De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

Grimorios y crisolines

Año: 1985. Lugar: Buenos Aires o, más específicamente, un edificio del barrio de San Isidro donde vivían Elizabeth Alexander y Ricardo Lucotti, quienes entonces eran mis suegros. Una anciana vecina suya, llamada Azucena, me contó algo que me hizo desear escribir una novela en el centro de la cual estaba un grimorio, es decir, un libro de hechicería, en este caso tan pequeño que podía ser ocultado dentro de un puño. La novela, que iba a incluir como personajes a un astrólogo argentino, un anarquista mexicano, un músico uruguayo y naturalmente a la fascinante Azucena, no llegó a ser escrita. Sin embargo, gracias a esa charla en una vereda porteña aprendí la palabra grimorio y me enteré de que podía haber libros incluso más pequeños que los que conocía.

Cuando niño acompañé muchas veces a mi padre, Ángel Miquel Alcaraz, a adquirir el lanzamiento anual de la Serie Extra de la Colección Crisol de Editorial Aguilar, que si no me equivoco durante largo tiempo sólo se vendía, en la Ciudad de México, en la Librería Universal de Avenida Reforma. El que esos libros de obras clásicas de autores hispanoamericanos llegaran alrededor de Navidad daba un sabor especial al traslado a ese sitio relativamente alejado de nuestra casa, que se reforzaba al ver la emoción de mi padre al comprarlos.

Esos objetos llamados crisolines por su tamaño minúsculo (6.5 centímetros de ancho por 8 de alto) estaban evidentemente menos destinados a la lectura que a los placeres concurrentes de hojearlos, poseerlos y reunirlos con sus congéneres en la misma sección de la biblioteca. Su aparición anual quizá daba también a mi padre la sensación de un orden que, sobre todo en los primeros tiempos de su destierro, contribuiría a aliviarlo de la ruptura con otras desordenadas situaciones en su patria. Su colección inició con la adquisición de La ruta de don Quijote de Azorín, número 4 de la serie publicado en 1951, dos años después de llegar al país y cuatro antes de que conociera a la joven chihuahuense que se convertiría en su esposa, y terminó con la de Imagen de Gerardo Diego, número 50 aparecido en 1987. Luego de treinta y seis años de practicar el ritual de recorrer un largo tramo de la ciudad con el único fin de adquirir el ejemplar del año, dejó de hacerlo, probablemente por el cierre de la Librería Universal.

Ángel murió en 1995 y Aguilar dejó de publicar crisolines en 2018, al llegar al número 80. Yo tengo mis propias manías como coleccionista, pero en el periodo marcado por esas dos fechas adquirí también de vez en cuando ejemplares (que tomaron el nombre de Crisol XXI, cambiaron de colores en las pastas y se hicieron más voluminosos que sus antepasados) para continuar lo emprendido por mi padre. En parte, como una forma de recordarlo a través del cultivo de una de sus aficiones y también porque al comprarlos revivía, de algún modo, la felicidad de mi experiencia infantil.

Xochitepec, Morelos, a 17 de septiembre de 2021

Enlaces

https://elpais.com/cultura/2019/02/04/actualidad/1549298085_233321.html

Publicado por angelmiquelrendon

Nací en Torreón, Coahuila, México, en 1957. Soy historiador del cine y escritor. Trabajo en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

2 comentarios sobre “De libros y algunas personas que no pueden vivir sin ellos

  1. Por lo que acabo de confirmar en la wiki, yo tendría diez años cuando empezaron a salir cada navidad. No recuerdo a qué edad me regalaron el primero, pero bastante pronto, doce, catorce años, yo ya compraba libros, y mis favoritos eran los de la colección Austral, por la variedad de sus temas y por lo baratos. La «semana» que me daba mi padre era de 100 pesetas, que me alcanzaban exactamente para diez «australes», un botín fabuloso, pero si me enamoraba de uno de aquellos grandes de Aguilar, en papel biblia y encuadernados en piel roja, esos costaban 100 pts., mi «semana» completa, y cuando me animaba a comprar uno era un acontecimiento (uno de esos, si lo encuentras en Iberlibro, puede costar ahora sobre los 350€, y una colección completa de «crisolines», con biblioteca ad hoc para contenerlos, 8.500€)). A pesar de las décadas transcurridas, y tantas vicisitudes de orilla a orilla del Atlántico, aún sobreviven en Komchén algunos ejemplares que han soportado los traqueteos a lo largo de mi vida. Pero mientras sigamos en estas nuevas normalidades de la pandemia, ellos en Yucatán y yo en Madrid, seguirán tan lejos como mi propia infancia.
    Gracias a ti, querido Angel, he revivido estos recuerdos y me han emocionado.

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