Viejos cines de Chilpancingo y Acapulco, Guerrero
I
En el libro Los días de ayer, el periodista y poeta Félix J. López Romero recordó episodios de su vida en su natal Chilpancingo. La más antigua sala cinematográfica de la que se acordaba, “si así le podemos llamar a un cuartucho junto a la iglesia de Santa María de la Asunción”, era una donde las funciones eran silentes y cuando había que cambiar de rollo el proyeccionista ponía un letrero que decía: “Disculpe las molestias, vamos a renovar carbones.”
Antes de tener diez años, hacia 1940, López Romero comenzó a repartir programas del cine Guerrero por los barrios de Chilpancingo. Su pago, un boleto de entrada, le permitió ver innumerables películas estadunidenses y mexicanas de la Época de Oro al lado de otros repartidores, así como de cinéfilos que nunca dejaban de asistir a los estrenos: “Doña Joaquinita Ríos era la más puntual; no fallaban nunca don Librado Adame y Alfonso La Sardina”.
La repartición de propaganda no carecía de peligros:
Debía ser un valiente el que tuviera agallas para introducirse por Lerdo; sobre esta calle que consta de sólo dos tramos vivían los hermanos Memije, dedicados a la matanza de ganado. Eran propietarios de no menos de dos docenas de embravecidos canes, que al más leve ruido en la calle, salían en jauría para prestos enterrar sus afilados colmillos al intruso que los molestara cuando estaban en plácida siesta. Confieso que en más de una ocasión dejé el reparto cuando se me avisaba que debería cubrir la ruta de Lerdo. Mi pánico llegaba a tal punto que por espacio de varias semanas no me paraba en el cine…
El autor recordó que en el interior del salón se vendían antojitos y en los intermedios se anunciaban los próximos estrenos “con sus respectivas ´traile´ aprovechándose el tiempo para poner en el fonógrafo los discos de moda”; también que por su escenario pasaron la cantante Toña la Negra, el pianista Agustín Lara, el ilusionista Profesor Strombel y otros artistas.
El cine Guerrero era regenteado por una sociedad integrada por Genaro B. Trías, Abel Estrada Lobato y Guillermo Rodríguez. Cuando ésta se disolvió, un nuevo empresario tomó el negocio y renombró al cine como Avenida, con aforo para 550 espectadores. Sólo que éste tuvo que cerrar sus puertas al surgir el más exitoso cine Colonial, de la familia Naime. Cuando el 7 de septiembre de 1955 se promulgó el Reglamento que normaba las exhibiciones municipales, el Avenida ya había desaparecido. Daban funciones entonces sólo dos cines de primera categoría, el Colonial y el México, y uno de segunda, el Cine del Pueblo. Las diferencias entre unos y otros eran definidas así en el Artículo 17 del Reglamento:
Son cines de primera categoría aquellos que, además de contar con local especial y adecuado a su objeto, tengan más de quinientas butacas, bien acondicionadas, exhiban las mejores películas y estén provistas de proyectores y pantallas de la mejor calidad, o de pantallas panorámicas o de Cinemascope. Las que no reúnan estas condiciones se reputarán de segunda categoría.
El cine México llegaba a cobrar hasta tres pesos, los jueves de premiére y los domingos; el Colonial hasta dos cincuenta los mismos días, y el Cine del Pueblo hasta un peso con veinticinco centavos los domingos. De acuerdo con el testimonio de López Romero, por esos tiempos todavía llegaban esporádicamente a Chilpancingo exhibidores ambulantes de películas, ubicándose en el costado norte de la iglesia de la Asunción. Para esos casos, el Reglamento establecía tarifas 25 por ciento menores a las de los cines de segunda categoría.
II
En En el viejo Acapulco, Luz de Guadalupe Jóseph hizo una conmovedora remembranza de los sucesos trascendentes de la vida en el puerto en las primeras décadas del siglo. Uno de ellos fue el incendio que destruyó el teatro Flores, situado atrás de la iglesia, la noche del 14 de febrero de 1909, mientras se daba su función inaugural.
Matías Flores, hermano del entonces gobernador del estado, tuvo la pretensión de erigir un salón permanente con estructura de madera y contrató para hacerlo a carpinteros “nativos del puerto que construían navíos que salían airosos en las grandes tempestades”. Una vez terminada, la edificación tenía paredes, techo y piso de palo, con una única puerta de entrada y salida, que abría hacia adentro. En el interior, sus bancas corridas eran también de madera, separadas en dos grupos por un angosto pasillo; el cielorraso que cubría el techo era de manta “y en paredes y demás sitios visibles abundaban los adornos de papel y trapo, como se acostumbra hacerlo con lo que va a ser motivo de inauguración”.
Se anunció que la función, a la que asistiría brevemente el gobernador, iba a estar integrada por ocho cintas, entre ellas La salida de obreros de una fábrica y retorno a sus labores y Una función de circo; también que una pianola amenizaría con valses la exhibición silenciosa.
