Cines y cinéfilos

Dylan Thomas en el cine

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De un lado egoísta, promiscuo, borracho, y del otro profundamente comprometido con su trabajo sobre las palabras y autor de una obra capital en lengua inglesa, Dylan Thomas puede resultar tan atractivo para el cine como lo ha sido para quienes gustan de la leyenda de los artistas bohemios. Por eso es decepcionante ver cómo se disolvió su figura en En los límites del amor (The Edge of Love, 2009), dirigida por John Maybury. Y esto no tanto debido a la interpretación del poeta galés por el actor Matthew Rhys, que es muy decorosa, sino más bien porque la narración lo descentra para enfocarse en otros personajes.

La película cuenta la relación entre dos parejas, una formada por Dylan y su esposa Caitlin MacNamara (Sienna Miller), y la otra por la cantante Vera Phillips (Keyra Knightley) y el capitán del ejército William Killick (Cillian Murphy). Pero los tres primeros funcionan a fin de cuentas como comparsas de las acciones de este último, que inervan, dinamizan y modifican la historia. Así, la partida de Killick al frente durante la Segunda Guerra Mundial orilla a su mujer, quien ha tenido que renunciar a su trabajo por haberse embarazado, a acercarse afectiva y sexualmente a Caitlin y Dylan; y más adelante, a su regreso a la Gran Bretaña, el soldado detona la transformación de las relaciones entre los cuatro al intentar, enloquecido por lo que ha visto en la guerra y furioso por los celos, matar a Dylan suponiendo que es el padre del niño tenido por Vera (un episodio basado en hechos reales). Aunque hay desarrollos temáticos derivados de estos conflictos en los que juega algún papel la reflexión sobre el trabajo del poeta (por ejemplo, cuáles deberían ser las formas de su compromiso con el entorno en esos tiempos difíciles), la atención se centra en el personaje del capitán y en segundo lugar en las relaciones de amistad, complicidad y compañerismo que se dan entre las dos mujeres. Resulta significativo en este sentido que el actor que hace a uno de los más destacados poetas occidentales del siglo XX tenga en los créditos el cuarto papel.

Maybury había dirigido El amor es el diablo (Love is the Devil, 1998), en la que la recreación de fragmentos de la atormentada vida del pintor Francis Bacon daba lugar a una interpretación visual –en imágenes mostradas por espejos deformantes o en la percepción alterada por el alcohol de algunos personajes– de la vida cotidiana como si fuera una fuente directa, una alucinación o incluso una extensión de sus cuadros. El director intentó hacer algo parecido en la película En los límites del amor, replicando la densa imaginería verbal de Dylan Thomas con una barroca propuesta que integra, entre otros elementos, emplazamientos de cámara inusuales como tomas oblicuas y top-shots; una descripción de las acciones en la que los personajes están frecuentemente obstruidos, complementados y/o comentados por velos y filtros; una aglomeración claustrofóbica de objetos en las escenas en interiores, y un uso, de nuevo, de efectos retóricos derivados de reflexiones en espejos, refracciones caleidoscópicas y el viraje del color hacia tonos no naturales. Pero a diferencia de la película dedicada a Bacon, en la que se muestran de manera muy sugerente los puntos donde se entrelazan la realidad y su representación, el emparejamiento de un orden verbal con otro visual es aquí más forzado. Aun así, y a pesar de que a veces se sienta cargada con una cantidad excesiva de recursos, esta capa fotográfica y escenográfica es de lo más disfrutable de la película.

