Cines y cinéfilos

Tres cantos a Lenin por José Revueltas

El VII Congreso de la Internacional Comunista se celebró en Moscú en julio y agosto de 1935, con el propósito principal de acordar las mejores estrategias para combatir al fascismo. La delegación del Partido Comunista de México estuvo integrada por Hernán Laborde, Miguel Ángel Velasco y José Revueltas; este último acababa de purgar una condena en el penal de las Islas Marías acusado de organizar una huelga.

La delegación volvió a México una vez terminado el Congreso y transmitió en una Carta Abierta la consigna de que la labor inmediata más importante del Partido debía ser la creación de un Frente Popular Antiimperialista. Tiempo más adelante Revueltas escribió el siguiente texto, también derivado de su viaje, que publicó en el suplemento dominical del diario El Nacional el 30 de mayo de 1937.

El joven militante (al viajar a la URSS tenía apenas 20 años) da cuenta en él de que una de las actividades programadas por los anfitriones fue invitar a los congresistas a la proyección de Tres cantos a Lenin, el documental de Dziga Vertov estrenado en Moscú en noviembre de 1934, al conmemorarse diez años de la muerte del líder soviético. Escrita varios meses después de su regreso a México, Revueltas confundió en su crónica recuerdos de escenas de la película de Vertov con otras de lo que debe haber sido un documental exhibido previamente sobre “el mundo europeo de vísperas de la guerra”. De cualquier forma, no quedan dudas de la impresión que le produjo Tres cantos a Lenin, una de las películas que integró de manera más inventiva, variada y persuasiva el sonido a la imagen en esos primeros años de cine sonoro; tampoco quedan dudas de cuáles eran las convicciones y los ideales de los jóvenes comunistas de ese tiempo, como el autor de la crónica.

Este texto tal vez fue el primero que Revueltas dedicó al cine, un campo sobre el que más adelante haría importantes aportaciones tanto en la reflexión teórica como en la redacción de argumentos para cintas de la industria nacional. La calidad de su escritura ha llevado a la publicación de algunos de sus guiones (Los albañiles, Tierra y libertad, Los treinta dineros y El luto humano), mientras que las características cinematográficas de su novela El apando inspiraron a Felipe Cazals para hacer la intensa adaptación del mismo título en 1976. En la Obra reunida de José Revueltas editada por Era, un volumen integra sus ensayos relativos al cine, pero el texto que aquí se presenta al parecer no había sido republicado hasta ahora.

No pretendo en modo alguno hacer un artículo de crítica, o lo que así llamamos inútilmente. La crítica, según los cánones vigentes, ha de ser reposada e imparcial. Y yo declaro que por toda mi vida no seré nunca ni lo uno ni lo otro. Perdóneseme entonces si me porto en exceso vehemente y apasionado, que de cualquier manera y para mi desgracia, no lo seré con todo el exceso que hubiera querido siempre.

Vi Tres cantos a Lenin en la Unión Soviética. Este hecho no es fortuito, ni accidental, ni indiferente para el juicio sobre la obra. Hay para toda producción artística, quién sabe por qué misterioso y subjetivo proceso interior, agentes exteriores que obran sobre ella embelleciéndola, dándole un nuevo significado, una nueva magnitud. Silvestre Revueltas me contaba sus impresiones que, como músico, tenía de “La Internacional”: la primera vez opinó sobre ella como de una obra cuya musicalidad y técnica eran demasiado pobres, de un desolador simplismo. Hoy, encargado de su instrumentación para tocarla el primero de mayo, opina distinto. Le parece un hermosísimo canto humano, violento, pleno de energía creadora y rica musicalidad viviente. Sin duda alguna aquí se trata de la acción subjetiva y sutil, inasible, de un agente exterior que obra sobre la actitud transformándola y dándole sentido. Cuando digo “exterior” vacilo y dudo. ¿Son realmente “agentes exteriores” aquellos que estimulan la actitud para con una obra de arte, dándole una fisonomía distinta a esa misma actitud? Creo que dialécticamente y humanamente, podemos, debemos decir que no. ¿No “La Internacional” es precisamente la masa obrera, la huelga, la barricada y el combate sin tregua? ¿Tendría algún sentido, tendría algún significado “La Internacional” tocada en un salón, rodeada de damas y señores? No. Y no me refiero a “La Internacional” como himno, como canto político, sino como música, como inteligente y artística liga de sonidos, compases, técnica. Nada de eso tendría “La Internacional” en esas condiciones.

