impresiones sobre sus “placas fotográficas”, pues si bien aún puede recordar con precisión “este eslabonamiento de imágenes”, cuando pase el tiempo, “¿cuántas decoraciones y sombras chinescas necesitaré traspapelar y remover para encontrar en mi panorama cerebral esta vista disolvente…?” (pp. 22-24)

En este cuento Leduc asoció los recuerdos de su personaje con los encadenamientos de imágenes propios de las proyecciones con linternas mágicas, muy populares durante el siglo XIX. Esto hace suponer que el cuento fue escrito antes de que el cinematógrafo llegara a México. De otro modo, tal vez el escritor habría equiparado esa sucesión de recuerdos a una vista de movimiento, es decir, a una película. De todas formas, el uso de la terminología propia de los espectáculos de linternas mágicas manifestó la familiaridad y el gusto del escritor por las imágenes proyectadas. Esto tendría una lógica extensión cuando conoció el invento de los hermanos Lumière; en una crónica publicada apenas cuatro meses después de que se diera a conocer el cinematógrafo en el país, escribió:

Julio Bois, en su libro inquietador y extraño sobre el satanismo, trata largamente las prácticas diabólicas modernas. Cada capítulo de su obra deja un sabor azufroso y por sus páginas parecen correr llamaradas azules que casi abrasan el rostro. ¿Por qué en su larga lista de brujos, olvidó Julio Bois, a esos dos hechiceros lioneses que dicen apellidarse Lumière? Siempre que salgo del cinematógrafo que se exhibe en el hotel de la gran sociedad, me parece que asisto a evocaciones o a prácticas ocultas. No soy fotógrafo ni químico y prefiero, pues, creer que lo que pasa ante mis ojos es la vida terrenal fotografiada en el espacio como lo asegura algún astrónomo popular en fantástica novela. ¿La recordáis? Un individuo muere a fines del Segundo Imperio, y vuela su espíritu hasta la estrella del Cochero. Durante su largo viaje de la Tierra a Capella, aquella alma mira su nacimiento, su infancia, su juventud y los acontecimientos acaecidos cuando él acababa de nacer: ejecución de Luis XVI, Terror, 9 Thermidor, etcétera.

¿Acaso es esto imposible? ¿Por qué nuestros nietos no han de ver, si nosotros, sus padres y sus abuelos nos proveemos de un cinematógrafo; por qué no han de ver, digo, las bodas de sus padres, su bautizo, sus infantiles juegos, sus caritas lloronas, coléricas o risueñas?

Si sus padres mueren cuando ellos aun sean muy niños, ¿no será el cinematógrafo la verdadera historia de las familias que les legamos? Los Lumière son, a no dudarlo, los verdaderos evocadores de las cosas difuntas y de los muertos actores de ellas. Los Lumière conseguirán, sí, hacer vibrar con su invento a nuestros nietos y éstos, cuando miren desfilar a sus abuelos en escenas familiares o en actos oficiales, creerán como Lumen que van a través del espacio mirando en algún astro lejanísimo la fotografía de terrenales sucesos. (“Fin de siglo”, El Nacional, 5 de diciembre de 1896, p. 1)

Las referencias hechas por Leduc eran al ensayo El satanismo y la magia (1870) de Jules Bois y a la novela Lumen (1872) de Camille Flammarion.

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

2 comentarios sobre “De libros

  1. Qué interesante, Ángel. Estaría muy bien analizar cómo en el cambio de siglo las referencias al cine acaban entrando a compartir este tipo de comparaciones con las fotos, las sombras chinas, la linterna mágica, etc. Son un medidor fantástico del proceso de penetración de estos medios en la sociedad.

    Un abrazo grande desde la otra orilla

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