En cuanto a su dimensión sonora, En los límites del amor incluye sugerente música de Angelo Badalamenti (conocido por sus trabajos para David Lynch), canciones bien interpretadas por Keyra Knightley, así como versos de Dylan Thomas, justamente celebrados por su musicalidad. Por lo general éstos se incorporan para reflejar, aludir o iluminar la situación concreta de los personajes, como cuando el poeta lee en voz alta, para su embobada esposa o durante una transmisión radial de la BBC, poemas que aluden a los terribles efectos de la guerra sobre la población londinense. Pero a veces también se escuchan en over, con la función de hacer comentarios más generales, tal y como ocurre al final de la cinta con este fragmento de “In my craft or sullen art” (“En mi oficio u hosco arte”, en traducción propia): “No escribo en estas páginas salpicadas de rocío/ para el hombre soberbio que se aleja/ de la furiosa luna, ni para los encumbrados muertos/ con sus ruiseñores y salmos/ sino para los amantes, cuyos brazos/ cubren las penas de los siglos”.

En los dos casos los versos son dichos de forma correcta por Matthew Rhys, y sin embargo quien haya escuchado grabaciones de Thomas (accesibles en YouTube) extrañará la potencia de su voz y el tono de predicador que tan célebres hicieron sus lecturas públicas en Europa y los Estados Unidos. Una de esas giras, por cierto, fue recreada en Return Journey (1990), película dirigida por el actor Anthony Hopkins, también galés y autoproclamado discípulo de su coterráneo Richard Burton, admirador del poeta. Sobre la actuación de Bob Kingdom en esta cinta escribió Merlin Harries (Eye For Film, 14 de junio de 2006, traducción propia):

El retrato de Thomas hecho por Kingdom es conmovedor y desolado a la vez (…) Una representación de asombrosa transparencia en la que hay un meticuloso balance entre un cultivado tono de voz y los temblores ocasionales de las expresiones de ausencia que sugieren la tristeza interior del poeta. La película se basa sólo en el vigor de Kingdom, quien logra una actuación que refleja en igual medida el amor de Dylan Thomas por la literatura y su desesperación personal, ofreciendo un fugaz y extraño vistazo al mundo de un hombre que parecía balancearse constantemente en el precipicio de la destrucción personal.

También en Dylan. The Life and Death of a Poet (Paul Ferris, 1978) y en Last Call (Steven Bernstein, 2017), los actores Ronald Lacey y Rhys Ifans expresaron de forma creíble la hipnótica relación que establecía Thomas con su público. En la primera, producida dignamente para la televisión por la BBC, se alternan escenas de recitales en auditorios estadunidenses con la vida del poeta en Gales; en la segunda, pretenciosa película estadunidense publicitada de forma absurda con la frase “Antes de que hubiera estrellas de rock, estaba Dylan”, el poeta rememora tramos biográficos al platicar en un bar neoyorkino con el cantinero que le sirve los 18 whiskies que causaron su muerte el 9 de noviembre de 1953.

Dylan Thomas en el cementerio de Laugharne, Gales, en 1952. Foto de John Deakin tomada de The Life of Dylan Thomas de Constantine FitzGibbon.

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Lo que cuenta la película británica Incendia las estrellas (Set Fire to the Stars, Andy Goddard, 2014) es, ante todo, cómo la vida de un individuo común y corriente puede ser arrollada por el contacto, aún si éste es breve, con la energía que desprenden algunos temperamentos excepcionales. Podría decirse que pertenece por eso al género de aprendizaje en el que maestros carismáticos dejan huella en alumnos sensibles, como ocurre por ejemplo en La sociedad de los poetas muertos (Dead Poets Society, Peter Weir, 1989). Sólo que, en este caso, el alumno, el profesor norteamericano John Malcolm Brinnin (interpretado por Elijah Wood), tiene prácticamente la misma edad de quien lo transforma, el galés Dylan Thomas (Celyn Jones). La cinta, que recrea episodios reales de sus encuentros en el contexto del primer viaje del poeta a Estados Unidos en 1950, es una adaptación libre y resumida del libro de Brinnin, Dylan Thomas in America. An Intimate Journal, publicado en castellano como Yo conocí a Dylan Thomas. Diario íntimo.