Tres cantos a Lenin nos fue exhibida a los delegados al VII Congreso de la Internacional Comunista, en los Estudios de la Rote Fahne, en Moscú. En una pequeña salita nos reunimos comunistas de todos los países: alemanes, franceses, chinos, etc. Gentes para quienes Lenin es el maestro, el guía, el padre. El público, entonces, era un público ferviente, amoroso. Permítaseme decir que yo estaba como en un santuario. Se me había dicho que en la cinta aparecería “el Viejo”. Me lo imaginaba moviéndose, accionando, hablando. Como de carne y hueso. Tenía en esa ocasión el espíritu recogido y anhelante.

(…) Se dice de Lenin que ha sido un hombre excepcional, pero en fin de cuentas un hombre. Ciertamente, el mejor de los hombres. Engrandeciéndolo: “El más humano de los hombres…” “Un hombre como tú, como yo…”, dice Mayakovski. Pero Lenin ha sido el mejor representante de la vida. Un ser de los que no se puede decir, como se estila hacerlo alrededor de los grandes hombres, que “está por encima del común de los mortales”. Precisamente la grandeza de Lenin consiste en no estar por encima de nadie. Está formado por todos los pedazos de Humanidad que cada uno de nosotros lleva en sí mismo. Es nosotros. “Dejad las puertas abiertas por si él, esta noche quisiera venir, que está muerto…”, “…a ver si nos parecemos a su cuerpo…”, “…a ver si morimos un poco aquí y ahí nacemos un poco…” No importa que cite a Juan Ramón Jiménez de memoria y casi seguramente con inexactitudes, pero de Lenin un joven no puede hablar más que en Poesía. Así le amamos.

Tres cantos a Lenin, en la Unión Soviética, en la patria creada por Lenin, en su suelo, entre sus gentes, no podía entonces más que estimular opiniones vehementes, categóricamente vehementes, apasionadas y violentas. El subtítulo reza, acaso con cierta frialdad técnica, la advertencia: “Film documental.” Es la película que enseña objetivamente los principios y obras de Lenin y Stalin: la lucha contra la guerra imperialista; la liberación de las nacionalidades oprimidas y la construcción del Socialismo.

Aparece en la pantalla la casa del pueblecillo Gorki, donde Lenin murió. Y afuera de esta casa, en un jardín un tanto abandonado, una banca vacía. Nos la muestra la cámara aislada y sola. Sin Lenin. Es la misma banca donde figuran Lenin y Stalin charlando amablemente, en postales que se venden hoy por toda la Unión Soviética.

Y ante nosotros pasa el mundo europeo de vísperas de la guerra. Transeúntes de sombrero hongo y paraguas, asombrados ante las manifestaciones en París, Varsovia, Viena. ¡Abajo la guerra imperialista! Berlín. Soldados prusianos, brutales, férreos. Y un alemán, el mejor alemán, el más grande alemán, el más puro: Karl Liebknecht. Rostro apostólico, gesto apasionado. Sus anteojillos relampaguean, su puño se agita, amenaza al cielo, al horrible cielo kaiseriano, lleno de gases asfixiantes. ¡No queremos guerra! ¡Fratednizad, soldados, en el frente!

Luego la vieja Rusia. El Moscú adoquinado. Y sobre un fondo de iglesias bizantinas, de redondas cúpulas, de negros edificios, una extraordinaria multitud (…) El ferrocarril, súbitamente, detiene su marcha. El mundo para bruscamente al correr de su sangre. Es el 21 de enero de 1924. ¡Lenin ha muerto!