La autora informa que a las 7 en punto se apagó la luz y que había transcurrido una media hora del espectáculo cuando
(…) hubo en la caseta de proyección un flamazo seguido de un estrépito. Y a poco, envuelto en llamas, salió el manipulador dando alaridos (…) El flamazo le quemó los ojos y le incendió la ropa. Tropezó, derribó el aparato, el fuego envolvió las cajas de las películas que estallaron como bombas. Las primeras llamas lamieron el cielorraso (…) y le prendieron fuego, que se extendió a gran velocidad como si aquella enorme manta hubiera estado impregnada de gasolina o de alcohol.
Los que llegaron al último y ocuparon las últimas filas quedaron cerca de la puerta. Salieron a la carrera (…) Los que llegaron primero quedaron atrapados. No se produjo la estampida porque no había espacio para ella. Estaban apretujados (…) El griterío atronador se escuchó hasta muy lejos. De todas las gargantas salían imploraciones de auxilio, de ayuda, y también gritos de dolor, de angustia y terror (…)
Tocho Tavares, quien fue de los primeros en escapar, corrió a su casa que estaba cerca y con un hacha derribó la puerta. Desgraciadamente cayó la caseta que estaba arriba y liquidó toda posibilidad de salvamento (…) Tocho, a hachazos, abrió un boquete en la pared y por ahí salieron algunos ya cubiertos de llamas. Corrieron –hombres, mujeres y niños– a la mayor velocidad para llegar al mar y apagar el fuego, pero lo único que hicieron fue avivar las llamas de su ropa (…) La mayoría no llegó ni a la playa. Quedaron en el corto trayecto del teatro al mar. Y los que llegaron y se echaron al agua, tampoco escaparon de la muerte. Iban demasiado quemados para sobrevivir.
Luz de Guadalupe Jóseph eleva a más de dos mil los muertos que la prensa de la época contabilizó en trescientos. Como sea, la tragedia fue enorme y causó heridas profundas en la mayor parte de las familias de la localidad.


III
En su voluminosa y meritoria Historia de Acapulco, Alejandro Martínez Carbajal consignó los siguientes datos de algunos de los primeros cines del puerto:
Tal vez desde fines de los años veinte, un primer Salón Rojo ofrecía funciones en la parte oeste de la plaza principal; con cupo menor a quinientos espectadores, eran sus propietarios los españoles Máximo y Lucino San Millán. En 1936 un nuevo cine con ese nombre abrió sus puertas en el mismo sitio, bajo la gestión de Efrén Villalvazo. Un competidor de este empresario, Ángel Mazzini, impulsó por los mismos años la creación del cine Hidalgo, así como de otro, que funcionaba sólo en fechas especiales como la Semana Santa, que llevaba su apellido.
La popular Época de Oro del cine mexicano repercutió sobre Acapulco de muchas maneras, entre ellas al promover el establecimiento de nuevos cines en la cuarta década del siglo. Uno fue el teatro al aire libre 20 de Noviembre que, edificado en 1940 al poniente del mercado municipal, se convirtió pocos años después en espacio de exhibición de películas luego de haberse usado para festivales cívicos, reuniones masivas y funciones de box; su propietario, el español Ignacio Rodríguez, tuvo que cerrarlo en 1947 a causa de otro infortunado incendio. José A. Quiroga brindó funciones a partir de 1948 en su cine Tropical con capacidad para 1200 espectadores y el mismo año Efrén Villalvazo remodeló el Salón Rojo, ampliándolo para que cupieran en él 900 personas y agregándole paredes movibles para facilitar la ventilación; para su reestreno eligió Embrujo antillano, dirigida por Juan Orol y estelarizada por la rumbera María Antonieta Pons.
Con diferentes empresarios, el Salón Rojo fue el cine permanente más longevo de Acapulco. La irrupción de los sistemas de reproducción casera de películas determinó su cierre en la década de los noventa. Cuando esto ocurrió, lo acompañaban otros cinco cines de grandes dimensiones surgidos en el puerto en la segunda mitad del siglo, y que desaparecieron por la misma causa: el Río, el Bahía, el Variedades, el Flamboyant y el Playa de Hornos.
Referencias
Félix J. López Romero, Los días de ayer, Costa Amic y Ayuntamiento de Chilpancingo, México, 1988, pp. 122-126.
Periódico Oficial del Estado de Guerrero, Chilpancingo, 7 de septiembre de 1955, pp. 3-5.
Luz de Guadalupe Jóseph, En el viejo Acapulco, Editora de Periódicos La Prensa, México, 1992, pp. 61-76.
Alejandro Martínez Carbajal, Historia de Acapulco, Ediciones Municipales, Acapulco, 2005, pp. 623-643.
Ángel, ¡está buenísimo!
¡Gracias!
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