Marzo de 1936: dos nuevos cines para la Ciudad de México
De acuerdo con lo investigado por Francisco Haroldo Alfaro Salazar y Alejandro Ochoa Vega en su libro Espacios distantes… aún vivos, en 1937 había unas cincuenta salas de cine en la capital. De éstas, quince se habían inaugurado en el lustro precedente, aprovechando la enorme atracción que las películas sonoras despertaron entre el público. Y en dos de esos espacios se iniciaron las proyecciones en marzo de 1936.
Uno fue el Teatro Alameda, propiedad de Emilio Azcárraga. El 18 de septiembre de 1930, este empresario nacido en Tampico había lanzado en los altos del Cine Olimpia la estación de radio XEW. Seis años después incursionaba en el negocio de la exhibición cinematográfica con un recinto ubicado en Avenida Juárez número 34, frente a la Alameda capitalina, que recreaba en su interior un ambiente “colonial” con muestras de arquitectura inspiradas en edificios de Puebla, Taxco, Tepotzotlán, Oaxaca, Cuernavaca y la Ciudad de México. El arquitecto José Albarrán y el artesano Genaro Blacio estuvieron encargados de construir durante dos años esa ambientación nacionalista, que incluía balcones, torres, cúpulas, columnas salomónicas, barandales, un enorme escudo heráldico y la fachada completa de una iglesia. Unas semanas antes de la inauguración del teatro aparecieron notas que elogiaban esa “plasticidad de armonías impecables” labradas en piedra, talladas en madera o forjadas en hierro, y destinadas a dejar “absorto” el espíritu de quien las contemplara; además, se había hecho un cielo artificial de asbesto, que al tiempo de tener una función acústica, daría a los espectadores, con nubes y estrellas pintadas, “la más fiel impresión de (…) un teatro al aire libre, en una de aquellas noches primaverales en que el cielo magnífico nos brinda sus mágicos encantos”. (El Nacional, 23 de febrero de 1936, p. 7) Completaban el edificio un salón con 3480 butacas acojinadas, pasillos y halls amplios, baños limpios en el segundo piso, un foro giratorio para espectáculos escénicos, una sala de espera con fuente de sodas y dulcería, un novedoso sistema de ventilación, y aparatos de sonido y proyección, únicos entonces en el país, que entre otras cosas permitían la exhibición de películas a color (y por los que este cine pudo contratar más adelante, por cierto, los dibujos animados de Walt Disney). La empresa garantizaba que desde cualquier localidad iban a verse y escucharse perfectamente los espectáculos escénicos y las películas de primera categoría que se renovarían cada semana; también que el público no tendría que padecer anuncios publicitarios ni “las molestias de los vendedores de minucias, cacahuates, paletas, refrescos, etc.” asegurando así el “absoluto reposo para disfrutar a perfección los espectáculos”. (Excélsior, 6 de marzo de 1936, p. 4) El boleto de entrada costaría un peso con cincuenta centavos.
El Teatro Alameda se inauguró el 7 de marzo con un programa en el que destacaba la presentación de un ballet a cargo del ruso Alexander Oumansky, de los populares intérpretes mexicanos Alfonso Ortiz Tirado y Agustín Lara, de los bailarines estadunidenses Pete, Peaches y Duke, y de la orquesta con cincuenta ejecutantes de Eduardo Vigil y Robles; pero se proyectaron también ese día en su pantalla la película A través de la mesa (Hands Across the Table, 1935), con Carole Lombard y Fred MacMurray, y el ensayo fílmico de tercera dimensión a colores Bailando en la luna. El periodista Luis G. Andrade recibió al nuevo recinto con estas palabras:
Entrar en el Teatro Alameda y transportarnos automáticamente a una región de ensueño y encantamiento, es todo uno. (…) la suntuosidad del espectáculo no principia ni en el foro ni en las variedades que vamos a admirar, sino en el maravilloso recinto pleno de arrobadora emotividad (…) Podría decirse de este Teatro Alameda, por su confort, lujo e higiene, así como por la selectividad de sus espectáculos, que es el Sanatorio Espiritual que todos anhelamos, cuando fatigados del trabajo del día, vamos en pos de ese momento de tregua y de reposo que ha de devolvernos las fuerzas perdidas. Ya era tiempo de que México tuviera un centro de espectáculos de esta calidad y naturaleza, sin miasmas, sin incomodidades, sin aire viciado y… sin insectos. (Excélsior, 7 de marzo de 1936, p. 3)





Sólo dos semanas después de la inauguración del Alameda, el 21 de marzo, iniciaron las proyecciones en el Cine Roxy, ubicado en Ribera de San Cosme 43, con un programa doble que incluía la cinta estadunidense La canción de todos (Here Comes the Band, 1935) y la alemana El amor, la muerte y el diablo (Liebe, Tod und Teufel, 1934). Impulsado por la Compañía Mexicana de Cines, cuyo gerente era Miguel Ángel Fernández, este espacio anunciado como “modernísimo centro de espectáculos” se orientó a satisfacer las necesidades de entretenimiento del público del barrio de San Cosme, ofreciéndole buenas películas por el módico precio de sesenta centavos. El periodista con el seudónimo Julián Sorel lo describió como “un magnífico y amplio local acondicionado con todo el confort moderno, incluso clima artificial, de una gran sencillez de líneas, cómodo, elegante y provisto de cuanto pudiera desearse en lo que a higiene y seguridad se refiere”. (El Nacional, 21 de marzo de 1936, p. 6) Su cupo rondaba las mil seiscientas localidades.

Fuentes y enlaces
Francisco Haroldo Alfaro Salazar y Alejandro Ochoa Vega, Espacios distantes… aún vivos. Las salas cinematográficas de la Ciudad de México, UAM-Xochimilco, México, 1997.
Pável Granados, XEW: 70 años en el aire, Clío y Sistema Radiópolis, México, 2000.
https://es.wikipedia.org/wiki/Emilio_Azc%C3%A1rraga_Vidaurreta
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