“¿Qué tan problemático podría ser un poeta?”, pregunta en tono conciliador, en la primera escena, un joven profesor de poesía que solicita la autorización de un grupo de académicos para acompañar a Thomas durante una serie de recitales programados en varios auditorios norteamericanos. Los integrantes de esa comisión dudan que Brinnin sea la persona más adecuada para llevar a cabo esa tarea, pues la fama de Thomas sugiere que puede ser realmente problemático. Sin embargo, otorgan su permiso para que lo acompañe. Cuando alguien le pregunta más adelante qué papel va a cumplir, el orgulloso joven dice que será “su Boswell, su amanuense”; al final de la película, luego de mostrarse que las precauciones de los académicos eran justificadas, Brinnin dice decepcionado que sólo llegó a ser “su protector y su niñera”. Y, sin embargo, sin que aún lo sepa cabalmente, él ha cambiado.

En Nueva York, Thomas se embriaga y escandaliza un día sí y otro también. Su acompañante no es capaz de evitarlo. Por eso, temiendo que el poeta no logre llegar sobrio a una presentación ante un reducido grupo en la Universidad de Yale, que uno de los patrocinadores considera fundamental para el buen logro de la gira, no encuentra más remedio que raptarlo y recluirlo en una casa campestre de su familia donde, espera, resultará menos incontrolable. El núcleo de la película trata sobre lo ocurrido durante esos días de tensa convivencia, en los que Brinnin será tocado tanto en su comprensión de lo que significa el oficio de crear versos como en un sentido vocacional, pues ante la autenticidad y la entrega a lo que lo apasiona de Thomas, se da cuenta de lo fútil de sus aspiraciones de convertirse en un profesor reconocido y ascender, haciendo concesiones internas, en el escalafón universitario. El contacto fue decisivo para Brinnin. Como sabemos por un título al final de la película, dejó el cargo que ocupaba y optó por una carrera más bien modesta, en la que dio clases en distintos sitios y escribió –como informa, por otra parte, la página bajo su nombre en Wikipedia– poemarios, ensayos literarios y libros de viaje.

En la película, John no evita, naturalmente, que Dylan se emborrache la noche previa a su recital en Yale. Pero a pesar de todo, éste logra realizarse con éxito, de la misma forma que los anteriores y los que vendrán. Deslumbrado, el acompañante atestiguó cómo, al entrar al escenario, Thomas se despojaba de su personalidad dispersa y nebulosa para investirse de otra, concentrada y exuberante, que le permitía brillar. Como registra Brinnin en el libro, esos recitales maravillaron a quienes los presenciaron por la inmensa elocuencia de Dylan, pero también por fundar un modo de decir versos que no se practicaba entonces en Estados Unidos:

El auditorio (…) tenía colmada su capacidad; había mucha gente de pie; más de mil personas lo esperaban. Entre bambalinas, pidió un vaso de cerveza helada, que le fue traído de inmediato. Después, apenas cinco minutos antes de salir a escena, le sobrevino un ataque de tos tan violento que tuve que sostenerlo para que no se cayera. Mientras intentaba ser útil en una situación desesperada, comenzó a vomitar interminablemente en una palangana. Sin embargo, a la hora señalada avanzó por el escenario, los hombros erguidos, el pecho hinchado, como un palomo, y procedió a ofrecer la primera de esas actuaciones que iban a mostrar a América un concepto enteramente nuevo de la lectura poética. La variadísima gama de su voz, que tenía resonancias de órgano, mientras leía a Yeats, Hardy, Auden, Lawrence, MacNeice, Alun Lewis y Edith Sitwell, ponía música nueva en las cadencias familiares y, a veces, revelaba en los poemas valores nunca descubiertos en la lectura muda. Cuando concluyó la velada con una selección de sus propios poemas (…) era difícil saber qué había causado más placer: si la música o el significado de las palabras (…) Las ovaciones que lo recibieron al terminar y al reaparecer, fueron tremendas.