Pero Lenin ha dejado al mejor de sus discípulos, al camarada Stalin. Nos ha dejado una consigna: “Soviets más electrificación igual a Socialismo.” Ahí están Laleprogres, Magnitogorsk, Stalingrado. En el inmenso mapa de la URSS brotan ciudades nuevas. La aurora. Edificación, construcción, trabajo. Una juventud feliz, canta por las calles (…) una multitud vertiginosa que se mueve como un mar, que nos da la sensación viva, orgánica, carnal, digamos, de Historia. En medio Lenin. Pequeñito. Así como el del Mausoleo. Jovialísimo, penetrante. Lo cerca la multitud. Algunos, seguramente campesinos, a juzgar por el aspecto, lo asaltan para estrecharle la mano. A través de la rapidez de la cinta se advierte la confusión de Lenin, su embarazo ante las manifestaciones de amor del pueblo. Para nosotros, entonces, se vuelve real hasta el grito aquella anécdota que cuenta Gorki, cuando el periodo de hambre rusa, en que Lenin recibía obsequios de los campesinos: “¿Cuándo aprenderán a sacudirse el yugo, y saber que uno no es el ´padrecito´ zar, sino su camarada…?” Su voz se escucha enseguida. Voz metálica y vibrante. ¡Transformemos la guerra imperialista, en guerra civil! Y aquí, en este primer canto, un aspecto de las enseñanzas de Lenin. Luchar contra la guerra imperialista. En el espacio vibran las palabras de Stalin: “Te juramos, camarada Lenin, que cumpliremos con honor este mandato tuyo.”

Lejanas tierras de Armenia, de Turkmenia y las repúblicas asiáticas de la Unión Soviética. Las mujeres llevan cubierto el rostro por espesos velos negros. Caminan con la cabeza inclinada y la vista baja. Sumisas. La cámara, sin palabras, nos conduce de escena en escena. Miserables casas de adobe, hombres sucios y barbudos. Ahora son unos pies descalzos, rajados, dolientes. La lente descubre la finura escalofriante de las piedrecitas. Pero poco a poco sube, asciende con maravillosas transiciones fotográficas. Ya es la pared. Luego, una mano, regordeta, juvenil, pensadora, recostada sobre el muslo. Más arriba, a la altura del pecho, su compañera, igual, pero con un libro entreabierto: Lenin. Corresponden a una komsomola turkmenia. Una joven comunista. Ya no tiene el espeso velo negro sobre el rostro. Vuelve dulcemente el rostro hacia la cámara, y rolliza, optimista, sonríe. Rusos y ukranianos, bachkiros y rusos de la Rusia polaca, georgianos y azerbaidjanos, armenios y habitantes del Daguestán, tártaros y kuirguises, uzbecos y turcomanos, todos están interesados por igual en la consolidación del proletariado. “Al abandonarnos, el camarada Lenin nos mandó consolidar y ampliar la unión de las Repúblicas Soviéticas”, nos dice Stalin.

(…) Es la bella juventud que anhela Thomas Mann, ya realizada en la URSS. “Se podría presentar a esta juventud bañando caballos en una bahía, paseándose por la arena con la amada, los labios junto a la oreja de la dulce novia, o aprendiendo, con una amistosa gracia, a tirar al arco.” Ahora, ya no solamente podemos soñar en ella. Esa juventud existe. No es la juventud que “en lugar de esto, está tumbada, la nariz en el barro”. Es la obra de Lenin y Stalin, que nosotros saludamos.

Mayo 1937

Nota

El rostro del cadáver de Lenin y el retrato de Stalin reproducidos son capturas de pantalla de una versión de Tres cantos a Lenin disponible en YouTube; los tres puntos entre paréntesis en el texto indican frases ilegibles en el original.

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

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