De acuerdo con la película, en la cena que los engolados académicos de Yale ofrecen al poeta, Thomas, previsiblemente, se porta mal, empecinándose en decir rimas obscenas hasta que los anfitriones se levantan de la mesa y se van. En la intranquila conversación previa a que esto ocurra, alguien le ha preguntado qué es lo que más le interesa de los Estados Unidos. Y para decepción de los profesores, Thomas contesta que sólo dos cosas: conocer a Charlie Chaplin y tener una cita con una estrella rubia de Hollywood. Según cuenta Brinnin, esos dos anhelos se cumplieron el mismo día. Invitado por la Universidad de California para dar un recital, el poeta fue a Los Ángeles, donde lo hospedó Christopher Isherwood. Este escritor británico vivía desde unos años antes en la Meca del cine, donde había trabajado como guionista y una de sus historias se había filmado ya bajo el título de Una joven rebelde (Adventure in Baltimore, Richard Wallace, 1949). Dada la súbita popularidad de Dylan, a Isherwood no debe haberle sido difícil convencer a la actriz Shelley Winters para que accediera a salir con él.

Después de varios años de hacer el duro trabajo de extra, Winters había alcanzado recientemente buenos papeles en películas como Doble vida (A Double Life, George Cukor, 1947), Una vida marcada (Cry of the City, Robert Siodmak, 1948), Un mal paso (Take One False Step, Chester Erskine, 1949) o El gran Gatsby (The Great Gatsby, Elliot Nugent, 1949), esta última basada en la novela de Francis Scott Fitzgerald. De cualquier forma, el galés no la conocía. Aunque ella sí a él, como se reveló cuando se encontraron en un bar y la actriz dijo que apreciaba su obra. Thomas no estaba interesado en hablar de eso y llevó la conversación hacia el baseball, para enseguida intentar seducir a la actriz con cumplidos más o menos corteses y, entrado en copas, acosándola físicamente; Winters lo rechazó, como consigna Brinnin que se quejó luego el poeta, “con expresiones tan rudas como las de un estibador”. Como sea, la noche quedó libre para él. Un conocido llamó entonces a Chaplin diciéndole que un compatriota quería conocerlo. El actor accedió a que fuera más tarde a su casa y, una vez que se encontraron, contribuyó con payasadas y chistes a despejar el malhumor del desairado galán. Cuando éste dijo que nadie en su pueblo, Laughorne, iba a creer que había conocido a la personalidad más célebre del cine, Chaplin redactó un cable dirigido a su esposa en el que confirmaba su encuentro.

Incendia las estrellas fue filmada en blanco y negro, lo que permite evocar la época previa a la generalización del color en el cine que representa. La ambientación es creíble y espléndidas las actuaciones de Wood y Jones. En el curso de la cinta se expresan, requeridos por la acción, fragmentos de poemas de Thomas leídos por uno u otro actor, pero también hay una escena en la que todos los personajes de la cinta dicen líneas de las seis estrofas del poema “Amor en el asilo” (“Love in the Asylum”), de cuyos versos finales, aquí en traducción propia, deriva el título: “Y tomado por la luz en sus brazos al final tan deseado/ Podría yo sin falta tener/ La primera visión que incendia las estrellas”.

Además de las grabaciones de piezas leídas por el poeta, en YouTube se encuentran algunas leídas por el actor Richard Burton y otros registros audiovisuales de época; vale la pena ver, ahí mismo, el documental Dylan on Dylan (Andrew Sinclair, 2002).

El poeta participó eventualmente en el cine de su país. En un anexo de The Life of Dylan Thomas, de Constantine FitzGibbon, se informa que entre 1942 y 1943 codirigió o colaboró en guiones de varios documentales, y que entre 1944 y 1948 escribió una decena de argumentos de películas de ficción, entre ellos El doctor y los demonios y La playa de Falesá, que llegaron a la televisión o al cine después de su muerte.

Referencias y enlace

John Malcolm Brinnin, Yo conocí a Dylan Thomas. Diario íntimo, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1959.

Constantine FitzGibbon, The Life of Dylan Thomas, J.M. Dent and Sons, Londres, 1965.

https://www.discoverdylanthomas.com/works/screenplays

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

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